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Mi desquite

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Me hizo entrar a un viejo restaurante en el que todavía usaban un foco de veinticinco bujillas. Los parroquianos apenas se distinguían en la penumbra, pues el foco, alto en el cielo raso y sucio de polvo y de tizne, apenas alumbraba el lugar. Me hizo sentar solitario en una mesa y pedir una taza de café. Sabía que si él decidiera que yo tuviera hambre, la tendría, y pediría cualquiera de las porquerías que seguro servían en aquel lugar. Y me haría comerla. Pero tal vez pensó que sería una exageración, una mala acción o un recurso demasiado obvio para hacerme sentir su poder.

Hacía pocos días yo había comenzado a comprender. Comencé a percibir su habilidad y sutileza para manejar los acontecimientos. Comencé a comprender también por qué lo hacía como lo hacía. Todo tenía que aparecer como que era yo quien lo decidía. En mi ignorancia estaba su mayor mérito. Pero ahora yo lo sabía, y sin embargo, esto, lejos de restarle mérito le agregaba uno más: comprendí que él mismo había hecho que yo lo supiera, precisamente para alcanzar más sutileza, para calar aun más hondo, y esto me desesperaba. Entre más consciente me hacía de aquello, más deseaba poder escapar, y más me desesperaba, porque entre más comprendía más seguro me hacía de no poder conseguirlo. Pero esto me daba al mismo tiempo la única satisfacción que aquello me producía: saber que si conocía su oficio tendría que respetarme en alguna medida. Sonreí con malicia al pensarlo, mientras sorbía la taza de café. Yo podía también obligarlo a hacer cosas.

Mi desesperación, por ejemplo. Mi desesperación tendría que respetarla. Tendría que dejarme desesperar. Si no me lo permitía aquello se le vendría abajo. Sería ininteligible, contradictorio, absurdo. Y aunque permitírmelo era también decisión suya, tenía que hacerlo porque de ello dependía en cierta manera su propia existencia, como depende de la seguridad y eficiencia de sus construcciones la existencia de un arquitecto. Él me hace y yo lo hago a él, pensé. Pero sentí su mirada sobre mí, y sobre el foco de veinticinco bujillas, sobre la mesa y la taza de café, y sobre la silla en que estaba sentado, y sobre aquellos otros hombres que como sombras de segundo plano asistían a aquella mísera y efímera existencia, sin saber qué hacían realmente en aquel lugar. Según ellos estaban sentados allí para comer y charlar, o pasar un buen rato con alguien. Seguramente saldrían más tarde e irían a sus casas. Pero era como si nunca fueran a salir de allí ni tuvieran casa ni familia. Para quien se entere de todo esto yo seré el único en salir de aquí, pensé. ¿Qué dirían si supieran que jamás saldrán de aquí, que nunca irán a ninguna parte, que ni siquiera van a morir porque tampoco han vivido, que toda su existencia transcurrirá en este comedor de mala muerte, que a nadie le importa quiénes son ni lo que será de ellos, que en realidad son nadie, el más perfecto paradigma de la nada? Apenas son una sombra gris en la oscura caverna de una imaginación que no puede ni necesita precisarlos.

Y entonces me di cuenta también de que ni yo mismo tenía un rostro. Mi rostro se daba por supuesto y podría ser cualquier rostro. Apenas me había puesto un abrigo gris y un sombrero. Lo demás podría ser como a cada quien se le antojara. Seguí pensando y sorbiendo mi taza de café. Cuando la terminé me di cuenta de lo horrible que me había sabido. Sabía a cualquier cosa menos a café. Pero él así lo decidió, tal vez para dar algún detalle sobre el café, por tener algo más qué decir, o simplemente porque le dio la gana. A él qué le importaba porque no había sido él quien había tenido que beberla. Por un momento sentí rabia y hubiera querido buscar el baño de aquel antro y vomitar, por no darle gusto, pero sabía que no podía escapar de él. Bien podía engañarme a mí mismo decidiendo no salir de aquel lugar, quedándome allí como esos otros hombres anónimos (como yo) que me rodeaban. Podría ser mi manera de protestar, de arruinárselo todo. Quedarme allí sentado, sin decir ni hacer nada, ni siquiera pensar, hasta que no le quedara más remedio que destruirme, y conmigo todo lo que me rodeaba. Sería como un suicidio del que, no obstante, no podría culpárseme. Obligarlo a destruirme, a acabar conmigo porque al fin, alguien, yo, había descubierto su juego y no se prestaba para ello. Pero aun así era su decisión, y en cualquier momento podía hacerme salir del restaurante y volver a mi casa, o pasearme solitario en el parque desierto a esas horas, o lo que fuera. Tal vez me haría encontrarme con algún amigo, ponerme a charlar y olvidar todo aquello. Y nada pasaría, nada habría pasado.

Pero entre más me internaba en aquel misterio más crecía mi asombro, mi desesperación, mi perplejidad e impotencia ante las dimensiones de su malignidad. Él mismo hizo que yo adquiriera conciencia de mi existencia como círculo vicioso. Él me había hecho saber todo aquello. Y sólo me dejó la desesperación y la impotencia como algo mío, como algo irreductible a sus caprichos pero necesario para mi propia inteligibilidad. Dejé rodar unas lágrimas de amargura e impotencia, que nadie vio en aquel rincón oscuro en que me hallaba sentado. Sentí rabia, rabia y deseo de enfrentarlo con el puño alzado y exigirle que... exigirle qué, pensé. ¿Que me deje? Si me deja simplemente no existiré, no habré existido nunca, no seré. Él es la condición de mi existencia. Él es el continente y yo el contenido, y nuestras esencias no son traslapables. Sencillamente tengo que aceptarlo. Aunque ya nunca jamás pueda vivir con la tranquilidad de la ignorancia.

Sentí entonces un irremediable deseo de venganza, de desquite. Ya que no podía escaparme quería desquitarme, no con él, porque ni siquiera sabía quién era, y habría sido desperdiciar mi existencia el dedicarla a averiguarlo, con la casi seguridad de que no lo habría logrado. Por eso, pensé, sólo me queda desquitarme con alguien más, con alguien más a quien pueda yo hacerle lo mismo que él me está haciendo a mí, alguien de quien poder reírme con malicia cuando comience a hacerse las mismas preguntas que yo me he hecho, cuando comience a caminar en círculo creyendo que hallará la salida, cuando tenga que tomarse el café horrible que yo he tenido que tomarme. Mi mayor satisfacción entonces será saber que sólo yo sé quién soy y lo que hago, como sólo él sabe quién es y lo que hace.

Resuelto a poner por obra mi desquite, salí del restaurante de mala muerte, entré a mi casa, a mi habitación, encendí la computadora y me puse a escribir este cuento.