Roberto era un hombre mayor, cansado, avejentado, que andaba sin prisa por los caminos de la vida. Vestía pantalón y camisa que diariamente lavaba y unas infaltables alpargatas. No se lo podía llamar alto, pero quizás el permanente andar encorvado lo hacía ver más bajo de lo que en realidad era.
Vivía en la casa de uno de sus hermanos, solo desde que su esposa falleciera. Desde ese día él mismo se cocinaba y veía por sus cosas. Su hogar era como tantas casas de pueblo. Ubicada en una esquina y construida de adobe. El techo inclinado se apoyaba en un gran tronco de molle. Estaba construido con cañas y luego torteado con barro, a la usanza de la zona, rematado con pirinchos de yuyos.
Dos habitaciones y la cocina daban a una galería cuyo techo se apoyaba en sendas columnas de adobe torneadas hace tiempo. La nota de color la daban dos enormes plantas de granadas que se ubicaban en los extremos de la galería; también había un gran tronco de cardón cortado rectangularmente que servía de banco. El piso era de tierra apisonada.
El recinto lindaba con un gran patio ocupado casi en su totalidad por parras, después de todo Roberto vivía en Cafayate, tierra del vino y el sol. La altura de los parrales era sólo interrumpida por un gigantesco pino, que los vecinos en navidad adornaban con multicolores detalles.
Roberto ya no trabajaba en la vendimia, sólo hacía changas para sus conocidos. Esto y la ayuda de la familia le bastaban para su sustento. Todo el día se mantenía ocupado y acompañado. Pero al llegar la hora de la oración, a eso de las siete de la tarde, cuando la gente está en sus casas y se dispone a dormir, él se sentía solo. Y no era sólo una soledad, era algo que le oprimía el pecho. La casa, de tan sólo dos habitaciones y la cocina pequeña, se convertían en inmensas para él.
Roberto salía a la galería. Se sentaba en su banco de cardón y contemplaba callado a sus parras. Sus entornados ojos miraban cómo el sol se perdía entre sus amados cerros cafayateños. A veces, hasta se quedaba dormido ahí. Y sus sueños lo llevaban a corretear por las dunas de arena como cuando era niño o cuando pescaba en el río junto a sus hermanos. El viento soplando a través de las cañas lo despertaba y, con ese cansancio incorporado, se iba a dormir.
Un atardecer, como otro cualquiera, Roberto se había quedado dormido. Ya el sol se había perdido entre los cerros cuando al fin abrió los ojos. Escuchaba el viento soplar entre las ramas del pino, como siempre, pero de las cañas otro sonido se destacaba. El viento traía los alegres sones de un bailecito.
Roberto parpadeó, y volvió a parpadear. Frente a él, en la galería, un ser de pequeña estatura bailaba. Miró fijamente al bailarín y se dio cuenta de que se trataba de una duenda. Bajita, con pollerita multicolor, hojotas y sombrero. No podía verle la cara, sólo dos simbas o trenzas caían sobre el cuerpito de la duenda. Y, en ese mismo instante, con el cariño de sentirse acompañado, Roberto la bautizó como “La Simbudita”.
A partir de aquel día la Simbudita no faltaba al encuentro. Todas las noches, cuando el sol se perdía entre los cerros, ella simplemente se aparecía en la galería. Con uno de los árboles de granada a su espalda, se tomaba delicadamente la colorida falda, con sólo tres dedos, mientras que el anular y meñique quedaban femeninamente suspendidos; y giraba... y giraba al compás de la música.
Roberto sólo se quedaba ahí, sentado en su cardón. Observándola y agradeciéndole la compañía. A veces la veía hasta que sus huesos le pedían acostarse, otras se quedaba dormido en la galería.
Nunca se supo si esa noche, cuando Roberto cerró por última vez sus ojos, la Simbudita estaba allí. Pero cuentan que alguien, en el campo, vio a un anciano un poco encorvado bailando un bailecito con una pequeña de sombrero, pollerita multicolor y dos simbas cayendo sobre su pecho.