Sala de ensayo
La Noche de los Bastones LargosDeterioro del lenguaje y autoritarismo en la Argentina

Comparte este contenido con tus amigos

Prefacio

La palabra “deterioro” alude a merma de lo completo, a disminución de lo entero. Así entendemos, fácilmente, que tal o cual cosa, por ejemplo, una silla o una mesa, se encuentra deteriorada cuando está rota o arruinada, aminorada en su función de uso. La rotura devalúa el rótulo: nos resulta difícil rotular silla a una silla, o mesa a una mesa, cuando una y otra tienen sus cuatro patas rotas o convertidas en ruinas que impiden que la silla y la mesa se mantengan en pie. Al haber perdido su forma original, la silla y la mesa han perdido también su nombre. Deteriorada la sustancia, la esencia se oculta ante la vista. Ocultarse ante la vista y desaparecer son maneras de decir lo mismo. No nos viene el nombre a la mente de aquello cuya forma no nos recuerda su esencia. El ocultamiento de la esencia participa del olvido del ser. Lo que no podemos nombrar, es porque antes lo hemos olvidado. Esta ruina existencial acosa al hombre que, en lugar de pensar, calcula, y, en lugar de nombrar, enumera. Se puede enumerar la cantidad de fragmentos, pero no se sabe nombrar la calidad de lo entero: la silla o la mesa. Queda lo disperso: falta de concentración en la esencia y de intensidad en la sustancia se corresponden. Esos fragmentos no componen ni la silla ni la mesa, no redactan su textura. El nombre o la esencia, la forma o la sustancia, desaparecen, se retiran, una y otra, del pensamiento y el lenguaje.

Si mostrar el ente es decirlo, ocultarlo es callarlo. Decirlo es decidirlo en el lenguaje, hacerlo hablar. Siguiendo este hilo conductor, restaurar el lenguaje se asemeja a parar la silla o la mesa sobre sus cuatro patas. Una realidad parada sobre sus cuatro patas dice su nombre y muestra su forma: se devela. Un lenguaje así repararía nuestra relación con el ser en la verdad o desocultamiento del ente. Un lenguaje de la identidad cultural repararía la relación con nuestro origen (como pueblo) en la verdad de nuestro destino (como nación). Si es cierto que aquella comunidad que desconoce su origen popular tampoco comprende su destino nacional, no menos lo es el hecho de que la educación constituye la piedra de toque que transforma a una masa de individuos en una sociedad de personas. Y no creemos que ello represente un asunto más entre muchos, sino, por el contrario, la cuestión crucial donde confluyen las ramas tácticas de una estrategia política troncal. Saber ser uno en la diversidad de los otros, realizarse persona en una comunidad de prójimos, constituye la clave de la educación: saber prometerse en el ser para poder realizarse en el hacer. Desde esta perspectiva, la educación es realización de una promesa: a pesar de todas las dificultades y contratiempos, parar, sobre las cuatro patas de la integridad, la propia identidad. Sobre las cuatro patas de la integridad social, parar nuestra identidad cultural: prometernos como pueblo el realizarnos como nación. Persona y pueblo, en cuanto categorías ontológicas, se corresponden con ciudadano y nación, en cuanto categorías políticas. Si el hombre se realiza como persona en el seno de su pueblo, la sociedad se promete como pueblo en la realidad de la persona.

 

1. Signo abierto y orden cerrado

A menudo nos preguntamos por nuestra decadencia cultural. Sostenemos que ésta comienza en el pensamiento, continúa en el lenguaje y se proyecta en la conducta. Desde el interior hasta el exterior, se percibe como un plano inclinado por el cual se precipita la existencia, de lo más alto del ser hacia lo más bajo de su manifestación. La subversión lingüística —una gramática que se trastoca y una sintaxis que se desarticula— evidencia el desgajamiento de un pensamiento orientador. A la anemia intelectual le corresponde la anomia moral, y, en tal sentido, el lenguaje no hace sino enunciar (y denunciar) la realidad que lee, en el plano de las ideas y en el de los hechos.

