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—¡Venga corriendo, nene! —me dijo Marta, la empleada.

Salí volando detrás de ella e hice mi mejor esfuerzo, pero era más veloz que yo. Debo hacer más ejercicio, pensé. Basta ya de videojuegos, Internet y pornográficas.

—Corra, nene, corra, que si no corre se lo llevan antes que usted lo vea.

No sé cómo le hacía para ir a esa velocidad y poder volver la cabeza para hablarme sin chocar con paredes y puertas. Pasó rozando el ventanal de la sala y para cuando llegué a la puerta de la calle, ya me llevaba una ventaja considerable.

Al salir, lo primero que vi fue la calle. La calle con sus aceras rotas, con sus árboles en condena, con sus carros estacionados por viejos y por necios, tercos, todos parados en el mismo lugar donde los vi por última vez. Delante de la cotidianeidad, la multitud haciendo valla alrededor del que yacía allí.

—¿Quién es?

Una pregunta estúpida me dijo la cara de Marta. Paró la carrera, me vio a los ojos y seria, sin disimular su molestia, me gritó.

—¡¿Quién va a ser?! —vi cómo se llevaba las manos a la cintura—. No sabe que han matado a Sergio Ramírez.

¡Mierda! fue todo lo que pensé. Me paralizó la noticia. Bajé la velocidad pero no la inercia, llegué al remolino de gente que empezaba a murmurar y ellos, como sabiendo lo que yo sabía, me dejaron pasar sin que tuviera que empujar a ninguno. Llegué hasta el centro de la escena y allí estaba él.

—¡Mierda! —dije ahora para afuera.

Estaba boca arriba, sin ningún rastro de sangre y sin la más mínima expresión de dolor (hasta se percibía cierta sonrisa), con el pelo en su lugar y el rostro bien rasurado, como si de un momento a otro fuera a abrir los ojos y a decirnos algo. O a decírmelo a mí, que era el más próximo. Los brazos estaban desordenados a su alrededor, todavía atados al cuerpo; las piernas de medio lado y sus zapatos negros bien amarrados. Incluso la camisa se veía sin arrugas.

No parecía muerto.

Pero lo estaba.

Tenía esa maldita equis sobre el pecho, blanca, como pintada con brocha. Brocha de 4 pulgadas. La misma que usaba mi mamá para pintar la casa en navidad. Blanco hueso, por favor, y deme una brocha de 4 pulgadas, que así termino más rápido.

—Se ve bonito con su equis sobre el pecho —me dijo un anciano que estaba parado detrás—. En mi tiempo la marca era negra y no se veían así de bonitos.

Levanté la vista, ya que estaba acuclillado al lado del cuerpo, y la luz del sol me cegó antes de reconocerlo. La voz me era familiar. Me incorporé y esperé unos segundos a que la oscuridad pasara. Cuando pude ver de nuevo, ya se estaban llevando el cuerpo. Tratamos de evitarlo pero la fuerza pública nos empujaba con empeño, hasta que todos estuvimos subidos a la acera. Un carro de los bomberos trató de ingresar de retroceso pero igual los policías lo evitaron y maltrataron al conductor, que optó por retirarse.

—Lo siento —dijo el piloto sacando la cabeza por la ventana y dirigiéndose a los curiosos que le imploraban con la mirada su mejor esfuerzo—. Pero contra ellos no se puede hacer nada.

Les cuento lo que me dijeron que dijo el piloto, porque la verdad es que no alcancé a escucharlo. Me encontraba absorto en mis pensamientos, mudo ante el crimen y odiando a Marta por haber entrado en mi habitación.

—¿Ahora qué hacemos? —preguntó alguien a mi lado. Nadie contestó.

—La verdad es que, como dijo el muchacho, es una mierda.

—Sí, primero fue don Ernesto y ahora don Sergio —pude escuchar que la señora que hacía el comentario empezaba a sollozar. Las demás mujeres la imitaron ante la mirada enjuta de los hombres. Vi pañuelos salir de bolsos y enjugar algunas lágrimas. Todos seguían sin atreverse a decir nada.

—Creo —dije en tono clarividente— que debemos hacer algo.

Y así fue. Nos organizamos en grupos y marchamos a la funeraria a esperar el cuerpo. El trayecto era corto. Marta no me siguió porque tenía que preparar el almuerzo, y si no lo tenía listo a la una mi papá seguro le armaba un escándalo. Como a dos cuadras de mi casa, un grupo de señoras desatendió el llamado porque vieron pasar los buses de un colegio y tenían que ir a recibir a sus hijos.

Otro tanto después, algunos señores anunciaron que nos acompañarían sólo diez minutos más, porque tenían que regresar a sus trabajos. El sol del mediodía nos acribillaba. Los pies me dolían porque en la prisa por salir no me dio tiempo de cambiarme las pantuflas.

