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Miguel Ángel Asturias: comentario y prólogo para Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri

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“Con el don de nombrar que es el don de crear”.
Arturo Uslar Pietri

“En la palabra, todo. Sin la palabra, nada”.
Miguel Ángel Asturias.

Presentación

Las lanzas coloradas (1931), del venezolano Arturo Uslar Pietri, fue redactada con el claro propósito de crear y a la vez reclamar lo americano, que en nada era menos con respecto a la literatura de la época, que pretendía y lograba imponer los criterios literarios europeos.

En razón de que el 16 de mayo de cada año se conmemora un año más del nacimiento de Uslar Pietri, en el presente ensayo se transcribe textualmente lo que Miguel Ángel Asturias comentó acerca de Las lanzas coloradas, en dos fechas distintas pero con el mismo sentimiento americano. En efecto, en junio de 1931 Asturias realizó algunas anotaciones periodísticas de encomio para con la novela del venezolano, su amigo. El tiempo no lo hizo cambiar de parecer respecto a la admiración que sentía por el autor y su obra y 40 años después incluiría un prólogo en la edición de 1970 de la novela.

En estas breves páginas, se describe a grandes rasgos la relación especial que hubo entre TRES AMIGOS, siendo ellos el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, el cubano Alejo Carpentier y el venezolano Arturo Uslar Pietri. Empero, siendo el objeto del presente ensayo resaltar lo que Asturias esbozó acerca de la novela de Uslar, se dice muy poco en cuanto a Carpentier.

Previo a copiar lo escrito por Asturias, se ofrece un resumen de Las lanzas coloradas, a manera de interesar al lector que aún no la ha leído y ofrecerle la síntesis que se considera podría serle útil para comprender por qué el Premio Nobel guatemalteco escribió dos veces, y a cuarenta años de distancia, sobre la misma: un Comentario en 1931 y un Prólogo en 1970.

No se efectúa exégesis alguna de lo anotado por el literato de Guatemala para con su amigo de Venezuela. Ello se hará en otra ocasión.

 

1. Tres amigos

Miguel Ángel Asturias (Guatemala), Alejo Carpentier (Cuba) y Arturo Uslar Pietri (Venezuela), fueron tres escritores hispanoamericanos que se conocieron e hicieron amigos en París durante los años veinte del siglo anterior, reuniéndose casi diariamente en los cafés del barrio Montparnasse, principalmente en el “Falstaff”, sin saber que el tiempo y la distancia no sólo no los separaría, sino también que el trío crearía obras literarias en los géneros de la novela, poesía, teatro, periodismo y ensayo, llamadas a revolucionar el mundo de las letras hispanoamericanas, que en ese entonces miraba hacia Francia y creía ingenua y absurdamente que únicamente del país del gallo galo —y por ende de Europa— provenía lo que podía considerarse literatura universal.

En 1930 Asturias publica Leyendas de Guatemala; Uslar Pietri, Las lanzas coloradas, en 1931; y, Carpentier Ecué-Yamba-Ó! (Alabado sea el Señor), en 1933. Las tres obras son escritas en París, lo que no necesariamente significó que las redactaran siguiendo los cánones que a la sazón imponían las escuelas europeas, sobre todo el surrealismo de André Breton (1896-1966), con quien rompieron. Ocurrió lo contrario: como en un juego de hacer frente a los consagrados escritores que componen sus obras pensando básicamente en qué pensará el público de Europa, los tres amigos formulan las propias con un sentido nacional, de volver a sus raíces guatemalteca el primero, venezolana el segundo y cubana el tercero, orígenes que serán sociales en Carpentier, míticos en Asturias e históricos en Uslar Pietri; como éste último utiliza la figura de Simón Bolívar como eje de su novela Las lanzas coloradas, pero como personaje ausente a quien solamente evoca, recuerda o menciona, Asturias no vacilará en señalar en 1931 que la misma tiene rasgos de mitología, habida cuenta de que “Bolívar mismo pasa por sus páginas como un tótem, como un hombre mágico cuyo solo nombre hizo la guerra y triunfó sobre sus enemigos”.

Los tres escribían en la revista Imán, publicada en París y cuyo director era Carpentier; regresaron de vuelta a sus países, así: Asturias en julio de 1933, Uslar en febrero de 1934 y Carpentier en mayo de 1939.

Cuando cada uno escribió su respectiva novela, acordaron leerse entre ellos y en voz alta, conforme fueran avanzando en la redacción, como una especie de taller literario entre amigos, y por ello es que Asturias evoca en 1970: “Andando y hablando. Así teníamos que hacerlo, de paso y con nuestras palabras”.

Pero donde mejor expone el Premio Nobel sus recuerdos acerca de Carpentier y de Uslar Pietri es en una conversación pública que sostuvo en Guatemala en 1968, en ocasión que visitó el país y la Universidad de San Carlos de Guatemala aprovechó para organizar un coloquio con Miguel Ángel Asturias. Durante la plática no sólo rememoró que en 1924 llegó a París con un cuento inédito llamado “Los mendigos políticos”, el que después seguiría escribiendo y convertiría en la novela El señor Presidente (1946), sino especialmente lo siguiente:

Recuerdo que Alejo Carpentier escribía entonces una novela de la que sólo algunos capítulos se publicaron, no sé si se publicó entera —en una revista que se llamó Imán—, que se llamaba Ecué-Yamba-Ó! La novela empezaba más o menos así: “Ecueyambaó, retumban las tumbas en casa de Acué; yambaó, yambaó, en casa de Acué, retumban las tumbas; retumban las tumbas en casa de Acué”. Es un poco el “¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!”. Esa cosa: nosotros teníamos la preocupación por el sonido de las palabras en esos momentos.