Hace cuarenta años, en 1966, la Argentina sufría un quiebre de su orden institucional, cuyo blasón de heráldica fue el asalto a la universidad (invasión de los claustros, con vejación de catedráticos e investigadores) y el insulto al pensamiento (supresión de la autonomía de ocho casas de altos estudios). Este golpe a la diversidad de pensamiento y esta ruptura a su unidad intelectual han venido produciendo, desde entonces, un profundo malestar en la cultura, al cual no dudamos en calificar como desagrado cultural. De no mediar acciones rectificadoras, esta situación se agravaría hasta alcanzar la fragmentación de la sociedad o desagregación social y, tarde o temprano, la disgregación popular, la disolución del estado y la desaparición de la nación. Para quienes perciban en esta advertencia el sesgo de lo improbable, les recordamos la crisis del año 2001, cuyos efectos, aunque disimulados, lejos se encuentran de haber sido disipados.

La disociación o desagregación crece bajo la modalidad de sospecha y desconfianza: el otro es visto no como compañero o socio de un proyecto compartido, sino como competidor, cuando no chivo expiatorio de mis frustraciones. Este disocie en la organización social se percibe con el rasgo de tejido inconexo o malla rota: si no reconozco prójimo al otro, tampoco puede aceptarlo amigo, y, en consecuencia, siguiendo un razonamiento tan lineal como exiguo en sus alcances, lo identifico como adversario. Si no hay un proyecto compartido, la unidad común —la comunidad— no existe y la sociedad deviene una masa donde la voz del más fuerte se traduce en grito. Al no poder articularse las formas reflexivas del diálogo, lo que resta es una simulación paródica: el balbuceo verbal, expresión de un vacilar interior. La barbarie de quien no enhebra palabras, es también la de quien no hilvana ideas. Un hombre así degradado, incapaz de nombrar y nombrarse, grita e insulta. El grito es la voz del autoritario y el insulto toda palabra que sale de su boca. No se grita porque se posea autoridad, sino, precisamente, porque no se la tiene; y el autoritarismo es eso: impostura o fingimiento de una autoridad ausente. En este alejamiento o separación de la esencia, que es la ausencia, no puede sino evocarse un ocultamiento, el del ser, y convocarse una simulación, la de la existencia: ocultamiento y simulación constituyen la manifestación de una vida inauténtica. Cuando el grito es la voz y el insulto la palabra, estamos en presencia de una ausencia, de una parodia de comunicación: no se busca un acercamiento al otro para comprenderlo, sino un cercamiento para dominarlo. La comprensión conoce al otro como prójimo; la dominación lo conquista como adversario. La conquista no es sino la negación del conocimiento del otro. El lenguaje del autoritarismo aparece como la negación del conocimiento del otro y de su subjetividad. Por esta razón, lo axial de toda dictadura es procesar al otro como sujeto y condenarlo como individuo a una existencia sin lenguaje propio: un proceso que revuelve el decir de la subjetividad y subvierte al sujeto en objeto de un dictar omnipresente que, por todos lados, señorea su ausencia de autoridad. No casualmente, la Revolución Argentina (1966-1973) y el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) eligieron el nombre de Revolución, esencia de nuestro nacimiento histórico como pueblo (en mayo de 1810), y de (re)Organización Nacional, sustancia de nuestra emancipación soberana (en julio de 1816), ya que usurpar el sentido de las palabras y tergiversar el lenguaje es propio de todo régimen antidemocrático. También lo había hecho la denominada Revolución Libertadora (1955-1958), ficcionando una realidad ya cumplida en 1810 (con la gesta popular) y en 1816 (con la independencia nacional). Y es esto toda dictadura: el dictado del autoritarismo (de facto), que, en ausencia de un decir de la autoridad (de iure), ficciona la realidad, friccionando el lenguaje que la expresa. Aquellos regímenes facciosos oscurecieron nuestra relación con el ser a un punto extremo: el pensamiento, el lenguaje y el cuerpo representaron el objeto de su persecución, y el estado policial fue, ante todo, un estado policida.

Instalado el malestar en la cultura argentina —censura en todos los ámbitos del pensamiento crítico-creativo y cesura de su lenguaje transmisor, aherrojadas las libertades cívicas y arrojada fuera la voluntad popular—, la nación asistió a una creciente devastación, ensayada en el 30, inaugurada en el 55, consolidada en el 66 y perfeccionada en el 76, como oleadas de un marasmo cíclico que la fue sumergiendo bajo el hielo de las frías aguas del letargo como nación.

