Sala de ensayo
Sexualidad y ficción en Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

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Vamos ahora a comentar la visión del amor y la sexualidad en la percepción de nuestro literato, empezando con el interesante debate respecto a los vínculos entre aquellos y la ficción. Luego veremos la coincidencia de algunos críticos literarios con la visión del escritor y las variadas maneras como interpretan su posición. Adelantamos que del examen hecho hemos notado que la convergencia entre los críticos y Vargas Llosa no va aparejada con los necesarios fundamentos que la sexología de nuestro tiempo ofrece. Suponemos que ni el escritor ni los críticos están familiarizados con la veintena de revistas sexológicas que se publican en el mundo.

 

Realidad e irrealidad

Un problema que surge en el intento de desentrañar el pensamiento del escritor sobre la sexualidad se resume en el gran debate acerca de los vínculos entre realidad y ficción en la literatura que no nos atrevemos, desde luego, a desarrollar. Asunto que lejos de haber terminado persiste con ideas como que a la literatura le basta con ser verosímil o que supera la realidad al abarcar más que ésta.

Podemos encontrar algunas luces en opiniones de escritores y críticos literarios e incluso en afirmaciones que figuran en ensayos y entrevistas concedidas por el mismo MVLl.

En el libro publicado por Coaguila, Mario Vargas Llosa: entrevistas escogidas, 2004, en la brindada a Alfredo Barrenechea, “El reposo imposible”, al preguntársele sobre su novela en ciernes Vida y milagros de Pedro Camacho, que terminó siendo La tía Julia y el escribidor, hallamos un indicio que ilumina nuestra preocupación: la invención como parte de lo imaginario.

En esa entrevista explica lo que escribió acerca de las relaciones con su primera esposa, declarando: “Luego, como escribía de mis propios recuerdos, y como la historia transcurría en un año que fue muy importante para mí —el año en que me casé por primera vez y en el que se decidió mi vocación de escritor— decidí que incluiría capítulos estrictamente autobiográficos, que contaría de la manera más fiel” (p. 112). Y cuando es preguntado si un escritor puede caer en la condición de “exhibicionista”, confirma su pensamiento: “Los capítulos autobiográficos me han costado el doble de trabajo que los de ficción. El penúltimo capítulo sobre todo, donde cuento mi primer matrimonio, fue un horror” (p.114).

El comentario de Agreda refuerza la tesis, citando al filósofo Sobrevilla, acerca de la “reformulación de las ideas” sobre la novela de MVLl quien “...en la segunda etapa —que se iniciaría con La guerra del fin del mundo— lo que importa es el carácter autónomo de la novela, su calidad de ‘mentira verdadera’ y la presencia cada vez más fuerte de las opiniones y puntos de vista del autor dentro de la obra” (p. 4).

El mismo literato ha tratado explícitamente de las relaciones entre verdad e irrealidad en su libro La verdad de las mentiras; ensayo sobre la novela moderna, 2002, en el que intenta dar una explicación, no muy convincente, acerca de la posibilidad de entender qué piensa realmente el escritor a partir de su obra de ficción. Añadamos un punto más: si a lo que el novelista cuenta en la narrativa se agrega lo declarado en escritos sobre literatura y otros temas, sí podríamos tener una visión bastante cercana de su pensamiento real.

A este propósito dice: “Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero” (p. 15); enseguida: “En efecto, las novelas mienten —no pueden hacer otra cosa— pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es” (p. 16).

En otro momento ante la pregunta: ¿qué quiere decir con que una novela “siempre miente”? La respuesta: “Ni lo que pensó mi primera mujer al leer otra de mis novelas, La tía Julia y el escribidor, y que, sintiéndose inexactamente retratada en ella, ha publicado luego un libro que pretende restaurar la verdad alterada por la ficción” (p. 16).

Aclarando más sus ideas sobre el descubrimiento del pensamiento real de un creador manifiesta: “...La verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces? De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque ‘decir la verdad’ para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y ‘mentir’ ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de una ética ‘sui géneris’, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos. Arte ‘enajenante’, es de constitución antibrechtiana: sin ‘ilusión’ no hay novela” (p.20).

