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Fallece a los 89 años el escritor y periodista cubano Carlos Franqui
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El escritor y periodista cubano Carlos Franqui falleció en Puerto Rico, a los 89 años, el pasado 16 de abril. Para muchos observadores, Franqui siempre fue el más incómodo de los críticos de Fidel Castro, siendo como era un conocedor profundo de su personalidad, su entorno y sus reacciones.

Franqui había nacido en 1921 en una zona rural del centro de la isla, en el seno de una familia campesina de pocos recursos; era el intelectual disidente más importante que aún vivía y que estuvo ligado a la cúpula fundacional del movimiento revolucionario que llevó a Fidel Castro al poder en 1959.

Siendo muy joven y mientras estudiaba en una escuela rural pública, logró una beca especial que le llevó a La Habana, donde se unió a una célula de luchadores sociales izquierdistas. Ya a los 20 años hacía tareas de organización entre los campesinos para el Partido Socialista Popular (PSP), en el que militó brevemente hasta que lo abandonó en 1946 por discrepancias con los dirigentes históricos de entonces, entre los que estaban el líder obrero Blas Roca y Carlos Rafael Rodríguez.

Franqui no volvió a la militancia expresamente, pero se mantuvo en la lucha clandestina a la vez que se implicaba con grupos literarios y artísticos de la capital. En esos tiempos conoció a Guillermo Cabrera Infante, con el que entabló una sólida y duradera amistad; también se relacionó con el pintor Wilfredo Lam, que luego le introduciría en los círculos artísticos europeos y especialmente en París.

En 1951 fundó, junto al compositor Harold Gramatges, la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, ligada al PSP. Detenido, torturado y perseguido por la represiva policía de Batista, partió al exilio y huyó a México, desde donde pasó a Tampa y luego a Miami. Su regreso clandestino a Cuba fue directamente para integrarse en la guerrilla de Sierra Maestra. Fue Franqui, y Castro nunca se lo perdonó, el que descubrió el engaño que el comandante en jefe había preparado al periodista norteamericano Herbert L. Matthews, haciendo desfilar ante el repetidamente a los mismos barbudos para fardar de tropa numerosa.

Figura importante en el dibujo mediático de la revolución desde antes del triunfo de 1959, Franqui fue también en cierto sentido el responsable de algunos mitos que luego, ya en la disidencia, analizó y desmontó en sus propios libros.

Su abundante literatura abarcó la poesía, la crítica de arte, los relatos y unas jugosas memorias: Cuba, la revolución, mito o realidad (Península, 2006), que tenía un irónico subtítulo: Memorias de un fantasma socialista. Allí pormenorizaba, entre otras, sus agrias polémicas con el Che Guevara, a quien desmitificaba con contundencia.

Para los intelectuales y artistas cubanos de varias generaciones Franqui era un mito, pues fue el hombre que hizo posible y llevó a Cuba el Salón de Mayo de París en 1967. En el Pabellón Cuba de la calle 23 se expuso una explosiva y potente colección de arte moderno que contravenía las ya muy fuertes directrices estalinistas que hablaban de arte revolucionario y comprometido, algo a lo que Franqui se oponía férreamente.

El Salón de Mayo llevó a Cuba obras de Picasso, Max Ernst, Ricardo Matta, Monory, Masson, Calder y otros muchos artistas señeros del siglo XX que compartieron espacios con una importante muestra de arte cubano, con Camacho, Fernando Luis y Lam, entre otros. El revulsivo fue histórico y la polémica estaba servida. La plástica cubana nunca volvió a ser la misma y el Salón de Mayo marcó al arte cubano contemporáneo.

Franqui se instaló en Europa después de abandonar en 1963 la dirección del diario Revolución, publicación que ya había dirigido en la clandestinidad antes de 1959 a la vez que la emisora Radio Rebelde. En Revolución fundó, junto a Cabrera Infante, el suplemento cultural Lunes de Revolución.

Tras el Salón de Mayo, Franqui salió de Cuba definitivamente y se instaló en Italia. Su producción literaria incluye títulos como El libro de los Doce y Diario de la Revolución Cubana, que tardaron en editarse en la isla y alrededor de los cuales Franqui reconocía que nunca gustaron demasiado a Castro. Su ruptura con la Cuba oficialista se hizo patente y definitiva cuando firmó una carta en rechazo de la invasión soviética de Checoslovaquia.

Ya en el exilio, sus libros de arte se convirtieron en codiciadas piezas de coleccionista, al hacer colaboraciones con artistas como Antoni Tapiès, Alexander Calder y Joan Miró, entre otros. Pero Franqui no tuvo un exilio fácil, dorado ni tranquilo. Si bien el castrismo lo calificó de traidor y de hecho le persiguió en el extranjero con el sanbenito de “agente de la CIA”, parte del exilio nunca le aceptó y le recordaban frecuentemente su papel activo en los albores de la revolución castrista.

Ya en 1991, con una salud delicada, se trasladó de Europa a Puerto Rico, donde siguió escribiendo. Viajó varias veces a España a denunciar la represión en la isla y a presentar sus libros. Entre sus otros volúmenes está el que dedicó al comandante Camilo Cienfuegos (Seix Barral, 2001), y donde sostenía la tesis de que había sido mandado asesinar por el propio Castro. Intuitivo, pasional, con un fondo lírico que afloraba en todos sus escritos, Franqui fue un eterno inconforme y una figura imprescindible de la cultura cubana del siglo XX.

Fuente: El País