Hemos de reparar ahora en que la Noche de los Bastones Largos, el 29 de julio de 1966, encontró su aciago complemento el 30 de agosto de 1976, con la quema de un millón y medio de libros del Centro Editor de América Latina. El ultraje al pensamiento condujo a la destrucción de la palabra, así como ésta al aniquilamiento del cuerpo. Sin pensamiento, sin palabra y sin cuerpo, la realidad humana quedaba abolida. Esa tarea de ultraje, destrucción y aniquilamiento precisó dos décadas, y nos está demandando otras dos restaurar el espíritu de nación sobre una base de voz popular que articule una palabra enunciadora de proyecto nacional. La realidad de los hechos, por una ley universal de correspondencias, es también realidad de símbolos: en su lectura especular, las claves de nuestra historia; en la simetría de su forma, el fondo mismo de nuestra relación con el ser. 1966-1973, 1976-1983, fueron dos décadas de construcción de una ausencia; 1983-2007 son dos décadas de restauración de una presencia.

La palabra, en tanto objeto del pensar, es sujeto de los hechos. Decir es decidir en el lenguaje el sentido de la realidad: flujo y reflujo de un lenguaje que va hacia las cosas y viene del pensamiento. Decir es signo abierto. Dictar es orden cerrado. Si el primero habla el ser, el segundo lo calla. El signo enseña, el orden instruye. El dictar de la palabra que ordena instruye un sentido de la realidad según el modelo del orden. Así, el orden cerrado de la instrucción militar deviene, en el mundo de la polis, dictado del orden público, decir de la dictadura. La dictadura ordena la palabra como un dictar la norma que ejecuta el orden. Ejecución de una sentencia de muerte de la palabra que dice. El orden cerrado disciplina, cierra filas, ejecuta la marcha. En última instancia, la solidificación de una estructura jerárquica, presente en la cadena de mando, se “ordena” en el sentido de la disolución de toda subjetividad: el sujeto se disuelve en lo abyecto de la orden que lo disciplina. Disciplinar significa aquí convertir al sujeto en objeto de la orden: ejecutar la orden es también ejecutar al sujeto que la cumple, en cuanto se cancela su subjetividad. Cancelar es cerrar las instancias abiertas de una trama. Por ello, el orden dictatorial, lo primero que hace es clausurar los órganos expresivos de la voz popular: la prensa, los partidos políticos y el Parlamento.

El dictado de la dictadura implica el callar de un decir de la polis. Decir es decidir en el lenguaje la celebración de un pensamiento distinto, que se opone a toda marcha uniformadora. La ejecución del pensamiento único en el dictar de la palabra que ordena, y en el orden de la acción que es mandada, percibe la subjetividad como una fuerza adversa a la que hay que combatir, cuando no aniquilar. La aniquilación de la subjetividad aparece como la última frontera de un lenguaje entendido como instrumento de poder y dominio sobre el otro. He ahí su victoria: la derrota de cualquier posibilidad de encuentro entre dos seres humanos, cuando han quedado “reducidos” a cantidades numéricas, la de un “uno” que ordena y la de un “dos” que obedece. Ese 1 y 2 no es sino el paso de la marcha. El orden de la marcha, acabadamente, expresa en los hechos el orden del pensamiento único. El lenguaje, llevado a esa tarea de combate, no puede menos que devenir armamento, instrumento simbólico de control y dominio. Cuando el poder de la dictadura cede, el lenguaje ya ha sido doblegado. El verdadero éxito de los regímenes militares en la Argentina ha sido doblegar la subjetividad en el lenguaje. Un lenguaje caído es un pensamiento en retirada.

 

2. Soberanía del lenguaje

Nación es la unidad cultural cuyo sujeto de soberanía es el pueblo. El Estado, su organización política. Pueblo y nación, hemos dicho, guardan analogía con persona y ciudadano. La nación es para el ciudadano como el pueblo para la persona: el ámbito público o social de reunión de las identidades privadas o individuales, en el cual, de la contemplación de lo propio, surge la comprensión de lo ajeno. Contemplarse persona habilita plenamente para comprender al otro como prójimo, y éste es el salto cualitativo de un sentido de la trascendencia encarnado en los signos de la inmanencia. En los signos abiertos del lenguaje, el hombre comunica sentido a su prójimo, y ambos, siendo personas distintas, se reconocen semejantes. Contemplar mi imagen en el espejo de la identidad es comprender tu semejanza en la transparencia de la comunicación. El otro, a quien hablo y escribo, me habla y me escribe: la transparencia se descubre trans-apariencia. Sólo en esta mirada del darse, en esta entrega del abrirse, se conoce, se nace en el ser de una trascendencia que se nombra tras-ascendencia. Ascender más allá de la individualidad nos enseña lo alto en lo profundo: ser es nacer con los seres en un diálogo. Y el ser es el diálogo de las existencias. El lenguaje es el locus del ser, el lugar desde donde el ser nos habla. Hablar es hablar el ser y escribir es escribir la historia del ser. Cultura es celebración de esa palabra y memoria de esta historia. El lenguaje se descubre esencia de la cultura, cuidado esencial de la relación del hombre con el ser. Esta trascendencia no está lejos, sino cerca; se la puede aprender allí donde la existencia enseña la comunicación de las identidades, allí donde la identidad del ser conduce a la comunicación de las existencias.