Esto debemos unirlo también al movimiento surrealista que empezaba, que ya estaba desarrollando en Francia; había llegado Tristán Tzara, había terminado un poco el dadaísmo, y comenzaba Breton y comenzaban los surrealistas a lanzar sus manifiestos y a impulsar la creación puramente mecánica. Nos entusiasmó a nosotros esta idea de podernos sentar a la máquina de escribir o frente a una cuartilla y empezar mecánicamente procurando la no intervención de la inteligencia; y entonces, con Arturo Uslar Pietri, un venezolano que escribía Las lanzas coloradas, hacíamos ejercicios de esta clase; pero los hacíamos con máquinas de escribir. Poníamos el papel y empezábamos a escribir en esa forma casi mecánica, de donde salieron muchísimos textos que también publicaron en esta revista que se llamó Imán. Estos textos, que al parecer eran disparatados, ya juzgados en cierta forma tenían una cierta unidad, caótica si se quiere pero eran reveladores, eran textos reveladores de un gran acervo del subconsciente nuestro, de nuestra forma de ser y de pensar tal vez latinoamericana.1

Y esa forma de “pensar tal vez latinoamericana” a que se refería Asturias en 1968, será quizá lo que Carpentier consideraba en septiembre de 1978 cuando termina de escribir su novela El arpa y la sombra (1979), que trata sobre el intento de canonización de Cristóbal Colón, como “la peligrosa manía de pensar” que privaba durante el siglo XIX, cuando las ideas de Rousseau y Voltaire influían en varios países de América que luchaban por sostener y defender su independencia recién adquirida, sobre todo en las primeras décadas de tal siglo, siendo esto lo que descubrió en 1823 el canónigo Giovanni Mastai-Ferretti (1792-1878) a su llegada a Chile, en razón de establecer que:

(...) las modas ultramarinas, de adorno, entretenimiento o civilidad, nunca viajan solas. Y con ellas había llegado aquí “la peligrosa manía de pensar” —y sabía Mastai lo que decía al calificar de “peligrosa manía” el afán de mucho buscar verdades y certezas, o posibilidades nuevas, donde sólo había cenizas y tinieblas, noche del alma.2

En 1846 Mastai se convertiría en el papa Pío IX, cargo que dejará tras su muerte en 1878, y será él quien influya con sus escritos, encíclicas y cartas pastorales, en el contenido del Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores (1864), conocido lacónicamente como Syllabus.3

No obstante que el Syllabus fue calificado por algunos como un texto pálido en su condena al liberalismo, y hubo intentos de prohibir su introducción en Francia, fue atacado por el defensor e ideólogo del liberalismo guatemalteco, el doctor Lorenzo Montúfar Rivera Maestre (1823-1898), cuando durante su estancia en Costa Rica publicó El Evangelio y El Syllabus (1884). Pero esto es otra historia.

Para interesar al lector, solamente se transcriben dos párrafos escritos por Montúfar al principio y en la última página de El Evangelio y El Syllabus, para dar una idea de su rechazo a los 80 cánones del mismo, que incluían el estigma papal a la libertad de religión o bien a la separación entre la Iglesia y el Estado (el dualismo imposible).

Ellos no quieren morir dejando sólo una túnica como Jesús, sino testando millones como Pío IX.4

Si algún fariseo hubiera presentado el Syllabus a Jesús de Nazaret para que lo autorizara, el fariseo hubiera sido lanzado de la presencia del Salvador del mundo con estas palabras que en casos semejantes empleaba Jesús: “Nunca os conocí: apartaos de mí los que practicáis la iniquidad”.5

 

“Las lanzas coloradas”, de Arturo Uslar Pietri2. Resumen de Las lanzas coloradas

Las lanzas coloradas es una novela escrita en 1930 y publicada en 1931 por Arturo Uslar Pietri, con un notorio sentido de establecer y reivindicar lo americano, frente a una literatura que durante la época imponía los criterios europeos, sobre todo franceses, razón por la cual algunos autores hispanoamericanos, pretendiendo sobresalir, escribían con la lengua de otros, adoptando las posturas y hasta los sentimientos del Viejo Mundo, a quien trataban errónea y absurdamente de imitar, para lograr ser aceptados.

Después de Asturias y sus Leyendas de Guatemala (1930), Uslar Pietri publica Las lanzas coloradas, misma que escribiera en la primavera del París de 1930. En la “Presentación” de sus Obras selectas (Madrid-Caracas, 1956), detalla que la redactó:

(...) frente a una ventana que daba a una calle gris, sin mirar la ventana ni la calle, sino asediado de las visiones de mi país.

No entré por el camino de la novela histórica por gusto arqueológico o por manía reconstructiva, sino porque pensé que para expresar lo nacional, fuera del mero paisajismo, había que comenzar por buscarlo en las horas en que alcanzó su más alta y reveladora tensión. Sentía que en el impulso destructor y creador de la Guerra de Independencia se había revelado de un modo pleno la condición criolla de nuestra humanidad. Fue el primer momento en que el alma criolla pudo entregarse con fruición posesiva a la irrestricta expresión de su ser. Por eso en mi novela lo reconstructivo tiene una mera importancia de marco y todo el esfuerzo de expresar está concentrado en los seres y en su relación con los sucesos.6

Empero, Las lanzas coloradas no constituye el relato paso a paso de la Guerra de Independencia de Venezuela en su conjunto, sino básicamente un capítulo de la misma, el ocurrido en 1814, cuando las fuerzas revolucionarias de Simón Bolívar se debaten en una “guerra a muerte” contra las realistas (godos) de la Colonia, representadas por el general José Tomás Boves (1782-1814). Si bien la independencia se logró el 5 de julio de 1811, la fecha no necesariamente marcó el fin de la Colonia, pues Bolívar hubo de luchar varios años más para reafirmarla. Y esto es lo que Uslar Pietri trata de señalar; cómo el grito de “guerra a muerte” tendría que ser sostenido para conquistar la ansiada libertad, bajo las ideas y palabras como ciudadano, insurgente, igualdad y derechos del hombre, inspiradas en Juan Jacobo Rousseau y la Revolución Francesa.