Completando su pensamiento en el mismo libro: “Cuando leemos novelas no somos el que somos habitualmente, sino también los seres hechizos entre los cuales el novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras” y, subvaluando al lector, agrega: “en el corazón de todas ellas llamea una propuesta. Quien las fabuló lo hizo porque no pudo vivirlas y quien las lee (y las cree en la lectura) encuentra en sus fantasmas las caras y aventuras que necesitaba para aumentar su vida” (p.21).

Pero la indefinición queda instalada al afirmar: “Por eso la literatura es el reino por excelencia de la ambigüedad. Sus verdades son siempre subjetivas, verdades a medias, relativas, verdades literarias que con frecuencia constituyen inexactitudes flagrantes o mentiras históricas” (p. 23).

Resulta para el caso dramático el párrafo del libro Diccionario del amante de América Latina, 2006, dedicado a Oquendo de Amat, en el que a propósito de la identidad del narrador, señala: “Nuestra vocación ha hecho de nosotros, los escritores, los profesionales del descontento, los perturbadores conscientes o inconscientes de la sociedad, los rebeldes con causa, los insurrectos irredentos del mundo, los insoportables abogados del diablo. No sé si está bien o si está mal, sólo sé que es así” (p. 267).

Otras veces hace explícitas sus ideas, por ejemplo, respecto al sexo, como en una entrevista a Concha García Campoy, sobre su novela Los cuadernos de don Rigoberto, advirtiendo el papel que le asigna a la “imaginación”: “MVLl hace suyas las ideas de don Rigoberto: ‘Él tiene una teoría: que el amor se enriquece con los tabúes y las prohibiciones. Es una teoría que yo comparto en buena parte...’ ” .

 

Sexualidad y literatura

La sexualidad, como sabemos, es un tema especialmente polémico, en particular por dos razones; primero, por su importante valor individual y social, y, segundo, desde el lado científico, por la debilidad de muchos de sus conceptos centrales y de los conocimientos empíricos que la sustentan.

Por eso resulta interesante repasar algunas ideas de escritores y críticos literarios acerca de las relaciones entre el sexo y la ficción literaria, que pueden ilustrar mejor el análisis que venimos haciendo a propósito de MVLl. Adelantemos que en este asunto, como es de suponer, no hay una condición homogénea e incluso más bien son ostensibles el disenso y la contradicción.

Hay quienes asignan a la sexualidad en la literatura muchas posibles y diferentes funciones.

Así, Cadena, 2005, cree que la literatura erótica tiene finalidades distintas, y señala algunas de ellas. Podría ir, dice, desde “ilustrar una concepción estética o una reflexión sobre el orden de lo real”; “crear un efecto de violencia o sordidez o simplemente enfatizar un estado emotivo”; “enriquecer un cuadro social o un personaje”; “articular un juego verbal”; o “ironizar sobre el poder o las manipulaciones de la ideología”.

Completa su pensamiento citando a Laura Freixas, quien distingue a los literatos según sea su sexo. Dice: “en los textos eróticos femeninos predominan la fantasía, los símbolos, las sensaciones; en los masculinos, los actos”. Convengamos que esta última observación está muy cerca de lo que postula la teoría sexológica y se conoce mediante la investigación respecto a la conducta sexual que distingue al hombre de la mujer.

Por su parte, Montoya, 2005, en un artículo sobre literatura erótica, toma partido por uno de los posibles objetivos que buscaría esta clase de ficción. Afirma que el erotismo en la literatura debe estar vecino a la anormalidad y no concibe que sea parte de la relación de la pareja común y corriente. Por eso sustenta que “la trasgresión moral, sin resquicios para la duda, es una de las características de la literatura erótica. El escritor debe ser un ser irreverente, heterodoxo, para transgredir las franjas de censura que le impone su entorno sociocultural y religioso. Sin una actitud irreverente es imposible crear una literatura erótica despojada de tabúes y prejuicios”.

