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Camino a Las Parras

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El sol cae como si estuviera enojado conmigo. Me pincha la piel, tratando de corroerla más de lo que la costa cartagenera, en mis once años de vida, lo ha hecho.

Mi hermano Rogelio va a unos cuantos pasos delante de mí. Sé que está cansado, pero siendo el mayor de doce hermanos, ir adelante parece lo más lógico. No nos habíamos separado de mamá jamás, y mucho menos para —quizás— no regresar. La llanura se ve tan larga que la imagen de mi madre se me borra en un inevitable sopor de polvo, cansancio y sed.

No hubo más remedio que venirnos. Mis tíos Rodrigo y Fausto llegaron hace una semana, con camisas a cuadros y pantalones de gabardina tan elegantes y numerosos que no nos dejaron más alternativa. Después de tener una sola muda de ropa como esa para la sagrada misa de los domingos, venir a aventurar como lo hicieron ellos parecía una invitación bastante prometedora. Si en tan sólo seis meses habían conseguido semejantes pintas, teniendo el aprieto de ponerse viejos, ¿qué queda pa’ nosotros que estamos empezando la vida?

Rogelio tiene apenas catorce, y yo aspiro a llegar a los doce estrenando semanalmente camisas a cuadros o rayas finas, combinadas con pantalones acampanados como los de mis tíos. Mi tío Rodrigo nos trajo. Dijo a toda la familia lo mucho que conseguiríamos de lograr entrar a Perijá. Mi mamá no quería, en medio de tanta miseria su amor de madre era más fuerte que cualquier razón dada, pero Rogelio y yo la convencimos de que era lo mejor para todos.

Tenemos tres días caminando. Luego que la chiva nos dejara en las adyacencias a Carrispía, empezamos a darle pie con la misma intensidad que el sol.

La primera noche no pude dormir. Llegamos a la matera más alta de la sierra, conocida como Playa Bonita y, aunque el caporal de la hacienda que nos albergó aseguraba lo contrario, yo temía que algún tigre nos atacara en medio de aquel oscuro lugar.

No hubo tigres, pero mis ojos no se cerraron esperando un peligro acechante sin nombre ni rostro, pero igual de espantoso. Desde una mapanare, abundantes en la sierra, hasta los guardias nacionales, que según mi tío disparan primero y preguntan después, eran motivos para alarmarse. Los grillos nos arrullaron con la musicalidad serena propia de las notas de acordeones de Alejo Durán y Abel Antonio Villa enamorando a Matilde Lina. En medio de centenares de picaduras de mosquitos, en mi ya hinchada piel negra, azucé cualquier movimiento extraño para, en un irremediable acto de cobardía, correr hasta la hamaca de mi hermano. Seguro él me entendería. Pero no ocurrió nada. Amaneció, después de una helada noche, con el mismo calor del día anterior. La única diferencia era nuestra redoblada esperanza de mantenernos vivos.

La segunda noche todavía tenía miedo, pero con el doble de agotamiento y el recuerdo vivo de mi madre, a orillas de la laguna de Tulé, mis ojos se cerraron sumiéndome en el más profundo sueño. Soñé con mi costa sagrada, tan fresca y salada como mi piel. Con el olor de los peces en las redes y muchos niños como yo, corriendo alegres en calzoncillos sobre la arena. Perseguíamos un balón casi desinflado, como el que guardamos Rogelio y yo en el cajón de los trastes tras el patio de la casa. Corríamos libres tratando de robarle aun más libertad al viento. Sentía la brisa en mi rostro, como destellos de luz algodonadas.

Llevamos caminando muchas horas. Rogelio continúa adelante, como si quisiera demostrar algo. Mi tío me habla y parece que estuviera repitiendo los mismos cuentos fantásticos que mi madre suele oír todas las tardes en el radio destartalado de mi casa. Lo escucho tratando de no pensar en aquellas historias de caminos topados de verdes llanuras, misterio y muerte donde, según la lengua de muchos, la montaña arremete contra los abusadores que la penetran sin su permiso.

Aunque todavía es de día y el sol inclemente indica que falta mucho para que llegue la noche, empiezo a asustarme. Estamos cada vez más cerca de cruzar la frontera y, con ella, de desafiar el peligro más inminente de toda la odisea: la Sierra de Perijá.

Tío Rodrigo habla y habla hasta aturdirme. Sus palabras van y vienen como pasos de gato montañés, cauteloso, reservado pero mortal. No puedo evitarlo, mi costa es tan diferente; cómo quisiera sentir su tibio mar acariciándome los pies o jugar balompié con mis amigos hasta sentir este cansancio que tengo, pero lleno de felicidad y no de esta profunda tristeza que me grita ¡Volver!

Volver a escuchar la bendición de mi madre, que seguramente es la que nos ha protegido en este transitar escabroso e inseguro durante tres días seguidos. Escuchar el susurrar del mar chocando contra las rocas, a las que abraza como queriéndole robar su dureza, sentir el salitre quemarme los labios o la aurora de la costa encender los amaneceres.

