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Alighieri

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“Y la blanca nieve caía sin viento”.

Cavalcanti

Él no veía el cristal junto a las cortinas de cenefas de espigas, pero en su superficie, flotaba el reflejo de su rostro. Sus ojos grandes y expresivos, sus orejas bulbosas, su cabello negro cortado casi al rape. Al fondo, más allá de su imagen reflejada en el ventanal, la tarde caía con el ímpetu de un telón de amarillo crudo en el que flotaban los últimos pájaros. Ahora, estaba sentado en un amplio sofá de cuero, con la mirada perdida en un punto impreciso de la sala. Pensaba en Beatrice, en la última tarde en la que estuvieron juntos. Hoy, de nuevo, la esperaba.

Detuvo la mirada en el portarretrato que escoltaba una pequeña mesa de nogal, en un rincón de la sala. La foto incluía la imagen de Beatrice, todavía casi una niña y, a un lado, sin tocarla, la actitud impasible y altiva de su hermana Flavia, quien ahora mismo debía estar en algún lugar, internada en un centro de desintoxicación, escapando del vértigo de sí misma.

Miraba las fotos. Sintió algo parecido a una descarga eléctrica en su columna. Un principio de agonía. Sabía por qué.

¿Y cómo estuvo el coloquio?, preguntó arrastrando las palabras el papá de Beatrice, al tiempo que se abanicaba con el periódico en un mueble contiguo. Supe que estuviste en uno.

Seguía atado a la imagen de esa foto. No escuchó.

¿Ah?

El coloquio, que cómo estuvo el coloquio, repitió el otro, mirándole por encima de los lentes de doble foco.

Asintió con un automatismo y después hizo un gesto de indiferencia apenas perceptible que, luego, corrigió con un movimiento de hombros. Se trataba de un congreso de helenistas y poetas latinos.

Estuvo bien. Aburrido, en todo caso.

El papá de Beatrice asintió en un gesto triste y significativo.

Me imagino.

Había sido el director del instituto de investigaciones donde trabajaba desde su época de estudiante becario. En una forma confusa, exasperante, incómoda, había sido su mentor. Un maestro frío, elegante, muchas veces displicente. En la práctica, ahora tenía el legado de sus investigaciones que, en un virtuoso anonimato, habían significado algo importante en el reducido medio de los estudios humanistas. Se suponía que acabaría por casarse con su hija Beatrice.

Los dos permanecieron callados. Una paloma pasó junto al ventanal y ambos la vieron. El hombre simuló una tos breve, espasmódica, y después consultó con seriedad su reloj. Marcaba las seis y diez. Él recordó el último encuentro con Beatrice, en el carro, la tarde anterior. Era la misma sensación de crispación y desencuentro, el mismo aliento de derrota. Beatrice, con la mirada fija en el interior de su cartera. Su gesto inexpresivo. Le preguntó en qué pensaba. En nada, respondió ella, encogiéndose de hombros, dejando caer el peso de su mirada en un breve silencio. Algo tienes que estar pensando, insistió él, sabiendo que dibujaba una sonrisa falsamente benévola. Beatrice dejó el bolso y miró fijo al horizonte. Pensaba en la nada, respondió, con la mueca de una sonrisa.

El papá de Beatrice siguió con atención el movimiento del hombre.

¿Seguro que no te quieres tomar algo?, insistió, de buena fe.

El hombre lo miró, con extrañeza. No había escuchado. Su rostro reflejaba exactamente el rostro de quien no ha escuchado. No deseaba estar allí. Imágenes cada vez más confusas, inconexas, se juntaban en un lugar de su cerebro donde latía blandamente un órgano tierno y confuso. Un objeto rojo y viscoso.

Te pregunté, dijo el papá de Beatrice, en un tono de voz más alto, con aburrimiento, si no te quieres tomar algo.

El hombre negó con la cabeza.

