Siempre era así: cada tarde, después de la obligatoria siesta veraniega, nos bajábamos al río en nuestras bicicletas. En el pueblo no había gran cosa que hacer, y preferíamos un baño refrescante antes que abrasarnos en las calles incendiadas por el sol de julio o agosto. Aunque a veces bajábamos solos, también había días en los que nos acompañaban las chicas, y esos días eran los mejores.
El río, la verdad, era poco más que un humilde arroyo cuyo cauce serpenteaba encajado entre rocas y altos árboles, y que en algunos puntos se remansaba formando piscinas naturales de agua turbia y muy fría. Era en estos lugares donde la gente se bañaba, y nosotros solíamos ir a uno que llamaban “el merendero”. Se trataba de una zona sombreada en la que habían instalado varias mesas que siempre parecían ocupadas por las mismas familias; formaban parte del paisaje habitual de aquel sitio el transistor a todo volumen, la bolsa nevera en la que parecían caber alimentos suficientes para alimentar a una familia durante todo un año, y el inevitable grupo de mocosos que no paraban de alborotar ni un solo minuto. Era un lugar agitado y ruidoso, pero a nosotros no nos importaba, porque aparte de poder bañarnos también había un kiosko en el que servían bebidas y que tenía una máquina de pinball a la que dedicábamos una parte considerable de nuestra paga semanal. Verano tras verano, Alfonso batía el record de la máquina, y sus hazañas con los dos botones que controlaban la bola le convirtieron en un héroe al que todos pretendíamos emular sin demasiada fortuna. El verano en el que descubrimos que la habían sustituido por una más moderna máquina de naves espaciales, supuso algo así como el trauma inaugural del fin de nuestra infancia, aunque pronto nos rendiríamos al nuevo ingenio electrónico, mucho más entretenido y sencillo de manejar, y olvidamos a la vieja máquina de pinball. Todos, menos Alfonso, cuya destreza aniquilando marcianos nunca sobresalió de la del resto.
Cuando bajaban las chicas con nosotros, sacrificábamos encantados las horas de juego con la máquina recreativa. Entonces eran otros entretenimientos los que nos mantenían ocupados. En esas tardes apenas salíamos del agua, y el tiempo pasaba tan veloz que siempre nos quedaba un regusto amargo al final del día, cuando regresábamos al pueblo en nuestras bicicletas y el sol se empezaba a ocultar. Hubiésemos deseado que esas tardes no se acabaran nunca.
Las chicas eran el centro de la diversión, y todo lo que hacíamos tenía como única finalidad llamar su atención: nos zambullíamos acrobáticamente en el agua saltando desde lo alto de una roca, las perseguíamos para hacerles aguadillas, las subíamos en nuestros hombros para que lucharan entre ellas... Cuando no estábamos en el agua, nos sentábamos en círculo sobre las toallas y jugábamos a las cartas.
Las chicas eran Carla, Mónica, Laura, Patri y las gemelas, Noelia y Sara. Nosotros éramos Alfonso, Raúl, Mario y yo. Había días en los que se nos sumaba también Jorge, pero para su desgracia era un pésimo estudiante, por lo que se pasaba las tardes de verano castigado, repasando los libros y haciendo los deberes para recuperar las asignaturas que, siempre en número superior a cuatro, le quedaban curso tras curso.
