Letras
En el pantano

Comparte este contenido con tus amigos

“Allí comienza el deseo. En el lugar del miedo, donde nada tiene nombre y nada es, sino parece”.

Cristina Peri Rossi.

“(...) y vio que se dirigía hacia él una bestia tan horrenda, que le faltó poco para caer desmayado”.

J. M. Leprince de Beaumont.

Tengan cuidado, dijo Goyo, en esos pantanos hay una bestia. Nunca he sido una persona asustadiza. Pero no puedo negar que esa frase produjo en mí cierta aprensión. Durante años hemos hecho costumbre de darnos ciertas escapadas (mi padre y yo) y la alusión a las bestias siempre ha sido una constante. Pero la expresión de aquel hombre entrado en edad, de barba gruesa y puntiaguda y nariz de maseta no hablaba de una simple yegua, de ninguna de las bestias acostumbradas en la vida rural. Cargaba aquel presagio una imagen de infierno, de lugar olvidado. Nunca pensé que aquel rojo Marte de la tierra podía dar cabida a un pantano. Era absurdo imaginar un fangal en esas zonas tan áridas en cuya epidermis se podían sentir al roce las heridas de un golpe. Acá no hay pantanos, pensé.

La noche anterior había sido larga. Un maratón de excusas presentaba el sueño que entre libros, zapping, porno, evocaciones a Onán y algunos rezos, no quería ceder. Finalmente, sin darme cuenta cuándo, me quedé dormido. El abismo en mi memoria es seguido por un sol molesto que empujaba mi ojo izquierdo. Me despertó un chorro de luz que entraba por la ventana. Con cierto esfuerzo me puse en pie y me cepillé los dientes pensando en Pamela o en Susana, no recuerdo. Empujé la puerta y me duché. Dejé correr con alivio un caño caliente; se unió a unas gotas frías que se estrellaban en mi espalda y mi cabeza, mojándome. Salí del baño y recibí el fuerte golpe del aroma de un café del que mi padre había ya bebido. Me vestí. Salí al comedor. Probé un poco y pellizqué un par de veces el pan que reposaba en la mesa. Tragué el jugo de naranja.

Los bultos estaban agrupados de manera uniforme en la galería. Papá me esperaba mirando a la nada del patio vecino, listo para partir.

***

Nos adentramos en un desierto repleto de cambronales. La carretera mostraba un brillo extraño: una ilusión causada por el sol que estaba justo sobre nuestras cabezas, calentando el capó del carro y anunciando que habían pasado unas cuantas horas de viaje. Horas que había malgastado en discusiones con mi viejo. Disquisiciones estériles que no hacían más que intentar separarnos más, como si el abismo entre nuestros tiempos y vidas no fuera suficiente. Después de algunos temas hablamos de ella. El prohibido: la frágil y sinuosa silueta de la tristeza hecha mujer, hecha cáncer. Su muerte me hizo conocerlo más. Ver qué había detrás de esos lentes de pasta y esas miradas escurridizas. Me hizo descubrir al hombre que, disfrazado de galeno, se aventuraba a dar de sí lo que no tenía. Comprendí entonces por qué se había abandonado al alcohol y con esto, por qué no frecuentábamos ya, como siempre, las sierras y cordilleras del continente dominicano. Luego de algún tiempo de conversar sobre el tema y tras una pausa, mi padre me contó que el tío Luis le había dicho que en medio de aquel desierto había un pantano y que en él habitaba un cocodrilo de cinco metros que tenía más de cincuenta años. Una historia que le había hecho un cazador de las zonas, elucubraciones tal vez. Se dice que allí lanzaban cuerpos de los desaparecidos para que el cocodrilo los devorara, siguió diciéndome Padre. Yo no me lo creí. Eludí el cuento diciendo que debía estar bien flaco en tiempos de democracia. Pero en mi interior algunas tripas se enfriaron al recordar una escena de National Geografic, en la que un cocodrilo mordía el brazo de un fulano y con él entre los dientes empezaba a girar en el agua hasta desprenderlo.

Bajamos las ventanillas y fumamos. De pronto la carretera se cubría de un polvo rojizo. Ya empezábamos a adentrarnos. Se lo comenté al viejo, luego le pregunté por su vida después de Madre, por las mujeres. No me respondió. Minutos más tarde tomamos un desvío. En el silencio, sin dejar de presionar el cigarro entre sus labios Padre giró el guía hacia una zona desconocida, sin señalización alguna. El camino vecinal ocultaba el horizonte. Sin embargo, tras unos diez minutos de avance empezamos a ver un mar inofensivo. Un verde aqua se ceñía junto a algunos tonos azules variados en un paisaje que amenazaba con tragarnos. No se observaba continuidad en la carretera. Imaginé nuestra caída por algún farallón, por algún barranco, directo en aquel fastuoso abismo marino.