En 166 páginas —edición Salvat, 1970— y 212 —edición ALLCA 2002—, organizada en trece capítulos con numeración romana, el autor da cuenta y describe los hechos que ocurrieron inicialmente alrededor de la familia Fonta, de origen español, en su hacienda “El Altar”, la cual fue heredada por los hermanos Fernando e Inés tras la muerte del padre. Como Fernando, el amo en la hacienda de esclavos, es un hombre de carácter débil y pusilánime, para dirigir la misma cuenta con la valiosa ayuda del mulato Presentación Campos, su antítesis, el que si bien representa a los esclavos, se diferencia de éstos y del amo en cuanto a que administra la propiedad con mano fuerte, cual si él fuera el dueño —en realidad es lo que desearía—, y hasta desprecia a don Fernando porque éste no sabe mandar, así como a su hermana Inés, una mujer blanca que sólo sabe tocar el piano y entretenerse con escasas lecturas de corte romántico, en una región del llano donde la educación y los libros son escasos durante los primeros años de la guerra de independencia venezolana.

Don Fernando siempre duda respecto a participar o no en la guerra, que ya la ve cerca, y obligado por las circunstancias, trágicas por cierto, accede a inmiscuirse más por deseos de venganza personal que patriótica, toda vez que Presentación Campos ha violado a su hermana, quemado la hacienda y escapado con más de 40 esclavos para iniciar su propia guerra, en virtud que al principio no sabía si apoyar a los realistas (los godos) o a los insurgentes (republicanos), pues para él “la patria es un puro suspiro”. Al igual que don Fernando, todos los criollos americanos dudaban en inmiscuirse en la lucha, por temor a perder la vida, a su familia, tierras y riquezas logradas a expensas de los esclavos, negros y mulatos en su mayoría, para quienes eso de la guerra es algo que sólo les proporciona muerte, no les interesa pues el concepto de patria y nacionalidad no va con ellos, y con los criollos tampoco, y al final saben que su ansiada libertad quedará en lo mismo: pasarán del yugo español al de los criollos.

Bolívar, “aparece” en la novela pero sólo en carácter de evocación, mencionado como un “tótem”, según Miguel Ángel Asturias, pues su figura mítica asusta a algunos, causa desprecio en otros, pero nadie lo ve; gana y pierde batallas sin siquiera participar. La batalla entre el general Boves y las fuerzas insurgentes es perdida por éste cuando queda herido, su gente huye en desbandada al saberlo y al final muere, pero Bolívar no se ensucia las manos en la misma, donde también mueren cientos de españoles y revolucionarios bajo el grito de “guerra a muerte” que utilizó el prócer desde 1810. En la ficción de Uslar Pietri, la figura de Bolívar opera cual La sombra del Caudillo (1929), nombre de la novela del mexicano Martín Luis Guzmán (1887-1976); y es que de Bolívar sólo aparece su sombra a lo largo del texto, o más bien señales de que anda por ahí, de que ganó o perdió una batalla que nadie observó pero todos saben que así fue, y por ello es que cuando alguien lleva la “noticia” respecto a que el Libertador está cerca del teatro de operaciones en el llano, la pampa venezolana, mejor deciden entre seguir luchando a la par de las fuerzas del Rey o bien huir para no ser arrasados por ese grito que se convierte en sangre.

Pero no solamente el Libertador causa desazón en españoles y criollos que apoyan a éstos; ocurre similar sentimiento entre los insurgentes milicianos que luchan por la Independencia, al sólo enterarse de que también Boves y sus siete mil lanceros están cerca, pues éste ha exigido a sus fuerzas que la lanza que portan debe regresar cubierta del tono colorado extraído de la sangre de sus enemigos.

Y para darle más visos de historia a su novela, Uslar Pietri incorpora en los primeros cinco capítulos la descripción de la hacienda “El Altar” y los orígenes de la misma, que se remontan a la época de la conquista cuando don Juan de Arcedo reclamó la encomienda de las tierras que le apetecían, alejadas de la capital recién fundada, a la cual marchó con cuatro aventureros y veinte indios dóciles, esclavos, para poblarla y explotarla. Uno de sus bisnietos, don Carlos Arcedo, ávido de riquezas se perdió en la selva en busca de El Dorado, lugar mítico del que se enteró y creyó que existía, porque así se lo contó un indio que llegó a la hacienda y le dijo que podía llevarlo al lugar. Otro hacendado vecino de “El Altar”, don José Fonta, al saber de la muerte de don Carlos casa a su hijo Manuel con la hija del desaparecido en la selva, para así apropiarse de la hacienda y extender sus tierras. De Manuel Fonta proviene la descendencia directa de don Fernando Fonta, siendo su padre don Santiago Fonta, “un hombre sin ternura, violento”, razón por la cual Fernando y su hermana Inés tienen una vida aislada del amor y contacto físico con el padre, a quien no extrañan después de muerto.

Siendo joven, Fernando Fonta reside tres años en Caracas (ver capítulo III), estudiando en un colegio-seminario; pero observa con decepción que la vida espiritual de los católicos no coincide necesariamente con lo que predica la iglesia y por ello, al estilo de lo que el mexicano Guzmán ya mencionado expone, prefiere creer en Dios pero alejado de la iglesia y sus ministros. Y es que Fonta es testigo decepcionado por la venta de bulas, que es un pingüe negocio que reditúa a los administradores de la fe, además de sentirse asqueado al darse cuenta de que “el cielo tenía precio”.

En Caracas, Fernando se hace amigo de Bernardo, quien lo induce a participar en una secta secreta donde es llamado “hermano”, quizá en alusión a las Logias Masónicas que existían en América, provenientes algunas de la Lautaro de Cádiz, que a su vez se originó en la Gran Reunión Americana de Londres fundada por Francisco de Miranda (1750-1816); éste último, según Carpentier, fue muy amigo del Director Supremo de Chile en 1818-1823, Bernardo O’Higgins, y maestro de Simón Bolívar.7

En dicha logia o secta, alguien lee el primer artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre, y esto da lugar a que Fonta cuestione si su propia vida no va en contra de tales principios, pues de hecho él niega la libertad al contar con más de 100 esclavos hediondos, y si los ideales revolucionarios de Francisco de Miranda, que le son expuestos en dicha sociedad, que lucha por la igualdad, los podrá poner en práctica, él que no sólo es tan remilgado sino quien siempre ha vivido una vida holgada, sin necesidad de trabajar pues sabe que tiene el fuerte apoyo de Presentación Campos, el administrador y mayordomo de su hacienda, a quien también odia y teme, sabe que le será muy difícil aceptar el contrato social del cual se le habla.

