—¿Desde cuándo comenzó a escribir?
—Empecé a escribir en la adolescencia, cuando estudiaba la secundaria. Era la etapa de exploración personal y colectiva del amor, la música, el fútbol, la política y la búsqueda de una identidad individual y generacional. En ese periodo existencial formé parte de una agrupación cultural denominada “Javier Heraud”, en donde publicamos un periódico, junto a los muchachos de la ciudad en donde vivía, y donde escribimos artículos de actualidad y crítica político-social. Luego, en la universidad, absorbido por los estudios y no ajeno a la realidad convulsa del Perú de los años ochenta, la escritura pasó a ser una actividad fantasma para mí. Eso no significó estar alejado de las lecturas, ni de la vida cultural y literaria de mi patria. Con el transcurrir de los años, ya en el exilio, en Suecia, empiezo a escribir de manera sistemática, incursionando en narrativa y posteriormente en poesía.
—¿Qué es para usted la poesía?
—La poesía es para mí la vida misma. La poesía es respirar, contemplar, caminar, luchar, amar, reflexionar, charlar (con los vivos y con los muertos), reír, llorar, soñar, sembrar esperanza, seguir apostando por un mundo nuevo.
—Cuéntenos sobre su vida, sus obras, sus proyectos, su actividad literaria.
—Recuerdo que desde niño me gustó siempre escuchar, palpar y observar el mundo que me circundaba. Tal vez por ese motivo, a veces, me basta el sonido de una voz, una melodía musical, el trinar de algún pájaro, o contemplar el reflejo de un rayo de luz sobre el agua o la sombra acogedora bajo el árbol, para despertar intensamente y acabar escribiendo algún poema o alguna historia. Las historias que contaban mis abuelas o mi abuelo, las historias de mis tíos y tías, las historias de los obreros sindicalistas que visitaban a mi padre, los estudiantes universitarios que frecuentaban nuestra casa, las anécdotas de los vecinos, las luchas de los hombres y mujeres del campo, son parte de mi niñez. La vida intensa en la escuela y en la universidad, la pasión por el fútbol, la actividad político-social, los amores y desamores, la amistad, la solidaridad, fueron ingredientes claves en la etapa posterior de mi vida. Como también lo fueron las dictaduras (de botas y corbatas) que marcaron toda mi existencia en el Perú, desde la infancia hasta la salida al extranjero. En cuanto a mis escritos, tengo publicados tres libros de cuentos (en uno de ellos soy coautor) y un poemario editado recientemente cuyo título es Diario de estaciones, además de cuentos, poemas y crónicas publicados en revistas literarias de varios países. Como trabajo inédito tengo un libro de cuentos y un poemario, ambos culminados hace algunos años atrás. Actualmente estoy trabajando un nuevo poemario y sigo escribiendo cuentos.
—¿Cómo define su poesía?
—Pienso que el lector, aquella persona común y corriente como usted y como yo, es la más adecuada para tratar de interpretar lo que escribo. Lo que sí busco expresar a través de la escritura es, entre otras cosas, el amor a la vida, el reto a la muerte, el discurrir del tiempo en nuestras miradas y en nuestras manos, la perseverancia del hombre y la mujer en plasmar los sueños y en contribuir a la construcción de un mundo diferente. Por otro lado, tengo una formación literaria de carácter autodidacta y nunca me han atraído los textos librescos con ínfulas medievales. Todo lo contrario. Trato, con acierto o desacierto, de escribir de modo sencillo buscando reflejar mi época y mi tiempo, desplazándome entre los umbrales de la realidad y la fantasía, y al margen de los intereses mezquinos del mercado editorial. Pienso que hay que ser honestos con la vida, con los ideales y con la realidad que nos rodea.
—¿Cree que el escritor es un ser obsesivo?
—Más que obsesivo diría que el escritor o escritora es una persona apasionada, es un ser que no puede estar indiferente al modus vivendi y dedica su tiempo, su energía, su existencia, para tratar de engendrar y decir su palabra, para tratar de plasmar sus sueños y tal vez, los de otros.
—¿Cómo ve la nueva poesía de estos últimos tiempos?
—La poesía sigue existiendo, sigue sobreviviendo al paso del tiempo. A pesar de las dificultades (más aun en este dizque mundo moderno), los poetas, como todos los artistas y creadores, siguen perseverando, apostando por la vida y por los sueños. Eso me entusiasma, me llena de alegría. Al mismo tiempo, me parece bien que se democratice la literatura y que se expresen diversas perspectivas, diversos estilos. El Internet permite, en parte, contribuir a esta democratización de la literatura y el arte.