Pues yo sí, comentó el viejo, levantándose con un pesado movimiento de su sillón. Me pienso servir un whisky. En tu lugar, también me tomaría uno: Beatrice es lenta. Todavía va a tardar.

Él pensaba en ello todo el tiempo. Casi a diario. Él lo supo, ¿verdad?, recordó que decía, que preguntaba la tarde anterior, con la mirada fija en el camino. No la veía en ese momento, pero sentía el modo como Beatrice se agitaba en un gesto de intensa reprobación, de un violento rechazo. Déjalo así, ¿quieres?, respondió ella, con fingida pereza. Entonces ella había estirado su mano hasta la consola del carro y tomó un cigarrillo al tiempo que hacía presión sobre el encendedor del tablero. Él miró sus manos y constató una vez más que ya no eran las mismas. El tiempo transcurría, el tiempo era una máquina repetitiva. Sus manos eran manos de mujer joven que ya comenzaba a estar marchita. Algo en ellas hacía pensar que también estaban tristes.

Está bien, había dicho él, retractándose. No, no está bien, respondía ella, al tiempo que le miraba con un intenso gesto de reproche. Nunca va a estar bien. Él comprendió. Pero ya era tarde. Venía algo. Entonces dijo: pasó, eso pasó. Lo que pasó no se puede cambiar nunca más, ¿sabes? El encendedor del carro hizo un sonido seco, en señal de estar listo. Ella lo tomó y, con movimientos nerviosos, encendió el cigarrillo.

Ahora, sentado en la sala, recordaba. El rostro del hombre se congestionó. Sus ojos se hicieron más grandes, sus labios dibujaron un gesto de contrariedad.

Siempre es así, continuó el papá de Beatrice, ya de pie, hablándose a sí mismo, se demora una eternidad. Es el acicalamiento, pienso yo. Un vestigio de remotos hábitos de especie. Peinarse el cabello, corregir un mechón. Repasar el contorno de la pintura de labios. Ni siquiera es su culpa. Es culpa de las aves, de la herencia que nos dejaron las aves en esa escalera que es la evolución natural.

El hombre sonrió. Era un comentario típico del papá de Beatrice. Típico de una época en la que había sido otro, un hombre brillante, antes de tener que ver su cerebro caído en la desgracia de la decadencia. Dio una mirada a la sala: miró un pequeño adorno de porcelana sobre la mesa, después, un cuadro de inspiración gótica. Sin propósito, sin ánimo, detalló la mesa telefonera que soportaba la figura de un teléfono de disco, con una bocina cuyo mango era de falso marfil y que, en conjunto, parecía imitar una campana. Un leve pero definido latido de pudor le hacía sentir que existía algo desequilibrado en esa escena en la que él se convertía en un observador impasible, arrellanado en un mueble de la sala de esa casa. Pensó que a su manera él era un sátiro, un seductor alimentado por la cómplice obscenidad de algún demiurgo alado, rojo, de rostro caprino. Dedujo que los dioses sórdidos de un infierno complaciente y hecho a la medida le sonreían en un gesto de ostentosa camaradería. Observó una de las paredes donde colgaba una imitación de Claudel enmarcado entre volutas de falso esplendor y lo reconoció vagamente en la distancia del tiempo, en los artificios de la memoria.

Era la misma casa que conoció años atrás, cuando comenzó a recorrer la biblioteca del papá de Beatrice, en una época en la que todo era, todavía, un descubrimiento. La casa que siguió frecuentando después, cuando siendo parte del instituto se reunían noches enteras y hablaban de Dante Alighieri, de Horacio, de los temas que traía una remota nostalgia de papeles antiguos y, juntos, compilaban un libro de poetas latinos en edición anotada que ahora debía ser una reliquia en los estantes de una que otra biblioteca vacía, una carta de felicitación de parte de un oscuro profesor de la Universidad de Uppsala. Un tiempo en el que todo brillaba, en el que Beatrice comenzó a aparecer en los pasillos umbríos y el comprendió que era natural que comenzase una historia a su lado, en el que el papá de Beatrice no había sucumbido a un derrame cerebral que menguó para siempre algo del fulgor de sus pensamientos, en el que comenzó a ser parte de la familia de un modo que no habría podido imaginar. Ese tiempo, ahora, era sólo un artículo escrito en pasado.