—¡Rogelio! —susurra mi tío, pero el otro no lo oye—. Carajo, niño, espera.

—¿Qué pasó, tío? —deteniéndose al fin.

—Oye... cálmate... no te nos alejes que te nos puedes perder.

—Carajo, tío, ya quiero llegar.

—Mie’da no joda... que todo llega a su tiempo...

Rogelio disminuye el paso pero se le nota en el rostro la ansiedad que este campo abierto le produce, aunque es muy poco expresivo y su condición de hermano mayor lo condena irremediablemente a aparentar una fortaleza desmedida, le atemoriza morir perdidos y abandonados en una tierra sin Dios ni ley.

Con la imposición de mi tío de esperarnos, a Rogelio no le queda más remedio que dejarse alcanzar. Ahora vamos los tres. Casi del mismo tamaño. Pareciera que mi tío se está reduciendo con los años. Le llega casi a los hombros a Rogelio. Antes era tan alto. Lo veíamos llegar de Santa Marta, como un dios en tierra bendita. Traía tanta alegría que hasta mi mamá sonreía. Ay, mi viejita, ¡qué pocas veces la he visto sonreír! Parece tan cansada, su rostro taciturno se parece al de nosotros, que llevamos tres días seguidos caminando en medio de esta penumbrosa trocha hacia la vida que, según mi tío, nos merecemos, con la única diferencia de que el nuestro tal vez recobre algún día su candidez, pero el de ella ni con todos los regalos del mundo que a través del trabajo podamos darle, recobrará.

Vamos rumbo a la matera Las Parras, donde unos lugareños nos darán trabajo como braceros. Es un trabajo fuerte, mi tío dice que tanto como el que nunca hemos padecido, pero así como es duro al principio también lo será cuando, en menos de lo que canta un gallo, mandemos centavitos, ropa y zapatos a mamá. Dice que ni siquiera nos vamos a incomodar con tanto trabajo, pues si tantos paisanos nuestros lo han hecho, ¿por qué no nosotros? Además, el clima no será problema, Cartagena se parece tanto a Maracaibo en calor que ambas derriten hasta las almas, y si estuvieran pegaditas, seguro que sólo se distinguirían por sus pobladores marcadamente distintos. Seguro conoceremos muchas muchachas lindas, porque según lo que cuenta mi tío, las venezolanas son muy bonitas, y con estas ganas que tengo de aventurar no me será difícil disfrutar de las fiestas, a las que sin duda nos llevarán apenas tengamos ropita y centavitos para gastar.

Tengo tanta hambre que me comería el tigre, la mapanare y hasta el mismo guardia si se me aparecieran esta noche. No veo el momento en que pueda recostarme a devorar la más deliciosa comida caliente porque, así como en ocasiones anteriores, seguramente la gente que nos va a recibir nos dará abundantes alimentos. ¡Qué rico se come aquí! Ya puedo olerlo. Lo siento en mi boca hecha agua.

—Carajo, Eucli, ¡contéstame!... ¿No me estás escuchando? —me interrumpe mi tío.

Tengo mis ojos negros clavados en la bota de mi único pantalón acampanado, antiguamente blanco, como el papel sin usar, y mi camisita roja, tan envidiada por mis paisanos en mi tierra, y hago como que no lo oigo, pero sin salida contesto:

—Carajo, tío, claro... Faltaba más, lo que pasa es que se me está poniendo lejos la llegada a la hacienda. ¿No le parece?

—Hombe, no... Ya casi llegamos... son cosas tuyas.

Mi tío trata de disimular pero yo sé que está preocupado. Hace horas que debimos haber empezado a subir la última sierra. Creo que estamos perdidos, pero no quiere reconocer que sus años y su poca experiencia en estos menesteres de forastero le juegan una broma, que a lo mejor nos lleve derechito a la tumba. Mejor dicho, al hoyo, porque en estos campos no dan santa sepultura a extranjeros ilegales como nosotros, los entierran en un hueco a medio hacer, convencidos de que no habrá dolientes ni reclamos posteriores. Sería como una transición a mejor vida sin dejar huellas, legados ni proezas. Si morimos en medio de este desértico lugar, me dolería no haber cumplido la promesa a mi madre de regalarle la casa que durante años ha deseado con la misma fuerza y valentía que tuvo al criarnos.

Creo que esta noche el miedo será diferente. Ya veo la sierra, pero dudo que logremos atravesarla sin el riesgo de ser devorados por los peligros de la montaña. Rogelio no deja asomar en su rostro vestigio de preocupación, pero aunque sea el mayor, sé que también tiene miedo y la seguridad de amanecer en una hamaca tibia rodeada de columnas de bahareque, seguras, ante tanta inhospitalidad se le disipa cada vez más.

Somos católicos, desde niños nos hicieron devotos a la iglesia, así que aunque nadie diga nada, todos por dentro estamos rezando. Yo le pido a mi madrecita que eleve una plegaria en la distancia por nosotros, porque no nos devore la madre tierra cegándonos para siempre, o nos muerda una culebra, para lo cual no tenemos remedios ni antídotos, más que esperar la muerte lenta, dolorosa o fugaz, que el veneno de la serpiente determine.

