Letras
Obra sanitaria

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“se trata cósmicos de ser más fértiles
de no ser tímidos, de ser más trópicos,
de ir a lo pálido, volverlo térmico
sentirse prójimo de lo más lúdico”

Daniel Viglietti

Apagué mi sed con el obturador en mano, mi sed de obtenerlo todo con mi dedo, mis ganas de pasar la vida entera detenida en una imagen perfecta.

—Eldrick, no te muevas, ¿okey? —pronuncié con suavidad.

El juego de luces matinales hacía converger el sol, los árboles, el horizonte del estuario, ligeramente curvado, mis ojos, todo tenso y apretujado en la luminosidad de mi dormitorio, en un piso tres, sin nombre y sin número, sólo un cuerpo, Eldrick, contra mis ojos, y un oleaje suave, un olor agridulce meciéndose frente a la nariz fotográfica, separándonos y devolviéndonos a épocas distintas. Nuestras miradas andan por un circuito muy corto. De la cara a la cara, a la cámara, a mis caderas, a mi cabello sostenido con un lápiz. En la rambla el estuario es tan grande que la cámara hace caber en él un horizonte completo.

Dentro de mi cuerpo se pudre un útero, se apagan los ojos de los visitantes más diversos que echaron sus anclas en mi astillero. Al ritmo de Eldrick, con café importado entre las manos, una utopía se infarta en mi cuerpo. No sé gritárselo a mi dedo en el obturador, a mis senos mordidos, a mi página de Internet. Aunque haya sido bello, Eldrick también se devuelve.

En mi piso tres se corroen los hallazgos (la dicha, el erotismo de ver, también es corrosivo) de todo el Palermo. La panceta en la puerta del fondo de la calleja, el chico marcando el piano, Batlle, Tristán Tzara, los libritos con fotografías, el viejito con su bandoneón, el pibe punk, mis papás peleándose en las fotografías que ni mis mudanzas rompieron. El tiempo se apaga, único, diatómico, indivisible. Me muero.

—Me muero, Eldrick —pronuncié, sin esperar un segundo de entendimiento.

Pero en mi cámara. En mi cámara las cosas viven otras épocas, a fuerza de cargar siempre contra el mismo error. Con la misma cara, la misma palabra, paralizada de antemano.

Me he detenido a verlo, fotografía por fotografía, y siempre llego a la misma conclusión: con qué desorden se mueve el cuerpo en una habitación iluminada. Mis pocos años, inmovilizada a la caja de las Obras Sanitarias, las tetas cayéndoseme, el lente engordando de grosor, me lo han enseñado. Del estudio de lo inmóvil surge el movimiento caótico. De la fotografía nace el ojo.

—Quiero fotografiar tu cuerpo, Eldrick —anuncio entre pausas para respirar, para transpirar, para recuperar el control sobre el cuerpo y volver a dictarle órdenes coherentes. Para pasar un mate antes de que la cara deje de arder.

“Alarga una mano, entorna ligeramente una persiana, toma las hojillas, lía un cigarrillo con saliva, todo el Palermo espera la primera bocanada para conversar sobre el hecho”, pienso, sobre el hecho de vivir y ser vivida, con mi ojo estacionado en un recuadro, mi cuerpo procesando mis pensamientos antes de imprimírselos a mis manos.

Eldrick también observa la ventana, y sé que también piensa sobre la vida detenida en un sábado. “¿Qué hago en esta habitación, en este territorio a cuya mugre aún no pertenezco, cuyos desechos no exhalé, y cuya prisa —cambios sobre la marcha, abandonos, virajes en U— aún no convertí en risa, en ventaja, en fecha patria?”, y no lo dice, aunque lo capta mi cámara, mi ojo, su especie de traductor universal.

—No te mueras, Eu —dijo Eldrick, como respondiendo hoy lo que dije hace un año, en el Cordón, en un edificio sin ventanas, arrojado como a prepo sobre Eduardo Acevedo.

¿Es que este día no está hecho con el mismo yeso que todos los otros días?

—Voy a fotografiar tu cuerpo. Si te movés, te arrojo por el balcón. Desnudo, así, abierto, despreocupado, sin tabúes y con vellos, así, dale, poniendo cara de sabor.

Si el sol se nubla o se mueve, o le ocurre maquillarse, lo arrojo por el balcón. Dura tanto este momento detrás de mi cámara, que no sé distinguirlo de otros años, de otras vidas resumidas en el crepúsculo. El momento exacto del rompimiento de las olas, el desbaratarse el rizo, Eldrick, ¿no es el momento más bello más triste?

Observo a Eldrick, poniendo su cara de sabor, su risa sintética colocada en su cabello color de tundra, su español francófono, las cicatrices de sus ojos, lamidas por el desexilio. Me observo a mí, encaramada sobre su cuerpo, embistiéndolo y descubriéndolo en cada maniobra de ataque, hecha con el yeso de otro día. Acaricio mi cámara fotográfica. Pienso en mi cámara fotográfica, en sus tierras pacificadas. Me propongo empezar a escribir toda su vida.

—Eldrick, no te muevas, bicho —pronuncio como salida de un molde de yeso, de una pila química. Me recuerdo aquí, en Palermo, y me retomo allá, en las Obras Sanitarias. Y no sé cómo consigo vestirme todos los días. A veces me resigno, otras viro en U, algunas me regalo un almuerzo con Eldrick, otras me ataco en una peluquería de Benito Blanco, y simulo perdonarme con naranjas y medio kilómetro de ejercicios diarios. Luego la cuerda se me acaba. Abandono y regreso a mi cámara, a mi erotismo por ver, como si me reintegrara a un coloso. Mis palabras no tienen curvas. Pero por poco. Sólo por poco.

—No te mueras, Eu —repite desnudo, ya excitado, ya erecto, ya rojo, ya placa fotográfica, ya bolsa de celuloide, ya anacronismo, ya trabajo casero, ya negativo de mi propio ojo, de mi propio cuerpo. Le fotografío erecto, en blanco y negro. Le parece hermoso.

—Pareces muy hermosa, Eu —añade. Su breve descripción se arrima a mí y me pregunta: “¿Seguirás en tu caja de las Obras Sanitarias?”. No puedo salir. No puedo desear salir.

—Eldrick, eres un tonto, no te muevas, tienes una erección hermosa y quiero fotografiarla —respondo. Respondo a Eldrick, o a mi cámara fotográfica, o a mi cuerpo doblado en U.

Sugiero unos ojos de yeso. Unos árboles con hojas al fondo, a pocos metros de una cancha, de unos niños estrenando patines. ¿Qué dirían los niños con patines de mis ojos ahora, justo ahora, que se los estoy imprimiendo a mis pensamientos?

Eldrick piensa: “Aún no he hecho ninguna madre”, se aburre, se duerme, se apaga sin combatir.

Soy hermosa, tarado. Soy hermosa, bicho.