Por su parte, el poeta cubano Curbelo, “De la Cuba Literaria”, artículo que no conocemos dónde se publicó, en Elogio de la lujuria, considera que habría tres tipos de escritores según el uso que dan al erotismo, y afirma que a Vargas Llosa le sirve para propósitos políticos. Éste, señala, “...maneja el erotismo con un matiz diferente: no le interesa abolir la sociedad comunista de la faz de la tierra, le importa mucho, por el contrario, afirmar los valores del estado de derecho como forma de gobierno donde el hombre puede alcanzar la plenitud de su liberación individual al amparo de las leyes y las instituciones diseñadas para protegerlo. Por esa causa es que la emprende en sus novelas contra los modelos de estamentos incompatibles en la práctica con el real estado de derecho (los militares...)”.

En el otro extremo, citemos a dos personajes también del mundo de la creación. Primero, a Catherine Millet, autora del libro irreal presentado como autobiográfico, La vida sexual de Catherine M, quien nos proporciona una argumentación totalmente diferente. En entrevista a Elena Pita, 2002, declara no creer que la literatura erótica cumpla una finalidad política o social. A la pregunta: “Millet, en su opinión no hay más que una diferencia de forma entre la literatura erótica y la pornográfica. ¿Qué forma tiene su literatura?”, responde, “Puramente autobiográfica (se ríe). Para mí, literatura erótica y pornográfica son lo mismo: es un poco hipócrita establecer una diferencia. Suscribo la idea de que la pornografía es el erotismo de los otros. No quise escribir una novela erótica, quise contar la historia de mi vida concentrándome en el hecho sexual. Y es curioso porque muchos lo han encontrado excitante y a otros les ha decepcionado porque no les ha parecido erótico; cada uno tiene su propia libido y su propia lectura del libro”.

En otra entrevista, esta vez a Kaprielan, 2002, Millet expresa: “Quienes entienden la sexualidad como una fuerza revolucionaria, como un poder en erupción capaz de socavar los códigos sociales, se quedan desarmados ante aquellos cuyas prácticas sexuales son excéntricas sin que por ello su actitud social sea provocadora, o reivindicativa”, y continúa: “Si uno hace gala de una libertad sexual sin enarbolar por ello ningún poder intelectual, irrita necesariamente a algunos: aquellos que basan en parte su autoridad intelectual en la defensa de una cierta trasgresión sexual”.

En resumen, para Millet, la literatura erótica no tendría ninguna significación social y no habría una diferencia cualitativa con la pornografía, sería tan sólo ocasión para mostrar un mero modo de vivir la sexualidad, que ella llama “excéntrico”.

Igualmente interesantes por su posición intermedia frente a las versiones presentadas primero, son las declaraciones de Gruss, 2002, donde trata acerca del erotismo en la literatura: “Para esta última [se refiere a la escritora Viviana Lysyj] la narración erótica plantea un problema complejo que el lenguaje nunca resuelve del todo. ‘Siempre tuve un conflicto con el género debido sobre todo a su atmósfera de cuento de hadas —dice—. Detesto esas descripciones en donde no hay conflicto y sólo se producen encuentros hiperproductivos: hombres con erecciones permanentes, mujeres siempre abiertas, multiorgásmicas y disponibles. Claro que tal vez el espectador o el lector de erotismo busque precisamente eso: un mundo ideal y sin conflictos. Yo paso de esa opción. No me gustan las imágenes eróticas tranquilizadoras de conciencia. Me interesan el contexto, los problemas implicados en los cuerpos y el deseo, me importa sobre todo la comunicación entre seres humanos”. Es decir, la escritora no gustaría de personajes exaltados, portadores de proezas y placeres envidiables, pero sí de una sexualidad que se presenta problematizada. ¿Por qué y por quién? No sabemos.

Como vemos, hay variadas interpretaciones del rol que juega la sexualidad en la literatura: vehículo variado de trasgresión, mera exhibición de experiencias íntimas o legitimidad mientras trate de déficit y problemas. En todo caso, creemos que si una forma de expresión literaria tiene carácter realista o da pie para presentar ideas a través de los personajes, las referencias sexuales deberían en algún grado sustentarse en los conocimientos alcanzados, sea de las ciencias humanas, sea de las biológicas.

 

¿Colaboradores impropios?

Desde otro ángulo, podemos pensar que MVLl ha sido influenciado en su percepción del sexo por la manera desprolija y desinformada con la que a través del tiempo algunos críticos literarios comentan sobre la sexualidad encontrada en su obra. Veamos algunos ejemplos de lo postulado líneas arriba.

