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Tlakaelel el niño tlaloke 1.0

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¿Sabes mi niño hermoso que hay un tlaloke muy especial, que desde la antigüedad labora para nuestro gran señor Tlalok? Te pregunto a sabiendas que lo sabes bien a bien. Sonríes dulcemente y con tu voz de nube me dices que no. Aunque sé que estás mintiendo sigo con mi cuento. ¿No?, te digo sorprendido, entonces te voy a contar. Este tlaloke es uno de los niños de la lluvia más inquietos que se pueda recordar. Tiene los ojos redondos y la piel blanca, así como tú. En uno de los libros de nuestros abuelos hay varias ilustraciones de él. Se le ve rompiendo jarros de agua al por mayor. Ríe cuando lo hace. Es un tlaloke juguetón. Las mejores lluvias de todos los tiempos, han sido cuando él anda brincando entre las nubes. Es el preferido de Tlalok, siempre lo manda llamar cuando hay necesidad de una buena lluvia.

Según el libro de los abuelos, este tlaloke, un día por estar jugando, ¿qué crees?, te pregunto en tono misterioso. Haces una expresión divertida de fingir no saber. Pues se cayó del cielo, te digo, y por ventura de nuestros corazones vino a caer con nosotros, sus padres de la tierra. Abrazo cariñosamente a tu madre y te digo: o sea nosotros, Salamandra y Mogo, a nosotros nos tocó tenerlo, y tú mi niño maravilloso, eres ese tlaloke. Pero no creas que te caíste del cielo no más porque sí, sino por algo en especial. Ya sabes por qué, ¿no? Sonríes pícaramente, y otra vez me dices que no. ¿No, mi niño?, te digo fingiendo sorpresa. Pues te voy a contar toda la historia:

Desde hacía tiempo atrás, tu madre y yo habíamos deseado, con todo nuestro ser, concebir un niño. Por muchos días le anduvimos suplicando a nuestro señor Tlalok que nos diera la bendición de uno, y no nos llegaba la hora. La verdad, pequeñito nuestro, es que casi habíamos perdido la ilusión. Pero un buen día supimos que nuestro dios nos había escuchado porque nos enteramos que ya estabas en el vientre de tu madre. La alegría nos salía a chorros de nuestros labios, y desde ese momento decidimos ponerte por nombre Tlakaelel, así como el Cihuacoátl que llevó a los mexicas a edificar su imperio. Te nombramos así porque intuíamos que ibas a venir a la tierra a hacer algo importante para nosotros los de México, y creo que no nos vamos a equivocar.

Saco de la mochila nuestro álbum de fotografías, y te digo: ve mi niño lo que te voy a seguir contando. Te asomas curioso al cuadernillo. Desde tiempo atrás, desde antes que llegaras con nosotros, nos ha venido atormentando una terrible sequía. Te muestro algunas imágenes que hemos tomado tu madre y yo de cómo ha quedado devastado el campo mexicano. Durante esta escasez de agua, te digo de manera desoladora, los mexicanos hemos padecido porque todo se marchita y no hay suficientes alimentos para vivir. El libro de los abuelos dice que el agua se escondió porque la gente de México le hacíamos majaderías, le arrojábamos basura, desperdicios, y nuestros excrementos. Ahora estamos en peligro de muerte. Te miro cariñosamente y te menciono que viniste a México para hacer que reverdeciera nuestro camino, y así podernos salvar.

Cuando naciste pensábamos que eras un niño común y corriente, como cualquier otro chamaco de la colonia. Jamás nos pasó por aquí, me doy unos golpecitos en la frente con el dedo índice de la mano derecha, que fueras un tlaloke. Hago una pausa para reacomodar mis ideas. Desde muy pequeño, casi de recién nacido, nos fuiste dando indicios de quién eras, pero no entendíamos. Recuerdo que nosotros continuamente jugábamos contigo porque sabíamos que de esa manera crecerías sano. Un día, sorprendentemente, así de pequeño, reíste a carcajada abierta, y te pusiste colorado, colorado como un chinicuil. Tus risas nos llenaron de felicidad, así que de ese día en adelante no perdíamos oportunidad para jugar. Pero una tarde de juegos y risas, luego de hacerte colorado, te pusiste oscuro, oscuro y nos espantamos. ¡Susto que nos acomodaste! Inmediatamente dejamos de jugar contigo, y volviste a tu color natural. Te muestro dos fotografías de ese día, una tuya donde apareces de color negro; y otra donde estamos los tres, pero nosotros tenemos la cara desencajada.

