Artículos y reportajes
Literatura brasileña en el contexto de las letras hispanoamericanas

Comparte este contenido con tus amigos

Permítaseme iniciar este artículo con un relato anecdótico.

Hace unos meses, buscando documentación para elaborar un trabajo sobre la novela Doña Flor y sus dos maridos, anduve por todas las librerías que conozco en Santo Domingo. Me pareció increíble que desde la zona colonial hasta el polígono central no pudiera aparecer ningún libro (no exagero) de autor brasileño o sobre literatura brasileña. Frustrado, al final, pedí entrevistarme con el gerente de la distribuidora bibliográfica más grande del país y pedirle una explicación al respecto.

—Señor —le dije—, ¿cómo es posible que los libreros nacionales, sabiendo que este año la Feria Internacional del Libro estaría dedicada a Brasil, no previeran una situación como esta?

—Bueno —me respondió—, lo que sucede es que nosotros no podemos invertir en una mercancía por eventualidades. Nosotros compramos lo que tiene salida diaria.

Es innegable que el mercantilismo puro es un gran responsable del desconocimiento mutuo de nuestras literaturas. Sin embargo, además de este inobjetable motivo, parece que la indiferencia nuestra hacia la literatura brasileña va más allá de lo estrictamente comercial. Parece tener, según algunos estudiosos del tema, un origen de marginación social.

En un ensayo publicado por la Universidad Estatal Paulista-Assis (Sao Paulo, Brasil) titulado “Crítica literaria e integración latinoamericana”, encontramos que entre “los virreinatos de la Nueva España y del Río de la Plata... el portugués, siempre asociado con el judío... se ocupaba del comercio a gran escala, cuando no, como en el caso de la capital del Río de la Plata, al contrabando con Brasil”... y “en ambas ciudades (se refiere a las capitales de los mencionados virreinatos, sc) la colonia portuguesa constituía una especie de gueto”.

Es muy probable entonces que la asociación con elementos portugueses fuera considerada como un lastre por escritores de países hispanoamericanos durante la colonia y que esta práctica se haya hecho tradición durante el proceso de formación y desarrollo de las nuevas naciones. Como un indicio de ello y refiriéndose al caso específico de Borges, encontramos lo siguiente en el texto antes mencionado: “El escritor argentino tenía dos apellidos que revelaban su ascendencia portuguesa, Acevedo y Borges... Aun así, al abordar su biografía familiar en muchas partes de su obra, se detiene a desmenuzar detalladamente su origen inglés... Sobre el origen lusitano implícito en sus apellidos, nada, lo que no deja de ser notable en un escritor que orgulloso de su origen criollo, de la ‘argentinidad’ de su familia, en muchas ocasiones se refirió a la historia de la misma, señalándola como un dato fundamental para la comprensión de su obra”.

Sea por una razón o por la otra, con honestidad debemos reconocer que la gran mayoría de los escritores hispanoamericanos desconocemos a fondo la producción del intelecto brasileño, que puede ser uno de nuestros mejores referentes para crear.

Porque, ¿qué es la obra literaria sino la recreación de nuestro entorno social, cultural y geográfico en el pasado, presente y futuro? Y en ese tenor, ¿tenemos en el mundo otro país con más cantidad de recursos que Brasil en estos renglones? No lo creo. Pero aunque esto sea posible, debemos tener allí una gran cantidad de escritores haciendo honor a su vastedad territorial, a sus orígenes pecaminosos y sagrados, a su evolución social y, sobre todo, a su proyección e incidencia en la vida del futuro, no sólo en el contexto latinoamericano, sino de toda la humanidad.

De esto nos habla el crítico y poeta brasileño Iván Junqueira:

La literatura brasileña es una literatura muy rica a causa de las vertientes que se cultivan: porque existe una literatura regional de buena calidad, uno de nuestros mayores escritores, Rosa, es regionalista, pero es un regionalista en el sentido de León Tolstoi, “si quieres ser mundial escribe sobre tu aldea”, es como Juan Rulfo —un hombre terriblemente regional y terriblemente internacional que ha sido traducido en casi todas las lenguas del mundo occidental— esta vertiente regionalista está muy presente sobre todo en el Sur y hay también una literatura urbana muy fuerte, concentrada sobre todo en Sao Paulo y Río.