No puedes parar, ¿verdad?, había dicho ella. Siempre tienes que estar pegado en todo eso. Revolcándote en eso, había dicho, todavía con la boca llena de la primera bocanada de humo tórpido. Él había intentado replicar. La voz de ella se superpuso. Habló. Le dijo lo que, de todos modos, él ya sabía. Él cerró un poco los ojos. Sintió un salto de aire en la mitad del pecho. Claro que lo supo. Todo el mundo lo supo. Papá lo supo. ¿Cómo esperabas tú que nadie se enterara? Dime, había insistido ella, girándose en su asiento hasta quedar de cara a él, dime cómo esperabas que nadie lo supiese. Por supuesto que lo supieron. Por supuesto que se me jodió la vida.

Estalló en llanto.

Había intentado decir algo. Había escuchado su propia voz haciéndolo. Cuando volteó a verla, descubrió que ella se perdía en una mueca de dolor y rabia que transformó su rostro en una máscara brutal. Sintió que debía parar. Desaceleró lentamente. A unos cuantos metros distinguió un pequeño recodo entre la planicie. A lo lejos, un camión de cerveza que avanzaba en sentido contrario les hizo un cambio de luces que parecieron los movimientos de un pestañear cansado, un paquidermo exhausto. Él estacionó por completo, llevó la palanca a parking y se derrumbó pesadamente sobre el volante. Al levantar la mirada, el camión de cerveza pasó junto a ellos con su pereza de animal retórico y les tocó un largo, lastimero cornetazo. A los lados llevaba estampado el cuerpo flexible de tres o cuatro rubias de senos poderosos y apuntalados.

Ahora, recordando ese episodio, sentado en esa sala que comenzaba a oscurecer, sintió que el rol en esa comedia de confusiones en la que se había convertido todo era, apenas, una parodia insulsa que no valía representar ni un momento más. Tuvo la necesidad de hablar, de romper con todo. En su lugar, se decidió por un comentario circunstancial.

¿Y qué pasó con el retrato de Beatrice?, preguntó, como el primer recurso por salirle al paso a la pesada sensación de malestar. Estaba seguro de que había visto ese retrato en una esquina, un poco más allá de la telefonera, junto a la imagen de pose de su hermana mayor.

Ella misma lo quitó. Decía que no le gustaba, respondió el otro, sirviéndose un trago, ¿seguro que no gustas?

No. ¿Y por qué lo quitó?

El papá de Beatrice se encogió de hombros y ese gesto, pensó el hombre, con dolor, le hacía parecer mucho más indefenso, le hacía verse mucho más desgastado por los años. En cierta forma, era como si vestir con la misma sobriedad de otras épocas llevase implícito un remedo paródico de lo que alguna vez fue. Zapatos de suela pulidos, camisa de manga larga. La camisa, sin embargo, dejaba ver una mancha, posiblemente del almuerzo, en la que nadie (ni él mismo, antes tan pulcro) había podido reparar. Como la casa, una antigua mansión descascarada, todo comenzaba a verse abrazado por la desidia y el polvo. Un día cercano, tal vez, todo sería arrasado por una nube mortecina de polvo y olvido.

Afuera, más allá de la ventana de la sala, una sombrilla de metal con franjas blancas y azul pálido hacía una inclinación desfallecida que le daba una cierta propiedad de palmera. Atrás, podía observarse el borde de la piscina, el desplazamiento monótono de las hojas en el agua rancia. Pensó, en un mero acto comparativo, una pirueta estética, que esa piscina fue años atrás el lugar más encantador de esa casa. Pudo recordar su espectro, vestido con un traje de baño de colores intensos, con una barba profusa, sentado en el borde, conversando con otros invitados en una época en la que el papá de Beatrice se divertía siendo el anfitrión de fiestas refinadas y pomposas a la orilla del agua.

