Entrevistas
Casandra y Nacho
(...y su viaje cómplice por los suelos magos de Latinoamérica)

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La lectura de poesía fue en la memorable cueva El Olvido, un bar detenido en el tiempo, con pósters de Pedro Infante, Daniela Romo, Cantinflas, una rocola de donde nace la voz de Roberto Carlos, y una televisión con una película de picaresca mexicana que nadie mira. Es viernes por la noche. Entre los invitados, hay dos jóvenes que parecen más europeos que argentinos. Viven una visión propia, que empezó meses atrás cuando decidieron que iban a viajar por toda Latinoamérica, sin portar ningún artificio de la tecnología, con dos mochilas, varios de sus libros publicados en su propia editorial y un gusto por la aventura del autostop.

Le pregunto a Casandra si puedo empezar con la entrevista.

—Esperemos a Nacho —dice con su acento del sur.

Nacho llegó con una sonrisa que sobresale de su tupida barba castaña. Se siente cómodo en una silla y veo a los dos tan juntos como si fueran uno solo, como si uno no existiera sin el otro. Me lo confirman sus libros, que van enseñándome, donde veo los dibujos espontáneos de Casandra y la poesía de esa simbiosis tan rara en un mundo disgregado. El libro se llama Historia en fábula de un caballo violeta (a veces alado), y me dejan hojearlo mientras me van contando el porqué de los caballos diferentes a cada verso, del juego de los recortes de palabras, de la forma del libro acordeón, y me gusta encontrar en ellos tanta sencillez.

Cuando uno conoce a Nacho Crende y a Casandra Lavalle (que son sus nombres en la vida real), puede que uno los confunda a primera vista con una pareja hippie. Pero al hablar con ellos uno queda atrapado irremediablemente en su universo, que no es una suerte de complicada trama filosófica, sino una fiesta de la ingenuidad lúdica que los conecta al otro mundo con el regocijo de la niñez. Son como dos niños grandes, creyentes de seres imaginarios y gracias a la correspondencia magnética con la que conviven diariamente pueden organizar todos los días un mundo donde la imaginación es sobreviviente. Me cuenta Nacho que los cuentos surgieron por el hábito que tiene de contarle a Casandra un cuento todas las noches.

—Todas las noches le contás un cuento nuevo —le pregunto, sorprendido.

—Sí —me responde—, así fue como nació también La no tan trágica historia trágica de Don Señor Trágico Corazón, porque siempre empiezo contándole un cuento y ella se duerme (y quizás lo sueña), y yo me quedo pensando que el cuento puede ser escrito para que ella lea la continuación al otro día, y sepa el desenlace.

—Luego yo hago los dibujos con la referencia de lo que imaginó en el cuento —me dice Casandra—, siempre lo hablamos, y luego unimos los dibujos al texto.

—Sí, creo que nuestros poemas tienen muchas formas de ser leídos —me confiesa Nacho—, creo que cualquier poema hay que conocerlo primero para saber cómo leerlo. Tratamos de dejar al lector la interpretación final.

—Me gusta lo que dijiste al final, hay poetas que uno relee como Cortázar, que hay que conocer sus trucos. ¿Será como un teléfono descompuesto, de una gran historia que va tejiéndose entre ustedes? —les pregunto.

—Sí, pero es un teléfono descompuesto que sólo funciona si el teléfono está realmente descompuesto —me corrige Nacho.

Nos reímos. Manuel Tzoc me pide otro vaso de vino. Veo a Casandra haciendo un cigarrillo Drums. Oigo la voz de los poetas leyendo ávidamente. Vuelvo a los dibujos de los libros y noto que hay una diversidad de dibujos escondidos en la multitud de formas.

—A veces yo mismo, luego de haber visto por algún tiempo los dibujos de ella, encuentro algo que no había visto antes —me dice Nacho.

—¿Y cuántos años tienen?

—Ella tiene ahora 24 y yo tengo 26. Salimos con 25 y con 23, ella cumple años en julio y yo en marzo.

Casandra lleva puesto un pantalón con orquídeas violetas estampadas en lo negro de esa tela de algodón, una diadema con florecillas de naranjo y una sonrisa cálida. Nacho lleva un pantalón amarillo, unas sandalias donde se advierte la intención de una tijera, el paso del tiempo, algunas manchas de pintura y la comodidad indudable de caminar como que uno anduviera descalzo..., también lleva puesta una camisa gris y un chaleco negro y me habla de cómo su vida cambió antes del viaje.

—Yo era de tango, vino y cigarritos, solitario por ahí, y la vida para mí cambió con ella —me dice—, ahora vemos hacia atrás, y no lo creo, somos dos, ella y yo, y los dos comemos, nos vestimos, dormimos y nos narcotizamos, con esta editorial y los libros; vengo de una familia seudoburguesa que para ellos la literatura era vivir flasheando, como decimos allá; yo sabía de amigos que no les iba bien porque salían con un libro nada más, pero nosotros cambiamos eso por una editorial, haciendo libros para chicos no tan chicos y para grandes no tan grandes, es un sueño, sabes. Vamos por países conociendo su cultura, probando frutos nuevos para nosotros, sabes que en Argentina no hay bananas, ni papayas. A veces aprendemos a cocinar las comidas de los países a donde llegamos y nos quedamos por unos meses.

—Ustedes son como una comparación del universo —le digo, en mi emoción—, porque oí los poemas de ella y suenan como más ingenuos, y los tuyos son como más elaborados en la calle y en la búsqueda del conocimiento, son entre los dos un balance, contrarios que se atraen.

—Puede ser... —me responde.

Finalmente, me dicen que piensan visitar San Cristóbal de las Casas en México y quedarse por unos meses. Me revelan que en ningún país de Latinoamérica los han robado ni han abusado de ellos, sino al contrario de lo que pregonan los telenoticieros, la gente siempre los ha recibido muy bien. Me cuentan que tan sólo en Panamá, un oficial prepotente se le dio la gana dejarlos esperando por unos días en una isla de Kunas donde nadie hablaba español, y, sólo por ser argentinos. Al finalizar sus poemas, Nacho y Casandra reciben aplausos por su poesía, y quizás, más que todo por el valor de pregonar al mundo que aún el amor puede hacer milagros.