Pero antes de esta pujante literatura de que nos habla Junqueira (donde descuellan nombres como, además de Guimarães Rosa, Duda Machado, Manuel de Barros, Érico Veríssimo y Rubem Fonseca, por mencionar sólo un par de poetas y uno de narradores) los hispanohablantes de Latinoamérica ya nos habíamos hecho de la vista gorda ante la rica cantera que constituye la obra literaria de de sus más prestigiosos escritores, comenzando por Machado de Assis, pasando por Mateus de Lima hasta caer en los Mauro de Vasconcelos, Jorge de Lima, Cecilia Meireles, Joao Cabral de Melo Neto o un Jorge Amado.

Dada esta situación de dejadez, manifiesta a través de la historia de nuestros pueblos, han pasado inadvertidos dos fenómenos que, deduzco, pudieron haber cambiado el panorama actual de ambas literaturas. Me refiero a la aparición en el siglo XVII de Gregorio de Mattos en Brasil y Rubén Darío, en el siglo XIX, en el mundo hispano.

Del primero podemos decir que pudo haber cambiado el curso de la poesía americana, si sus composiciones hubiesen traspasado las fronteras del gran país suramericano. Llegamos a esta conclusión porque mientras (primer caso) en los países colonizados por España la producción poética se hacía, para aquellos tiempos, dentro del marco de las coplas y las espinelas, ya la poesía brasileña —cuyo mayor representante era el poeta Mattos— había desarrollado “un gusto por los juegos visuales, y por pequeñas innovaciones y, sobre todo, apreció las múltiples posibilidades de lectura”.* Es decir, se estaba manifestando un divorcio conceptual entre los cánones tradicionales y los emergentes, por lo menos en lo que concierne a la forma de presentar la poesía. ¿Cuál hubiera sido el impacto de esa revolución en las letras hispanoamericanas, de haber existido un intercambio estrecho y constante entre ambas literaturas? No me atrevo a aventurarme con juicios subjetivos pero definitivamente tenemos que concluir en que otro hubiese sido el derrotero que siguieron nuestras letras.

De forma inversa tenemos el caso del primer gran movimiento americano que influye en las letras universales, y su máximo representante. Mientras Darío causaba furor en el mundo de las letras del mundo occidental, en la penúltima década del siglo XIX, rompiendo la camisa de fuerza que imponían los patrones clásicos, no es sino hasta la tercera del siglo XX, bajo el empuje entusiasta de Oswald y Mario de Andrade que la poesía brasileña se libera de las estructuras tradicionales.

¿Cómo es posible que se haya mantenido tan gran divorcio entre las literaturas brasileña e hispanoamericana, si éstas —a través de sus lenguas matrices— mantuvieron un estrecho diálogo cuando “juglares y trovadores... distribuían el polen de la poesía por la geografía ibérica”?**

¿Cómo se concibe que nos interesemos en buscar libros de autores australianos, sólo porque un surafricano que se mudó para Australia ganó el Nobel hace algunos años, y no podamos encontrar un ejemplar de alguna obra de un país con el cual compartimos la misma zona geográfica, los mismos orígenes étnicos y el mismo tronco lingüístico?

¿Por qué no hacemos un mayor esfuerzo para incentivar los diálogos interlingüísticos entre nuestros escritores (como aquel ejemplarizante que sostuvieron Haroldo de Campos y Octavio Paz) a través del interés que demostraron recíprocamente por dar a conocer, en sus respectivos ambientes literarios, algunas luminosidades, el uno del otro?

Seguro que dos grandes razones para responder a estas preguntas son las enunciadas al inicio de este brevísimo trabajo. Incuestionablemente que hay más. Pero eso no debe ser óbice para que volvamos a nuestros orígenes socioculturales y rescatemos los beneficios de la diversidad, desechando el perjuicio que nos trae la diferenciación; para que retomemos el ejemplar acierto de aquel par de Luis (Camões y Góngora) que en los albores de nuestras lenguas no sólo produjeron obras en ambos idiomas sino que, uno de ellos, el gran español, aprovechó la obra cumbre del otro (Os Lusìadas) para, rindiéndole pleitesía, componer la primera obra que se imprimió de él.

Es algo que nuestros pueblos, dada la trayectoria que se sigue en el desarrollo de una nueva sociedad, no solamente se merecen sino que deben hacerlo impostergable.

* “Acerca de la poesía visual brasileña”. Cuadernos americanos 495, Madrid”. (Recogido en el libro Mar Abierto de Horácio Costa).

** “El centro está en todas partes”. Fundación Memorial de América Latina, Sao Paulo, Brasil. (Ídem).