Y sin embargo, a pesar de su aparente infortunio, era el único de nosotros que podía presumir de tener pareja. La chica era Patri, y su relación, hasta donde nosotros habíamos sido testigos, no iba más allá de algunos gestos ingenuos, como caminar cogidos de la mano cuando por las noches salíamos del pueblo y recorríamos los caminos que lo rodeaban bajo la luz de la luna y las estrellas, o darse un rápido beso en los labios al despedirse, siempre angustiados por si los veían sus padres o algún familiar. A pesar de la aparente inocencia de su relación, el resto de la parte masculina del grupo nos moríamos de envidia, y cada vez que nos quedábamos a solas con Jorge le bombardeábamos con preguntas del tipo “¿Le has besado con lengua?”, “¿le has metido mano por debajo de la camiseta?”, “¿y de la falda?”. Nuestra curiosidad no tenía límites, y tampoco nuestra sobrehormonada imaginación de adolescentes. A nuestras preguntas él invariablemente contestaba encogiéndose de hombros mientras nos mostraba una amplia sonrisa satisfecha que sembraba en nuestros corazones la duda de hasta dónde había sido capaz de llegar con ella. Aunque intentara disimularlo, se le notaba lo mucho que disfrutaba con nuestros interrogatorios.
En cuanto al resto, lamento decir que no éramos tan afortunados. En mi caso, la chica que a mí me gustaba era Laura. Pero Laura era la chica más seria del grupo y parecía siempre molesta conmigo, seguramente porque lo sabía y disfrutaba con la sádica inclinación femenina de hacer sufrir a quien se interesa por ellas, por lo que a veces me cansaba de su indiferencia y me sentía atraído por Mónica, mucho más simpática y dispuesta a reír con mis bromas, aunque a mí me pareciese menos guapa. Indudablemente, Carla también me gustaba (qué tontería, a todos nos gustaba Carla), y por supuesto Noelia y Sara, que eran idénticas y tenían unos ojos azules tan claros que cuando te miraban parecían capaces de hipnotizarte. Supongo que lo que me pasaba era que, en mayor o menor medida, me gustaban todas. La única en la que no me hubiese permitido pensar de esta forma era en Patri... y era normal, porque ella era la chica de mi amigo. Con eso, creía, estaba dicho todo.
Aquel verano acababa de cumplir los quince años y estaba convencido de que había atravesado la línea que separa la infancia de la edad adulta. Fumaba cigarrillos a escondidas de mis padres, había probado en varias ocasiones la cerveza y otras bebidas alcohólicas, y presumía de las chicas con las que había estado y lo que había hecho con ellas. Era falso. Todo lo que sabía acerca del amor lo había visto en la televisión o se lo había escuchado a algún amigo más experimentado que yo. Pensaba constantemente en las chicas pero, por lo visto, ellas tenían cosas más interesantes en las que preocuparse que pensar en mí.
Fui al pueblo en julio y las cosas parecían no haber cambiado nada desde el año anterior. Siempre era así: aunque no nos veíamos más que un par de meses durante el verano, nunca nos sentíamos incómodos al reencontrarnos, ni jamás tuvimos problemas para retomar nuestra amistad en el mismo punto en el que la habíamos dejado. Por algún motivo que se me escapa, siempre los sentí más cercanos que al resto de mis amigos que dejaba en la ciudad, con los que pasaba la mayor parte del año. Era como si el tiempo que pasábamos separados no tuviese peso en nuestras vidas, y tenía la impresión de que eran esos dos meses que compartíamos en el pueblo los únicos que importaban. No había transcurrido ni un solo minuto desde nuestro reencuentro, y ya estábamos gastándonos las mismas bromas de siempre, planificando las excursiones en bicicleta que haríamos ese año, preguntando por las chicas con ansiedad... como si nos hubiésemos separado la noche anterior y el tiempo entre medias —casi un año— no hubiese existido.
Ese verano descubrimos que las chicas podían ser aun más maravillosas de lo que siempre nos había parecido. Sus cuerpos empezaban a despojarse del candor y la falta de sensualidad propia de la infancia, y se insinuaban ya las formas que a partir de esa edad, literalmente, nos harían perder la cabeza. Muchas de ellas empezaban a usar sujetador, y se convirtió en nuestra diversión favorita el contemplar admirados la maravillosa irrupción de aquellas formas que desafiaban la gravedad con gracia y firmeza debajo de sus camisetas. Verlas en bañador era un espectáculo que por sí solo justificaba nuestra existencia, y los días que ellas no bajaban al río empezaron a parecernos tristes y aburridos. Sólo nos divertíamos si ellas estaban con nosotros, y esto sí que suponía toda una novedad.
