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Revuelos de un corazón a distancia y posiblemente olvidado

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Me despilfarro. Sólo perturba mi respiración en esta tu habitación, vacía y en tonos inmóviles. Nunca la has pisado, y hoy la entrego a tu ser. Te pertenece el espacio entre estas cuatro paredes, así como te pertenezco yo. Mis nudillos se iluminan con falsos resplandores de aquellos tus ojos que un día hicieron reventar mi cuerpo entero. Es sólo un recuerdo. Ya han transcurrido las horas y después de varios amaneceres continúo queriendo darte la razón.

Conocía a la perfección la felicidad inmedible que el dirigirme a tal ciudad me provocaría, pero encontré más de lo que esperaba. Quizá más de lo que podría soportar con preparación. Mi alma se atiborraba de emociones no controladas al entregar mi cuerpo a estridentes melodías, pero tu terremoto volcó paradigmas. Ya no veo al mundo por igual. Tu encanto ha creado burbujas de sonrisas locas por largo y ancho de caminos. Más impregnado no podrías estar. Ni en mi mente ni en mi corazón.

Era fría la noche, pero tu boca evocaba palabras de cálido sentir. El viento no hizo estragos, pero tu aliento curó heridas. Es mentira que fueron relámpagos, ni rayos existieron en ese oscuro paraje. Fue sólo nuestra comunicación. Mi piel mostraba cierta frialdad, pero dentro era fuego ardiendo. En mi horario fueron décadas de encuentro letal, en lo usual simples minutos viajeros sin ataduras. No me percaté de los lugares, pero tanto el tapiz del mueble como tus tórridos brazos me envolvían. Era todo magia. El embone fue tal que me sentí tú, y tú eras yo sin siquiera habernos tocado. Encontrarnos de manera tan artística, tan culta. Sería injusta si pidiera más que esa noche, más perfección era preocupante pedir. Nos fuimos alejando a vista ajena, pero permaneció en mí algo tan tuyo. Lo respiré toda la noche, mis fosas nasales se acostumbraron tan fácilmente a tu enigmático aroma, sabían lo que tenían que hacer. Absorber tus fragancias humanas. Cada secreción. Líquido o ya evaporado por nuestra fiebre. Finalmente nuestro. O finalmente tuyo o mío, con la distancia de por medio.

Te soñé, te extrañé, te pensé, te grité, te necesité cada segundo de mi estancia en cama. Soñaba tus murmullos, extrañaba tus movimientos, pensaba en mi aceleración, gritaba tu nombre reclamando el necesitarte sobre mí. No comprendí el significado de duración ni su forma de trabajo, sólo recorría lo que llaman tiempo en madejas de suspiros volando a tu presencia. No quise robarme tus labios estando a tu lado, y obtuve el premio de imaginarme su sabor en cada paso de saliva mientras intentaba soñar. Mi mente ejerció un fantástico trabajo. Dormí.

Desperté con tus palabras en mis manos. Frases que erizaban cada vello, de cada fuente que tengo al exterior. Miraba al techo y los barrotes me decían que te tendría cerca. Salido ya el sol se me hacía poco. Ya había presenciado antes una luz más perfecta al estar contigo. Más de acuerdo a lo que precisaba. Pude al tanto sentirme mal. Cansancio, bruma, náuseas, sofocación. Tenía tanto y no a ti. El mareo del desconocer me dio tumbos por instantes, pero la fortuna siguió mis pasos y tus noticias mejoraron mi salud. No sin antes claro revolverme el estómago y evocarme cabalgatas. Estampidas.

Después de horas llegué a ti. Todo alrededor se paralizó dándome más espacio para producir satisfactorias explosiones. Me rompía de nervios y aun así supe que no caería si no fuese contigo. Sentía más turbación y éxtasis que estando entre pilas de libros. Tu presencia había roto las paredes de la inteligencia. De la simple razón ahora ausente. Y de todos modos me sentía tan llena.

Vagancias hubo pero el cansancio prefirió diluirse. Las gotas de sudor ya se habían evaporado en niebla cegando horizontes. Pero algo más irrumpió. Tuve miedo. El miedo de perderme en ti y no reconocer las vallas de lo posible y de lo correcto. El miedo de entregarme a viles sueños y en un momento despertar derrumbada. Derrumbada sin ti, quizá con la conciencia sucia y repleta de yerro. Preferí construir una barrera. Lo suficientemente fuerte para saber hasta dónde llegar, lo suficientemente débil para bailar en sus umbrales. Disfrutar. Fue encantador el deambular entre fotografías y pinturas. Trazos que enmarcaban el encuentro. Nuestros cuerpos. Fisonomías que nos hacían apreciarnos complejos. Pero tan conocidos, como de toda la vida. Coronamos escaleras y nos ubicamos en lo alto de los pisos. La vista era agradable a pesar de fríos candelabros vacíos que nada me transmitían. La verdad, no lo necesitaba. Tú me transmitías calor. Poco a poco nos acercamos y fuimos olvidando las palabras que tiempo nos estaban robando. Me besaste. Volé. Entre nuestras pieles saltaban descargas de electricidad y era cada vez más imponente el deseo de ser uno. Me acribillaste con tus labios lanzándome dócilmente al muro más cercano. Mis delirios nocturnos fueron sobrepasados por la realidad que me estabas otorgando. Aún sentía el miedo, pero era momento de bailotear en las faldas de mi barrera. Tejía los pasos de una danza nueva para civilizaciones antiguas donde a pesar de lejanías interminables no habría habido espacio suficiente para nuestra grandeza.

