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Amparo Romero VásquezAmparo Romero Vásquez, hija del laberinto y el silencio

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Hallé a Amparo Romero Vásquez engastada, como una gema, entre la montaña, el río y la arboleda en su rincón de Villa Gloria, Cali, apartada del cemento y el azogue. Allí pasta como una gacela, come de la mano de los árboles y sueña hasta muy tarde entre la sábana de las sombras y los resplandores. Al verla con su porte elegante y su paso erguido, piensa uno en Juno o Afrodita, y cree que la poesía fue su leche y los versos sus muñecas.

Yo vengo de un país de dorados espejos,
allí la lluvia es de cristal    
y el horizonte de espumosas aves.
Yo vengo de robarle a las estrellas
sus ráfagas de aceite para saciar mis lámparas.

...

Yo procedo de casas blancas
y enredaderas de cafetales florecidos,
de la miel cobriza de los cañaduzales.

...

Yo fui en viejos tiempos destruida
por átomos volátiles,
había barro fermentado cubriendo
la leve claridad de mis mañanas.1

Desde muy temprano la musa que hace trenzas con palabras y lleva terciada la lira entre sus brazos la visitó en su casa y le dio su beso. Los recuerdos de música de pianos, arpas y violines, de Schubert, de Bach, la llevaban en sus alas. Acudió a las aulas de la Escuela de Bellas Artes, practicó el solfeo y luego rasgueó la guitarra y arrulló las melodías entre un acordeón de rojo y nácar y marca Honner. No todo eran sonrisas de niña ensimismada, ensoñación de duendes y búsqueda de una región con riberas de cenizas y de laberintos para su alma. También las nieblas del silencio y la violencia del hambre y la indigencia preocuparon su fragilidad de mujer y su sensibilidad de poetisa.

Comencé a tejer mi fantasía
con soldados de plomo
y velos que danzaban ocultando las estrellas.
Perseguí entre el polvo el secreto del reloj
y la ciudad donde se ocultan los eclipses.
Hice preguntas
que sólo la guerra
contestó con su estallido
y seguí preguntando
por aquel espantapájaros
que entablaba diálogos con los amaneceres,
por el trigo que no se repartía,
por los pies que se hundían en el fango.
Y aún continúo desandando el olvido
preguntando el porqué de los ocasos
de las cenizas muertas
por las dagas que desangran las auroras
y la masacre que llena un cementerio.2

Con la edad que llegan los amores llegó también la muchachada. Fiestas, salones y versos de ilusiones eran el pan de su diario. Buscó la razón, exigió a la voz paterna y la casa le fue esquiva. Amparo Romero prefiere decir de esta época que fue una solitaria porque la soledad amada desde entonces la tomó por confidente. Más allá de sus sonrosados 13 años aparecieron entre sus sueños, los viajes, los clásicos, el afán de escribir y de liderar revistas estudiantiles, y de compartir sus ideales con los vecinos de la calle.

Has descubierto la verdad,
estoy cansada de esta música
de la sombra que vegeta en las paredes
del viento que mueve mis molinos.
Estoy cansada de la caricia
que diariamente me subleva
de las frases que mitigan mi sed
del verdugo y la sentencia
de la rueca donde hilo
las cascadas de mis sueños.

...

Estoy cansada de la risa
y las máscaras que uso

...

Estoy cansada de la soledad
que se devora las calles
de los campos sin labriegos
de las palabras sin dueño
y el hambre de las manos vacías.3

Cansada, pues, de la soledad, de los vanos amoríos, une enamorada su vida con el hombre del cual se separará después de unos hijos, de viajes y un surco de abrojos y violetas. Leía cuanto libro se le ofrecía a sus ojos. La medicina, la Enciclopedia de la Juventud, Corín Tellado, Sisi, emperatriz, y todo lo que supiera a sutileza y erotismo. Frecuentó de su brazo la casa de Lila Cuéllar y allí disfrutó la música que ella seleccionaba de los clásicos. Rompe las cadenas del matrimonio que le estorbaban sus sueños y su oficio. Empezaron los amigos a invitarla a recitales y ella tuvo como parangón y ejemplo las eventuales sesiones de declamación de su padre. Allí comenzó una estela de aplausos y de triunfos en concursos nacionales e internacionales.