Caminamos despacito; el cielo, cargado de caracoles chispeantes como centellas, nos alumbra el camino poniéndonos en el aprieto de obligar a nuestros ya devastados y hambrientos cuerpos a esforzarse para llegar a un destino incierto, pero definitivamente mejor que morir en este hastío de soledad y penumbra.

La luna parece acompañarnos y aunque tengo mucho miedo y nuestros pasos se confundan con el sonido viviente de seres verdaderamente propietarios de la sierra, siento que podemos llegar. Susurro, para mis adentros, el tema que más suena en mi costa, y sé que si Rogelio no fuera el mayor también lo haría:

“Tengo un Chevrolito que compreeeé...
Para Maracaibo recorrer
Y entonces la gente va a decir
Que a punta de fajón te conseguíiiiiiiiiiii...”.

Hay algo, dentro de mi pecho, más rápido, violento y vivaz que mi corazón, diciéndome que no desistamos. Menos mal que apenas tengo once y mi hermano Rogelio catorce, porque así mi presentimiento parece menos utópico, cobra mayor fuerza, y me llena de valor.

Ya no me quedan energías, menos mal que tengo once, porque puedo exigirle a mis mal acostumbrados pies descalzos que aguanten los zapatos que mi tío me prestó, pues estamos cerca del futuro.

Con la noche, el aire es más fresco. Si pudiera comérmelo, con esta hambre que tengo, me sabría a gloria. Se parecería al bocachico frito que mi mamá nos prepara cada vez que puede. Saciaría no sólo mi necesidad física, sino este deseo loco de saborear lo que mi madre prepara con tanto amor.

Las busacas que llevamos van tan livianas, que parece un mal chiste pensar que en este viaje definiremos nuestras vidas. Es irónico, llevamos equipajes tan escasos como nuestras propias esperanzas.

Vienen dos hombres. Uno trae una lámpara de kerosén, que parece innecesaria ante la claridad de la luna. Me acerco a Rogelio como tratando de protegerme, sé que él también está asustado. Mi tío muestra confianza, pero aquellas figuras representan un enigma de proporciones épicas para tres errantes perdidos y hambrientos. Seguro nos van a matar. Pero no se les ve armas. Seguro son ánimas que vienen a guiarnos al purgatorio. No puedo sentir mis piernas. Estoy aterrado. Se acercan cada vez más y con ellos su luz incandescente. El más grande parece rudo. Mira a mi tío y alza la lámpara encandilándonos:

—¿Mano Rodrigo?

—Saluuuud... Sí, hombre, soy yo.

—Hace horas que debieron llegar a la matera.

—Sí... creo que nos perdimos.

—Mi patrón estaba muy preocupado, así que mandó buscarlos... este es mi sobrino Domingo.

Al señalar al muchacho, respiro profundo y, por fin en muchos días, siento confianza otra vez. Aunque el camino sigue igual de escabroso, ya veo la matera Las Parras a lo lejos. Llegamos con los primeros rayos del sol.

Es tan grande y tan segura que no me importa si me ponen a trabajar después de comer. Ya me siento mejor. Rogelio cambia el semblante y deja traslucir de nuevo su acostumbrada sonrisa.

Echados en las hamacas y con la panza llena, tratamos de dormir, pero mi curiosidad es más fuerte que yo:

—Carajo, tío, ¿y esto es Maracaibo?

—Mie’da, Eucli, no, pero está tan cerca que es como si lo fuera.

—Ah.

La claridad despierta, además de la curiosidad, el deseo de agradecimiento, así que rezo fervientemente un Padre Nuestro para gratificar de alguna manera, a la vida y a Dios, el milagro de sabernos vivos.

Mis ojos tienen ganas de cerrarse pero una figura sombría, de quien supongo es el dueño de estas tierras, los sobresaltan y reaniman:

—¿Ya comieron? —dice con recia voz.

—Sí, patrón —contesta mi tío, bajándose del chinchorro como un bólido. Mi hermano y yo lo imitamos como por instinto.

—Me alegro... Aquí no les faltará comida pero tampoco trabajo, así que a partir de mañana Macario les mostrará lo que deben hacer —mi tío asiente, mostrándole una sumisión contradictoria a su espíritu indomable.

El hombre, a pesar de su figura desgastada, y aunque yo no sepa ni cómo se llama, me hace sentirle el mismo respeto que siento por mi padre. Voltea para irse, luego de cerciorarse de la fidelidad de sus nuevos peones.

Comprendo mi nueva realidad y me siento, después de dejar Cartagena, por fin en mi hogar; quiero decirle, antes de que atraviese el umbral de la puerta, que muchas gracias, pero me sorprende al voltear de nuevo, y mirándome a los ojos me dice:

—Ah, y usted por ser tan niño le toca el puesto de becerrero.

Con su sonrisa entrecortada vuelvo a sentirme confiado, estoy cerca de realizar mis sueños. No sé si pueda oírme, pero de todos modos:

—Lo que usted ordene, patrón —con la sinceridad a flor de labios.