Si el sujeto de soberanía es el pueblo, el de identidad es la persona. La cultura forja la identidad, y la lengua templa la soberanía, en cuanto transmite y conserva aquella herencia como factor de cohesión interna (en el pensar) y de coherencia externa (en el hacer). El lenguaje es expresión necesaria de una experiencia posible del ser en el mundo: la palabra dice el ser y nombra las cosas. Nombrar es dar forma en la palabra. Dar forma es crear presencia para la ausencia, develar el ser en la esencia. El lenguaje devela el ser de los seres, al nombrar su esencia. Cuando nombra, es porque dice. Cuando dice, es porque escucha.

Hemos intentado, dentro de lo que nos ha sido dado, decir de distintas maneras aquello que se nombra de una sola: si un pueblo es sujeto de soberanía, no es tanto por el territorio geográfico que ocupa, sino por el lenguaje, territorio espiritual que habita. La soberanía de un pueblo se funda en el lenguaje con que habla el ser y escribe su historia. El deterioro del lenguaje en la Argentina no puede sino padecerse como un daño a la soberanía como nación de su pueblo. En esto, hemos de decirlo con pena, el Estado se ha parecido a un padre ausente, más atento al merodeo de las circunstancias que a la fundación de lo necesario. Y lo necesario representa la estrategia permanente que da sentido a la táctica de lo contingente.

Toda soberanía nacional comienza en el lenguaje, y aun más: en cuanto transmisor de la cultura de un pueblo, éste constituye la esencia de aquélla, porque pensamos, sentimos y hacemos en la palabra; y ésta se entona y matiza en la lengua que nos ha sido transmitida.

La palabra sociedad alude a socios que se acompañan, compañeros que se solidarizan. Como articulación sentimental, pueblo es la voz de una sociedad. Nación, su mirada, su articulación intelectual. Voz que nutre el lenguaje. Mirada que nutre el pensamiento. Así como la palabra es dimensión de encuentro entre ser y ente, el pueblo es ámbito de unión de sociedad y nación. Pueblo es la palabra que una sociedad se dice para nombrarse nación.

La Noche de los Bastones LargosHabremos de reparar, en este tramo del curso de nuestra indagación, que el interrogar de la mirada teórica, necesariamente, se resuelve en un cuerpo práctico de respuestas. La pragmática sigue a la teorética como el vuelo de las aves a la corriente del viento que lo guía. Hemos mencionado que todo deterioro exige una restauración: por donde crece el daño, sobreabunda la oportunidad de reparación. El lenguaje devaluado de un pueblo se nos presenta como testimonio de una existencia inauténtica, una identidad cultural aminorada y una soberanía nacional en crisis. Bajo el seductor abalorio de la globalización no puede sino esconderse el más perverso accionar policial de un poder político con alcance mundial, que bien podría resumirse en un esquema mercantilista, según el cual producir y consumir constituyen los dos fieles de la balanza con que se pesa la vida de las personas y de los pueblos. No es difícil advertir que los síntomas de tal desvarío van junto con los signos de una completa y absoluta falta de sentido de la trascendencia. La existencia queda reducida a un negocio, a la agitación continua en el acumulo de sensaciones, en suma, a la negación del reposo propio de la contemplación, que se nombra con la palabra ocio, ya vinculado, en el mundo moderno, al divagar de lo inútil, cuando, precisamente, se ha invertido la pirámide y han quedado los valores abajo y los precios arriba, por decirlo de alguna manera un tanto gráfica para que se entienda mejor, o las cualidades del ser en el plano inferior y las cantidades del tener en el superior, para quienes comprendan la gravedad de la situación por la que atraviesa la humanidad en el presente tramo de su devenir histórico: un vértice como base no hace sino mostrar lo inequívoco de una inestabilidad que anuncia, a todas vistas, la irremediable caída.

