Letras
Tres relatos

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El disidente

Él me dijo que practicaba el Tao y le creí. Él me dijo que era un experto en el Kama Sutra y también le creí. Por eso me fui con él, por eso mi mirada se perdió en su pelvis adiposa. Un apéndice minúsculo y macilento apareció ante mí; estoicamente soporté una jornada de entradas y salidas exasperantes hasta que el extenuado rufián quedó colgando como si fuera un enano ahorcado. Me dio un ataque de risa, pero no fue de burla, jamás me hubiese reído de tanta desgracia. Mis carcajadas fueron de pura histeria. Él ocultó avergonzado el tornillito que me torturó durante quince minutos. Yo salí silenciosa de aquella estancia, y mientras caminaba por un pasillo solitario, escuché sin asombro un disparo que aniquiló cualquier explicación tántrica.

 

En medio de Héctor y Patroclo

La estocada fue rápida, certera. Sentí el frío acero hundirse en mi piel, pero no sentí dolor en ese momento, sólo una desagradable sensación de cosquilleo en mi estomago seguida de una leve náusea. Una corriente inexplicable estremeció el centro de mi espalda en un segundo. Mi cuerpo, víctima de un desvanecimiento terrible, se tambaleó y quedé situado exactamente frente a mi adversario, casi rozándonos. Vi su cara muy cerca de la mía, era como una máscara neutra que no mostraba ninguna emoción. Sus ojos profundos me observaron con una fiereza terrible que nunca olvidaré. Percibí el ceño fruncido, las mandíbulas apretadas y sus labios tan contraídos que parecían una línea de metal. Retrocedió un paso, fue entonces cuando vi la espada ensangrentada y me percaté del origen del hormigueo tibio que fluía desde alguna parte de mi cuerpo. Un pensamiento me asaltó en ese instante y una extraña mezcla de dolor y alegría me embargó completamente: dar mi vida por él. Un vértigo mortal se apoderó de mí cuando susurraba ¡Aquiles!

 

El despertar

Maleca se sentía confundida y temerosa montada en una camioneta que saltaba por la carretera de tierra. De pronto surgió el recuerdo nítido de un sueño que había tenido ese día. Soñó que estaba sentada frente a un gran espejo barroco y se observaba como un Narciso enamorado, mientras pensaba con irritación en el horóscopo chino que acababa de leer. ¿Cómo se le asignaba el Cerdo sólo por el año de nacimiento? ¡Qué absurdo! Ella tan hermosa comparada con ese feo animal. Sin dejar de admirarse, alargó la mano hasta una caja de bombones. Tomó uno y se lo llevó a la boca, cerró los ojos con deleite, entregándose a un dulce ensueño. Despertó con un sobresalto. A su lado se encontraba don Pascual, el dueño de la hacienda, acompañado por dos hombres desconocidos para ella; inmediatamente comenzaron a arrastrarla por el patio. Maleca se resistió chillando como nunca, muerta de miedo, tratando de retroceder, pero todo fue inútil; unas manos rudas la empujaron hacia la parte de atrás de una camioneta. Antes de desmayarse pudo oír que don Pascual decía: ojalá que en otra vida seas una muchacha para que no pases por esto.