 

Golpes y heterosexualidad

Ramírez Franco, 2005, cuando alude a una experiencia de la pubertad de MVLl, citando un texto de El pez en el agua: memorias, 1993, remarca:

“Lo golpea [está refiriéndose al padre del literato] porque quiere ‘enderezarlo’, hacer de él ‘hombrecito’ en lugar del ‘maricueca’ que los Llosa criaron (54)”, agrega que “Traspasando un concepto de la reflexión lésbica perfectamente pertinente, apelaré a la ‘heterosexualidad compulsiva’ (Rich) a aquella a la que el protagonista es sometido: una manifestación ideológica y una institución política que obliga al sujeto a identificarse con un modelo de sexualidad heterosexual, sometiéndolo tanto a un control de la conciencia como a la violencia física”.

Reparemos en que la pretensión del padre pudiera ser que el hijo defina sus rasgos varoniles, fuerza, proyección, iniciativa, etc. (¿cultura o biología?); que sea, en otras palabras, más explícitamente heterosexual en términos de conducta en general, no específicamente sexual. Ramírez Franco ignora que la estructuración de la “orientación sexual” en las personas, en este caso heterosexual, no obedece a concepciones ideológicas o políticas establecidas en una sociedad determinada. La “orientación sexual”, concepto que usado así de modo tan general no ha logrado acuerdo académico ni jurídico, es posible que esté fuertemente definida por procesos neurobiológicos.

Más llamativos son los patéticos intentos por entender la visión que nos plantea MVLl de la sexualidad, como los que ofrecen el peruano José Miguel Oviedo y el francés Rolan Forgues, en el libro Mario Vargas Llosa: escritor, ensayista, ciudadano y político, 2001.

 

Sexo como rebelión

El primero, Oviedo, en su artículo “MVLl: la formación de un libertino”, 2001, hace el más denodado esfuerzo que conocemos a este respecto.

Para este propósito se remonta a la influencia de la tradición libertina y la novela erótica del siglo XVIII que MVLl habría descubierto a mitad de la década de los 50, antes de su primer viaje al Viejo Mundo. En ese entonces toma contacto casual con un conjunto de libros “eróticos y libertinos”, de los cuales el mismo MVLl menciona “los tomos de la serie Les Maîtres de L’Amour”, a través de los que conoció a Sade, Aretino, Restif de la Bretonne, y otros más.

Desde ese momento, explica Oviedo, según refiere MVLl en El pez en el agua: “...creía que el erotismo era sinónimo de rebelión y libertad... y una fuente maravillosa de creatividad” (p. 336). Sigue: “Luego [está contando acerca de esas lecturas que de muy joven hizo Vargas Llosa en la biblioteca del Club Nacional] porque nos permite ver cómo Vargas Llosa hizo, por primera vez, la conexión entre el discurso erótico y el libertario, que a partir de entonces fue evolucionando y modificándose al compás de su experiencia humana, histórica y literaria. Pero lo más importante, creo, es lo último: la aclaración etimológica sobre la palabra libertino, que hace sirviéndose de la frase Vailland, cierra el círculo porque establece una homología, entre la actividad erótica, el anhelo libertario y la invención de novelas que —recordemos— Vargas Llosa ha visto como una forma de ‘deicidio’, el supremo gesto humano contra Dios” (p. 84).

Abundando en la sensibilidad erótica del escritor y el papel del sexo en sus novelas, Oviedo alude a la asociación entre erotismo y el pensamiento libre de la Francia del XVIII:

“Desde entonces, ese nexo se ha roto y el elemento erótico se ha emancipado y se justifica por sí mismo, como instrumento o sucedáneo del placer físico. Pero algo que los lectores de Vargas Llosa pueden notar al repasar sus novelas, es que el autor parece rescatar, deliberada o inconscientemente, algunos elementos esenciales de la vieja literatura libertina...” (p. 86). Es en ese momento entonces cuando MVLl descubriría el vínculo entre el “discurso erótico y el libertino” y su influencia se nota en el uso de las palabras: convento y burdel, que se tornarían en “una importante presencia y función en la obra de Vargas Llosa... centrales, por ejemplo en La casa verde...” (p. 87). Asimismo, cómo “...estos filósofos recusan el absolutismo monárquico y su soporte espiritual, la Iglesia; el que ataca constantemente Vargas Llosa es el ejército...” (p. 89).