Patri y Jorge siguieron adelante con su relación, y enseguida comprobamos que ese año el periodo que habían pasado separados parecía haber intensificado la fuerza de su amor. O quizá lo que pasaba era que habían dejado de ser unos niños y las necesidades no eran las mismas que las de antes. Ahora ya no se separaban ni un solo momento. Aunque íbamos siempre en grupo, parecían vivir en una dimensión en la que sólo estuviesen ellos dos. Aprovechaban cualquier ocasión para quedarse rezagados del resto, y al final uno tenía la impresión de que se pasaban el día besuqueándose. Y ya no eran esos superficiales y breves besos de antes, sino que nos obsequiaban con largos y nada inocentes besos con lengua incluida.
“Es un baboso”, comentábamos el resto de los chicos cuando ellos no nos escuchaban, fingiéndonos escandalizados, “le va a pegar todos sus microbios”. En realidad, lo que nos sucedía era que apenas lográbamos reprimir nuestra envidia, máxime cuando nuestros intentos por emularle con las demás chicas acababan inevitablemente en sonados fracasos. Al parecer, éstas eran mucho menos complacientes que Patri, o quizá fuera simplemente que no les gustábamos lo suficiente. Lo máximo que conseguimos fue que en una velada en la que jugamos a la botella, Noelia y Sara accedieran a besar a un afortunado Alfonso, pero sólo como parte del juego y más bien a regañadientes. Para mi desgracia, también esa noche yo me quedé sin beso.
—¿Qué se siente? —le pregunté en una ocasión a Jorge. Estábamos los dos solos, no recuerdo dónde se habían metido el resto, y jugábamos a tirar piedras a una botella de vidrio que habíamos colocado sobre un peñasco—. Quiero decir... cuando besas a Patri.
Una piedra lanzada por Jorge rozó la botella y la desplazó unos centímetros sin romperla.
—Eso no se puede explicar —contestó sin mirarme, la mirada fija en la botella mientras se preparaba para un nuevo lanzamiento—. Es algo muy húmedo y suave. Después de besarla, durante unos minutos tienes la sensación de estar caminando sobre un colchón de agua, o flotando sobre una nube.
No entendí demasiado de aquella explicación excesivamente poética y, según me pareció entonces, exagerada, pero al parecer tendría que conformarme con esa descripción por el momento. Me resigné a pensar que eso es todo lo que aprendería acerca de los besos ese verano.
Sucedió el último día de mis vacaciones en el pueblo. Al día siguiente volvería a Madrid, y el horizonte del instituto y los meses de otoño e invierno que se avecinaban se abatían sobre mi futuro como una condena a muerte. Las despedidas habían comenzado unos días antes con la marcha de Jorge, a la que habían seguido la de las gemelas, Mario y Laura. Detrás de cada adiós estaba la promesa de que nos volveríamos a ver al año siguiente. Siempre había sido así, y nadie podía pensar que esto cambiaría algún día.
Aparte de los que ya se habían ido, esa tarde tampoco bajó al río Carla. Según dijo, tenía que preparar la maleta porque al día siguiente también se marchaba. Pero los demás no estábamos dispuestos a sacrificar nuestra última tarde de verano en el río, aunque los días eran más cortos, el sol no calentaba como antes (eran los primeros días de septiembre) y no apetecía demasiado darse un baño.
Una de las cosas que más echaba de menos durante los meses de mi exilio en la ciudad era mi bicicleta. Ella había sido mi inseparable compañera durante el verano, y se había convertido en casi una prolongación de mi cuerpo. Pero ahora que se acababan las vacaciones, tenía que dejarla aparcada en el garaje de la casa de los abuelos, donde nadie la movía y acumulaba polvo y telarañas durante los siguientes diez meses. Así que esa tarde la cogí sabiendo que era la última excursión del año. Pedaleamos tristes mientras bajábamos por la pendiente que conducía al río, todos en silencio y concentrados en nuestros pensamientos. Nunca la tristeza era tan intensa e infinita como en aquellos días del fin del verano de nuestra adolescencia.