—¿Es necesario que el escritor sea un hombre comprometido?
—Bueno, lo de si es necesario o no, es una opción personal que la respeto. En mi opinión sí considero que el escritor o escritora debe ser una persona comprometida no sólo con su obra, sino también con su realidad y con el tiempo que le corresponde vivir. No se puede dar la espalda ni se puede estar al margen de los sufrimientos, luchas y conquistas de los pueblos. El arte, la creatividad deben ir de la mano con el desarrollo humano.
—¿Cuál es el fin de su poética?
—Derrotar a las sombras, abrir las ventanas y dejar entrar la luz, la vida, los sueños, la esperanza.
—¿Cuáles son los autores que influyen en su obra?
—Los escritores que tienen un gran significado para mí tanto en prosa como en poesía son César Vallejo, Pablo Neruda, Rafael Alberti, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Gioconda Belli, Javier Heraud, Bertolt Brecht, José Carlos Mariátegui, José María Arguedas, Edith Lagos, Roque Dalton, Francisco Umbral y José Hierro.
—¿Qué libro nos recomendaría leer?
—Recomendaría que lean todos los libros y textos que puedan y con los que se sientan realmente cómodos, es una opción individual. Al mismo tiempo hay que desarrollar e intensificar el hábito de la lectura. Pero no olvidar en hacer una lectura crítica de lo que se lee, es el modo de avanzar y seguir caminando.
—¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a través de los años?
—Siempre he pensado que el aprendizaje de cualquier conocimiento implica cometer errores y tratar de aprender de ellos. Eso significa que mi lenguaje narrativo y poético, con el transcurrir de la vida y el tiempo, va madurando poco a poco, en la búsqueda constante de mi propia voz. Tal vez nunca lo logre, pero lo importante está en intentarlo. Siempre hay que intentarlo. Mis poemas iniciales, por ejemplo en La soledad de las cigarras (libro inédito), tenían una carga de crítica social más notoria, me era más urgente el poema como instrumento de denuncia, de testimonio, de lucha, de ideal. En cambio los poemas posteriores condensados en Diario de estaciones muestran versos de carácter existencial y empleo metáforas de mayor carga íntima y emotiva. Vuelco la mirada a mi vida, la familia, los amigos, el paso del tiempo y los recuerdos. Pero pienso que hay siempre una constante en mi escritura, y es la de mostrar el drama humano apostando por los sueños y la esperanza.
—¿Qué hace antes de escribir?
—Lo que siempre hago antes, durante y después de escribir es escuchar música. Y ella varía dependiendo de mi estado de ánimo y de lo que voy a escribir o estoy escribiendo. Si estoy fuera de casa, me gusta mucho caminar, pasear, observar a la gente, sentir el pulso de la vida. Luego, al retornar, la noche, la música y la soledad son mis acompañantes indispensables en este viaje súper placentero que es la escritura.
—¿Cómo ve usted hoy por hoy la industria editorial? Como autor, ¿qué soluciones le daría a este problema?
—La industria editorial refleja el tipo de sociedad en que vivimos, es decir, todo se concibe como mercancía que se compra, se vende y brinda utilidades. Y el arte, la escritura, es más que eso. Desde que se mercantiliza la creación humana damos un salto al vacío, un alarido hacia los acantilados de la muerte. Pienso que la industria editorial debe ser parte de una sociedad que valore, estimule, respete y dignifique el arte, la cultura y la identidad de los pueblos. El Estado y los municipios deberían ser los responsables principales de la política cultural y editorial, implementando bibliotecas, estimulando la escritura, movilizando y acercando a las escuelas y a las familias, combatiendo el analfabetismo, sembrando esperanza en los niños y jóvenes.
—¿Cree en los concursos o certámenes literarios?
—Pienso que los concursos literarios son juicios subjetivos, por lo tanto, hay que tomarlos con mucha cautela. El tener un reconocimiento en algún concurso no significa ser el mejor. Hay que alegrarse, asumirlo con serenidad y sólo como una referencia, lo importante es seguir produciendo, seguir caminando.
—¿Qué opina de las nuevas formas de difusión literaria por Internet como revistas literarias, blogs, páginas sobre literatura?
—Pienso que el Internet, tal como comenté anteriormente, permite democratizar, en parte, la difusión literaria. Que cada quien exprese su palabra, me parece sumamente importante. Pero no debemos olvidar que no todas las personas tienen acceso a este avance de la comunicación. Muchos pueblos en el mundo viven silenciados, en donde ni siquiera tienen el derecho a satisfacer sus necesidades elementales. Para ellos, el Internet es un lujo o un fantasma.