Artículos y reportajes
El verbo honesto de Miguel Hernández

Miguel Hernández y la Sierra de Orihuela

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Hablar a estas alturas del poeta de Orihuela, es casi como una provocación. Me explico, si sé o puedo. La condición que le condenó de por vida a Miguel Hernández fue su manifiesta naturalidad, sinceridad y falta de pose o afectación. Era un hombre sencillo, humilde y agraz (desagradable, molesto para muchos), que se atrevió a utilizar las palabras por su nombre. Quizá su primer conato con la realidad que le rodeaba fue el lugar, la familia donde le tocó nacer. Mejor dicho, la intransigencia de un padre que, producto de una sociedad y un tiempo, no comprendía lo que pretendía hacer su hijo en la vida. Porque no era mal futuro —en su entendimiento de pastor analfabeto— seguir con el oficio del padre, que mantenía cierta posición económica. Debería sentirse humillado un muchacho con miras más amplias, cuando pastoreara cerca del lugar donde estudiaran sus compañeros —un privilegio para la época—. Ya pastoreando, aprovechar los útiles más escasos —papel, lápiz— y los lugares más peregrinos —piedras, lomos de cabras— para escribir —crear. Esta actitud ante el padre provocó —despotismo paterno, cruel despego—, que no fuera a verle cuando moría tuberculoso en la cárcel. Afirma Eutimio Martín —biógrafo del poeta—, “(...) que se limitó, como oración fúnebre, a un: Él se lo ha buscado”. Decía provocación, porque los paisanos de Miguel Hernández —las fuerzas vivas— no podían digerir que un comunista, un paisano de extracción social humilde, pudiera ocupar un puesto de honor en la sociedad de Orihuela, si no fuera por el padrinazgo y la hechura de sus mentores, Ramón Sijé y Almarcha. No sabe uno decir si sonó la flauta o sin la flauta de aquéllos, no podría salir esa música. Aun así, no olvidó la amistad con Sijé (el acceso a la imprenta de Perito en lunas fue con el apoyo del paisano), pese a lo que después vendría. Era su amigo y un alma noble y sincera como la suya dejó viva su presencia para siempre con la elegía conocida. Un servidor prefiere no darle a Almansa cínico protagonismo en este escrito, en la pasión y muerte del poeta. No sabe uno si podría haberlo evitado, porque Miguel Hernández fue el prototipo perfecto de reo perdedor de la contienda. Pero poder es querer, por muy agazapado que se muestre. Por lo mismo que fue amigo de Sijé —por su nobleza—; así se presentó con el cuaderno de poemas bajo el brazo, su vestimenta rústica y su olor a pueblo a sus amigos intelectuales madrileños. Aquí aparece la otra acepción de agraz, con el que le presentábamos al principio. Resultó molesto para Alberti, para Lorca. Es conocida la anécdota del poeta granadino: “Echarle”, le dijo a Aleixandre por teléfono, sabiendo que el de Orihuela estaba en su casa y él pretendía hacerle una visita. Vicente Aleixandre nunca le echó, sino todo lo contrario. Molesta que un pobretón, un hambreado, sobre todo en su estancia madrileña (lo expresa, con acertado verbo, Antonio Muñoz Molina: “Daba vueltas por las calles con el estómago vacío y una carpeta de versos mecanografiados bajo el brazo”), les venga a dar en las narices con unos poemas claros, honestos, limpios, originales, sin tapujos ni complejos carnales. Se alista en 1936 al Partido Comunista y se le ve codo a codo cavando en las trincheras con los miembros del Quinto Regimiento; pero con los soldados, nunca presente en las reuniones de la Alianza de Intelectuales. Llega el fin de la guerra, con la derrota. Y en este punto vuelve la soledad para el poeta: otra vez solo en Madrid sin saber qué hacer. Ha de volverse a su patria chica. ¿Pensaría, en su inocente nobleza, que allí estaría a salvo con los suyos? Lo que pasó después es público y conocido. Hasta el punto que hoy estamos en el espacio en el tiempo escribiendo estas impresiones. Hace ya un par de décadas tuve una conversación con el escritor y amigo Manuel Andújar, quien estuvo exiliado en México. Salió el tema a colación. Él mismo se lamentaba que nadie de sus amigos literatos no le hubieran echado un cable para poner tierra por medio y salvar la vida. Para unos fue gracias a ellos, para otros pese a ellos. Pese a todo, ahí está la voz íntima, conmovedora, honesta, sin retórica y emocionada. Eso es lo que tiene lo noble, original, limpio y auténtico, que después de cien años, puede que se lea con otros ojos.