Dejamos las bicicletas en el lugar en el que arrancaba la pista de tierra que nos llevaba al río. Por allí era imposible seguir con las bicicletas y había que continuar a pie, atravesando la abundante y seca maleza que crecía con abundancia y en desorden a ambas orillas del riachuelo. Al final de ese camino estaba la zona del merendero y el kiosko, así como la pequeña playa de guijarros en la que extendíamos nuestras toallas. A pesar de que aún era pronto y quedaban algunas horas de sol por delante, esa tarde los merenderos estaban vacíos. En ese momento supimos que las tardes de baño y gozosa indolencia al sol se habían acabado. La mayoría de las perennes familias que acostumbraban a pasar el día en el río habían emigrado a sus lugares de residencia durante el resto del año, y pronto en el pueblo ya no quedarían más que unos pocos ancianos inmortales encerrados en sus casas y el silencio que se adueñaría de las calles vacías.
En la barra del kiosko, dos conocidos borrachos del pueblo apuraban sus cervezas, mientras los altavoces emitían el ritmo machacón de una canción que había sonado mucho durante el verano. Escucharla en ese ambiente alicaído y prematuramente otoñal resultaba extraño, como también era extraño llegar al sitio en el que solíamos sentarnos entre tanta gente y ver que estábamos solos.
Nadie tenía demasiadas ganas de bañarse esa tarde. Yo me tumbé en mi toalla mientras el resto jugaban a las cartas. No me apetecía participar en el juego y prefería quedarme al margen. Durante un buen rato estuve contemplando la oscilación de las ramas de los árboles encima de mí, y cómo algunos débiles rayos de sol las traspasaban y fluctuaban entre el suelo y mi cuerpo. Las voces de mis amigos parecían venir de muy lejos, y tuve la impresión de que mi cuerpo ya no estaba allí completamente, que había empezado a desvanecerme y muy pronto no quedaría nada de mí en aquel lugar. Imaginé que en ese momento en Madrid, entre las cuatro paredes de mi habitación en las que colgaban los posters de mis futbolistas preferidos y varios carteles de películas de terror, entre mis libros y mis discos, empezaba a materializarme.
—Voy a bañarme —anuncié de repente. Los demás me miraron como si me hubiera vuelto loco. No creo que a ninguno se le hubiera pasado por la cabeza la idea de meterse en el agua esa tarde. Tampoco pareció interesarles demasiado mi iniciativa, y enseguida volvieron a centrarse en la partida de cartas. Miré la superficie quieta y oscura del agua y por un momento dudé. Realmente no me apetecía bañarme a mí tampoco; simplemente quería sentir el contacto gélido del agua en mi piel para ver si así conseguía aparcar la tristeza, aunque fuera momentáneamente.
Me despojé de la camiseta y sin mirar atrás ni pensarlo más me adentré en el agua. Sentí un latigazo en los tobillos, un impulso eléctrico que subió por las piernas y me erizó la piel de la espalda. Aun así, no me detuve, y cuando el agua me llegó a la altura de los hombros —sabía por experiencia que no me cubriría mucho más en ningún otro punto— me zambullí por completo y para entrar en calor empecé a nadar con vigorosas brazadas hacia las cañas que bordeaban la orilla contraria. Dentro del agua, una vez superada la impresión inicial, me empecé a sentir algo mejor.
