Letras
La espera

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Los estamos esperando. Hace ya mucho tiempo que los estamos esperando. Ellos todavía se demoran. Pero nosotros estamos aquí. Esperamos. Estamos atentos al más mínimo cambio de luz en el paisaje acostumbrado de la tarde; acechamos todo temblar imprevisto de las hojas de parra y de los racimos de glicinas. Esperamos.

Se están acercando. Es casi seguro, aunque todavía ningún rumor, ningún algodonado murmullo ha anticipado su incipiente llegada. Ecos lejanos e indefinidos, quizás los gritos ya diluidos de invasiones anteriores, nos llegan en ondas intermitentes a través del aire azulado, como las reverberaciones de una estrella ya apagada.

 

Suponemos que son salvajes: hombres desnudos guiados por instintos de olor ácido, quizás, incluso son devoradores de carne humana. Esto nos lo imaginamos porque los suponemos poseedores de una piel lustrosa, unos brazos hábiles para la caza, una organización social incipiente, y esa mirada vaga y apagada que sólo puede encenderse cuando los cuerpos descuartizados de sus enemigos crujen al asarse sobre el fuego perfumado que crepita y chisporrotea cuando la grasa que envuelve los dulces tejidos, cae convertida en espesas, turbias gotas doradas.

Al comer, sentados, con la mirada extraviada y el cuerpo levemente arqueado hacia adelante, roen los huesos hasta dejarlos blancos y suaves. Son hombres inmaculados, mudos, siempre elegantes testigos de una gloria ya pasada, pretérita, anterior a toda memoria. El prestigio de esta cena comunitaria se hunde en la amnesia grupal: cumplen con un ritual cuya lógica escapa a la turbia comprensión de sus inteligencias alucinadas, un ritual que instituye un orden sagrado en el fluir espasmódico del deseo.

Los suponemos vigorosos, astutos, incapaces de todo pensamiento verbalmente organizado, predispuestos a sorprenderse de su propia violencia, poseedores de un accionar sin fracturas, no dividido por una elucubración simbólica. Son nuestras suposiciones, por supuesto, las que cimientan su poderío. Ellos deben intuirla existencia de este repliegue de temor y de inestabilidad en nuestra manera de hablar, o quizás en nuestros estudiados modales, o tal vez en nuestro pastoso silencio. Eso les permite demorarse hedonísticamente, dedicarse a cosas cotidianas como el trance hierático, el apareamiento o la recolección de los frutos silvestres y de las raíces que constituyen su frugal alimentación (porque, suponemos, la ingestión de carne humana no debe ser la dieta ordinaria de estos hombres de cuerpo atlético y de costumbres austeras, sino la señal de su intrusión en un espacio ajeno, regido por lavas y vientos y volcanes, y habitado por fuerzas larvadas y de poderes desconocidos, espacio desarraigado cuyas leyes hacen peligrar la impermeabilidad de los umbrales establecidos). A estos y otros menesteres se dedicarán antes de llegar, anunciados por el polvo de sus caballos en el horizonte. Posponen el ataque. Relegan un poco más el momento gozoso en el que el placer de hundir sus dientes en nuestra carne obnubilará sus miradas y crispará sus rostros en una mueca de extravío. Ellos deben de saber estas cosas. Por eso, se siguen demorando. Nosotros, sin embargo, los esperamos sin pausas.

 

El comienzo de nuestra espera se gestó en los bordes nunca del todo esclarecidos del territorio. Fue más bien un temblor, un algo tangencial cuyas vibraciones dejaban percibir un como tum-tum lejano que se iba acercando. Con la cara pegada a la inmensa llanura, para oír mejor el oleaje del zumbido que llegaba desde más allá de los campos de girasol y de los bosques de largas lluvias, aun más allá del desierto de piedras y de iguanas, los habitantes de los bordes afirmaron con sequedad que había que estar preparados. Que los del otro lado de nuestros límites se habían puesto en marcha y que llegarían, con sus mujeres, sus hijos, sus carpas, sus muchos tesoros y sus interminables historias. Sin duda llegarían. Venían hacia nosotros. Ellos así lo advertían. Como el viento y la lluvia, llegarían. Sin aclaraciones. No querían ser responsables.

Esta advertencia, pronunciada en el dialecto gutural y arcaico de los hombrecitos de pie amarilla que habitan los bordes porosos de nuestro territorio, debería haber sido recibida con indiferencia, con una estéril simpatía, con media sospecha, quizás con una cierta curiosidad folklórica. Nada más. Pero cauces subterráneos, vermíneos, invisibles, vinculan lo que se manifiesta con aquello que está oculto porque todavía no nació, pero sin embargo está ya latiendo como augurio de lo que será.

Sea como fuere, nuestras vidas opacas y predecibles se vieron sacudidas por la tiranía de una advertencia carente de todo contenido específico y de mensaje transmisible, que sin embargo exigía, con una retórica muda, estar alertas y despiertos y preparados, porque los otros se estaban acercando.

 

Debo confesar que esta espera tan larga, tan indefinida, ha desmoralizado a los nuestros. Las consecuencias de esta situación son el relajamiento de la disciplina y de la aceptación incuestionable del ideal comunitario. Como era de suponerse, se trata de una situación devastadora.

 

Y así es como las campañas de purificación, los transplantes y las extirpaciones se han iniciado. Hay que protegernos de todo aquello que pueda dañarnos. Cirujanos capacitados especialmente detectan las células enfermas en el cuerpo de nuestros hombres, y mediante refinados y cáusticos procedimientos aprendidos en remotos países de impronunciables ciudades, cortan, drenan y cauterizan pulcra y amorosamente los miembros infectados. Porque está probado que el cuerpo y la mente, uno son. Por ello es que los tubérculos de la duda que se extienden y multiplican y atacan glándulas y órganos enteros, deben ser extirpados en complicadas operaciones que ponen al descubierto los mismos rojos tejidos que nuestros enemigos querrían adobar y perfumar con hierbas exóticas antes de ser insertados en el asador.

Los cuerpos de los nuestros se cubren de cicatrices, de señales, de increíbles costuras. Estas son las marcas que ponen al descubierto el paternal afán de nuestros médicos y artesanos, servidores obedientes de nuestros mayores.

Además, debo mencionar el hecho de que los períodos de convalecencia y recuperación son un medio de aliviar la tensión de la espera, y mitigar así los indeseados efectos de la negra melancolía y de la meandrosa imaginación es salvaje, oscura, poderosa, palpitante, sensual, capaz de convertir nuestro esperar heroico y ejemplar en algo sin contornos, amorfo, destinado al olvido o al oprobio.

 

Ahora nuestros cuerpos se fortifican. Las cicatrices toman un color rosa pálido y esconden, pudorosas, los secretos de la carne; los muñones de redondeados perfiles dejan ya de recordarnos la presencia de otra cosa.

Es así, pues, como los estamos esperando. Sin ilusiones, con una vaga sensación de fastidio y de cansancio, y también con una cierta inútil abnegación.

Suponemos —aunque no todos los sectores comparten esta idea— que la llegada de nuestros enemigos nos salvará de la nostalgia viscosa y triste que comienza a corroer nuestro desalentado esperar. Supongo —y el privilegio de expresar esta suposición me señalará como la meta de un próximo e inevitable cercenamiento— que los nuestros, agradecidos, no se opondrán.

 

Pero ellos, nuestros salvadores, no llegan.