El papá de Beatrice le siguió la mirada.

Está sucia, dijo. Tengo que hacer que la limpien.

Sí. Lo está.

Él buscó los ojos del viejo. Por un instante, sintió el deseo de preguntarle, honesta, francamente: ¿No me vas a decir nada? ¿No me vas a preguntar por qué hice esta locura, esta estupidez? Lenta, fatigadamente, sintió un deseo profundo de pedirle perdón, de rogarle que disculpase toda esa comedia absurda repleta de confusiones y paroxismos; un campo surcado por lo que tal vez podrían ser los descalabros de la locura. Deseó con fuerza poder decirle a ese hombre que ahora estaba de pie frente a él que lo sentía, aunque seguramente no existiese ya nada que él pudiese remediar. Pero sintió que una densa prohibición se asentaba sobre sus pensamientos con el mismo moroso abandono de las hojas sobre el agua de la piscina. Esa prohibición era algo mucho peor que el miedo, o la vergüenza; superaba todo definido porque se soportaba sobre la constatación pavorosa de la inutilidad de las frases hechas.

Ahora, él sabía que existen momentos en los que lo imposible se revela como una posibilidad absoluta, cierta, ante los que apenas es preciso realizar un leve movimiento de posesión y conquista. Uno de esos momentos ocurrió junto a Flavia, la hermana de Beatrice, años atrás, durante una fiesta junto a la piscina. Fue así: él miraba las ondas concéntricas del agua y pensó que estaba mareado. Se levantó, caminó hasta el ventanal de la casa, recorrió el pasillo interno, se reflejó contra el vidrio de enmarcado rococó del pasillo (barba profusa, traje de baño verde) y abrió la puerta del baño. Allí estaba Flavia, de pie frente al espejo, pintándose los labios. Miró sus ojos grises reflejados en el espejo. Captó un brillo. Entonces ocurrió un aletazo y todo se hizo negro. Él tomó la fragilidad de su muñeca y la guió hasta el latido que mantenía su sexo bajo el traje de baño. Cerró los ojos. Un instante después, sintió sus labios recién pintados en una succión púdica y discontinua. Un arrebato. La imagen del cabello de ella estrellándose contra la pared, un gemido ahogado, la sensación milenaria, el grito de las cavernas.

Volvió en sí minutos después, cuando regresó a la piscina y pudo ver, entre las palmeras y los helechos, la llegada de otros invitados de la facultad. Alguien comentó del calor. Vio salir a Flavia por la puerta del jardín, imperturbable, rumbo a un mustang color naranja que la esperaba. Volvió a poseerla tres, veinte veces en una rotación vertiginosa de habitaciones alquiladas, en el silencio cómplice de la misma sala donde justo ahora miraba al papá de Beatrice hacer el esfuerzo de servirse un trago de whisky sin derramarlo.

Era sólo ahora, después de su última sobredosis, que ella había decidido contarlo todo.

El papá de Beatrice caminó hasta una poltrona en la que reposaba un gato adormilado. Hablaba, no había dejado de hablar. Intentó escuchar.

Entonces pensé que posiblemente tú podrías ayudarme. Ese soneto de Cavalcanti, ¿lo recuerdas?

¿Cuál?

Biltà di donna... recitó, dubitativamente.

Él recordó y con un tono mecánico recitó dos versos completos:

Biltà di donna e di saccente core
E cavalieri armati che sien genti;
Cantar d’augelli e ragionar d’amore;
Adorni legni’n mar forte correnti;

Aria serena quand’appar l’albore
E bianca neve scender senza venti;
Rivera d’acqua e prato d’ogni fiore;
Oro, argento, azzuro ‘n ornamenti

El papá de Beatrice escuchó serena, acompasadamente la secuencia del soneto, siguiendo las frases con el movimiento de su gordo y sonrosado dedo índice. Después, con un gesto de puro deleite, repitió: “E bianca neve scender senza venti”.

