Todavía está vivo. Lo interrogaron durante toda la noche. Le preguntaban cosas que él no sabía. A ellos no les interesaba que él respondiera. Eso era lo de menos. Era torturarlo lo que querían. Y así lo hicieron, se dejaron llevar por la impotencia y la vulnerabilidad del muchacho. ¿Quién los iba a detener? El muchacho gritó “Dios Mío por favor” ante los golpes de sus agresores. Se rieron de él y le dijeron “dile a Dios que baje del cielo a defenderte”. Les sorprendió el sol saliendo, iluminando todo el cuerpo que ellos habían marcado. Se alarmaron, la orden no era matarlo y él ya estaba casi muerto. Lo dejaron tirado en el piso. Dormía sin saber lo que le esperaba, aunque podía presentirlo. Soñaba con su madre llorando delante de su cama vacía. Él conocía muy bien a su madre y sabía que ella todavía se aferraba a la absurda esperanza de que él volvería. Él hubiera querido pararse de ese piso inmundo e irse a su casa. Él tenía que decirle a su madre que estaba vivo y confirmarle a ella que la esperanza no era absurda. No podía pararse, le dolía el cuerpo. Respiró y con fuerza de voluntad venció el dolor. Ya su madre había perdido a su marido. Ahora no lo iba a perder a él también. Ya de pie, vio que los hombres tenían la puerta cerrada, pero no trancada. La abrió y vio hacia afuera. Estaba en el campo, todo era verde.
Comenzó a correr hacia los arbustos para que no lo vieran, si estaban cerca. Estaba libre, era verdad que iba a poder volver a su madre. Corría con todas sus fuerzas. La última vez que corrió así fue cuando supo que su padre estaba muerto. Su madre lo agarró por los hombros y le dijo “tu padre murió en un accidente, a dos calles de aquí, no lo vayas a ver”, pero él no pudo resistir el impulso de verlo. Era sólo un niño no se sabía controlar. Vio el cadáver apenas reconocible, sabía que un accidente no podía haberlo desfigurado así. A su padre lo mataron. Y él tenía que vengarlo.
Él corrió y corrió sin ver señales de que se acercaba a un pueblo. A pesar de eso no se detuvo, no titubeo, siguió adelante. Como también él seguiría adelante buscando al culpable. Nunca le perdonó a su madre cerrar el féretro para que nadie viera las marcas visibles de puños y palos. “Madre, no”, dijo él, todos tienen que saber qué fue lo que pasó. Ella desesperada le dijo “cállate, si sigues con eso me matan a mí también”. Se calmó en apariencia, interiormente se prometió a sí mismo buscar al culpable. Aunque no lo dijera, su madre sabia que esa era su intención y le rezaba a Dios pidiéndole que el hijo que esperaba no fuera tan terco como éste.
Seguía corriendo, veía manchas. Creía que estaba alucinando, pero las manchas se movían, eran personas y se veían casas. Llegó al pueblo. Creía que estaba a salvo, pero dudó, le parecía muy extraño que le hubieran dejado la puerta abierta y que lo dejaran correr.
Él siempre dudaba, también puso en duda a su tío cuando lo vio tan frío en el funeral de su padre. Nunca confió en él. Totalmente diferente era su hermano, quien quería a su tío como a un padre. Hasta llegó a unirse al ejército para ser militar igual que él.
Los del pueblo vieron al muchacho herido corriendo en dirección a ellos y se escondieron en sus casas. Cerraron hasta las ventanas. El muchacho tocó las puertas en balde. “Por lo menos díganme en donde estoy”, gritaba. Nadie respondía. Tenía razón en desconfiar. Pero alguien le iba a responder. Tocó todas las puertas. Cuando tocó la última y no obtuvo respuesta se dio cuenta de que había perdido mucho tiempo y de que podían estarlo buscando.
Siguió adelante corriendo, adelante había otras personas que sí responderían sus preguntas.
Él siempre tenía preguntas. Irritaba a su hermano preguntándole por qué se unía al ejército. La respuesta del hermano fue “ese es el mejor camino”. Y él, no satisfecho con la respuesta, le decía “¿Cómo tu sabes que ese es el mejor camino si no conoces los otros? Y peor todavía no sabes lo que significa ser militar, ¿cómo vas a vivir siguiendo órdenes sin cuestionarlas, sin saber por qué ni para qué haces las cosas?”. El hermano menor respondía “A mí eso no me incomoda, no soy un necio como tú”. El hermano mayor replicaba “Eso crees tú, que no te va a incomodar”. La respuesta del hermano menor fue “No lo creo, lo sé, hermano, lo sé”.
Comenzó a oír un ruido, sería otro pueblo o sería un río. No, era el ruido de la motocicleta. Creía que iba a poder rebasar a la motocicleta y por eso corrió con todas sus fuerzas. Lo atraparon y como se resistió tanto, lo golpearon en la cabeza. Quedó inconsciente.
Cuando se despertó estaba amarrado en una silla. Pensaba en su madre desconsolada llorando por él. Pensaba en sus libros prohibidos escondidos en su cuarto. Pensaba en todo lo que había escrito. Pensaba sin arrepentirse de lo que hizo. Se sentía miserable con haber nacido en esta época y en este país, tuvo que velar a su padre sin saber quién lo había matado. Le tranquilizaba saber que no le habían preguntado ni por los libros ni por los artículos. Tal vez no supieran que él los había escrito. Pensaba en que como quiera lo podían matar. Lo culpaban por poner una bomba. Lo interrogaron anoche como si estuvieran seguros de que él fuera el responsable.
Abrieron la puerta, un hombre le mostró sus escritos y sus libros. Ahora le preguntaba “¿Esto es tuyo?”. El muchacho respondió sin titubeos, “Sí, es mío”, sabiendo que la respuesta le iba a costar la vida. Salió el hombre y entró otro. El primero decía “Mira aquí la evidencia, gente como él son los que no dejan al país progresar, son gente subversiva, gente que lee cosas que no debe y pone bombas. La prueba definitiva es que hoy por la mañana lo encontramos huyendo, quien es inocente no tiene por qué huir. Dispárele”. El segundo hombre le disparó al muchacho en la cabeza. Lo último que pensó fue en su madre llorando por él. Después de dispararle el segundo hombre dijo “todo sea por el progreso del país aunque para eso tenga que morir mi hermano”.