Letras
Dos relatos

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El Gato de Cheshire

Los idiotas y los mansos nunca logran ver al Gato de Cheshire. Dotado de una sensibilidad especial para medir la estupidez, permanece invisible en las academias, en los programas empresariales, en las clases de yoga, y, sobre todo, en los cursos de superación personal. Pero si el felino nota alguna chispa de inteligencia, es posible que el paseante logre verlo, podría ser tan sólo su sombra, o su cuerpo saltando de rama en rama. A medida que el animal fabuloso de Cheshire detecta un aumento en la capacidad intelectual del observador se muestra más y más, se detiene, y unos pocos en la historia han podido conversar con él. Pero el verdadero premio es que el gato sonría a su interlocutor, pues sólo lo hace ante los seres geniales. Miguel de Cervantes y Saavedra vio ese relámpago de felicidad en el momento en que un moro gigantesco le cercenaba la mano a fuerza de cimitarra. El guardia que cuidaba la Gran Muralla China refiere en sus memorias que un extraño gato carcajeante seguía a Lao Tse cuando, montado en un buey negro, abandonó el Celeste Imperio y se internó en las eternas arenas de Mongolia para huir de la creciente estupidez de la corte y sumarse a la inagotable arena que se desliza en la clepsidra del Tao. Según el códice Nuteris abdicó Quetzalcóatl a su imperio, a su trono y su cetro, porque cada noche veía la sonrisa del gato de Cheshire, pero ésta se iba alejando, cual prodigio celeste que guía al chamán a un mundo incógnito. El gato, sin dar ninguna explicación, cada vez se aparece menos a los seres humanos. Lewis Carroll tuvo algunas noticias de él. Refiere el británico que se le apareció varias veces a Alicia. La niña había sido condenada a muerte por el rey y la reina, pero el gato, mostrando sólo su cabeza, desconcertó a los dictadores, que se sumieron en una larga discusión acerca de la posibilidad o imposibilidad de cortar la cabeza a alguien que no tiene cuerpo. Desesperados por tan larga ausencia, los empresarios de la televisión han hecho el más atrevido de los Reality Shows. “En busca de la verdadera sonrisa del gato de Cheshire”. Diez millones de dólares es el premio. Sonámbulas cámaras graban día y noche a una horda de imbéciles que hurgan en alcantarillas y palacios, en mazmorras, en túneles abiertos por los narcotraficantes, en el tocador de una prostituta jubilada, debajo de la tribuna de un predicador famoso, y en las bacinicas de sus abuelitos, buscando la cotizada sonrisa. Ha sido tanta la inquisición que el más bobo, Pancho El Tigre, asegura ser el ganador del premio. Incluso ha mostrado un video en el que el animal va desapareciendo poco a poco, pero en lugar de sonrisa, lo que sale de su boca es una hemorragia de sangre con acordes agónicos. Exige sus dólares, pero nadie se los da, pues el requisito, le dicen, le repiten, es la sonrisa del gato. Por supuesto, sus competidores están animados y pretenden encontrar ese destello de alegría que falta. Algunos hasta hacen sesiones espiritistas para comunicarse con el alma de Alicia y preguntarle en qué escondrijo del universo está el felino. Pero hoy todos lloran. Un famoso diario publicó una investigación donde se demuestra que el gato se suicidó. Asegura el ensayista que el minino de Cheshire siempre desaparecía en una sonrisa, y que el vómito de sangre no es más que la prueba de que la náusea lo mató, por lo tanto, cualquier búsqueda es inútil, tanto ahora como en todos los milenios de estupidez que nos restan por vivir.

 

Medio Pollito

Medio Pollito, el héroe mutilado, sigue vivo. Qué escarnio para la humanidad que sólo cree en Superman y compañía. Hubo una gran tormenta, el viento y la lluvia retorcía los penachos de las palmas reales. Los establos, las granjas, estaban inundados. Después sobreviene la calma húmeda. Salgo al patio a revisar unas jaulas postergadas en la memoria. Abro una. Lo veo. Casi todo su cuerpo está sumergido en el pienso amarillo y mojado. Antes tenía un ala. Ahora no tiene ninguna. Es un caparazón de pollo sin plumas, con una sola pata, un cuello flaco y en la cabeza, donde tenía un ojo, tan sólo le queda la mitad. Se quedó medio ciego de tantas torturas. Ataron su única pata con una cinta azul a los barrotes de la jaula. Yo no me acordaba de Medio Pollito. Cuando era niño mi madre me contó su historia. Había levantado una procesión creciente con un fatídico anuncio: “El cielo se va a caer y el rey lo debe saber”, gritaba el mutilado en caminos vecinales y pueblitos de la sierra. Lo siguió media humanidad. No sé en qué paró su procesión. Llegaron para mí los tiempos de la responsabilidad y de hacer dinero y olvidé a Medio Pollito. Hasta ahora que lo veo rememoro su historia. No sabía que estaba en este patio. De casualidad abrí su prisión, si no se hubiera muerto. ¡Ni las gracias me dio! Yo sé por qué. ¡Ni la vida ni la muerte le importan al condenado Medio Pollito! Tiene alma de tarambana. Corté la tira. Se levantó y no habló nada de los tormentos que le han hecho, hizo algunos comentarios banales. “¿Sabías que Pata Chapo tiene un nuevo marido?”. “La vieja puta le paga a un gigoló de 20 años para que se la tupa”. No me dio las gracias Medio Pollito. Empezó a brincar con su única pata y se marchó por el callejón que hay junto a la casa de mi tía Marina. Iba murmurando solo... como siempre. No sé por qué presentí que planea seguir viajando por mucho tiempo en su única pata. Muchos países verán cruzar a este mutilado, casi ciego, que nunca ha pedido ayuda ni se ha quejado desde aquella lejana tarde cubana en que mi madre, sentada en el amplio corredor de la casa de Emiliano Fernández, mi abuelo, abrió su boca para contarme la extraña historia de un pollo lisiado que se había convertido en profeta de las desgracias luego de recibir una revelación divina.