Y aquí es donde Uslar Pietri juega con sus personajes, toda vez que pinta a Fernando Fonta como un ser de carácter débil, indeciso y hasta obediente a lo que decide su mayordomo Presentación, que es quien tiene el poder real en la hacienda, y por ello lo contrario al esclavo normal: sumiso y obediente. Y para demostrar quién manda, Presentación Campos normalmente exhibe su poder e influencia sobre los esclavos a su cargo, golpeándolos e infligiendo castigos por cualquier nimiedad, haciendo alarde de su fuerza física, y hasta imagina que debe participar en la guerra aunque sin tener claro a quiénes apoyará: “Los godos tienen una bandera colorada y gritan: ‘¡Viva el Rey!’. Los insurgentes tienen bandera amarilla y gritan: ¡Viva la libertad!’ ”. Pero como para él la patria sólo es un suspiro que luego pasa, es como las mujeres a quienes no vale la pena proteger ni defender, para qué hacerse problemas la vida: irá con quien le reporte la posibilidad de ser tan rico como el amo Fernando, sólo que mejor que éste, pues él no se convertirá en un pusilánime al triunfar; si “toda la tierra de Venezuela ardía en la guerra”, razón de más para tomar las armas por su cuenta y alistarse donde mejor le convenga.

Es hasta el capítulo seis cuando Uslar Pietri termina de contar la historia de la hacienda “El Altar”, e incluye la llegada a la misma del capitán David, un inglés que provoca cierto malestar en don Fernando al observar que platica mucho con Presentación Campos, pues el mayordomo no sólo le provocaba desconfianza sino que temía que pudiera rebelarse y actuar en contra de él; pero el inglés no hace caso e incluso le regala una pistola. Durante su visita el capitán cuenta variadas historias a Inés, no sólo de Inglaterra sino también de otros países, y se admira de que ella no sepa quién es Shakespeare y menos Cervantes; da la impresión que ella se enamora del inglés pero la guerra se interpone y él ni se entera, pues se oyen de lejos los relinchos de los caballos del general Boves y sus siete mil lanceros en el llano. Al saber de la situación, los hacendados de la región organizan una reunión para decidir a quién apoyarán: a Boves o bien al Libertador. Empero, puede más el egoísmo mezquino, el pretender salvar la vida y propiedades en medio de la guerra, pues la patria... es un puro suspiro.

Aprovechando que don Fernando salió de la finca para asistir a la reunión de hacendados, en el capítulo siete se muestra a un Presentación Campos que se rebela, obliga a 40 de los esclavos a que le sigan, y como uno de ellos se opone, sencillamente lo mata a la vista de todos, lo que causa el efecto esperado: el miedo se apodera de los esclavos, que terminan siguiéndolo con sus machetes. Como desde la ventana de la casa mayor Inés observó el levantamiento de Presentación, le grita que es un esclavo cobarde, lo que causa en él fuerte desazón, pues de hecho él se cree el amo, sinsabor que logra apaciguar violándola en su carne blanca e incendiando la casa y los cañaverales de la hacienda, huyendo sin tener idea de hacia dónde. “Sólo sabía que iba para la guerra. Pero aún ignoraba si sería realista o republicano”.

Después del hecho, se observa que el esclavo Espíritu Santo logra salvarse —el mismo que en el capítulo I de la novela contaba cuentos tétricos sobre el diablo— e informa a Fernando Fonta —capítulo ocho—; Fernando, su amigo Bernardo y algunos de los hacendados corren hacia “El Altar” pero al llegar sólo encuentran columnas de humo pues la casa desapareció en el incendio. De Inés ni sus huesos encuentran, lo que da pábulo a creer que murió. Esto hace que Fernando tome la “decisión” de unirse a la guerra, no por un ideal revolucionario sino porque, a fin de cuentas, no tenía nada que perder y tal vez lograra vengar a su hermana.

En las primeras líneas del capítulo nueve, Presentación Campos aparece de repente —quién sabe cómo— unido a un tal coronel Zambrano, de las fuerzas del Rey y por ende subalterno del general Boves. Juntos toman un pequeño pueblo donde deciden pernoctar, pero unos soldados insurgentes tratan de repelerlos; al principio la refriega iba bien para los revolucionarios, pero como estaban recluidos en una casa convertida en hospital, reponiéndose de sus heridas, son vencidos por las fuerzas de Boves, quien aprecia y admira el arrojo de Campos, al derribar éste con su caballo la puerta de la casa, atravesando su lanza al soldado que ejercía de francotirador y les había causado varias bajas. Queda herido al caer del caballo y es cuidado y sanado por “La Carvajala”, una mujer que antes ejercía de prostituta pero que ahora —a saber por qué inspiración— se dedica a cuidar a los heridos, sin importarle de qué bando son.

En el siguiente capítulo, el diez, vuelve a aparecer Fernando, quien junto con el capitán David y su amigo Bernardo logran unirse con el coronel Roso Díaz, del ejército del Libertador. Al principio éste tiene desconfianza de los recién llegados, pero cuando le exponen las razones de su decisión, que para Fernando no es tal pues sigue siendo un indeciso e inútil, los acepta. A lo lejos se escuchan noticias acerca de la destrucción que ocasiona Boves a su paso por distintas poblaciones, pero también se cuentan hazañas de Bolívar, el que continúa lanzando destellos de su sombra como caudillo, sin que nadie sepa a ciencia cierta dónde encontrarlo. Empero, al enterarse de la llegada de Boves al lugar donde se halla, pues Roso Díaz tenía el encargo de defender el pueblo al mando de 60 soldados, Fonta tiene miedo. El coronel se da cuenta y cuando llega un mensajero a pedirle que envíe refuerzos al ejército del Libertador, no sólo le proporciona 40 soldados sino que le pide a Fonta que vaya con ellos para entregar una carta al general Ribas; una bella forma de salvarle la vida, pues sabía que al quedarse con tan sólo 20 soldados, no era mucho lo que podía hacer, como en efecto ocurrió. Entra Boves al pueblo y arremete con todo y contra todos; el capitán David, enfermo de altas fiebres y en proceso de recuperación en la iglesia convertida en hospital, es fusilado junto con Bernardo. El coronel Roso Díaz también muere y prácticamente toda la población es exterminada dentro de la iglesia, en un baile grotesco en el que son obligados a participar, que se convierte en una orgía donde las lanzas se tornan más coloradas de lo que ya estaban.