En Roldanillo el Encuentro de Mujeres Poetas Colombianas la inscribió en su libro y ella brindó su concierto de cabellos de oro y de poemas heridos. Vinieron los premios y menciones por su amor y pulso de soprano con la poesía. Piedecuesta —1987—, San Vicente de Chucurí —1993—, El País de las Nubes de Oaxaca, México —2002—, Porfirio Barba Jacob, en Medellín —2003—, Trejos Reyes en Riosucio —2003—, Mención de Honor Jorge Isaacs, en el Valle del Cauca, su tierra, y acaba de recibir la presea principal en Cereté, en el concurso “Un mar de poesía para Meira”. Para su numen y sus encantos Fortuna y Erato le han tendido alfombra roja.

Amparo Romero ha hecho de la poesía ya una señora, o una hechicera con cabellera de anises o un caballo de mar o una princesa de Armoas, y ha montado en el fuego y los cuchillos. Ha pasado por su laberinto sagrado para imprecar, conjurar, saltar de gozo o soñar con los abismos y sus cenizas. Ella desde su niñez la ha sentido llegar muy queda, o en medio de la tiniebla, o sobre el mar en guerra o vestida de polvo de cristal hasta sus huesos. Con la fuerza que saca de su ser de fémina a punto de expirar, raya con el punzón teñido en muerte, toma la brida y un látigo y llama a sus congéneres a despertar del sueño diario:

Bienaventuradas las que amamantan fieras
las que con su voz ineludible gimen
las que erguidas siembran lirios y llantos /
como hadas

...

Bienaventuranzas las mansas
las soberbias
las que como locas muestran sus dientes
las que gritan en la noche
las coronadas de sed
aquellas que con garfios de hierro
les arrancaron sus lenguas
y les cosieron nudo a nudo sus labios.
Bienaventuradas las que trenzan odios
en sus largos silencios
las que practican las siete virtudes
y siete veces ungen con aceites al verdugo.4

La poesía para ella es su noche y su amante necesaria y permanente. Ella dice que la conoce de cerca y es belleza y horror, y Destino escrito en sangre cobriza. Es su oficio solitario y único, de espaldas al mundo, sagrado fuego y salvador. La poesía que le gusta probar y hacer es la que le sabe a ambigüedad y cripta, mas como una novia romántica, se deja seducir por un verso y su metáfora. Considera amigos íntimos a Borges, a Pessoa, a Kavafis, Olga Orozco, a Pizarnik, a Gioconda Belli, a Piedad Bonnet, a Giovanni Quessep y William Ospina.

Amparo tiene un nido que comparte con su esposo, sus hijos y sus nietos. Ciro Edgardo es la noche y la aurora que la llama con su misterio y el acento de su violoncelo. Sus hijos Juan Carlos, Andrés Felipe y Francia Lorena son haces de luz por donde camina y los nietos Juanita y Nicolás son verdes hierbas que han ido creciendo para darle cada mañana frescura y primavera. A ellos ha cantado como alondra amarilla que salta de la rama al tronco y del nido al viento con el embrujo de su boca roja y su mano azul de cielo.

Plenilunio abre sus puertas para dejar entrar el aroma de Romero y Vásquez a esta casa amplia de la Luna. Estamos de fiesta porque una de las mujeres consentidas del Olimpo colombiano hace su aparición como hija de la Musa de la lira y la palabra en este recinto de ojos limpios.

 

Notas

  1. Romero Vásquez, Amparo. Los gritos de las Columnas. Cali: Imprenta Departamental del Valle. 1988. Pág. 11.
  2. Ib. Pág. 13.
  3. Ib. Pág. 49.
  4. Romero Vásquez, Amparo. Memoria de la nada. Poema para despertar una mujer triste. Cali: Univalle, Colección Escala de Jacob. 2004. Págs. 46-47.