El descuido en la palabra escrita y el desmadre en la palabra hablada ponen en evidencia la ausencia de una política de estado que privilegie la educación como una cuestión estratégica para el desarrollo nacional: no se llega a comprender que gobernar es educar. Pensar en el pueblo es enseñarle a pensar. De otro modo, ¿cómo sostener esta construcción intelectual que es la nación? ¿O es que el Estado en que la nación se organiza no somos todos sus ciudadanos?

Un fenómeno como el de la escritura comprimida (si no ya atrofiada) de los mensajes de texto, representa, en su economía espacial, una búsqueda de signo cualitativamente contrario al de un lenguaje concentrado en su exégesis verbal: la intensidad expresiva de éste se contrapone a la modalidad espasmódica de aquél. En esto, el signo sensible acompaña al sentido espiritual: el espasmo verbal es el resultado de una irritación mental. Una prensa que se maneja, en muchos casos, sin la menor atención a manuales de estilo, y una televisión que mina los ricos canteros de la lengua castellana, hacen pensar en una modalidad subyacente de autoritarismo: la ausencia del principio de autoridad. Todo autoritarismo no es más que una desviación del principio de autoridad, así como toda dictadura es la manifestación teratológica de una democracia apartada del cumplimiento de normas. Para que los medios masivos retomen la senda de la comunicación social y el lenguaje nos comunique, abriendo el camino de la comprensión y no la zanja de la intolerancia, es necesario restaurar el principio de autoridad, que nada tiene que ver con el autoritarismo. En tal sentido, rechazamos la legitimidad de la expresión “gobierno autoritario”, pues, va de suyo que lo que hay en todo régimen de tal laya es, precisamente, una absoluta falta de conducción política, de modo que la expresión “gobierno autoritario” no puede más que aceptarse como una contradicción en sí misma. El principio de autoridad puede leerse de este modo: la autoridad que posee un principio trascendente para normar la realidad en sus diferentes planos de manifestación. La denominada “mano fuerte” del autoritario connota el aplazamiento de un poder fundado en la inteligencia por una fuerza enfundada en la mano (que ordena con su índice o golpea con su puño). Frente a un negocio que trafica con palabras (como ayer pudiera haberlo hecho con armas), opongamos una cultura que eduque en el uso de la buena palabra, aquella que enseña a pensar la realidad y comprender la existencia, palabra de mano abierta y no de puño cerrado, desnuda y no enfundada. Si no se comprende esto, difícil resultará aceptar que un pueblo ignorante y un Estado ausente de sus cosas —la educación y la justicia— crean sus propios amos y producen sus propias dictaduras.

La educación pública y la biblioteca pública revisten como columnas de un pórtico por el que se ingresa al templo de Minerva, en busca de conocimiento y al encuentro de una cultura de esencias. Por el contrario, suponer que la salida laboral constituye la urgente aspiración de la educación, significa confundir lo sustancial con lo accidental: la educación no es una salida al mundo del trabajo, sino un trabajo de entrada en el universo del conocimiento. Si bien no deja de ser cierto que el trabajo permite cumplir la vocación de un hombre, más verdadero resulta afirmar que es el hacerse persona lo que dignifica al sujeto, tuviere o no trabajo. Hacerse persona es realizar el ser en uno, educarse es conducirse: actividad reflexiva y acción comprensiva, actitud vital y aptitud existencial. Desde su inicio, escuela y biblioteca públicas forman lectores de vida, capaces de compartir su existencia con otros. Se aprende a hablar, escuchando, y se aprende a escribir, leyendo. En tal sentido, enseñar a pensar el lenguaje como transmisor cultural es aprender a amar el pensamiento como generador intelectual. Cuando el hombre busca la palabra, encuentra el pensamiento. Y no sino éste es el medio de restauración del daño: buscar, en el cultivo del lenguaje, el germen del pensamiento. Desandar el extravío del autoritarismo no es fácil, pero tampoco imposible: basta ponerse a pensar la palabra, aquí y ahora, para que el pensamiento hable. Pensar la palabra significa ubicarse en el lugar desde donde el ser nos habla.