Y, oh sorpresa, Uslar Pietri guarda para el capítulo once la reaparición de Inés, hermana de Fernando, a quien todos creían muerta, incluido el lector desavisado, la que se presenta en el pueblo donde está “La Carvajala” esperando el regreso de Presentación Campos. Llega en calidad de mendiga, con la mitad de la cara quemada, razón por la cual la gente se separa de ella, no la aceptan en ningún lado, como una apestada. Y es que en el incendio no murió; le cayó una viga ardiente pero milagrosamente se salvó. Inés inquiere a “La Carvajala” por Presentación; como ésta niega conocerlo la maltrata y maldice. Al final, casi la convence de decirle qué rumbo tomó quien la violó en “El Altar”, pero es engañada por “La Carvajala” al orientarla a que lo busque por el camino contrario al que éste tomó.

Mientras tanto, Fernando Fonta lleva el mensaje de Roso Díaz al general Ribas; éste no se extraña de que dicho mensaje sea de lo más pueril y deduce que en realidad Fonta está escapando de la guerra, pero Boves está cerca y el destino impedirá que se salve (capítulo doce), curiosamente en la ciudad llamada La Victoria, donde efectivamente las fuerzas de Ribas darán cuenta de Boves. En la gran batalla de más de dos horas, donde “la sangre chorrea de las lanzas”, prácticamente todos están en pie de guerra, hasta un grupo de indios que apoyaban a los insurgentes de la bandera amarilla, sin saber por qué. Sin embargo, Presentación Campos llega con los realistas del coronel Zambrano, pero no se da la lucha esperada entre el antiguo esclavo y mayordomo de Fernando y éste. El destino manifiesto quiso que Fernando muriera bajo las lanzas de tres soldados españoles, en tanto que, al concluir la batalla, la victoria es para los insurgentes y Presentación Campos queda herido y tomado prisionero.

El capítulo trece y final constituye prácticamente un resumen de la novela, donde Presentación Campos rememora su vida; observa, detrás de los barrotes de la prisión donde se encuentra, al ejército del Libertador, pero no puede verlo a él, a Bolívar, quien sigue con su sombra de caudillo. Y cuando cree que lo divisará, “un infinito frío lo golpeó de pronto”.

 

3. Comentario y prólogo de Miguel Ángel Asturias

En el caso de Uslar Pietri, y siendo que cada 16 de mayo se conmemora un año más de su nacimiento, interesa —por el momento— solamente transcribir lo que Miguel Ángel Asturias comentó acerca de Las lanzas coloradas. Si bien la novela fue publicada en 1931 por editorial Zeus de Madrid, el autor la concluyó en 1930; en junio de 1931 Asturias anotó lo propio respecto a ésta, con la curiosidad histórica de que 40 años después incluiría un prólogo en la edición de 1970 publicada por Salvat Editores de España.

La diferencia entre ambos textos es sustancial en la forma, pero en su esencia mantiene la admiración de Asturias por su amigo venezolano y la firme creencia en que América descollaría en el ambiente literario con voz propia. Los textos son como sigue.

 

3.1. Comentario a Las lanzas coloradas, edición de 1931

El comentario de Miguel Ángel Asturias lleva por título “Las lanzas coloradas”; fue publicado en su sección periodística “A la sombra de la Torre Eiffel” el 30 de junio de 1931. Pareciera que Arturo Uslar Pietri hubiese guardado cierto aprecio por el guatemalteco, toda vez que cuando publicó El otoño en Europa (1952), libro de crónicas, memorias y reflexiones acerca de sus viajes a distintos países de dicho continente, incluye un capítulo intitulado “El faro de la Torre Eiffel”. Lo comentado en artículo de prensa fue incluido entre las páginas 452 y 454 de París 1924-1933: periodismo y creación literaria, escrito por Miguel Ángel Asturias (edición crítica; Amos Segala, coordinador; ALLCA XX, 1997; Colección Archivos: 1ª reimp., Madrid, 1997).

En la edición de Las lanzas coloradas publicada por la Colección Archivos (2002), que es la que aquí se consulta, el comentario de Miguel Ángel Asturias lleva por título “En la jaula de la Torre Eiffel”,8 transcrito a continuación:

La gran guerra, Rusia, México, España, México y Rusia otra vez, Berlín, la India, la China, la crisis del humanismo, crisis total, y el imperio de lo económico, fenómeno universal, dan a los nuevos escritores hispanoamericanos un sentido de lo suyo que los hace volverse a América con algo que forma parte de su personalidad. América es el amén de los hombres nuevos. El escritor americano había sido hasta ahora local o europeo. Se quedaba en el pueblo y escribía como en el pueblo aprovechando el lenguaje pintoresco del paisaje, lo anecdótico, lo fácil, lo familiar; todo esto sin profundidad por falta de convencimiento, con los ojos puestos en las revistas extranjeras, ventanas sobre lo universal, a lo que secretamente aspiraba; o salía a Europa y en el ambiente del Viejo Mundo se lavaba el sudor americano y corría al cultivo de formas literarias en boga, cerrando los ojos voluntariamente, para ver con los ajenos. La literatura autóctona, que antes calificamos de local, no llegó nunca a tener importancia folklórica, fue más bien ocasional. Cabe decir, sin embargo, que no pocos artistas, al menos de temperamento, acabaron su vida en querer construir con los elementos locales el poema o el libro que les diese renombre universal. Frente a la literatura de los que se quedaban en su América, se alzó la literatura europeizante, cultivada por los espíritus atentos de cada país o por los que volvían de los centros culturales del Antiguo Continente. Y así es como vemos en América formarse las generaciones que se califican de clásicas, románticas, modernistas, etc. En cualquier manual de literatura hispanoamericana que abramos, América da el espectáculo de una literatura de gente que “hace cola” en las escuelas europeas; quien imita lo español, quien lo francés, quien lo italiano, quien lo ruso, quien lo inglés. Hay en toda nuestra literatura un olvido de lo propio /que/9 desconcierta. Puede afirmarse que hasta la fecha está naciendo la literatura americana, en el preciso sentido de la palabra americano, no americano local y puramente pintoresco, o americano europeo, sino americano universal. Y de ahí el interés de este momento en nuestros países. ¿Qué interés, qué importancia, qué valor puede tener el aporte artístico de un hombre que no dice lo suyo, que se lo calla, que se lo come como la víbora se come a sus hijos, por decir lo de los otros; o que si habla de lo que le pesa en el corazón, es el caso de positivos valores, lo hace empleando el idioma del vecino?

Los nuevos, y llamemos así a los que aspiran a universalizar lo americano sin vestirlo de europeo, tal y como es, con su belleza y sus defectos, no alcanzan todavía al grueso del público. Es más, se les regatea el valor de sus obras en nombre de la gramática de la lengua castellana; de la falta de sentimiento, entiéndase sentimentalismo barato de tango argentino; se les ve como problemas de álgebra, o disparates de loco que no sabe lo que dice. Mientras seguimos rindiendo culto a una serie de valores ficticios, de señorones que escribieron a la manera de este o de aquel célebre autor europeo, callamos los nombres de los que, rompiendo esa tradición simiesco-literaria, han querido llevar los acentos de su propia personalidad al poema, a la novela, y a todas las manifestaciones artísticas, pintura, música, escultura, etc. Y es que si ya se está creando esa modalidad de lo americano universal que anunciamos, aún falta el público. El público americano sigue siendo el de los autores que imitaban a Hugo, a France, a tantos más. No existe todavía el público que los nuevos autores necesitan, y a ellos toca ahora la labor de creárselo. Ya destruyeron, y acaso toda la labor artística de este momento sea destructiva (Picasso destruyó en pintura; Varese, en música; Arp, el alemán, en poesía), y como en América el campo es propicio para todas las rebeliones, aun para las absurdas rebeliones de la casta de militaroides que infesta nuestros países, y como también no había mucho que destruir; pues casi todos los valores eran valores con referencia a un maestro en el arte, el campo está limpio y precisa construir, levantar las nuevas columnas de una obra apartada de toda servil sumisión a lo europeo, con un sentido universal, de americano a la puerta de todos, vibrando con propios y eternos sonidos, entre las múltiples manifestaciones de arte actual.

Ejemplos de esta obra que se está llevando a cabo silenciosamente y sin más relación, de país a país, que el buen entendimiento que hay en espíritus elevados acerca de lo que en hora determinada toca realizar, lo dan libros como Don Segundo Sombra, Los de abajo, que no es lo mejor de Azuela, pero lo cito por más conocido, Doña Bárbara, La Vorágine, y la novela del venezolano Arturo Uslar Pietri, Las lanzas coloradas, que acaba de publicar Zeus, en Madrid.

Sin decir nada definitivo respecto a la obra del autor de Barrabás, que otros con más autoridad juzgarán, se descubre en ella esa lucha tremenda que desde siglo y medio se trae América: la busca de su espíritu. Hombres de carne, campesinos de carne, citadinos de carne, luchan contra lo español, que en la época de la Independencia significa lo espiritual, lo importado de Europa, lo tradicional, el Dios ajeno, el concepto ajeno de sociedad y de derecho. América, la carne, se rebela y alza pabellones desgarrados, en lo que se descubren a trasluz, como en hojas gigantes, las venas de sus hijos, clamando por todas partes: ¡Libertad! En un edificio hueco y apolillado, sostenido por las armas gastadas en Flandes y demás desangraderos de España, entierran los nativos su grito y su lanza; quieren la pelea, la buscan, la ansían, necesitan que su carne se sacuda del yugo en la refriega. De esta primera lucha surgen las Repúblicas del Nuevo Continente. Un sordo clamor se apaga en las fronteras de la Gran Colombia. En México, Iturbide intenta un Imperio. Todo es oleaje de reflujo sobre las playas del descorazonamiento bolivariano. Se fragmentan países que tienen para estar unidos el denominador común de la lengua. Luchan entre ellos por cuestiones de fronteras. Las Universidades son centros de continuo batallar político. Imperan los caudillos empurpurados de sangre de la cabeza a los pies. Lucha tremenda por la igualdad política seguida a través de casi un siglo. Altas y bajas. Ensayos los más audaces de sistemas políticos. Constituciones avanzadísimas, jamás cumplidas. Nuevas sacudidas del pueblo. Encadenamientos que duran en México treinta años. Madero. Luchas universitarias en Sud-América. Y de nuevo, el problema de la independencia frente al avance de Norteamérica, el país de los bandidos de Nicaragua y de Chicago. Se agita Cuba, se desarrolla la guerra de Santo Domingo, se dan batallas en México contra el nuevo invasor. Y vuelve a plantearse el problema del espíritu. América, de carne, busca su espíritu para oponerlo al mismo tiempo que sus armas de defensa económica, al imperialismo.

En el libro de Uslar Pietri, que no contiene sino uno sólo de los capítulos de esta conflagración gigantesca, el de la lucha de independencia de Venezuela, por su universalidad adquiere el valor de los sonidos que nos recuerdan otros, de las frases vitales que encierran el velado problema de nuestro destino.