Pasado poco tiempo la mancha de gente éramos no más de veinte. ¡Veinte! Habíamos empezado como mil. No entendí qué le pasaba a la gente por la cabeza.

—No desfallezcamos —les dije sin detener la marcha—. Sigamos adelante.

Para cuando alcanzamos la funeraria, ya sólo éramos dieciocho. A dos hermanos los llamó por celular su mamá para recordarles que tenían clase de karate. Nos paramos afuera del local, sin atrevernos a entrar porque había muchos agentes del gobierno en el interior. Un carro grande se detuvo al lado nuestro y descendió primero una señora, unos jóvenes después, y luego el conductor.

—¡Somos familiares! —se anunciaron y de inmediato los dejaron pasar.

Aprovechamos la marabunta y nos colamos detrás de ellos. Pude ver cómo un joven desalojaba a los del gobierno sin importarle rangos, posiciones ni parlamentos. Estaba decidido a barrer con ellos.

Tomé una posición delante de mis compañeros y en fila acudimos a dar el pésame. Todavía no llevaban el cuerpo.

—¡Es una desgracia! —le dije al joven que antes había sacado a los del gobierno. Asintió con la cabeza y, sin decirme nada, me dio un abrazo. Luego se apagó. Ya no dijo nada ni dejó que le siguieran dando el pésame los que venían detrás de mí.

Me pareció raro que nadie vestía de negro.

Y yo con mis pantuflas.

Pasó una hora. Dos. Tres. Las cuatro y media. Al fin llevaron la caja. Era muy bonita, con sus tallas de madera y sus esquinas de plata. Me llamó la atención que no había ningún Cristo agonizante por allí. Ni en la caja, ni en las paredes. Pusieron el ataúd sobre el catafalco, y pesado cayó sobre el dedo de un trabajador de la funeraria, que se quejó quedo por el golpe.

Lo acababa de golpear un muerto.

No me dio risa.

Al terminar de colocarlo, uno de los parientes dio un paso al frente para abrir el féretro y ver al muerto. El de la funeraria se lo impidió.

—¿Por qué? —le dijo el tipo. Estaba con el ánimo caldeado—. ¿Por qué, si es mi muerto?

—Sí, lo entendemos —el de la funeraria no se amilanó por la reacción—, pero nos dieron la orden los del gobierno que también les trajéramos “el resto”.

Todos enmudecimos. “El resto” podía ser una tropa de soldados con sus fusiles prestos a aniquilarnos. Por primera vez sentí miedo. Es sorprendente lo rápido que la valentía y el desasosiego se riega en un grupo de gente; no podíamos parar de temblar y nos quedamos quietos, inmóviles, esperando la ráfaga que no llegaba. Alguien prendió nervioso un cigarrillo y todos lo imitaron. Yo que no fumo pedí uno para mí. Lo prendí, le di un jalón y tuve que vomitar una bocanada de humo que empezaba a desfigurarme el paladar. ¡Qué cosa tan fea!, pensé.

Al final, tiré el cigarro al piso sin atreverme a probarlo de nuevo. Nunca más volveré a fumar, me dije. Tomé la decisión de hacer algo y me adelanté a mis compañeros. Podía sentir que todos apoyaban sus manos en mi espalda, dándome apoyo moral de esa forma.

Di un paso al frente. No pasó nada. Di dos pasos más. Nadie me detuvo. Me envalentoné (qué mula fuiste, me dijo mi papá en la noche) y empecé a caminar hacia la puerta. Al principio nadie me siguió, pero al ver que no caía abatido por las balas ni retorcido por el fuego de algún burócrata los demás jóvenes me siguieron. Luego los familiares. Justo cuando iba a cruzar el umbral de la puerta, unos empleados de la funeraria nos obligaron a dar marcha atrás en nuestra cruzada.

Traían en brazos otro ataúd.

Retrocedimos y en plan de espectadores vimos la película que se desarrollaba frente a nuestros ojos. Pusieron la caja a la par de la primera. Pero no se detuvo allí. Otro grupo de trabajadores ingresó con otra caja y la pusieron a la par de la que acababan de llevar. Pero no paró allí. Siguieron entrando hasta completar cinco cajas, todas idénticas y colocadas de la misma forma, haciendo fila una al lado de la otra.

De nuevo tuve que armarme de valor y caminar hasta el altar. Abrí la primera caja. Sergio yacía con las manos cruzadas en el pecho y su equis blanca sometiéndolo. Llegué a la siguiente caja y la abrí sin atreverme a respirar. El corazón me golpeaba el pecho y un vacío sin mariposas se apoderó de mi estómago. Sentí frío en las rodillas. Al levantar la tapa vi a Ernesto en la misma posición, con su pelo blanco, su boina y su equis sobre el pecho. Me aterré.