Completando su idea del papel de la sexualidad en la obra del escritor, Oviedo señala:

“Elogio de la madrastra y, sobre todo su secuela, Los cuadernos de don Rigoberto, prueban... se ha mantenido firme en sus básicas convicciones de espíritu libertino: el placer es un valor que exalta como la última defensa del hombre concreto contra las invasoras restricciones, mentiras y mediocridades de nuestra civilización tecnocrática. Las libertades que se toma el cuerpo son preciosas porque son el síntoma de la indoblegable rebeldía a la que la especie humana no puede renunciar sin renunciar a ella misma. Mejor aun: en su esfera íntima el cuerpo realiza los valores que la sociedad no puede alcanzar” (p. 92).

Según Oviedo, es posible encontrar el pensamiento sobre la sexualidad de MVLl, siempre ligado al libertino del siglo XVIII, en sus novelas eróticas: “...que exalta el arte sobre la vida concreta” (p. 93), que lo emparentaría con el “modernismo finisecular” en cuyas novelas los “...protagonistas eran artistas y cuyo conflicto básico era el de realizar su ideal en sociedades obtusas e incomprensivas” (p. 93).

El crítico peruano advierte una evolución en la obra de ficción del escritor respecto a su ideología sexual:

“También ha cambiado la función que, para él, cumplía la novela: progresivamente, el género ha ido adquiriendo moldes ensayísticos. La historia de Los cuadernos... está presentada como una serie de situaciones, declaraciones, notas, tomas de posición, que ilustran o encarnan las ideas que defiende el personaje; la acción tienen un sesgo expositivo; los acontecimientos ocurren de manera metódica y perfectamente calculada: son parte de una argumentación ideológica... Es decir, la ficción es un vehículo para estimular nuestra imaginación y nuestro pensamiento con propuestas heterodoxas, capaces de corroer [que tal pretensión] las bases mismas de la sociedad” (p. 95).

En resumen, el sexo sería en MVLl una expresión simbólica no sexual como vía de encuentro del individuo con la libertad. Esta comparación desdeña la historia, al igualar las alternativas del hombre del fin del milenio, con las que tuvieron aquellos que vivieron hace doscientos cincuenta años. Oviedo supone que MVLl se vale del sexo como instrumento para mostrar en forma edulcorada la rebeldía que anima al escritor.

Pero ésta pudo encontrar de pronto mejor expresión si MVLl, luego de su derrota electoral del 2001, no hubiera abandonado el proyecto político, justamente denominado “Libertad”, al que tantos intelectuales peruanos de valía adhirieron. Sin embargo, hay que reconocer su persistente accionar político, aunque siempre indirecto y sin mayor compromiso con un pensamiento en su integridad.

 

Búsqueda de la individualidad

Por su lado, Forgues, “Del individuo y de la colectividad: fundamentos y alcance del discurso erótico-ideológico en Los cuadernos de Don Rigoberto”, 2001, aspira a dar luces sobre la teoría sexual del escritor a partir del análisis de esta novela.

La clave estaría en la idea de MVLl “sobre el individuo y la colectividad”, más específicamente con la de “...la celebración del individuo y el cuestionamiento de la colectividad”, además de los “...conceptos antagónicos de tolerancia y radicalidad. Tolerancia de la fantasía; y radicalidad de la realidad” (p. 306), para cuya explicación anota varios ejemplos que comentamos en seguida.

No obstante, debemos decir que el desarrollo de estos pilares en que se asentaría la doctrina sexual de MVLl, pierde especificidad por constituirse en un modo de vivir referido al protagonista Rigoberto tratando, más que de la sexualidad, de la propia perspectiva vital del personaje.

Veamos, Rigoberto, o mejor el escritor, protesta contra la “división maniquea de la humanidad entre hombres y mujeres”, sin percatarse que aunque estas diferencias están asentadas firmemente en condiciones psicofísicas, no excluyen para nada muy variadas caracterizaciones, similitudes o diferencias entre los seres humanos.

