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Alejandro ZambraUna historia liviana que se pone pesada: las novelas de Alejandro Zambra

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Se habla mucho ahora del post-boom; quizás hemos entrado ya en el post-post-boom. Sin importar en qué grupo colocarla, en Chile al año pasado me topé con una voz original, chilena y sobre todo renovadora. Claro que no las encontré en la universidad, ya faltará tiempo para eso, pero las novelas de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) se leen, se leen sobre todo por los jóvenes.

Invitado al encuentro Bogotá 39, donde se reunían los mejores escritores latinoamericanos con menos de 39 años de edad, Zambra ahora enseña literatura en varios universidades de Santiago. Ha sido premiado como poeta, y su obra en prosa lleva los rasgos de un poeta chileno. Tiene dos novelas, Bonsái (2006) y La vida privada de los árboles (2007), ambas editadas por Jorge Herralde en Anagrama, que siguen siendo premiadas y traducidas en varios lugares del mundo.

Las novelas no han sido recibidas con bendición total: la más larga de ellas apenas tiene cien páginas, lo que ya pone en cuestión lo que puede ser una novela chilena, pero la polémica se ha producido por lo inesperado que es el camino novelesco elegido por Zambra.

En un país dicho de poetas, la narrativa en Chile persiste y ha tenido su influencia. Desde José Donoso, el chileno grande del boom, han pasado a las estrellas de McOndo y la Nueva Narrativa Chilena, Alberto Fuguet y Gonzalo Contreras, para llegar a Roberto Bolaño, sombra imponente sobre toda la literatura latinoamericana (y con razón). Si hablamos en términos generales, todos esos magnates escriben (o escribían) historias elaboradas, seguras, llenas de trama. Entra Zambra. Se declara a sí mismo un lector infrecuente de narradores chilenos, y en su prosa uno descubre aficiones por la poesía chilena y las novelas norteamericanas de los años 80 y 90.

“La vida privada de los árboles”, de Alejandro ZambraEl fervor que ha suscitado Zambra queda quizás en que su estética, que es tan variada como la de sus predecesores dentro del ámbito chileno. Me comentó en un taller de cuento el escritor Gonzalo Contreras que los chilenos sufren una crisis de identidad que se muestra en la literatura; dijo que mientras un escritor argentino, por ejemplo, da y siempre ha dado nombre a la calle donde pasa su trama, el chileno opta por una calle anónima. Por verdadero o falso que sea, Zambra no duda en nombrar a lugares centrales en la vida santiaguina de hoy: pone a sus protagonistas en cafés en Providencia, departamentos de la Plaza Italia o les asienta en bancos el Parque Forestal. Lo hace con una naturalidad ajena a la escenificación de Fuguet en Mala onda, por ejemplo, donde los lugares nombrados lo son por razones demostrables.

Según sus propias palabras, las novelas de Zambra son novelas condensadas; tenemos la impresión de que son semillas a las que hay que echar agua y dejar crecer para sacar todo lo que hay adentro. Subraya su vocación de poeta en la manera en que, como diría Roman Jakobson, pone énfasis sobre la textura del medio en que trabaja. Vemos todo el andamiaje de la obra; de hecho este andamiaje es central a un entendimiento profundo de la estética de Zambra.

Zambra trabaja la noción de arte en miniatura. Como el título de su primera novela, sus textos son como bonsáis. Son árboles atrofiados por el autor, donde las ramas que llevan al lector a otra historia son cortadas, donde hasta los detalles más íntimos de los personajes son datos arbitrarios, como si el autor dudara entre cortar ramitas del arbolito, quedando sin una razón discernible:

Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura.

Así empieza Bonsái, la historia de Julio, un hombre acercándose rápidamente a la edad media sin haber cumplido nada. Retrata el amor entre Julio y Emilia, un amor torpe y hecho de malentendidos. Cuando a Julio un escritor establecido le propone tipografiar la novela que ha escrito a mano, Julio le pide demasiado dinero y el escritor se niega. De ahí Julio pasa a escribir la novela que justamente se le escapó de las manos, la novela que él va a imaginar. Cuando se entera de la muerte de Emilia, su amor de juventud, se dedica a cultivar el bonsái en su honor.

Con el personaje de Julio en Bonsái, y Julián en La vida privada..., Zambra muestra su identificación generacional. Nacido en 1975, creció bajo la dictadura de Pinochet y, para volver a términos generales, forma parte de una clase media que no sufrieron tanto como otros bajo la dictadura y no notaron grandes cambios en sus vidas cuando se acabó. Julio, por ejemplo, es un hombre pedestre y gris que sin embargo en algún momento había creído mucho en el poder transformativo de la literatura; es esa mezcla imperdonable entre vida y literatura que asegura el vacío de su vida.

“Bonsái”, de Alejandro ZambraLa desilusión, o quizás una desconfianza hacia la literatura, vino después. Con el fracaso de su amor con Emilia fracasó en gran parte también el encanto literario en la vida de Julio. Emilia y Julio son personajes que habían construido sus vidas, y más concretamente su relación sobre objetos literarios. Se mienten recíprocamente sobre el hecho de haber leído En busca del tiempo perdido de Proust, y se asustan con la lección de “Tantalia”, el cuento de Macedonio que quizás es el lugar donde nació lo que ahora en Hollywood es el cliché del “love plant”.

La maestría de la prosa de Zambra es que su estilo encapsula esa desconfianza. Su misma narración implica un malestar narrativo, donde todo se presenta como simulacro caído en pedazos y donde el narrador siempre está explícitamente cuidando que el lector quede en el buen camino, o sea el camino elegido por el autor, el de la historia de Julio.

Quedamos con la imagen de un hombre solo, cuidando un bonsái en una pieza cerrada mientras el resto de su vida ya se ha derrumbado. El arte no es la narración ni la trama, sino algo más orgánico, como un árbol. Así son las relaciones, parece decir Zambra, organismos vivos y delicados que hay que saber cuidar y elevar: en contra de Bolaño, ya no basta con literatura.

 

Bibliografía