 

3. Esencia del lenguaje

La idea de nación, en cuanto nacimiento político de una cultura, caracteriza a un pueblo que ha alcanzado su esencia. Alcanzar la propia esencia es conocer la propia identidad. A partir de este conocimiento, saberse libre implica la responsabilidad de poder ser soberano: la determinación interna (en el ser) se corresponde con la determinación externa (en el hacer). En tal sentido, si la libertad entraña un valor metafísico, la soberanía compone una eficacia política. La cultura, como geografía espiritual, y la tradición, como historia trascendente, consolidan la libertad de un pueblo y la soberanía de una nación.

Ahora bien, la lengua expresa el carácter de una cultura, da testimonio de ella en el desarrollo de sus cualidades, porque pensamos, sentimos y actuamos en la palabra que funda y sostiene la lengua. La palabra es pensamiento que habla, significación del sentido y verbalización del mundo. En cuanto escucha de pensamiento, la palabra es pensamiento que habla, porque sólo en la escucha se patentiza el habla. Escuchando, aprendemos a hablar: la escucha nos lo enseña. Y el pensamiento es sentido presente en los sentidos. Por último, al nombrar el mundo, la existencia habla: la palabra verbaliza el ser y las cosas reverberan en la palabra.

En cuanto expresa la tradición cultural de un pueblo, toda soberanía nacional comienza en el lenguaje, y aun más, el lenguaje es la esencia de toda soberanía nacional. Esta soberanía es de un orden superior, porque no responde a algo físico sino espiritual, ya que, si es intrínseco al pensamiento contemplar el ser, propio del lenguaje es decirlo. Decir el ser es la esencia del lenguaje. Decir, mostrar, enseñar, iluminar el camino del ser. Y le cabe al lenguaje pasearse en familiaridad con el ser.

Volviendo al inicio, nación es el nacimiento al ser de un pueblo que dice su esencia. Decirse, mostrarse, enseñarse a sí mismo, constituye, sin ambages ni incertidumbres, la esencia metafísica de su identidad y la sustancia política de su soberanía. Asumir lo que se es implica un segundo nacimiento: conocerse es nacer hacia adentro de uno. Una nación soberana dice su identidad en la lengua, memoria viva de su tradición y huella perenne de su cultura. Recordemos: lo primero que ella se da a sí misma es un nombre y una forma, que consagra en un himno y una bandera, símbolos respectivos de su esencia y de su sustancia.

 

4. Límites del lenguaje

Educarse es conducir la propia esencia en el ser. Al hacerlo, el individuo se trasciende y se realiza como persona. Educar, en su forma reflexiva, habla de un trabajo interior, un temple y una forja de puertas adentro. Educarse o conducir la propia vida aparece como el trabajo esencial que dignifica al hombre como persona.

Frente a la minusvalía de un lenguaje empobrecido, opongamos la plusvalía de una educación enriquecedora. Por de pronto, una educación de esencias y no de contingencias, una educación de mar abierto y no de cabotaje. No se trata de un pensar reservado sólo para algunos, ni un lenguaje hermético al que pocos puedan acceder. Si ello acontece, será conforme a las disposiciones naturales de una minoría, a la orientación vital de una elite intelectual, pero esta altitud de cumbre también necesita laderas fuertes y la profundidad de valles clamorosos: la universalidad del ser se patentiza en una variedad de singularidades, en la complejidad de su manifestación. El lenguaje del ser tiene muchos dialectos, y en todos sabe hablar con elocuencia. Pero digámoslo con todas las letras: un lenguaje del ser se funda en una palabra que piensa y en un pensar que habla, correspondencia que se descubre y penetra en una vida auténtica. Pocas veces se repara en que el concepto de sociedad implica a socios que se acompañan, compañeros que en el compartir se hacen uno, y no como signo de uniformidad (que eso es la masa), sino como símbolo de unidad (que eso es el pueblo). Síntesis de inteligibilidad y sensibilidad, sinergia de saberes y sabores, el lenguaje redacta el texto de una cultura viva, celebra y hace memoria, canta la vida del hombre y cuenta la historia de su pueblo, funda la voz de una patria, paternidad terrestre con olor a cielo. Pero, para que nadie se llame a posturas fundamentalistas, un cielo único para la diversidad cultural. El deterioro del lenguaje, entre nosotros, precisa la restauración de un pensamiento amante de lo diverso que conquiste lo único, un pensamiento que, al pensar lo más alto, permita realizar lo más profundo.

