Fumaba, fumaba mucho pero muy pocas veces saboreaba realmente un cigarrillo. Decía que de veinte, sólo uno era perfecto. El sabor, el momento, todo. Intentó dejarlo varias veces. Entonces sólo fumaba la mitad de un cigarrillo, como todo aquel que pretende dejar el vicio.
Solía sentarse en el Café Libertad quince minutos antes de que ella llegara. Así le daba tiempo de fumarse por lo menos uno en soledad. Se quedaba mirando a los otros clientes del lugar. Parejas de recién casados o novios, agarrados de la mano y sin dejar de verse. Matrimonios con más de quince años de vida conyugal, silencio total en la mesa que únicamente se rompía para pedir la cuenta. Jóvenes hablando de deportes mientras sus acompañantes femeninas no dejaban de atusarse el cabello. Los mesoneros del café no dejaban que aspirara el último trozo del cigarro cuando ya estaban retirándole el cenicero.
Esta vez, la espera fue más larga de lo acostumbrado. Prendió otro. Empezó a pensar en ella. La amaba, no había duda. La había memorizado completamente. Era alta y delgada. Su cabello largo era marrón claro, muy claro. “Castaño claro” siempre le corregía ella, sin saber que los hombres no tienen tantas gamas de colores como las mujeres. Sus ojos eran también marrones, cubiertos por unas largas pestañas que lo enloquecían. De su rostro sobresalían sus pómulos y su boca. Le encantaban los huesos de sus caderas, y sus piernas, delgadas pero firmes. Era joven, aunque no mucho más que él, pero mentía sobre su edad. Odiaba tomarse fotografías. “Siempre hay que reírse... aunque uno no quiera”, decía y detestaba su sonrisa, más aun si era falsa.
Desde la primera vez que estuvieron juntos en una cama, ella enlazó los dedos de su mano con los de él, como para no soltarlo, para no perderlo. Él dormía boca arriba mientras ella apoyaba la cabeza sobre su hombro. Le gustaba porque así podía tener en los labios el suave roce de su cabello. Tiempo después notó que mientras estuviera sola en la cama se acostaba boca abajo. Sabía de sus insomnios pero nunca los vio. Con él, no los tuvo. Despertaba siempre antes que ella y la veía dormir tranquilamente. Le acariciaba el cabello, tocaba su rostro con el dorso de la mano, marcaba un camino en su cuerpo con la yema de sus dedos, la besaba toda y ella no abría los ojos.
Sus ojos. En ellos se perdía. Desde que los vio, se hizo la promesa de no dejar de mirarlos. Cuando ella lo miraba, le daba vida y al mismo tiempo lo mataba. Al besarlo, ella abría los ojos, como diciéndole “estás ahí para mí y por mí”. A través de sus ojos, ella lo volvía tangible. La mirada de Mónica lo creaba, pero sólo para ella. Lo disolvía, difuminando su ser. Dejaba de ser él para ser de ella.
También fumaba y, como él, a veces por automatismo. Para ellos, los cigarros perfectos eran después del sexo o en los velorios. La muerte y el sexo tenían la tensión necesaria para ser aliviada con un cigarrillo. La muerte es el fin de la vida; con ella se siente rabia, impotencia, dolor, nostalgia por lo perdido. Una vez terminado el sexo, se añora al otro, se sufre por la ausencia de alguien que está ahí, una añoranza en presencia del ser amado.
La conocía perfectamente, cada detalle, cada pasado. Para algunas personas, el saber todo de sus parejas es monotonía. Mientras él conociera más de ella, mientras predijera lo que iba a hacer o a decir, más se enamoraba.
El que alguien la conociera tanto como Santiago era para ella una razón suficiente para dejarse llevar, para amar. Ella también lo conocía, aunque él ignoraba hasta qué punto. Desde la primera vez que lo vio, le impactó su mirada. Tenía unas ojeras naturales que enmarcaban unos ojos profundos, negros. Fue en el funeral de Noelia. Estaba parada en la puerta de la sala velatoria, fumando, sola. Tenía los ojos fijos en el féretro. Santiago estaba en la misma funeraria, en la sala contigua, aunque no por la misma persona. Su padre había muerto. Desde la puerta, lo veía llorar y sentía una inmensa envidia mezclada con nostalgia por no poder hacer lo mismo. Observaba cómo sus lágrimas caían por sus mejillas y cómo él trataba de detenerlas cuando llegaban a la barbilla. Él miraba detenidamente el ataúd donde estaba el cuerpo de su padre, esperando que se levantara como siempre lo hacía a pesar de su enfermedad. Estaba rodeado por viejos amigos. Ningún familiar, por lo menos así parecía. Su madre había muerto también hacía seis meses de un infarto, después lo supo. Desde entonces, la enfermedad de su padre dejó de llamarse cáncer. Después de treinta y tres años de matrimonio no sabía cómo vivir sin ella, estaba solo. Su hermano no había conseguido vuelo desde Aruba. En esos momentos cuando el doliente busca un abrazo, la gente no hace más que decir frases estúpidas: está en un mejor lugar, así Dios lo dispuso, etc.
Cansado de esas palabras, salió de la sala y notó que ella lo observaba. Se encontraron frente a frente con la muerte como anfitriona. Se quedó inmóvil. Ella no dudó... lo abrazó. Una completa desconocida le ofreció lo que buscaba. Un hombro mudo donde dejar las lágrimas. Ella lo acogió y también se refugió en él. Luego de un largo momento, se apartaron. —Gracias —le dijo él. Ella le agradeció pero con la mirada. Le invitó un café y salieron de la funeraria para alejarse de todo aquello. Fueron al Café Libertad. Empezaron hablando de sus respectivos muertos, reconfortándose el uno al otro, y terminaron hablando de sus situaciones más embarazosas. Amanecieron allí, con el cenicero repleto. Cualquiera que los viera allí sentados diría que se conocían de años. A las siete de la mañana regresaron juntos a la funeraria. Los dos cadáveres partían a la misma hora hacia el cementerio. Antes de despedirse, se abrazaron como si nunca volvieran a verse. Parecía que se consolaban mutuamente por la casualidad que los unió: la muerte, dos muertes en este caso. Se quedaron tomados de las manos frente a frente, diciéndose “adiós” sólo con los ojos.
No pasó más de una semana cuando él la llamó para otro café en el mismo lugar. Ella no había dejado de esperarlo.
Llegó. Ya había ordenado para ella. Se disculpó por la tardanza. Había planeado todo el camino la excusa perfecta, pero cuando estuvo frente a él no pudo mentirle. Él ya sabía la verdad. Se sentó a su lado y lo besó.