Dejé atrás el sitio donde se sentaban mis amigos y fui nadando hasta un islote muy pequeño cubierto de arbustos que cortaba el curso del riachuelo en dos. En ese lugar la vegetación de las orillas era más frondosa y me permitía permanecer oculto de la vista de mis amigos, protegido por una barrera de sauces que hundían sus ramas en el agua. Hasta allí me llegaban sus voces, les escuchaba discutir sobre algún lance de la partida de cartas, pero ni yo podía verlos a ellos, ni ellos a mí. Seguí nadando en esa misma dirección hasta llegar a un punto en el que el río se ensanchaba y formaba una piscina natural algo más pequeña que la que había en el merendero, y una vez allí dejé de nadar y me tendí de espaldas para quedar flotando boca arriba, haciéndome el muerto. No recuerdo el tiempo que estuve en esa posición, sin hacer movimiento ninguno, respirando pausadamente, sintiéndome ingrávido y tranquilo.
Al rato escuché el chapoteo de alguien que se aproximaba nadando. Pensé que tal vez Alfonso o Raúl se habían animado a imitarme y darse un baño. Sin embargo, me sorprendí al ver que la que nadaba en mi dirección era Patri. Dejé de flotar y me incorporé. En el lugar en el que me encontraba, el agua me llegaba un poco por debajo del pecho.
—¿Qué haces? —dijo al llegar a mi altura. Sin detenerse, siguió nadando a braza con la cabeza fuera del agua, e hizo algunos círculos alrededor mío.
—Nada —dije yo. No tenía ganas de dar demasiadas explicaciones—. Me apetecía nadar un poco.
—¿Te importa que me quede aquí contigo? —preguntó—. No quiero jugar más a las cartas. ¡Es tan aburrido!
No esperó a que yo le contestara. Dando por hecho que no me importaba, cambió de estilo y siguió nadando de espaldas, adueñándose del oasis de tranquilidad que yo había descubierto con sus refinadas brazadas de nadadora experimentada. Reconozco que al principio me sentí algo irritado por su intromisión, como si hubiera algo importante que yo quisiera ocultar en ese lugar, pero enseguida se me pasó y agradecí que se quedara conmigo. No solía fijarme demasiado en Patri, la verdad. Era más o menos de mi misma estatura y tenía el pelo castaño muy largo que siempre llevaba recogido en una cola de caballo y los ojos marrones. Mi interés nunca había ido más allá de esta observación superficial de su apariencia externa, sin entrar en más detalles ni consideraciones. Esa tarde pude observarla con detenimiento. Descubrí con sorpresa que había algo en ella que nunca antes había observado, algo indescriptible y potente que me agradaba. Me gustó la manera ágil y estética que tenía de nadar, la forma en la que su espalda y sus brazos cortaban el agua sin apenas salpicar y la hacían progresar a una velocidad considerable, nada que ver con mi torpe bracear, que apenas me servía para mantenerme a flote. Avergonzado por mi poca destreza natatoria, prefería flotar a cierta distancia de ella, aguardando con impaciencia el momento en el que emergía del agua y me mostraba su torso bien proporcionado, sus curvas delicadamente modeladas por la tela elástica de un bañador azul oscuro que parecía resplandecer con la luz del sol que nos iluminaba.
De haberse tratado de Mónica o de cualquier otra chica del grupo, no hubiera habido nada de extraño en esa situación. Con ellas era habitual esa sensación agradable y cálida que me llevaba a contemplarlas incansablemente, a querer estar cerca de ellas. Pero con Patri era algo completamente nuevo. Algo me decía que no debía estar allí, mirándola de aquella manera. Que no era una manera normal de mirar a la novia de un amigo. Comprendí que me encontraba en una situación peligrosa de la que más me valdría escapar si no quería meterme en problemas. Pero no lo hice; lejos de huir, permanecí en el mismo lugar, sintiéndome culpable pero sin dejar de mirarla.