No es poco trabajo educarse en el ser, pero es el modo de que un hombre alcance su libre designio como persona y un pueblo abrace su destino soberano como nación. A diferencia de las dictaduras, para las que fue imperioso dictar el orden cerrado de la disciplina, que sea hoy, para nosotros, el lenguaje gramática del ser y sintaxis de nuestra cultura, articulación de una letra de signos abiertos. No es poco trabajo educarse en el ser, hemos afirmado, pero es el único que dignifica al hombre como persona y glorifica al pueblo como nación. Educarse en el ser es el trabajo esencial con dedicación de tiempo completo. En esto, el Estado debiera ser maestro, y el estadista, conductor: educar al pueblo es conducirlo hacia su destino como nación.

Espejo de correspondencias, el lenguaje viene, como ya hemos dicho, de la contemplación, y va hacia la comprensión: contemplación del ser (en el pensar) y comprensión de los seres (en el hacer). La lengua encuentra en el libro y la lectura las bases de su desarrollo, y en su fomento coparticipan la escuela (como formadora), la biblioteca (como promotora) y los medios (como difusores). Si se aprende a hablar, escuchando, se aprende a escribir, leyendo. Sobre este punto, la alianza entre escuela pública, biblioteca pública y medios de comunicación social (como servicio público) lubrica ese proceso de enseñanza-aprendizaje en todos los niveles sociales, poniendo los recursos expresivos de la palabra (como bien público) al alcance de todo el pueblo.

Dicción y edición, habla y escritura, pueden encontrar en las normas de la lengua no tanto un cerramiento, sino, ante todo, una ventana abierta de paisaje expresivo, y en los manuales de estilo un manantial recursivo para entonar y matizar su paso. Radioescuchas y televidentes tienen derecho a un mensaje que intensifique su relación con la palabra, en lugar de un masaje que la relaje. Y no se trata de prohibiciones, sino de promociones: en una variedad de ofertas, una mejor demanda selectiva. No se trata de prohibir (que eso lo hace con fervor toda dictadura), sino más bien de promover un ludo verbal, un juego verbal con jugo de pensamiento, contraponiendo la sutileza a la grosería, la ironía al sarcasmo, el humor a la burla, la imaginación creativa a la repetición en serie. El espacio público de la lengua no puede ser loteado para la venta; en cuanto público, constituye un bien común a todos los habitantes. Con respecto a esto, no tenemos más que recordar que la salvaguarda del bien común constituye un deber del Estado, porque, así como circulamos por un territorio físico, también lo hacemos por otro simbólico: el habla. Los ecos de una cultura provienen de la voz popular que la pronuncia y la palabra del hombre que la enuncia. O, como dijera alguna vez Wittgenstein: “Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje”. Cuidando esa frontera espiritual que es el lenguaje, habremos de ejercer soberanía sobre nuestro patrimonio cultural.

 

5. La esencia del fundamento

El olvido del origen provoca el extravío del destino. Olvido (del ser), anomia (moral) y anarquía (institucional) hablan de lo mismo —ausencia de memoria, ausencia de norma y ausencia de gobierno— en diferentes planos: el plano del fundamento metafísico, el plano del funcionamiento social y el plano de la organización política. En tal sentido, un proyecto de organización política con adecuado fundamento metafísico asegura una sólida construcción de la organización social. En virtud de la correspondencia antes mencionada, es que podemos afirmar que el olvido de la actividad metafísica provoca el extravío de la acción política: sin fundamento teórico, sus realizaciones prácticas carecen de consistencia.

El ámbito de la palabra es de encuentro entre el sentido único del ser y los significados múltiples de la existencia, realidad especular que los refleja y transmite. En la palabra, habla la tradición y se expresa la cultura de un pueblo. Una expresión pobre en palabras se correlaciona con una comprensión débil en ideas: devaluación intelectual y depreciación lingüística representan las dos caras de una cultura en crisis. El desarrollo espiritual o intelectual, sostenemos, es garantía del progreso material o fáctico. Sin la anuencia de tal garantía, este último acaba por declararse insolvente. No creemos extravagante afirmar que el lenguaje obra como testimonio fidedigno para refrendar ese pacto entre un oferente y un eferente, entre un pensar del fundamento y un hacer del funcionamiento. Por mediación del lenguaje, el ser se hace en el mundo y el mundo se piensa en el ser. El pensar que contempla el ser y el hacer que comprende el mundo son, respectivamente, el núcleo de la metafísica y el corazón de la política. Contemplar y comprender significa penetrar la totalidad: del ser, en un caso, y del mundo, en otro. Y por esta razón, es la metafísica el más universal de los conocimientos de orden teórico, y la política, el más general de los conocimientos de orden práctico. Percibir esta correspondencia de oferente-eferente es función tanto del pensador como del estadista.