Caída libre: un Chevrolet del 89 derribándose por un acantilado. Una imagen extraña, tal como el paisaje. Mientras más adelantábamos el mar parecía ponerse más bravío, como si le molestara nuestra cercanía. Como si fuera un ser vivo con capacidad de coordinar sus movimientos y emociones. Agitaba sus olas con fuerza y altura, llevándome a recordar mi primera vez en la playa, cuando tuve la desoladora impresión, primero, y luego el alivio, porque creía que el mar se llevaría mi cuerpo con la resaca, tal como se tragó el cubito naranja con que yo cargaba la arena de una mina imaginaria para hacer un castillo.

***

Bajamos en Playa Paraíso, el abismo era un declive que se convertía en curva. En el peralte podía uno detenerse y robarle el alma al temible y hermoso mar, con unas fotos. La arena era distinta a todas las arenas. Los sonidos de la respiración se escuchaban aumentados, las huellas, que marcábamos con cada paso, también crujían bajo nuestros pies. Porque la brisa era muda y sólo se escuchaba el cielo y el mar. Caminamos unos treinta metros para descubrir algo inquietante: la música, que rompía el silencio en mil pedazos, no se escuchaba sesenta pasos atrás. La bachata que salía por las ventanas de una choza con algunos letreros pintados en rojo transportaba a épocas perdidas. Una pizarra atiborrada de faltas ortográficas, con el dibujo extraño de lo que luego descubrí una iguana, anunciaba la especialidad. Me inquietó ver aquello, nunca probé el reptil. Pero no había; a pesar de decir que era el “plaTo der dIAs”.

Una morena con la mitad de ambas nalgas al aire salió a nuestro encuentro. Qué quieren, preguntó sonreída, mostrando en la blancura de sus jachas la amabilidad que negaba su falta de saludo. Yo, educado en un ambiente racista, la miré de arriba abajo y qué buena está, me dije. Llevaba la parte superior de un bikini que mostraba unas mamas turgentes y sensuales, doradas al natural. Los pezones se insinuaban bajo la tela de licra. La piel brillaba al candente roce del sol. Los shortcitos que mostraban medio culo eran color blanco y su paso (la vi salir de la choza) era tan rítmico como el bachatón que gritaba la pena de algún pobre diablo. Mis manos se hicieron un instrumento filoso y rozando su contorno engulleron sus ropitas, dejándola abandonada a la más maciza y curvilínea desnudez. Mis ojos, perdidos en un paisaje demencial, consumieron cada instante, cada rincón de su geografía, cada recodo de su hermosa anatomía. Aquel azúcar moreno de su piel ardiente se dejó raspar por una lengua errante e inexperta, por unos labios ávidos de humedad. Me lancé al mar en un golpe irreverente de soberbia, en un grito desesperado por calmar la temperatura que mi mente, jugándome una treta, había alcanzado en sus divagaciones. Las olas, constantes y peligrosas, empujaban con fuerza mi cuerpo sumergido en la tibieza de la playa, rumiando, ligera la mente, en aquel culo, en aquellas tetas redondas donde ansiaba sumergirme y nadar.

Tomamos unas cuantas cervezas al compás de esa música asesina. Padre se paró y caminó en dirección al mar. Su figura me pareció disminuida a contraluz y con la inmensidad de esa masa cortándola. Su silueta, contra el cobre del sol que ya se alistaba para acostarse dentro de unas horas, parecía más solitaria y triste de lo que era él. Me transporté a la imagen de aquel mismo tipo, con el pelo menos cano y de la mano de una mujer hermosa. Una escena de ensueño, engullida por la vida, como todos los sueños.

Aproveché la ausencia de mi padre para ponerle tema a la morena. Se llamaba Clara. Le pregunté sobre los rumores. Si por esta zona había un cocodrilo. Le cuestioné si era cierto que en un sitio tan árido había un pantano. Yo no sé, ello lo que hay e’ una be’tia de do’ pata’, apuntó. Cómo así, dije extrañado. Uno que anda violando muchachita’ en el poblado. Hice silencio.

A su regreso Padre dijo que iba a dejar un mensaje para que quien lo encontrara me lo comunicara. Pidió a la morena una pluma y un papel. Tras escribir, apartado, en el mostrador de la chocita, enrolló el papel y agarró una botella de Brugal que vio centellear en la arena. Allí lo introdujo y la lanzó al azul interminable. De inmediato me palmeó la espalda y miró a la morena. Pude ver descender un par de lágrimas por la montaña rusa de sus mejillas rasuradas.

