Letras
Flores mustias

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Cuatro días y seis horas exactas antes de su fin, Camila Egaña Godoy probaba el delicioso mariscal con vino blanco que años más tarde dio fama a la posada Ancarola de San Antonio. Aunque tenía unos kilos de más, en seguida pidió un flan de manjar, durazno y nuez moscada y luego una copa de helado. El reencuentro con el puerto le trajo muchísimos momentos de regocijo, pero debía cumplir una misión y no deseaba fallar. Por la noche condujo hasta el cementerio de la ciudad, y estuvo oculta entre tumbas hasta divisar una luz a eso de las dos de la madrugada. Acercándose con sigilo y destreza, Camila vio que un hombre de unos sesenta años, cabello ceniza y mediana estatura forzaba una lápida con su chuzo.

—Ponga la herramienta en el suelo y luego levante las manos —dijo la mujer apuntándole con un arma—. Si me mira a los ojos lo mato.

El hombre obedeció de inmediato y mantuvo la vista clavada al suelo.

—Un ladrón de tumbas, me imagino —masculló ella con ira contenida—. Quizás eres algo peor.

—Soy un salvador de almas —dijo el extraño.

Camila extendió la mano diestra hacia el desconocido, y su piel clara palideció hasta lo indecible. Luego de permanecer unos segundos en silencio, le dijo:

—Usted lo conoce.

—Es verdad —afirmó el hombre—, lo he visto. Fue la experiencia más horrible de mi vida. Mi nombre es Francisco Legrand. Por favor, ayúdeme a cargar hasta mi casa el cadáver que reposa en este sepulcro, y le contaré lo que hago para combatirlo.

Subieron a la cajuela del automóvil de Camila los restos de un joven pelirrojo. Ella se estremeció al ver las marcas de torturas que presentaba el cuerpo.

—¿Sabe a qué huele este muchacho?... —preguntó Legrand.

—A flores mustias —contestó ella—, el maldito acostumbra frotar pétalos contra la piel de sus víctimas, y luego rellenarles la garganta con flores de coronas. En Valparaíso mató a catorce personas y desde allí vengo siguiéndolo.

—¿Cómo supo que él estaba en San Antonio?...

—Si no hubiera estado aquí me habría buscado. Ambos nos necesitamos.

Francisco Legrand vivía en un vagón abandonado de esa vía entre San Antonio y Rancagua que la compañía había dejado a medias. Una bruma lánguida sembraba la tierra.

—Tengo trampas por todos lados —dijo el hombre—. Si ese mal nacido llega a aparecerse por aquí, lo dejaré como jamón frito. Por favor, pase a mi humilde hogar, y disculpe el desorden. Es un mal de nosotros los genios.

En el interior del vagón apenas había espacio para una colchoneta entre un sinfín de aparatos, circuitos, cables, extensiones; y en medio de todo una camilla metálica, donde Legrand puso los restos del pelirrojo.

—Si no me hubiera colgado al tendido eléctrico estaría en la ruina —dijo Francisco—. En todo caso no lo recomiendo a nadie. ¿Ve ese aparato que está allí?... Es una lavadora que inventé. El otro día me dio la corriente, y como andaba sin ropa, atraje una hoja de papel directamente a mi culo...

Tras conectar agujas y cables al cuerpo del joven, Legrand encendió la mayoría de sus aparatos. Camila notó que su cabello color miel se erizaba ligeramente. Hubo un zumbido largo y molesto, y por último el joven pelirrojo abrió los párpados llorando desconsolado. Entonces Legrand musitó algo en un idioma muy dulce que Camila desconocía, y sus palabras resonaron hermosas como si las acompañara una energía sublime. Un rayo transparente hizo blanco en el pecho del joven. En seguida Francisco Legrand le dijo en lengua común:

—¿Te obligó a renunciar, verdad?...

—Sí —contestó el pelirrojo sin moverse.

Legrand le habló al oído y luego de que expresara un inmenso alivio el joven manifestó:

—Sí, que ese sea mi destino.

