Letras
La piedra

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Estaba de pie y no tenía salida. Tenía bloqueada una vía; no sabía si era el canal derecho o el izquierdo, pero algo estaba a punto de desprenderse, al borde de un precipicio. Había estado en esta misma situación durante varios días. Manchas de sangre presagiaban lo que estaba a punto de ocurrir. No era la primera vez; había estado atrapado antes, de una forma parecida.

Todo comenzó hace unos meses cuando me mudé, sin querer, por estos desolados parajes. Estaba acompañado de una vaca capaz de vivir en la superficie lunar. Me alimentaba de su leche. Algunas veces pensé en matarla para sustraer su carne, pero si le hacía eso a la pobre vaca, me quedaba sin vaca, sin leche y sin el queso que a duras penas me preparaba. ¿Y cómo iba a vivir después con tanta soledad luego de engullir su carne?

La vaca me hacía compañía con su eterno mascar de pasto, aconsejable para mi salud mental y para mi corazón, triste y desolado, en estos inhóspitos rincones del universo, donde nunca supe del momento en que yo y mis compañeros, hijos de su mismísima gran madre exploradora, se separaron de mí y nunca más los volví a ver... Por suerte, diría yo, hasta que llegó la piedra.

Creo que debía medir más de un centímetro, así la visualizaba. Amenazaba con lanzarse por el abismo de los conductos, porque aparecían manchas rojizas en el río amarillo, como cuando comienzan los vientos que presagian la tormenta. Usaba mis binoculares para ver el paisaje, para distraerme y no pensar en la punzada que podía aparecer como un meteoro. A veces alucinaba y veía una sombra femenina, una silueta fugaz. Pero no pasaba por aquí ninguna mujer, y claro está, mis deseos crecían tan grandes como el vacío desolador del aire que no acaba nunca. Pensé hacerlo con la vaca, pero lo descarté: no podía correr el riesgo de que se traumatizara y no quisiera luego darme leche, o que saliera un niño-toro o una niña-vaca al cabo de un tiempo, producto de mi imprudencia. No. Además, tres seríamos demasiados y me arrebatarían toda la leche, esta última causante, además, de mi desgracia (sabemos lo que ocurre cuando se satura el cuerpo de calcio).

Quisiera que cayera una lluvia ácida, un microclima minúsculo, para disolver esta piedra desgraciada que apareció como de la nada, que se fue formando sin yo darme cuenta, tiñendo de sangre las vías, no sé si la derecha o la izquierda, porque la desembocadura es la misma. Absurdo pensar en un eco en esta soledad para aclarar de manera científica su ubicación exacta. Sólo contaba con otro tipo de eco: el de las voces que se repetían en la lejanía de las montañas. Si se desprendía, si llegara de verdad a rodar, tendría que lanzarme al precipicio o condenarme a un morir lento, a gritar de puro dolor infinito. ¿Y quién podría socorrerme? Mis alaridos podrían ser la salvación, porque al escuchar mis lamentos de horror, los lobos aullarían, y atraerían a distantes cazadores que pudieran dar conmigo. Y si esos hombres de verde con sus escopetas me llegaran a encontrar, podrían remover la piedra, con los feroces plomos que salen de los cartuchos calibre 12 para cazar animales salvajes. Así que, si la piedra rueda, podría caer en el precipicio y sería el fin. Pero si aguanto el dolor y grito bien alto, la cadena de acontecimientos que espero ocurra será: grito-lobo-cazadores-rescate-salvación. ¡Ojalá!

Pasaron las horas sin minutos, sin segundos. El viento empezaba a golpear mi quijada y las nubes grises, casi negras, mostraban su maldad sin prejuicios. Veía mis pies y el vacío aterrador que me esperaba. Estaba inmóvil porque con sólo un ligero temblor, la piedra cobraría vida. Hace unos años, luego de trotar, fui al baño y torrentes de sangre tiñeron la orina y me paralizaron de miedo. En ese momento no estaba perdido en esta inmensidad sin fin, y diagnosticaron la suerte que había tenido: la piedra no había descendido y, producto del ejercicio, se había roto algún tejido y la sangre anunció lo que venía. Como ahora: se repite la advertencia, tendré unas horas para actuar, para tenderle una emboscada al señor nefrítico.

Empezaba a llover, me preocupé, un trueno sonó escalofriante, de golpe sentí una corriente eléctrica, un electroshock (como los que deben recibir los condenados a muerte en una prisión de Texas). La piedra se movió, no, no puede ser, la siento, llegó el momento, Dios mío, empezó a rodar hacia abajo, me la imagino venir, caigo sobre el piso. ¡Qué dolor!

Los alaridos espantaron a la vaca, inservible ahora. El silencio se vio interrumpido, un párrafo lleno de puntos suspensivos tembló ante la puñalada que ocasionaba la obstrucción de la roca que me aprisionaba. Pero me resistía a caer al precipicio, seguía al borde, mi cabeza oscilaba en el aire, mi cuerpo todavía en tierra.

Al escuchar mis alaridos, ocurrió lo que anticipaba: los lobos empezaron a aullar, como en una sinfonía de terror a la medianoche a lo 911, y, en efecto, unos distantes cazadores se aproximaron, lo sé porque escuché unos disparos cada vez más cercanos, unos pájaros siniestros que cantaron como sirenas de ambulancia. Con mis labios partidos, la lengua seca y los ojos casi disecados de llorar, los observé borrosos y distantes, vestidos de verde, con las bocas tapadas con pañuelos del mismo color, con las armas en mano. Me alzaron varias manos, que apenas distinguí pero sentí seguras de sí mismas. Me colocaron en una camilla. Cada metro de trayecto parecía un kilómetro, hasta que los hombres de verde llegaron a un recinto donde me depositaron en un ambiente congelado, aséptico, como una antesala de témpanos. Lágrimas petrificadas cincelaron en mi cuerpo rastros de agonía hasta que, luego de maniobrar con sus instrumentos, al despertar de la amnesia artificial, desapareció la tormenta, comencé a respirar mejor, el dolor se desvaneció y la angustia desapareció.

Los cazadores de verde habían hecho un buen trabajo, héroes para mí. Concluida su faena, uno de ellos, ya sin tapabocas, se me acercó para decirme que todo estaba bien y que habían mandando a hacer la autopsia de la piedra que dejó el señor nefrítico, dueño y señor de los cólicos, competidor acérrimo de los partos en las categorías del dolor.

Cuando salió el sol pregunté por la vaca.