En las lunas de tus manos
Para mi esposo, siempre.
La primavera deshizo
lazos blancos de inocencia
en lirios rojos entre tus manos ajenas
y orgía de flores en la cintura breve
y colgó claveles, jazmines y niños.
¡Eran violentas las rosas
cabalgando en estampida
y en tropel candente
violentando las espinas!
Los veranos, tantos, incendiaron
las almohadas y la vida,
cada siega cercenó en aridez
los madrigales y las heridas,
inocentes y amadas florecieron
miles de rosas peregrinas
tierra y carne, generosas, gestaron
a los desiertos desde cada semilla,
se rebelaron los veranos en desnudez
y ganaron batallas, no guerras, perdidas.
En la cuarta estación del décimo otoño
la tibieza de tus manos, ya conocidas,
calaron en cada Luna de mi orilla;
fundidas y plácidas aguardan
quién sabe cuántos inviernos
que restan de la hoguera de la vida.
Ausencia
Un día cualquiera mi lengua
renunciará a tu nombre,
mis pupilas te borrarán
de sus convites de luz,
mis venas olvidarán
el calor de tu sangre,
mis labios sellarán
los besos de tus litigios:
¡Te lo aviso!
El silencio romperá
tus espacios y los míos,
se me olvidará tu olor
y la sombra a mi espalda
marchitará los rosales.
Te va a doler la pérdida
de mi letanía caliente.
Ya lo sabes, no te asomes
al pozo de mi recuerdo
para entonces sembrado
con la etiqueta de ausencia.
Sí que vas a extrañarme,
eso no te lo aviso:
¡Lo adivino!
Distancia
Se pierden en la ausencia
las guardarrayas de miel
—borrachas cinturas de mujer—
mientras destilan su esencia.
Provocan las palmas enhiestas
cabalgar sabanas enteras
y perderse sin sombrero
en los amaneceres de enero.
Cala los huesos este diluvio
agujereando cada poro de piel.
Araña el alma la nostalgia
el fuego de la memoria,
escapa la lluvia vengadora
y muere de sed la ausencia.
No hay distancia de espera
para esta lluvia de Estrella.
¡Piérdanse, ojos míos,
tras la espuma de gloria
libérrima, de mis arenas!
Desafío
Colorea la belleza su siembra
en cada estrella del camino
donde el rocío le amanezca.
La gota destella con regocijo,
regodea a plenitud su destino
y luego una bota indolente
la reta insensible con desafío:
mancilla de la rosa su hermosura
y se bebe la perla en un suspiro.
No entiende de belleza la bota
ni de ofensas la rosa
ni de ignominias el rocío.