Letras
Dibujo en el mar

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

“Lo soñó activo, caluroso, secreto,
del grandor de un puño cerrado,
color granate en la penumbra de un cuerpo humano
aún sin cara ni sexo;
con minucioso amor lo soñó,
durante catorce lúcidas noches”.

Jorge Luis Borges

Llegué al mar como quien regresa de una pelea mortal. Buscaba curar mis heridas en vano. Pensé que la sal, el frío, finalmente el tiempo quizás lo hicieran. Te busqué entre las rocas y no te pude hallar, pero ya no me importaba. Encontré el mar, la arena, la luna completa y te dibujé. Primero fue un bosquejo sencillo. Cogí una rama suelta y empecé a delinear el contorno de tu rostro. Un rostro indescifrable hasta ese momento. Cuando lo tenía terminado quería reírme un poco contigo, así que empecé con tus labios. Tenían que ser perfectos, listos para la sonrisa. Ésta debía ser sincera, discreta, pero libre. Una sonrisa que me indicara la distancia de tu presencia, que me mostrara la intensidad de mis alegrías. Después me dije: una sonrisa abierta necesita unos ojos inquietos, rebeldes como los míos. Así que pasé a dibujar tus ojos, ¡ay! tus ojos. Tenían que ser transparentes, mágicos e infinitos. Me demoré mucho en retocarlos, no podía delinearlos, me temblaba la mano. Quizás no podría sostener tu mirada por mucho tiempo, quizás desnudarías mi alma muy prontamente. No lo pude evitar, a pesar del riesgo y sobre todo por la confianza de la noche, me animé a dibujarlos, me tomó muchos días completarlos, las noches pasaban y pasaban, aún no te terminaba. Después, me demoré otro tiempo más en tus cejas pobladas. Tu risa y tus ojos inquietos no me dejaban terminarlas. Empezabas a juguetear conmigo y no me permitías ponerle el toque de seriedad a tu rostro. Esa seriedad que, temía, me paralizara algún día. Una seriedad que con una inclinación precisa me indicara que algo iba mal, que volvía abrir mis heridas en vano.

Finalmente, las pude completar, quedaron increíbles. Luego, me pediste respirar, y lo hice lo más pronto posible. Quería que sintieras en tus pulmones el aire nocturno, mezclado con la humedad salada y fría del mar. Eras impaciente, me lo decían tus ojos, me lo imponía tu voz. La voz fue tuya, fue lo único que salió de tu alma y me dijiste, primero como ruego, luego como imposición: —Termíname ya; no demores tanto. Eso hizo que me distrajera, moviste mis trazos, pero ahí estaba tu nariz, quedó bien. —Sirve para respirar —me dijiste.

Continué con tu cabello, un poco al descuido, otro poco al viento, me quedó ligero y suave. Me pediste que se quedara así, pero esta vez no te hice caso. Lo volví denso, con cuerpo, ensortijado y rebelde. Quería cogerlo sin miedo a que se perdiera. Necesitaba poder restregarlo en mi rostro cuando hiciera falta, por si algún día, no teniendo de dónde aferrarme, te sorprendía desde atrás, tuviera de dónde coger. Empecé a observarte, te besé y me besaste. Besé cada centímetro de tu rostro, me detuve en tus ojos, estabas feliz. Te mordía los labios y pensé que podría morder más partes. Así que me animé a dibujar tu cuerpo. Empecé a delinear tu cuello, lo terminé rápidamente para empezar a sentirlo con mis labios, me gustaba, estaba bien, no era demasiado frágil. Lo hice un tanto macizo para que disfrutaras de mis mordiscos constantes.

Después, quería sentir tus abrazos. Quería unos brazos que me guardaran de la noche. Unos que al instante retiraran el frío de mi cuerpo. Necesitaba caricias, unas manos inquietas, mucho más que tus ojos. Me demoré en tus dedos, los quería un poco más largos que lo común. Comparé tus manos con las mías, me sorprendiste cuando apretaste mis dedos. Empezabas a moverte.

No podía controlar tus caricias, ellas iban y venían a su antojo. Después pensé que no debí haberte dado brazos y manos tan rápidamente, ya no me dejarías dibujar a mi antojo y así fue.

Así que tuve que poner orden, no sería la primera vez. Te dije que no tendrías movimiento si me seguías molestando. Así que hicimos un trato, el primer trato: no intervendrías hasta que terminara contigo, faltaba poco y podrías correr. Tenía miedo a eso, pero ya era tarde. Tu espalda empezaba a tomar forma. Tu pecho fue frondoso. Esta vez, fuiste tú el que me pidió que volviera a comprobar la textura de tu piel. Me dijiste que sólo era para ver si estaba acorde con la de tu cuello. Únicamente para evitar equivocaciones, fingí que era necesario demorar toda una noche en mis apreciaciones. Está todo bien, te dije. Tú también te sentías bien. Así que dibujé tus piernas e intentaste correr y caíste, no esperaste a que acabara con tus pies, tus dedos, el talón. Así que hice todo lo más rápido posible, no quería detenerte por más tiempo.

El verano terminaba y tendrías que partir. Me dijiste que no te irías solo, que viajarías conmigo siempre. Me agradeciste por mis trazos, que esta vez había hecho bien. Sonreí y te creí y te amé nuevamente, te amé como nunca había amado en la vida y dibujé lo que faltaba. A pesar de la noche, el rubor se me subía al rostro, con cada trazo, con cada caricia casual. Inmediatamente empezaste a tener un color intenso y nuevo para los dos. Esta vez, la que se apresuraba por terminar era yo. Nuevamente lo hice bien, como esperábamos. Volví a comprobar la textura, esta vez sin sugerencias tuyas. —Es una textura imprecisa, no se define de una sola forma —me dijiste. —Es normal —te dije—, así debe ser. Después lo comprobaste muchas veces, muchísimas veces más.