Después de un rato nadando, pareció cansarse de dar vueltas en aquel espacio tan reducido y se colocó a mi lado, por primera vez quieta desde que había llegado, mirándome muy seria a los ojos. Estaba a una distancia en la que, de haberlo querido, hubiese podido tocarla fácilmente sin necesidad de estirar demasiado el brazo. Sólo tendría que alargar un poco mi mano y mis yemas arrugadas por el agua sabrían cómo era el tacto de su piel. De repente, me invadió un temor intenso a que apareciera alguien en aquel lugar. Mis amigos se encontraban a apenas unos metros y podría aparecer cualquiera de ellos en cualquier momento. Giré la cabeza varias veces para cerciorarme de que no había nadie más. Todo parecía quieto y tranquilo. Resultaba extraño, pero lo único que deseaba era estar allí a solas con Patri, que nadie nos interrumpiera, poder prolongar ese instante y no dejar que se escapara como se habían escapado ya tantos otros momentos especiales de aquel verano. Podía haberlo hecho, pero una vez más no pude evitar abrir mi bocaza para hablar:
—Es una pena que se haya ido Jorge y que no le vayas a ver hasta el año que viene. Le echarás mucho de menos, ¿no?
Patri me miró con gesto de no comprender lo que le acababa de decir. Después, apartándose un mechón de pelo mojado que le caía sobre los ojos, respondió con vaguedad:
—Oh, sí, claro. Es un buen chico. Pero no hablemos de Jorge, por favor. Oye, el agua está buenísima, ¿por qué no nadamos un rato?
No nadamos. En vez de eso, avancé un paso más hacia ella. Pensé que retrocedería y se marcharía. Podía ver sin dificultad las gotas de agua que resbalaban por su frente, las arrugas que se formaban en torno a sus ojos al fruncir el ceño, la delicada textura rosada de sus labios carnosos. Podía sentir la sangre que palpitaba debajo de su piel. Una oleada de calor me sacudió el rostro.
Lo siguiente que recuerdo es que nos estábamos besando.
Fue tan rápido y sencillo que todos mis esfuerzos anteriores para conseguir besar a una chica me parecieron ridículos. No había hecho falta ninguna estrategia preconcebida, ni necesité decir nada ni actuar de manera ocurrente o graciosa. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza que acabaríamos besándonos. Simplemente me callé —por primera vez en mi vida en el momento justo—, di un pequeño paso más hacia ella, y enseguida noté que sus labios se posaban en los míos y los apretaban con fuerza. Así de simple. No sería capaz de decir si la iniciativa fue mía o suya. En ese sentido, ni ella ni yo fuimos culpables, o lo fuimos en igual medida. Estaba tan sorprendido y asustado que me costaba respirar. Pasaron unos segundos —eternos mientras duró el beso, ridículamente breves al recordarlo después— hasta que ella se separó y me miró muy seria. Yo estaba temblando de arriba abajo. Patri no dijo nada. Se giró y la vi marcharse nadando en la misma dirección por la que había venido. No hice ningún gesto para detenerla ni añadí nada. No podía pedirle que se quedara conmigo. Además, hubiese sido incapaz de articular palabra alguna. Estaba demasiado ocupado tratando de averiguar qué era aquella sensación extraña que recorría mi cuerpo. Había besado por primera vez en mi vida a una chica. Se suponía que era el momento más importante de mi existencia y que debía correr a subrayarlo con rotulador rojo en el calendario. Pero no sentía la clase de exaltación que había imaginado que sentiría cuando fantaseaba con la idea de besar a una chica. Tampoco estaba arrepentido. Eso vendría más tarde. En ese momento sólo sentía frío, un frío intenso que se adhería a mi piel mojada y del que, lo supe desde el primer momento, me costaría mucho tiempo desprenderme.