—Entonces —dijo Francisco Legrand con voz grave—, vete así como viniste, y olvida el dolor que acompañó tu adiós del mundo.

Un resplandor obligó a Camila a cubrirse la vista, y cuando abrió los ojos todos los aparatos se hallaban apagados y el joven pelirrojo era un cadáver de nuevo.

—Sólo resulta si están fresquitos y más o menos enteros —comentó Francisco.

—¿Usted inventó la Maquina de Resucitación?...

—Yo construí esta hace ocho años, pero sé que existe una en Santiago, otra en Antofagasta, y si no me equivoco también hay una en Rancagua.

—¿Quién le enseñó esas palabras extrañas que pronunció al principio?... ¿A qué lengua pertenecen?...

—No lo sé —contestó Francisco Legrand y una sombra de inquietud cubrió sus ojos calmos—. Las aprendí en un sueño que no me dejaba en paz. Hace mucho tiempo que perdí la noción entre lo real y lo ficticio. Al verla en el cementerio esta noche pensé por un momento que estaba alucinando.

Cuando Camila bajaba del vagón dispuesta a seguir su camino, volteó para preguntarle al resucitador:

—¿Alguna vez se ha propuesto destruirlo?... Usted dijo que lo podía freír...

—Lo haría si intentara hacerme daño —dijo Legrand—. No todos somos guerreros y enarbolamos enseñas de un bando. Hay zonas intermedias, donde uno puede vivir sumergido en un pozo abandonado. Además le temo demasiado. La Sangre de Kaikai fluye casi pura por las venas de ese demonio...

—Lo sé —murmuró Camila mientras subía a su automóvil.

—¿Usted es la Heredera de Treng-Treng, verdad?... La serpiente que salvó al mundo...

—Soy una mujer con tres días y siete horas de vida —contestó ella mientras aplicaba la reversa.

El tiempo transcurría indolentemente. Camila vigilaba las calles, pero no conseguía pista alguna. Sin embargo la presencia del otro contaminaba su ser. Iba tras ella para absorberla a la hora de la agonía, y así volverse independiente y más temible. La atormentaba una gran angustia. Camila se hacía cada vez más humana. Como un virus fue apoderándose de su alma el recuerdo del terremoto de 1985 y la destrucción que trajo a su amado San Antonio.

A poco más de dos horas del fin, Camila pudo hallar el rastro que buscaba. Una sombra que le helaba la sangre salía del cementerio con dos coronas en sus manos. Mientras la seguía vio al guardia del camposanto: se hallaba inconsciente sobre una lápida.

Cuando el Heredero de Kaikai se internó en el bosque, Camila redujo las revoluciones para no delatarse. La obscura silueta se detuvo frente a una mujer de unos cuarenta años que se hallaba atada de pies y manos. Una pelota de goma le atoraba, y en su mirada desorbitada refulgía el esplendor de la muerte.

—¡Detente y no me mires a los ojos, o te mato de inmediato! —exclamó Camila—. ¿No te cansas?...

—Jamás acabarán conmigo —dijo el asesino—. Soy el condimento secreto de la sopa más sabrosa.

Después que ella le descargó su arma en el cuerpo, el Heredero de Kaikai se puso de rodillas y rápidamente Camila extrajo un hacha armada con madera de voigue, el árbol sagrado de los mapuches, para arrojarla sobre su enemigo, pero no tuvo fuerzas para comprobar si había acertado porque justo en ese instante cayó sin sentido.

Cinco minutos antes de su adiós, Camila tuvo un momento de lucidez y vio a Francisco Legrand gritando alborozado con una batería de auto en las manos:

—¡Logré encerrarlo!... Cada noche de mi vida mearé sobre el mal nacido...

—...¿La mujer está a salvo?... —preguntó ella con un hilo de voz.

—Apenas la desaté huyó como un conejo...

—No la culpo —musitó Camila—... ¿Puedo pedirle un favor?...

—El que usted quiera...

—Diga ahora esas palabras que conoce. Usted sabe cuánto las necesito. Y por todo lo que usted considere sagrado lleve mi cadáver a un incinerador.