La arquitectura de la obra, el estilo suelto, sin cargas de adjetivos, muy tramado al tema y la emoción por revivida sin palabras entre líneas adivinada, dejan en el lector atento la impresión sabrosa del que se está asomando por un balcón nuevo, que abarca más, a un país ya conocido y que, sin embargo, le parece descubrir a un país del cual sólo sabía su geografía, su historia, su potencialidad económica, pero no lo que ahora nos da Pietri: la emoción universal de un momento de la vida, de un pedazo de tierra que se llama, en América, Venezuela.

Hacer volver a América hacia lo intocado e intocable, es extender su dominio en todos los sentidos. Tiene el libro de Pietri no sé qué de mitologías. Bolívar mismo pasa por sus páginas como un tótem, como un hombre mágico cuyo solo nombre hizo la guerra y triunfó sobre sus enemigos.

En lo que toca a la materia literaria, se descubren en Las lanzas coloradas dos influencias: la de la música y la del cinematógrafo. Las lanzas coloradas llevada a la pantalla sería una película de masas; llevada a la música, una obra de baterías. Y no decimos más de esta novela llamada, así lo auguramos, a despertar unánimes aplausos entre los espíritus vigías de nuestro Continente.

Nueva España, 30 de junio de 1931.10

 

“Las lanzas coloradas”, de Arturo Uslar Pietri3.2. Prólogo a Las lanzas coloradas, edición de 1970

A partir de la edición de 1970 publicada por Salvat Editores (Navarra, España), se incluyó el Prólogo escrito por Miguel Ángel Asturias, el que tres años antes había obtenido el Premio Nobel de Literatura y aún mantenía ferviente amistad con Uslar Pietri, a quien recuerda en el París de los años 1920 a 1930 y quizá por ello anota que “medio siglo ha pasado” desde que se conocieron, y 40 años respecto a cuando escribiera su comentario periodístico a Las lanzas coloradas, en un café-bar de Montparnasse, el “Falstaff”, cuyo nombre hace referencia a la comedia Las alegres comadres de Windsor (1601), de Shakespeare, con base en la cual Verdi compuso la ópera Falstaff (1893), cuyo personaje principal es John Falstaff, una especie de hombre presumido, cobarde, chistoso y agresivo. El texto asturiano se transcribe a continuación:

Es el ser, son las cosas que se disuelven en contacto de un mundo que nos subyuga, hasta suprimir la realidad ambiente, empujándonos, convertidos en un no ser sueños de nosotros mismos siendo sueños, hacia la conciencia de una realidad anterior y presente. Así podría definirse el mundo, el universo de Las lanzas coloradas. Una realidad anterior y presente que da a la novela profundidad histórica y sabor actual. Sí, es ese nadar entre dos aguas, entre hechos y deshechos sueños coloridos, perfumados, sonoros, táctiles, lo que nos da, en Las lanzas coloradas, la posibilidad de una irrealidad más real que la realidad. No son alucinaciones, sino reminiscencias, ascuas antiguas, fuegos estáticos convertidos en momentos preciosos. Eludir el simple sueño, la ensoñación infantil, la primitiva fuerza de la vida secreta, eludir lo que la brújula de la inteligencia señala, para acercarnos más a la limpia apropiación del todo: época, personajes, circunstancias. La sangre quemada en las venas se torna roja, como los sueños quemados en el sueño, al entrar en contacto de una irrealidad consentida como real.

Lo inabarcable abarcado. El arma de dos filos. Las escenas de Las lanzas coloradas (“Coloradas” con mayúscula, porque son lanzas coloradas de sangre) antojan reflejarse en un espejo antiguo, en un agua dormida que las va devolviendo, sin contornos precisos, hasta alcanzar, en un primer plano, su cabal dimensión humana. La problemática es el llavero en que van las llaves para abrir las puertas de una sociedad cerrada, llaves que son ideas, ideas de fuego, quemantes, propias para iniciar el incendio de la libertad venezolana que fue después la libertad de América. Las estampas del aguafuerte de la época colonial, claros ruidos y manchas de silencio, los rostros enajenados, la fabla, todo contribuye, tentación y ostentación, a hacer visible aquel mundo de hacendados, señores y esclavos.

El trabajo del novelista. Hacer visible lo invisible con palabras.

Arturo Uslar-Pietri cuida su idioma, sabe o intuye que la palabra es la sabiduría del novelista, del escritor, del poeta. Sin este saber y conocer, no hay novela ni poema. En la palabra, todo. Sin la palabra, nada. Y de este vivir de Arturo Uslar-Pietri por la palabra, con la palabra y para la palabra, damos testimonio. Le vemos, le recordamos, le oímos, en París, años 20-30, alto, delgado, del rostro sólo unos inmensos ojos claros, leer los primeros capítulos de Las lanzas coloradas. Leía prosa, pero con el deleite del que lee poesía. Hazaña de una generación. De nuestra generación. Mezclar el canto y el cuento. Las lanzas coloradas no nos parecían escritas, sino habladas. Y todavía hoy, cuando las leemos, las oímos. El adjetivo como ventura y desventura. Aquellos días. Aquellas horas. El problema verbal. La palabra-piedra. La palabra-madera. Las palabras-metales...

Medio siglo ha pasado. Montparnasse... Otro Montparnasse. El “Falstaff”. Aún queda. Está como entonces. Un café-bar-rincón entre holandés y noruego, propio para que la figura de nórdico de este joven escritor venezolano, alto como escalera, de modales medidos, diera lengua suelta a su creación novelística, leyendo para algunos amigos Las lanzas coloradas, novela con claves para la interpretación de nuestra realidad americana. Ésta, desde entonces, nuestra preocupación de novelistas: lo americano-nuestro. Andando y hablando. Así teníamos que hacerlo, de paso y con nuestras palabras. Fábula y epopeya. Descubrirnos nosotros, en medio de la más demoledora revolución literaria de los últimos tiempos —el surréalisme—, apresuradamente, para salvarnos con lo propio, con lo nuestro. Hablando y andando, por el temor de quedarnos en un sitio y volvernos árboles. Literatura de árboles humanos. Millones de lenguas verdes hablando un nuevo idioma. Y el temor de perder el juicio de tanto desentrañar palabras. Palabras surgidas del mar como peces misteriosos. Palabras lluviosas. Puntuación de espinas. Del recto sentido de la palabra a lo oculto en su sonido. Y las posibles combinaciones con otras palabras, para producir nuevos campos sonoros. Eufonía y magia. Por la palabra al encantamiento. El embrujo verbal. Absorberles el seso a los que nos leen o escuchan. Novelistas, no; hechiceros. Eso queríamos ser: hechiceros. Si escribir ya es un milagro, qué nos faltaba...