Regresamos al pueblo con el sol cayendo a nuestras espaldas, poco a poco ocultándose tras la ondulante línea del horizonte. Yo, acostumbrado a pedalear siempre en cabeza, a imitación de los esforzados ciclistas del Tour de Francia que veía durante las siestas del mes de julio, en cambio esa tarde me había quedado rezagado en último lugar y pedaleaba varios metros por detrás del resto del grupo. En cambio, Patri iba en cabeza, riéndose alegremente de un comentario que acababa de hacer Raúl, en apariencia feliz y relajada. Si le preocupaba lo que acababa de suceder entre nosotros, no lo demostraba. Yo, sin embargo, empezaba a no poder quitarme de la cabeza a Jorge. Fantaseaba, estremeciéndome, con lo que sucedería si algún día se enteraba. Y la idea de que no se enterase tampoco me tranquilizaba. El simple hecho de haber sido capaz de besar a su chica me parecía cobarde, ruin, algo que no sería capaz de perdonarme a mí mismo jamás: sabía que tendría que acostumbrarme a vivir con esta idea, y que no iba a ser sencillo. Pero por otro lado, compitiendo con estos pensamientos, estaba la sensación que me había dejado el beso una vez superada la impresión inicial que me había impedido reaccionar. No flotaba, no caminaba sobre las nubes, no escuchaba música de violines ni la primavera volvía a florecer, pero aún podía cerrar los ojos y era como si acabasen de separarse nuestros labios. Pensar en el rostro de Patri en el instante previo a que sus labios y los míos se encontraran me producía un estremecimiento imposible de dominar. Ese recuerdo también me acompañaría siempre. Y era un buen recuerdo, algo que no querría olvidar jamás.
Nuestros caminos se bifurcaban antes de entrar en el pueblo. Yo tenía que coger un camino que lo bordeaba para dirigirme a la zona de chalets de las afueras donde estaba la casa en la que veraneaba junto a mis padres, separándome del resto del grupo, ya que todos los demás vivían en el mismo pueblo. Me despedí uno a uno de mis amigos, prometí que escribiría cartas durante el invierno a sabiendas de que era la promesa que hacía siempre y que casi nunca cumplía, les aseguré que no me olvidaría de ellos y que nos volveríamos a ver al verano siguiente. Nos esforzamos por no parecer tristes, pero yo, por lo menos, no lo conseguí. La última en acercarse fue Patri. Me dio un beso en la mejilla, y ese gesto me pareció ridículo en comparación con lo que había pasado entre los dos hacía unos momentos. Antes de separarse, me susurró en voz muy baja al oído:
—No le des más importancia de la que tiene. Es sólo un beso —me aseguró—. Jorge no se enterará nunca por mi parte. Será nuestro secreto. Hasta el año que viene...
—Hasta el año que viene... —musité tristemente antes de verla alejarse con los demás. Sólo un beso, me repetí mentalmente. Según ella, eso había sido todo. Sólo un beso... Como si fuera algo que sucediera todos los días.
Me di la vuelta y empecé a pedalear en mi dirección. Antes de doblar una curva tras la cual se perdía de vista el pueblo, me giré y miré hacia donde ellos se habían dirigido con la esperanza de ver a Patri por última vez. Pero ya se habían perdido en el entramado de las primeras casas blancas del pueblo. Tendría que esperar un año para volver a verla, a ella y a todos los demás.
Sonaron las campanadas del reloj del ayuntamiento dando las ocho. Me bajé de la bicicleta y empecé a caminar llevándola cogida del manillar. No tenía ninguna prisa por llegar a casa. Mi madre estaría terminando de hacer las maletas y mi padre le ayudaría a regañadientes, haciendo gala del mal humor que se le ponía siempre que íbamos a iniciar un viaje. Me estremecí súbitamente. Volvía a pensar en el beso de Patri en el río. Se había levantado algo de viento que soplaba desde los campos de cultivo situados a mi izquierda, golpeándome en el rostro y revolviéndome el pelo, y en él no encontré ni rastro de la bochornosa sensación que se adensaba en el aire cuando a última hora de las tardes de julio o agosto regresaba a casa después de haber pasado la tarde en el río. Hacía fresco y pronto anochecería. Definitivamente, el verano había terminado.