***

Eran las tres de la tarde cuando irrumpió en el lugar un hombre oscuro. Aludido por el vehículo y al ver la placa delantera que decía “Médico”, se acercó en busca de ayuda. Su figura era la máxima expresión de compunción. Su aura era oscura, como su piel. Se leía en él un dejo de misterio. Elucubraciones mías, pero que sin duda encuentran razón en algún lugar de esta historia. Sí, soy cirujano, dijo, en qué le puedo ayudar. Pensé en oponerme, pero habría sido inútil; mi padre tenía gran respeto por Hipócrates. Subimos al vehículo los tres: él, Goyo y yo. Conversaron de temas diversos. Mi memoria alcanza a recordar algunos pocos, como la ausencia de hospital en toda la zona y la necesidad de un médico que pudiera detener las enfermedades del verano. Mi padre le comentó que podría instalarse durante el verano siguiente. Que esa podría ser una especie de retiro, una oportunidad que hace tiempo venía buscando. Recuerdo que mi cara se arrugó en una mueca involuntaria, en rechazo.

En el camino vi un cuadro desgarrador. A la vera de la carretera, en una especie de mirador, jugaban a atrapar las olas los enternecedores miembros de una tropa de subnormales. Sus correteos (en el caso de los que podían) eran angelicales y marciales a un mismo tiempo. Los demás se arrastraban emulando al resto, todos con el signo de su desgracia. Hice silencio ante aquella escena que no sé si mi padre captó. Tenía ganas de llorar.

Llegamos. Entré con mi padre a una casa con el piso de una mezcla rara, nada que ver con cemento; parecía tierra endurecida, pero no sé cómo ni con qué. Las paredes lucían una imperfección ocre, hecha a mano, que dejaba leer miseria, junto con algunos detalles que escasamente la adornaban en su despojo. La choza era una sola habitación, una sola cama. En ella estaba tendida una niña de unos doce años, remontada sobre sus espaldas, en posición defensiva, se aferraba a la tusa que le servía de sábana buscando protección. La cabeza gacha, los ojos fijos y algunas marcas, hematomas que dejaban leer en su piel, color tabaco, vestigios de violencia. No tuve tiempo para ver más; una mujer salió de su inercia en la esquina más opaca y me pidió que saliera al tiempo que empezaba a hablar con el doctor. Yo esperé fuera, con Goyo, mientras Padre atendía a la joven que, supuestamente, llevaba tres días así. Yo le contaba al negro nuestros planes de pesca en el muelle de la Alcoa. ¿Y dónde piensan dormir? Goyo preguntaba y yo ignoraba. Le seguía contando y le hablaba de otros viajes. Al fin, tras su insistencia, le admití que dormiríamos en el mismo muelle, que no nos interesaba la comodidad para un hotel de gastos absurdos. Venimos en busca de aventura.

Tengan cuidado, dijo entonces, en esos pantanos hay una bestia. Un diente dorado fulguró devolviendo el ataque a un sol picante. Yo, recordando la historia del tío Luís, sentí un breve apretón de tripas mientras replicaba su sonrisa, menor en brillo y en blancura.

***

Mi padre salió estregando sus manos entre sí. Dijo que todo estaría bien, que había dejado las indicaciones a la doña. Yo no la vi. Como tampoco había notado en qué momento mi padre había sacado su maletín, por el que volvió al interior de la casucha. “Lo había olvidado”. Gracias, dijo el hombre, dándole un apretón con las dos manos a la de mi viejo. Tras el gesto de hermandad, que mi padre correspondió sin sonrisa, se escuchó el grito de la madre. “¡Maldito!”. Salió a nuestro encuentro armada de un odio desconocido para mí. Buscaba piedras en el suelo, tirada, llorando salvajemente cuando el marido, Goyo, la detuvo y le preguntó qué pasaba. La escuché decir barbaridades contra mi padre. El negro hizo una seña indicando que nos fuéramos.

No comprendí por qué mi padre no dijo una sola palabra de lo ocurrido. Partimos y a los diez minutos ya estábamos en el rojo. El rojo Marte de la tierra. La carretera bordeada por aquel desierto de color intenso era una línea recta que algún día fue grisácea. Media hora más tarde vimos algo extraño. Un bulto gigantesco se tendía en la carretera. No podía distinguir, con el sol frente a nosotros, de qué se trataba. Noté que mi padre iba distraído, pero ya era tarde. Pensé, claro, en la bestia que Goyo había anunciado. No tuve miedo. Cuando dije “¡cuidado!” ya era demasiado tarde. De hecho, no había alternativa. El cuerpo extraño cruzaba casi toda la carretera. Mi padre, abstraído, sin haber hablado media palabra desde la partida de casa de Goyo hasta el momento, sacudió sorprendido la cabeza y apretó confundido el acelerador. Pensé que si se erguía, fuese lo que fuese el animal, podríamos volcarnos; matarnos incluso.