Cinco décadas después, me lo pregunto aquí, en el “Falstaff”. Las lanzas coloradas son parte de esta nueva forma de novelar que va a imponerse en nuestras letras. Es la novela del llano, de los llaneros, de la pampa venezolana. Pero es el llano que se torna bandera, la caballada guerrera que se vuelve huracán. Nubes ciegas vuelcan su fatalidad, desde entonces, sobre nuestros pueblos. La lucha es de ayer, de hoy y de siempre. Un estremecimiento. La guerra a muerte. La guerra sin cuartel. Y estas páginas de Arturo Uslar-Pietri no son sino las vísperas, y ya son trágicas. El doloroso nacimiento de la República. El choque sangriento de esclavos y señores. El trasfondo de nuestra tristeza criolla iluminada por relámpagos de esperanza. Y todos los problemas en raíz, sociales y políticos. En la órbita de un libro, un mundo en transformación. Y qué amargor desolado. No hay personaje central, hay personajes. Se alarga la sombra del Encomendero, desgarrada por los mil dientes del esclavo. Suenan palabras que no se habían oído antes: ciudadano, insurgente, libertad, igualdad, derechos del hombre. Y un hombre pequeñito que dice: “¡Yo soy Bolívar!”.

No es el relato a ciegas, es el relato abiertos los ojos en el sueño.

Miguel Ángel Asturias
(Premio Nobel)

París, junio de 1970.11

 

Fuentes consultadas

  • Asturias, Miguel Ángel; “Coloquio con Miguel Ángel Asturias en la Universidad de San Carlos”. En: Asturias, Miguel Ángel; El señor Presidente. Edición crítica, Gerald Martin, coordinador. 1ª edición, Madrid: ALLCA XX, 2000 (Colección Archivos: 1ª ed.; 47).
  • Carpentier, Alejo; El arpa y la sombra. México: Décimo primera edición. Siglo XXI Editores, 1987. Nota: primera edición, por la misma editorial, 1979.
  • Guzmán, Martín Luis; La sombra del Caudillo. Edición crítica, Rafael Olea Blanco, coordinador. 1ª edición, Madrid: ALLCA XX, 2002 (Colección Archivos: 1ª ed.; 54).
  • Montúfar, Lorenzo; El Evangelio y El Syllabus y Un dualismo imposible. Guatemala: tercera edición. Tipografía Nacional, 1947. Nota: la edición original de El Evangelio y El Syllabus fue escrita en Costa Rica y data de 1884. La correspondiente a Un dualismo imposible se publicó por partes en Costa Rica y posteriormente en San Salvador, 1886.
  • Uslar Pietri, Arturo; Las lanzas coloradas. Prólogo de Miguel Ángel Asturias. Navarra, Madrid: Biblioteca Básica Salvat, tomo 71. Salvat Editores S.A., 1982.
    —; Las lanzas coloradas. Primera narrativa. Edición crítica, François Delprat, coordinador. 1ª reimpresión, Madrid: ALLCA XX, 2002 (Colección Archivos: 1ª ed.; 56).

 

Notas

  1. Asturias, Miguel Ángel; “Coloquio con Miguel Ángel Asturias en la Universidad de San Carlos”. En: Asturias, Miguel Ángel; El Señor Presidente. Edición crítica, Gerald Martin, coordinador. 1ª edición, Madrid: ALLCA XX, 2000 (Colección Archivos: 1ª ed.; 47). Página 807.
  2. Carpentier, Alejo; El arpa y la sombra. México: décimo primera edición. Siglo XXI Editores, 1987. Página 34.
  3. Listado recopilatorio de los principales errores de nuestro tiempo.
  4. Montúfar, Lorenzo; El Evangelio y El Syllabus y Un dualismo imposible. Tercera edición. Guatemala: Tipografía Nacional, 1947. Página 8.
  5. Ídem, página 81.
  6. Uslar Pietri, Arturo; “Presentación”. En: Uslar Pietri, Arturo; Las lanzas coloradas. Primera narrativa. Edición crítica, François Delprat, coordinador. 1ª reimpresión, Madrid: ALLCA XX, 2002 (Colección Archivos: 1ª ed.; 56). Página 465.
  7. Carpentier, Alejo; El arpa y la sombra. Op. cit., página 27.
  8. Es un error en esta reedición el haber intitulado el artículo como “En la jaula de la Torre Eiffel”, por dos razones: 1) el título correcto y original fue “Las lanzas coloradas”; y, 2) se publicó en la sección periodística “A la sombra de la Torre Eiffel”, en tanto que la sección “En la jaula de la Torre Eiffel” corresponde a otros artículos.
  9. El artículo “que” aparece correctamente incluido en la edición de Asturias, Miguel Ángel; París 1924-1933: periodismo y creación literaria. ALLCA XX, 1997. Resulta extraño que la misma Colección Archivos lo omite, cuando transcribe de nuevo el texto en Uslar Pietri, Arturo; Las lanzas coloradas. Primera narrativa. ALLCA XX, 2002. Un lapsus inaceptable, el cual aquí se corrige.
  10. Asturias, Miguel Ángel; “En la jaula de la Torre Eiffel”. En: Uslar Pietri, Arturo; Las lanzas coloradas. Primera narrativa. Op. cit., páginas XVII a XX.
  11. Uslar Pietri, Arturo; Las lanzas coloradas. Prólogo de Miguel Ángel Asturias. Navarra, Madrid: Biblioteca Básica Salvat, tomo 71. Salvat Editores S.A., 1982. Páginas 7 a 9.