Me alejé y de mí florecía insensibilidad. Gran máscara para todo el cúmulo de esplendor que ahora habitaba en mí. Mis entrañas reclamaban más de ti, dejaban araños en los tejidos de mis órganos. Pero si continuaba danzando perdería los estribos y me ahogaría en el mar de los deseos. De la seducción. Con calma visible en mi semblante volvimos a vagar, te miraba de reojo. Pretendía compartirte las borrascas que engrandecían mi conmoción, pero no pude. Me atasqué y preferí respirar un poco más, con lapsos entrecortados, miradas al suelo para obtener tranquilidad. Momentos después nos separamos y cada quien encaminó su tarde a alguna otra actividad con más raciocinio que el que nosotros pudimos emplear. Prometimos vernos de noche, y era lo único que deseaba realizar.

Disfruté de nuevo mis horas presenciando música que me llenaba por completo el espíritu, pero me hacías falta tú. Te buscaba entre las miradas perdidas de la gente, entre tumultos de incomprensión. No te encontré. Frecuenté mi mirada y mis pensamientos a personas ajenas a mis deseos, adquiriendo solamente más vacío del que solía desafiar. Me encaminé al hotel, acompañada, corriendo. Tenía ahora por comisión involucrar a más personas y tratar de hacerlas feliz en una noche potencialmente activa para festejar, para disfrutar del fin de semana. Qué buen chiste. A pesar de que mi acompañante me aconsejó no gastar tiempo para poder verte de nuevo, y extasiarme haciendo realidad mis deseos que sin expresarlos verbalmente se notaban ante el más inútil de los bufones presentes, me fue imposible consumar sus consejos. Desfilaron horas y hasta dentro de esa apreciablemente interminable espera te vi a lo lejos, en la plaza. La bendita plaza donde me arribaste. La maldita plaza donde me empezaste a embrujar.

Tus ojos me encontraron. Me invitaron a quebrantar leyes morales. Encendieron el fogón que guardaba dentro. Merodeamos entre líneas sin rumbo, como si recorriéramos el pabilo que detonaría en el clímax del apetito. Caminamos a un lugar separado y nos entregamos en besos que pudieron hacer temblar la ciudad entera. No importaba quién nos viera. La decencia había quedado atrás, no conocíamos de moderación. Desafortunadamente para nuestra sed, se interpusieron detalles sociales que debíamos atender. Pero no tardó más el reloj en cantar dos horas recorridas, cuando estábamos ya de la mano. Me condujiste a cierto lugar con ambiente tranquilo, donde las ideas, las inquietudes y la libertad eran la lucha diaria de cada sujeto. En ese momento se expresaba con el cuerpo, con el ritmo. Realmente no podía solicitar nada que no estuviera ya en mi posesión. El concepto de felicidad se quedaba corto. Tu cuerpo se hallaba a mis medidas. En contraparte y como tajada final, la barrera que antes había erigido se rebeló contra mí produciéndome negaciones. Quería probar más, conocerte a fondo y sin restricciones. Mas no pude, me detuve. Esta vez la danza no fue el número central de la presentación.

Entre besos delicados y caricias prometiste buscarme.

Hoy estoy sentada entrelazando dudas y afirmaciones. 994 kilómetros estoy separada de nuestro lugar de encuentro. 968 lejos de ti. Me atacan las preguntas, la penuria de saber si fueron interrupciones tecnológicas o, en defecto, tu decisión de no querer saber de mí. ¿Querrás aún reencontrarte con la mujer que has hechizado? ¿Te he dejado de interesar? ¿Complacería tu agrado el comerme de nuevo? ¿Preferirías no conocerme más?

Al presente ruedo entre las sábanas y visualizo el roce con cada parte de tu piel. Cada bulto en mi cama representa tu espalda. Tu deliciosa espalda. Caricias, fricciones, rasguños, besos, mordiscos. Todo puedo darte en espumarajos de imaginación. Un mensaje espero, el recomienzo de la acción.