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Burbujas de materia oscura

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A la hora de crear nuevamente el mundo le había calentado la cena al papá, que llegó más temprano, con tres bolsas cargadas. “Esta noche hubo poco trabajo”, se excusó mientras dejaba sobre la mesita de la cocina las verduras y legumbres compradas a mediodía a un vendedor ambulante. Jabón azul en ristre, el padre fue al lavaplatos a desterrar el aceite de motor de las manazas y los brazos olorosos pues, de paso, el auto se le había accidentado a la altura de Plaza Venezuela. “Sí, lo sé”, dijo la hija, mientras servía los ravioles en un plato hondo de peltre, recordando que en algún momento anterior a la caída de la noche tuvo la imagen del reloj luminoso que podía divisarse como el faro de una costa inasible. El padre no acababa de acostumbrarse, pese a conocer esa condición de la hija desde cuando ella se le plantó adelante tras abandonar juegos en la rueda y los columpios para decirle que en el futuro querría conocer los acantilados que apuntaban al sureste, en cuyos extremos él había probado hacía mucho ya el vino, la fragancia de las orillas y el rumor de las mareas altas. Aura apenas había cumplido cuatro, nunca había estado en Italia y casi le produjo un síncope al padre tras poner en palabras cada uno de los sentimientos que acongojaba a un hombre escasamente dado a la nostalgia. “Dime qué estoy pensando ahora”, pidió, por si las dudas. “Estás pensando en la primera vez que viste a mamá, en el mercado de Quinta Crespo”, contestó entonces la niña, con agilidad de palabras inusual en alguien que se veía en aprietos para hacer figuritas de plastilina y para deducir —delante de maestras emparentadas sin saberlo con Torquemada— que eme más a equivalía fonéticamente a ma. Aquella noche en la cocina, que no resultaba muy espaciosa, el padre se sentó a la mesita que, de tan pegada a la pared, siempre la hacía retumbar un poco. Empuñó el tenedor y, abochornado como una persona siempre incapaz de dar ante determinadas preguntas las respuestas que solían ser las mismas y saltaban a la vista, murmuró con algo de amargura: “Cierto, ya lo sabías”.

Aura salió a la sala. Con los solos bombillos de neón de la cocina encendidos en el apartamento ubicado en un piso catorce, una luz a veces roja, a veces azul, invadía los sacros y coleteados espacios y les daban también existencia subrepticia a los libros que aparecían de un color y volvían a la oscuridad desde un color diferente. Si Dios quería, y tan pronto concluyera el tiempo estipulado por los reglamentos internos de la universidad, los manuales de psicometría que Aura había estado añorando por cerca de un lustro reemplazarían a aquellos libracos de metodologías de la enseñanza. Se asomó a una de las habitaciones. El paso rasante de la luz rojiazul delineó y desfiguró a la madre, que se había acostado apenas se tomó el jarabe, cerca de las diez y media. Como no estaba del todo dormida, musitó si había vuelto el esposo. “Acaba de llegar, está cenando”. “En ese caso, dile que no se apure y que me traiga un vaso de agua”. La luz pulió al regreso las agarraderas de la silla de ruedas siempre lista. Aura volvió a la cocina y se halló ante el plato sucio y sin restos de pasta que los padres suelen dejarles a las hijas en el fondo del fregadero para que los laven. Así que, desde jóvenes, ya tenían que restituir el orden divino del universo y, de paso, dejar los platos bien secos junto al resto de la losa. Lo interesante es que sólo ellas saben que eso es así; por ello friegan sin rechistar.

