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Varias extrañas enfermedades

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Ha varios años, arrellanado sobre el periódico en lustrosa banqueta y bajo un cielo indiferente, Andonso Camino quiso aprender a fumar. Abrió la cajetilla de tabaco oscuro. Se llevó a la boca el que primero salió por uñas. Aspiró ante el fuego de un cerillo. Le dieron náuseas y la lengua se le calentó. Tiró el cigarrillo junto con el paquete.

Un nuevo intento hizo Andonso Camino semanas después. Descubrió el fuerte compañerismo del humo acariciando fantasmagórico su rostro. Lo tragó. Se mareó. Las fosas nasales se le ensuciaron. La garganta quedó obstruida. El pecho se le oprimió. Todo un placer, se dijo. Apuró el cigarro hasta la boquilla de filtro y prendió otro. Una sensación de burbujeo en el estómago acentuó la intimidad lograda entre las bocanadas y su cuerpo. Le pareció extraña la paradoja entre el humo y la luz que abría tantas posibilidades espirituales. Nostalgia y alegría, soledad y ternura, temor y esperanza, eran conjugables. Comenzó a chupar y morder el algodón que se interponía a su descubrimiento. Fue opalino, fue feliz.

Nadie le enseñó a fumar. Jugando con el aliento, la retención de respiración, los movimientos de degustación y los suspiros conscientes, aprendió a dar “el golpe”. Se sentía muy seguro del mundo al controlar la combustión. Por extensión de ese poder, pudo dominar perfectamente su voz, que fue cambiando de tono. Tomó la costumbre de enronquecerla, de impostarla. Aprendió a retar con ella, a dominar a los demás con un acento reflexivo y esa seguridad le proveyó de cuantos trabajos quiso. Fue encargado de una miscelánea, agente de ventas, administrador de un hotel y más tarde velador.

Andonso Camino trabajaba por la salida norte de su pueblo. Como vivía en el centro, fumaba dos o tres cigarros en su regreso a pie. Probó amatistas, sin filtro, y se maravilló con el dulce toque del papel arroz; sin embargo, no soportaba dos veces la avalancha de fuertes sabores, por lo que siguió prefiriendo los que le habían llevado a ser opalino.

En una ocasión compró su paquete en la tabaquería de la central camionera de la ciudad y encontró tabaco masticable. Pidió una pastilla. Desesperó abriéndola, rasgó una porción y comenzó a machacarla entre los dientes. La salivación era constante, amarga. Reconoció en esas muecas el verdadero significado de su razón de fumador. El cigarro era su alimento, en él se desvanecía, encontraba y nutría. Aquel fue el momento central que hizo adquirir una sombra épica a toda esa sucesión de datos inconexos. El fumar abarcó todo lo que era, todas las palabras de su destino.

Siguió como fumador cumpliendo años. Probó diferentes marcas. Los rubios trasgo que le picaban las encías. Los afrodita mentolados, que alternados con los arabias, de fuerte olor, eran un buen pretexto para terminar las noches. Los salamandra, de papel oscuro, con el inconveniente de su duración por ser pequeños. Probando y desechando opciones, llegó a usar pipa con tabaco de oloroso maple. Lió sus propios cigarros. Adquirió la serenidad de quien efectúa sistemáticamente la preparación de sus vicios. Nunca utilizó encendedor.

De vez en cuando conseguía vainillitas o madurados puros, como cúspide de sus ritos. Para no vulgarizar esa buena lumbre, única e instantánea en su diáfana cristalina existencia, espaciaba todo lo posible el probarlos. Entonces, su paladar se impregnaba con una fragancia balsámica.

Cual apóstol evangelizador, Andonso Camino tenía que perseguir adeptos. Era feliz regalando cigarrillos. Se apresuraba a ofrecerlos. Insistía. Hablaba de que el humo es la expresión de las ambiciones reales, una risa brumosa que da un sentido inefable por trascendente al ser. La vida era una travesía intemporal y el tabaco, la mecha que vulnera su acertijo.

Todos sus conocidos, y los amigos y familiares de sus conocidos, se convencieron. Las reuniones en el pueblo estaban rodeadas de nubes; pero fumaban cualquier tabaquillo sin criterio. El olor de los demás comenzó a disgustarle. Contaminaban la pureza de sus cantábricos que una familia española liaba de manera casera. Andonso Camino tuvo que educarlos. No descansó hasta lograr que en una reunión no hubiera otra marca de cajetilla que no fuera autorizada.

Algo seguía estando mal para Andonso Camino. Le molestaba la ausencia de marco, del color negro que destacara al blanco. Y concluyó que una pintura desbordante deja de ser pintura. Evitó a los fumadores. Se encerró para fumar. Se le veía en las banquetas, de noche. Concluyó que el humo que exhalan los otros es impuro, inmoral incluso. Fumar era una realización mística cuya profundidad no entendían los demás. No lo merecían.

Comenzó a hablar de varias extrañas enfermedades. Sacó diapositivas de enfisemas, cortes de pulmones saturados, lenguas cicatrizadas, laringes con cáncer y cambios de color de piel. Demostró con estadísticas que el cigarro producía soledad, divorcios y una nostalgia irreprimible por ver el mar. Sembró la duda por donde pudo. Se mostró como un ejemplo negativo, un antihéroe. A donde iba, tosía ostentosamente; pero las miradas de compasión y reprobación le estorbaban. La certidumbre de que, por coherencia, no puede haber fumadores profanos, le producía incomodidad.

Un día desde su ventana sorprendió a un adolescente sentado en la banqueta tratando de encender un cigarrillo. Un perro gris de orejas escurridas y patas nerviosas se detuvo a oler al niño que le ofreció el cigarro apagado. El animalillo se echó para atrás para verlo mejor, decidió tomarlo con el hocico, lo depositó cuidadosamente en el suelo y le ladró con la mar de asombro.

Vio su humo subir libre primero en una línea que se convertía en hebras que se expandían por el mundo y lo cubrían todo. Sintió nostalgia por ese pausado viaje y cansancio de su ausencia.

Por la tarde Andonso Camino compró un galón de gasolina. Entró en su casa. Se encadenó a la cama. Vació la lata sobre su pecho. Se secó las manos. Tomó un cantábrico y lo encendió. Aspiró profundamente un humo que agotaba todas las posibilidades de vida, que contenía todas las cosechas de tabaco de todos los siglos. Dicen que alcanzó a dar otra fumada.