La verdad es que no se entiende por qué MVLl gastaría su pluma en la novela mencionada, que reflejaría su filosofía sexual según Forgues, en comentarios sobre el hermafroditismo, descrito y considerado abundantemente en la literatura científica médico-psicológica.

La declaración casi al paso de la “simpatía” del novelista por los intersexos (p. 100) resulta además poco respetuosa frente al drama de los pacientes, sus familias y amigos, y de la misma profesión médica que no tiene aún respuesta de cómo ayudar enteramente a estos seres desafortunados.

Según Forgues el interés de Rigoberto “...tiende pura y simplemente a reivindicar el derecho a dar libre curso a sus propios fantasmas eróticos, arrinconados...”. ¿De qué apuro nos sacan las preocupaciones de Rigoberto? ¿Quién impide a quién la fantasía que se le ocurra? Las digresiones sobre pornografía y erotismo sobre las que especula Rigoberto son tan conocidas que no creo merezcan mayor atención. Pese al audaz esfuerzo que hace Forgues para derivar una visión de la sexualidad de MVLl a partir de los Cuadernos..., la tarea resulta infructuosa, sencillamente porque hay poca sustancia en las ideas del autor en torno a la sexualidad y carece de aportes novedosos e interesantes.

 

Resumen

Repasamos diversas y a veces contradictorias opiniones de diversos críticos literarios sobre el lugar de la sexualidad en la literatura, referidas específicamente a la obra del escritor peruano. La mayoría da diferentes funciones al tratamiento del sexo en la narración vargasllosiana forzando la imaginación, apelando a su biografía y no tanto a su obra de ficción y ensayos.

(del libro no publicado Vargas Llosa o la sexualidad menoscabada).

 

Bibliografía

  • Agreda, J. “Libros de Vargas Llosa” (consulta: 11 de mayo de 2006).
  • Cadena, A. “La literatura erótica escrita por mujeres en México”, Letralia, Tierra de Letras, Año X, Nº 135, 5 de febrero de 2005.
  • Coaguila, J. (Ed.). Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas, Fondo Editorial Cultura Peruana, Lima, 2004.
  • Curbelo, J. D. Elogio de la lujuria, De la Cuba Literaria.
  • Forgues, R. “Del individuo y de la colectividad: fundamentos y alcance del discurso erótico-ideológico, en Los cuadernos de don Rigoberto”, en: FORGUES, R. (ed.). Mario Vargas Llosa: escritor, ensayista, ciudadano y político, Lima, Minerva, 2001.
  • Franco, S. R. “Mario Vargas Llosa. El lenguaje de la pasión”. Peisa, 2001, Reseñas, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Año XXVII, Nº 56. Lima-Hanover, 2º Semestre de 2002.
  • García Campoy, C. “Entrevista a Mario Vargas Llosa”. 1997 (consulta: 13 de diciembre de 2007).
  • Gruss, L. “Narrativa erótica. Escrito en el cuerpo”, Nº 286, 19 de diciembre de 2002 (consulta: 31 de agosto de 2006).
  • Kaprielian, N. “Entrevista con Catherine Robbe-Grillet y Catherine Millet”, Letras Libres, 16 de diciembre de 2002.
  • Montoya, V. “Apuntes sobre literatura erótica”, Letralia, Tierra de Letras. Año IX, Nº 120, 21 de febrero de 2005.
  • Oviedo, J. M. “Mario Vargas Llosa, la formación de un libertino”, en: FORGUES, R. (ed.). Mario Vargas Llosa: escritor, ensayista, ciudadano y político, Lima, Minerva, 2001.
  • Pita, E. “Entrevista / Catherine Millet”, El Mundo Magazine 266, domingo 22 de septiembre de 2002.
  • Ramírez Franco, E. S. El negocio de la memoria: escritura y sujeto autobiográfico en la literatura de lengua española (1970-2005), University of Pittsburgh, 2005.
  • Vargas Llosa, M. La verdad de las mentiras, Alfaguara, 2002.
    —. Diccionario del amante de América Latina, Paidós, Barcelona, 2006.