Brisa de cenizas
De un modo incúbico es hora de revivirte.
Con la contundencia que un ala raja al viento,
actuaré sin impasses.
Ese destello que me consolaba atónito,
debe ser hallado.
Pero no lo inhumaré en la hazaña.
Una asombrosa numerología lo ha predicho:
“La oscura matemática que nos cobijaba ha fallado”.
Una gota de sudor se desparrama.
El sexo no ha cedido ni un milímetro.
Tu sudor me desparrama.
Ya me abraza el mar, su rostro imposible.
¡Oh, rostro claro, que me alumbras desde adentro!
Mientras mi pulgar bordea tu cintura,
siento cómo te derramas.
Olvidé que me prohibí beberte y te he bebido.
Mientras mis palabras abrasaron tus entrañas,
tu desnudez fue inquietante.
Y te asaltó el sexo. El mar como avalancha.
Sus sonidos.
Tu mirada cayó derretida como cera en la madera.
Naufragué al borde de tu alma,
atónita como estampa al costado de la cama.
Y una oscura fragilidad me pide azares.
La noble madera, de ti brilla.
La fogata crepita, cediendo sus cenizas
a la brisa.
Tu alma, devuelta por mis brazos a la cama,
permanece deshecha, como maleza pisoteada.
Una de sus manos se entrevera en mis cabellos.
Con esa simpleza, no sabe que me ama.
Y yo la entrevero con mis músculos.
Hasta el ocaso.
El siglo comenzó en ese instante.
Cenizas
Cenizas, ya ha pasado tiempo y el desierto no retorna.
El tiempo fue difícil pero los dedos detuvieron mi caer.
He caminado tan sin ti por este páramo
que sucedieron mil promesas a su fuego.
Pero la estepa se ha hecho tan llama y tan sombra
o quizás el desierto y la noche han caminado en mí.
Cenizas, bien sé que tú no sabes lo que yo nunca he de saber.
¿Para qué preguntarte entonces lo que no dirás?
Porque no estarás con dios, pero tampoco oirás mi voz
ni tendrás mi imagen y palabras. Sólo al viento que te hará olvido.
¿Y dónde estás entonces solitaria? Volando y cayendo maldita amada.
Ya que allí donde fui otro, habríamos sido dos. Pero hemos sido rotos.
A tu pesar la maleza siguió magma. Y aún arde.
Y al no haberte sido tierra no te pude contener.
Ahora, ecos de cenizas en la tierra —soy tu vacuo caminante
Que al viento pide por fin suspires y sople, arrastrándote.
Mujer perfume
Por qué no escribirte ya
si simplemente ahora
no te tengo
Por qué no pensarte mía
si allí
toda una
te veo simple
Por qué no caer en sangre hermana,
en tu piel parda
en tus ojos claros
en tu mano cuna
en tu pecho llano.
Por qué no evocarte cuando duermes
para que acudas muda
a mi lecho quieta
con tez atónita
y mirada esclava.
Por qué no interpelar tu pigmeo aliento
y clamar tu nombre
en el son que esconde
y agitar los orbes
que amurallan dedos
y aventar del tiempo
lo burdo y vano.
Por qué no llamarte ahora
y atraerte toda,
a mi pensamiento fuego
y a mi pecho ciego
e interpretar la furia que nos ancla,
la que brotara del reverso lecho que aún nos llama.
Serás quizás refugio en esa orilla
de desconocida piedra y arcano misterio.