Al llegar al tercer ataúd ya algunos curiosos me miraban con miedo, como diciéndome que si yo no abría el resto de las cajas nadie lo haría. Exhalé fuerte, me pasé una mano por el pelo para regresarlo a su lugar y encaré la tercera caja con resignación. Casi me muero al ver a Rubén Darío. Tenía esa extraña expresión del que lleva muchos años muerto, ese dejo de ya no me importa nada que algunos tienen en vida. Para mi sorpresa y del resto que lo mirábamos, no tenía una equis pintada en el pecho.

No me di tiempo de interpretar lo que significaba. Abrí la cuarta tapa y mis ojos se toparon con Sandino. Tenía su marca blanca igual a los dos primeros. Al principio no lo reconocí, pero una foto de él, que había visto en un libro de primaria, congestionó mis recuerdos y equiparó la cara del muerto con la del retrato. Estaba cubierto de polvo, como si lo hubieran tenido guardado en alguna oficina del gobierno. Esperé a que la nube gris descendiera y procedí a abrir el quinto cofre.

Estaba vacío.

Cansado, sin esperanza aparente, y sin comprender el barullo de tantos muertos, opté por irme a sentar. Todos los presentes desfilaron frente a los féretros y más de alguno hizo un comentario en voz alta.

—¡Qué guapo era don Rubén! —dijo una señora. Yo no le hice caso.

Al rato, cuando nos llevaron café y sándwiches, se sentó un tipo extraño a mi lado, alguien que no había visto antes. Estaba desgarbado, con una barba de varios días y el aliento de cigarro barato licuado con café de muchas noches. Fue directo al grano.

—Qué mala onda esto —me dijo sin quitarme la vista de encima, esperando reconocer mi reacción.

—Sí —le dije mientras masticaba. Tragué y di un sorbo al líquido caliente. Nunca me ha gustado el café, pero igual tenía que pasarme el pan con algo—. Lo que no entiendo es por qué Rubén Darío.

—Es cosa del gobierno —también él mordió el sándwich y bebió café—. Eso te demuestra hasta dónde están dispuestos a llegar —hizo una pausa, masticó y se quedó viendo a la nada—. Da miedo pensar que si pudieron sacarlo a él, qué no te pueden hacer a vos.

Compartí su sentimiento mientras me tomaba el café. No le quise decir más.

—¿Entendés lo de Sandino? —dijo sin regresarme la mirada. Negué con la cabeza—. A ese lo mandamos a sacar nosotros. Así le enseñamos al gobierno que también podemos llegar lejos.

Me paré de inmediato y me alejé de él. No entendía por qué lo habían hecho. Quise retirarme pero en la puerta de salida me detuvo una conocida. La saludé y empezamos a hablar. Le expliqué lo que sabía sobre Rubén Darío y Sandino.

—¿Para quién será el último? —me preguntó, asumiendo que yo sabía.

—No lo sé. Estos son tan hijos de puta que seguro van a meter a alguien más.

—Quizás Gioconda —me dijo apesadumbrada.

—Puede ser cualquiera —le dije.

En ese momento un comando del gobierno, encabezado por un ministro, entró en la reducida sala de velación.

—Tenemos una orden de juez competente —le dijo a un familiar que salió a atajarlos—. Vamos a proceder.

Cerraron los féretros y un hombrecillo minúsculo y calvo marcó una equis blanca sobre las tapaderas de las cajas. La pintura secó en el acto. La brocha otra vez era de 4 pulgadas.

Terminaron de marcarlas y se fueron. Rápidamente nos acercamos a las cajas y procedimos a abrirlas. En la primera, un pariente le retiró la equis al cuerpo jalándola con ambas manos, hasta que la pintura le quedó colgando como dos tiras rasgadas de seda. Para mi sorpresa, Sergio Ramírez inhaló aire con fuerza, abrió los ojos y se sentó en la caja. Al estar ya incorporado vio a todos los que allí estábamos y nos dijo:

—Ya no aguanto más esta mierda.

Luego salió caminando con su familia detrás. No quise esperar a que el resto de los muertos se levantaran y me fui con los que seguían a Sergio. Pude escuchar a un anciano decir que en estos tiempos no valía la pena imitar a Sócrates, y morir por un ideal. Los demás estuvieron de acuerdo.

Me contaron después que Ernesto Cardenal también se levantó y se fue; que los del gobierno regresaron a Rubén Darío a su tumba y que los compañeros se llevaron a Sandino por la puerta de atrás. A él no le quitaron la marca blanca.

Al final, sólo quedó la última caja vacía. Y un cirio blanco encendido a su lado. En la cena, mi padre me regañó por haber ido a la funeraria.