Olvido del ser y ocultamiento del fundamento del ente constituyen lecturas de una misma realidad textual. Ninguna otra proposición habría de enunciar con mayor rigor conceptual el lenguaje del poder, en los tiempos oscuros de olvido y ocultamiento, que la enunciada por Jorge Rafael Videla, quien, ante la pregunta por los desaparecidos, respondiera:

“...en tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido; si el hombre apareciera, bueno, tendrá un tratamiento X, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento Z, pero mientras sea un desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”.

La privación de dimensión espacio-temporal (el no-espacio del no-estar, el no-tiempo de la no-vida/no-muerte) connota la no-entidad del desaparecido. Un lenguaje que, ante el secuestro, tortura y muerte de personas, enuncia “es un desaparecido”, es, en gran medida, un lenguaje de la ausencia, privado de libertad para reflexionar la articulación de los modos del ser. Hacer desaparecer el pensamiento (del ser), el lenguaje (del pensamiento) y el cuerpo (de las personas) marcan los tres momentos de su movimiento dialéctico.

La auténtica riqueza cultural reside en la aceptación de esa modulación expresiva con que la unidad del ser se manifiesta en la diversidad de los seres, conforme a la naturaleza que le es propia a cada uno. El desafío de una democracia participativa y plural es abrir las posibilidades del discurso en una variedad de matices y tonos para que cada quien pueda decir lo suyo: en la participación de las semejanzas, la integración de las diferencias, en la versión de lo múltiple, la visión de unidad. El lenguaje, como espacio público de encuentro en la comunicación con el otro, solicita una educación pública que juegue su función pedagógica para promover la integración social. Si pienso al otro como prójimo (en la palabra), es porque lo acepto como socio (para la acción).

La voz que nombra al otro, lo celebra como persona. El grito que acalla al otro, lo insulta. En un caso, estamos frente a una actitud de entrega. En otro, ante una actitud de asalto. El insulto asalta al otro, viola su intimidad y usurpa su subjetividad, haciendo acallar su otredad, instala, en suma, la desaparición de personas en el lenguaje. Si la Revolución del 66 asaltó el pensamiento, el Proceso del 76 asaltó el cuerpo. No es raro percibir que en aquel salto contra el pensamiento y en este salto del cuerpo al vacío, al ocaso intelectual y a la desaparición de personas, habría de corresponder el insulto como forma de asalto en el lenguaje. Y el insulto es la cristalización, hasta diríamos la solidificación, del deterioro que el lenguaje viene experimentando en los últimos cuarenta años de la Argentina. No es solamente el hablar y escribir mal, sino hablar y escribir el nombre del otro en el paredón de fusilamiento de su negación, de su no aceptación: el otro pasa a ser lo otro de uno negado, un desaparecido. Una sociedad argentina basada en el insulto continúa ejerciendo la desaparición de personas en el lenguaje. En la tarea de restaurar la esencia del lenguaje se involucra el restaurar la presencia del otro: en su otredad de prójimo, su mismidad como persona. La palabra presencia alude a proximidad de la esencia; la palabra ausencia, a su lejanía. Un lenguaje así restaurado en su esencia volverá a escuchar el pensamiento que contempla el ser, y, al hacerlo, podrá volver a comprender la existencia.

El deterioro exige restauración, y ésta no puede esperarse en el lenguaje sino proveniente de un pensamiento que la prometa. Esperanza y promesa los enlazan con el suave yugo de la mutua entrega: el pensamiento es para el lenguaje y el lenguaje es del pensamiento. Pensar la nación es profundizar la cultura de un pueblo. Profundizar es orientarse al fundamento. En navegación, orientarse significa buscar el oriente, por donde sale el sol, y, simbólicamente, el lugar de la iluminación. En ese orientarse, se trasciende el crepúsculo.