La mujer vio al padre apoyado sobre el marco del ventanal, rojizo, luego azul, de nuevo rojo, azul, rojo, azul rojo azul rojoazulrojoazul. “Están pidiéndole la cédula a la gente abajo”, informó el hombre. “Un operativo. Esa pobre gente se salva de los ladrones y al final los agarra la policía. No sé cuál de las dos cosas será peor”. “No te preocupes, esta noche nadie te va a robar el carro”, se oyó la voz desde la cocina junto con el sonido del chorro de agua estrellándose contra el fondo metálico y, de corolario, un chirrido que podía indicar experticia en el lavado de la vajilla y despilfarro en el uso del detergente. “No, si yo no estaba...”. Lo había vuelto a hacer. “Tú, ¿no te cansas?”. “Puedo dejar de hacerlo por hoy, si quieres”. “Estaría bien, un poco de privacidad ocasional no me viene mal. Ni siquiera por ser tu padre. Al cabo, no engañaría a Carmela”. “Y, ¿quién era esa tipa pelirroja..?”. Con expresión de descreimiento y los brazos cruzados, Aura se paró bajo el travesaño de la puerta de la cocina, transformada en una silueta larguirucha y en el marco de una danza de balizas. El padre no volteó, pero ella sabía que se había sonrojado. ¿Cómo ocultarle cosas a una hija que con el transcurrir del tiempo había aprendido no sólo a usar su don a voluntad, sino a respetar las vidas ajenas —aun la de su padre—? “Una pasajera. Era a la que llevaba cuando se me accidentó el carro”. Aura miró compadecida al padre, que muy en contra de su voluntad había jugado durante más de veintiocho años el papel de enfermero y no tanto el de amantísimo esposo. “Puedes estar tranquilo”, anunció la hija, ahora de color rojo, al lado del padre que le agradecía en silencio. “Ahora mismo no lo estoy haciendo”.

Era casi la hora cuando el padre se retiró, llevando el vaso de agua y en bandeja con toda la solicitud que admitía el caso. Desde el ventanal, Aura echó un vistazo que se desbarró a través de la puerta de su propio dormitorio. Giuseppe, el hombre al lado de quien Aura había resuelto compartir la vida —o al menos morir en el intento de lograrlo—, había tenido una jornada pesada. Ella había entrado horas antes en el cuarto. Entonces besó al marido en la frente y, cosa que le produjo alivio —pero también preocupación—, el hombre ni siquiera se inmutó, en la suerte de coma profundo dentro del que se sumía a menudo, que intentaría revertir el despertador programado a las cinco y cuarto de la mañana, el cual sonaría a un cuarto para las cinco y despertaría de ese modo al suegro indigestado con los ravioles, a la suegra sedienta de agua y movilidad, a la esposa trasnochada y ojerosa, a los vecinos de los tres pisos inmediatamente superiores al apartamento de los Magaldi, a los habitantes de los cuatro inferiores; pero a Giuseppe, qué va. Al comprobar que esa noche Giuseppe tampoco la interrumpiría, que la dejaría diagramar los vórtices del tiempo cuando el sol tocara el fondo de la tierra, la oscilación flamígera aún no se había apoderado de la sala. Roja, luego azul, nuevamente roja, Aura se sentó con las piernas entrecruzadas en el suelo de la sala. Ya libre de la luz blanca desde la cocina, sólo acompañada de sus propias apariciones y desapariciones, vaciló antes de encender el equipo de sonido. La medianoche, recordó, siempre había sido un momento temido por el resto del que ella, en definitiva, no formaba parte; era el instante mágico en que los monstruos afluían hacia el mundo desde sus guaridas igual que un mar de lodo deslizándose por sobre una colina de areniscas y hojas resecas, pero también los ángeles, si acaso existían, se enrumbaban a esa hora. Azul, Aura cerró los ojos, con las visiones acumuladas de los ocho mil quinientos años de edad de su alma desplegando una hilera que incluso a ella se le perdía de vista. Se cubrió las orejas con los audífonos, dejados cada noche encima del equipo. Oprimió un botón con el dedo enrojecido, sacó de su estuche uno de los discos compactos, lo insertó en el equipo y, como cada medianoche desde cuando a Aura le dio por reconstruir la humanidad a su gusto, un hombre empezó a precipitarse —a la manera de un cometa que regresaba al viejo lugar de siempre— de la memoria de una cuyos únicos anhelos consistían en que su propia creación respondiera a los gemidos necesitados de una palabra en el otro extremo del paredón, y en que la respuesta viniera dicha en el lenguaje que invocaba las fuerzas más profundas, más alejadas del alcance de los niños, que el otro apenas pudo balbucir a medio camino del fondo del abismo, la tarde en que soplaron al mismo tiempo los vientos del este y del oeste. Al salir como un dado rojo, luego azul, de la mano de Aura, y bajar por los alambres de cobre recién soldados con pistolita y pegamento, el hombre entró en la burbuja de materia oscura que flanqueaban balizas policiales y se aislaba de los gritos de Alto, policía dentro de la cual daba igual residir arriba o abajo, donde algunos monstruos resultaban dignos de compasión y no todos los ángeles de fiar, donde cada rostro y cada nombre conjurado eran lo mismo.

El mundo, con su único habitante, volvía entonces a existir.