***

Llegamos al muelle de la Alcoa a las seis y cuarto. El horizonte estaba quebrado por algunos islotes lejanos. A la derecha divisamos unos farallones, algunas ropas colgaban de palos en esa lejana fortaleza de roca rojiza. Padre señaló las empinadas paredes donde se destacaban algunas diminutas figuras en movimiento. Son los hombres de las cavernas, dijo. Yo hice silencio figurándome un homo erectus hipodesarrollado que cargaba un mazo en una mano y en la otra la bestia muerta que llevábamos en la cajuela. No imaginé que se trataba de una tribu desplazada, hija del hambre y la pobreza. No había razones en mi mundo para que gente como yo, como cualquiera, tuviera que tener por techo una covacha y cocinar al fuego y lamentar su vida cada día en la faena, sobreviviendo. Miré mis tenis Converse mientras pensaba y descubrí un suelo de concreto, gris plomo entre tanto grana. Un ciempiés se tambaleaba de lado a lado. Lo pateé con saña y lo vi caer en el charco quieto.

Un bisturí rasgó la panza verdosa y escamoteada de la iguana. Los dedos se movían con destreza, con vida propia, al señalar cada órgano, al repasar, como rezando, dejando salir por sus labios un leve viento. Cada parte de la entraña de aquel lagarto gigantesco que, patas arriba, miraba con tres ojos sin vida el horizonte, salió a montones semitransparentes y teñidos. Mi padre las lanzó sin mucho esfuerzo. Minutos después un tiburón asomaba violento su aleta dorsal. Ladrón furtivo: las tripas del reptil ya no flotaban más. Las manos de mi padre, ahora ensangrentadas, habían decidido hacer lo que sabían.

Nos recostamos un rato en el interior del vehículo para descansar del viaje. La temperatura empezaba a descender. En la madrugada recibí una especie de caricia que me despertaba para tirar el anganeo. Hay que atrapar la carnada. Yo me abstraje, deslumbrado con el baile de plata que brindaba el movimiento de los alevines al roce de la luz: qué danza mágica de peces, previo al alba; que desborda su belleza, asombrando al propio resplandor de la luna llena, al ritmo de la música del mar. Algunas sardinas nos bendijeron con su sacrificio. Mi padre miraba el horizonte tensando el hilo, pensando el hilo. Yo observaba las llamas lejanas, diminutas, de las fogatas de las decenas de familias marginadas a un estilo de vida prehistórico, en las cuevas de los farallones.

***

Todavía no salía el sol cuando noté que alguien se acercaba por la enramada. Escuché las pisadas y vi las luciérnagas naranja de dos cigarrillos. Alerté a mi padre. Sí, tenemos compañía. Luego hizo una pausa silenciosa y me dijo: El tipo abusa de su hija. De entrada no entendí nada. Luego, rebusqué en mi memoria y di con Goyo y pensé en la bestia de dos patas y pensé también en la tropa de subnormales del camino. Pensé tantas cosas que al volver la vista a aquellos tipos, ya habían avanzado varios metros.

Bajé la mirada y tragué en seco. La luz de la luna se reflejaba en algo metálico en la cintura del que iba en el medio. Un revólver: así supe que eran tres. La opacidad de aquel nonato amanecer no nos dejaba distinguirles. Sin saber que ya habíamos notado su presencia se detuvieron a unos cien metros de nosotros y cruzaron algunas palabras, se dividieron. Fue entonces cuando vi el destello del diente de uno de ellos. De nuevo, aquel apretón entre las tripas me había devuelto a pensar en esa tarde, en las palabras del negro. Miré a mi viejo, seguía empeñado en su cordel, que no daba noticias. Los peces no querían ser pescados, yo tampoco. Busqué con un atisbo las cavernas, alguien podría venir en nuestro auxilio. Nada.

Empezaron a avanzar a la redonda. El sonido de sus pasos aumentaba y con ellos, el ritmo de mi pulso. Mis ojos merodeaban por aquí, por allá. La calma no hacía espacio entre mis venas. Yo estaba asustado. Sólo adrenalina. Lentamente, mi respiración fue haciéndose más grave y más pesada, mientras mis dedos, nerviosos, bailaban al rozar mí pantalón. Vi lo que es el miedo: unas ganas incontenibles de probar el sabor de una iguana en el desierto. Vi lo que es el deseo. Tuve miedo y deseo, de verdad. Más tarde yo repartía mis ojeadas hacia las tres direcciones. Repetida, indistintamente. Pude verlos en la bruma. En la penumbra distinguí que se hacían señas. Sentía los músculos agarrotados y vibrantes; pensaba salir a correr. Mi padre agarró el bisturí y lo puso a su lado, donde tenía organizados los señuelos y carnadas. Yo busqué algunas piedras con la vista, pero era inútil. Estábamos rodeados.