Hermoso, ¿no?

Sí, es hermoso.

¿Y cómo es la variante de Alighieri?

“Come di neve in alpe sanza vento”, citó de memoria, casi sin pensarlo.

Exacto, comentó emocionado el papá de Beatrice. Déjame recordar. Sí. Eso. Infierno, ¿no?

Él le concedió una sonrisa. Era correcto: Infierno, XIV, 30. Alighieri (pensó con un cuidado sentido del dramatismo), ¿qué Virgilio te acompaña más allá de la negra Estigia?

Antes, años atrás, solía imaginar su propia vida como una sucesión de imágenes, de rápidos trazos que se articulaban en un lienzo y que por un azar incomprensible, todos esos trazos guardaban una precisa simetría, un alucinado principio de orden y continuidad. Ahora, desde hacía unos meses, comenzaba a sospechar que esa imaginación era un recurso falso, una maroma con la que intentaba ocultar un desorden más esencial, un vacío desganado y bochornoso que jamás había dejado de latir en su interior.

La tarde anterior lo había comprendido así cuando triste, agotado, fijó sus ojos sobre Beatrice. Detalló el contorno de su rostro, la palidez de sus brazos, la seriedad de sus manos pálidas, el desencanto de su figura que poco a poco comenzaría a diluirse también en el desgaste inexorable del tiempo, en la cálida amargura de las renuncias, de las postergaciones. Sintió que difícilmente podría existir un Dios. Sintió que apenas una delgada capa de cinismo y desidia podía preservar el peso de las almas.

Ah, aquellos tiempos, dijo el papá de Beatrice, acariciando con un temblor el frío vórtice de su vaso.

Alerta, desolado, él escuchó un taconeo discontinuo. La puerta de la sala se abrió, pero un instante antes de ver aparecer otra vez su cuerpo, de mirarla, de sentir esa sensación agobiante de remordimiento, de desolación y tormento, le alcanzó el tiempo para preguntarse por qué estaba allí, por qué repetía una vez más ese ceremonial viciado por el absurdo, por el desaliento.

La respuesta también estaba escondida en la conversación del día anterior. Él la había mirado y había notado algo en ella. Había notado que Beatrice volteaba y le miraba con un lento, un fascinante batir de sus pestañas. Ahora, sentado en el sofá de esa sala, recordaba lo que había pensando. Pensó que la respiración de Beatrice crecía con la fuerza de un objeto vivo. Sintió, precisamente, que ella era algo vivo, lo único vivo que podría rescatar de una vida que poco a poco se extinguía en la vacuidad de un ardor detrás del cual no existía nada más que un rastro de cenizas.

Era justo lo que creía entender la tarde anterior, cuando después de sus gritos, de sus reproches, ella terminó dejándose caer a su lado y despacio, casi en un susurro, le pidió que le sacara de allí, que la llevase a un hotel, que le hiciese olvidarlo todo.

Ahora, la imagen de Beatrice apareció, completa, estrellándose una y otra vez contra la infinidad de reflejos que producían los espejos de la sala.

Bien, se acabó. A salir, dijo, a la vez que caminaba hasta la puerta, mal humorada, ajustado el peso de su bolso sobre el hombro.

Él se levantó. Creyó hacerlo. El papá de Beatrice seguía con la mirada perdida, pensando en una estrofa que, quizá, ya no significaría casi nada. Pensó por un instante que su cuerpo cargaba sobre sí todo el peso del mundo. Beatrice permanecía junto a la puerta, en el acto de mirar sus uñas. El gesto de levantarse del sofá se prolongaba. No parecía acabar nunca. Fascinado, lúcido, se preguntó cuánto podría durar tanta irrealidad.