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Tenemos presidente

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La cantilena del gallo jabado mortificó a Daniel Quijano, quien se estremeció de hombros y ocultó su mirada recalcitrante. Buscó dentro de los escuetos bolsillos de su pantalón de dril azul, las llaves de la casa que compartía con su mujer enferma. Cruzó el umbral en puntillas; como bailarina de ballet. Las luces del vestíbulo descansaban. Se quitó el sombrero “Stetson” y lo reposó en el perchero. Parado en el rellano de las gradas que lo guiaban a la habitación nupcial, se percató del brillo tenue de una luz de medianoche, al fondo, justo donde quedaba la cocina: era la lámpara de petróleo que agonizaba. Como un espectro a la siniestra de la nevera estaba Jacinta.

—Pensé que dormías —fue lo primero que se le ocurrió a Daniel en tono áspero pero sin rayar en la grosería.

—Cómo voy a poder dormir sabiendo que estabas en compañía del pernicioso de Emigdio Montiel, ¿ya viste la hora que es? —reprochó con su parsimonia matriarcal.

Daniel atisbó el reloj de puño, sabía la hora exacta, pero conocía tan bien a su mujer, que sacó sus dotes de histrión a flote: pasaban de las doce. Jacinta fingió creerle que se le había ido el tiempo jugando a las cartas. Llevaban nueve años de casados; las únicas dos peleas que habían tenido fue para decidir quién apagaría la luz de la habitación, y para seleccionar el color de las paredes de la cocina, en el primer remozamiento de la casa. Él decía que amarillo por la irrefutable creencia del tutiplén de comida que disfrutarían siempre, y ella decía que verde porque era su color favorito. En la estufa hervía una olla de peltre. El gallo seguía con su canto desaliñado, que se había vuelto dupla con la estruendosa chicharra en algún recoveco de la casa.

Jacinta sacó un plato con incrustaciones de figuras japonesas del aparador, le sirvió la cena envuelta en un mutismo ensordecedor.

—Ya tenemos todo planeado —comentó éste sin qué para que.

—No me interesan los detalles —respondió con su corazón maltrecho. Es más si me amaras un poco olvidarías esos planes irrisibles.

Daniel golpeó con los nudillos de su mano diestra la mesa.

—Porque te amo mujer es que me estoy metiendo en este asunto. Estás enferma, si no te compro la medicina te puedes morir, tú lo sabes —refutó él con la tozudez atávica de su padre.

Jacinta sollozó sin responder. Daniel atipló la voz y sonrió.

—Es algo tan seguro que no tienes de qué preocuparte —trató de tranquilizarla sin éxito. El paroxismo de su enfermedad no daba tregua.

Entre medicinas para su mujer, y el naufragio de su carrera política, Daniel Quijano perdió la hacienda quedándose sólo con la casa, en aquel pueblo olvidado por Dios. Jacinta haló una silla de madera, y se sentó delante del comedor, a la par de su esposo. Sacó una mandarina del ramillete y jugó con ella mientras preguntó atiborrada de nervios mortales los detalles.

—Será el sábado por la noche, bueno por la madrugada, en la tienda de don Paco.

Ella dio un brinquito para atrás. Tragó saliva y escupió al piso asfixiada por la herrumbre en su paladar.

—Emigdio Montiel te instiga a cometer un robo en la tienda del viejito más honesto del mundo —vapuleó con su mirada desvaída.

—Por lo mismo, mujer, el pobre anciano se acuesta temprano, y las jambas que sostienen el dintel están carcomidas por el tiempo, con mi fuerza fácilmente someteré esa puerta —se ufanó con la seguridad majestuosa de un profeta.

Jacinta regresó la mandarina al ramillete, se sostuvo sobre sus pies hinchados.

—Es una aberración torpe.

Daniel la observó con una profunda tristeza. Se remontó diez años atrás, cuando retozaban con la esperanza ilusoria de convertirse en alcalde del pueblo y luego en presidente de la república. Ella sería la primera dama más querida en el país, ayudaría a todos y vivirían para ser felices. La moridera pasajera de Jacinta y el preámbulo del robo le exacerbaron los nervios. Dejó la comida sin probar, salió al traspatio dónde encontró la chicharra nocherniega. Súbito la aplastó con sus gastadas botas de vaquero. Sólo me falta ese gallo malparido se dijo. Sacó su cachimba, antes de usarla la tiró frustrado a la grama. Jacinta lo siguió con una misiva en la mano.

—Se me había olvidado, poco rato después de que te fuiste llegó el cartero, te trajo esta carta —le dijo alargándole el brazo para que la tomara.

Daniel la miró sosegado.

—¿Qué dice?

—Nunca he leído tu correspondencia —le respondió embutida en un tirite febril. Daniel la autorizó. Ella miró el sobre lacrado y afirmó que la carta provenía de la ciudad: era remitida por uno de sus correligionarios exitosos.

—Ya no será necesario el robo: tenemos presidente —dijo con una sonrisa mortuoria.

—¡La misma vaina será! —balbuceó enfático Daniel Quijano.