Nos alarmamos, pensábamos que tenías algo grave. Te llevamos con una infinidad de médicos para que nos dijeran por qué te ponías así y si eso era algo malo. Te hicieron miles de cientos de millones de sofisticados estudios. Al principio los médicos pensaban que era un desorden de la pigmentación de la piel, pero se pudo comprobar que no había algo anormal en tu cuerpo. Sin embargo nadie nos pudo explicar qué te pasaba en realidad, hasta que al paso de unos meses llegamos con el doctor G. Valdivia. Abro una hoja del álbum y te enseño varias imágenes de recuerdo que tomamos tu madre y yo. Estamos los tres parados junto a una pila descomunal de papeles: radiografías, electroencefalogramas, químicas de sangre, entre otros estudios.

El cambio de color no era lo que más nos preocupaba, había otra cosa que no le habíamos dicho a ninguno de los médicos que consultamos por temor a que nos tildaran de locos. Ya sabes qué es, ¿no? Te digo socarronamente mientras te alzo en vilo sobre mi cara. Sonríes, en tanto mueves negativamente tu cabeza. No te hagas, te digo divertido de tu “ignorancia”, sí sabes, pero de todas maneras te lo voy a decir. Pues resulta, pequeño, que como no había doctor que diera con lo que tenías, decidimos seguir jugando contigo, no importando si te ponías oscuro. Las carcajadas de los tres continuaron, así como tu cambio de color, pero algo diferente sucedió. En otra tarde de juegos y risas, luego que cambiaste al color negro, la casa empezó a llenarse de vapor de agua, paredes y techo se humedecieron y comenzó a escurrir agua.

Como no sabíamos que tú eras el causante de ese tiradero de agua, pensábamos que había una fuga de agua. La verdad es que quisimos solucionar ese “problema” porque por la situación de la sequía, no estábamos como para permitir que se desperdiciara una sola gota de agua. Así que llamamos al plomero para que revisara la casa de arriba abajo para ponerle remedio a la situación, pero no encontró desperfecto alguno. Nos dijo que tal vez era agua que estaba escurriendo del cerro y se filtraba a la casa. Pero no lo creímos así. El cerro de la ciudad estaba totalmente seco, así como los demás cerros de México. Luego vemos la fotografía del plomero trabajando en casa.

Entonces mi niño, nosotros seguimos jugando, y las fugas también, así como las sorpresas. Otro día que jugamos y que las risas abarrotaban nuestro hogar, sucedió otra cosa rara: a medida que la casa se llenaba de vapor de agua, ¡ibas desapareciendo! Dejamos de verte por horas, en tanto una suave y cristalina llovizna nos anegó toda la tarde. Como te imaginarás, te digo sonriendo, nuestras risas se esfumaron, quedamos desencajados y congelados. Sólo hasta que regresaste, volvimos a la vida. Cuando retornaste caíste del techo de la casa en forma de gotitas de agua, y poco a poco te volviste a formar como niño. Después sabríamos que una vez transformado en agua podías hacer llover el tiempo y la cantidad de agua que quisieras. Luego te muestro una fotografía donde estamos tu madre y yo portando una sombrilla para protegernos de las lloviznas que hacías.

Me río y te digo: entonces nos quedó claro que tú eras el causante de todo el tiradero del agua, y que no tenías enfermedad alguna, sino que había algo mágico en ti. Pero de cualquier manera necesitábamos una explicación, que alguien nos dijera por qué tenías ese don y qué debíamos hacer. El doctor G. Valdivia fue el que nos llevó a la verdad. Este doctor te empezó a revisar cuando tenías seis meses de nacido. Te atendió de enfermedades comunes: gripa, diarrea, entre otras. Desde un inicio nos inspiró confianza, ya sabes, es un tipo afable, sensible y piadoso.

Buenas tardes. ¿Cómo están? A ver, díganme en qué les puedo ayudar, te digo tratando de imitar el característico tono de voz de G. Valdivia que evoca la corteza de un prodigioso árbol. Después te comento que con esas palabras nos recibió en su consultorio el día que decidimos decirle la verdad. Pues otra vez dando lata doctor, te digo, pero ahora intento remedar la nerviosa voz de tu mamá Salamandra. Antes de que continuara hablando le dije el médico: Lo que pasa es que cuando Tlakaelel se carcajea, se le pone la piel negra, negra y eso nos preocupa.

A ver, Tlakaelel, pásale para acá amigo, te indicó el doctor sin inmutarse por lo que había dicho. Luego te revisó minuciosamente. Respiró hondamente y nos dijo: Así revisándolo, aparentemente, no tiene algo de preocupación. Lo mejor es hacerle unos estudios. Pero ya otros doctores le han hecho estudios y ninguno da pistas de lo que pueda tener Tlakaelel, intervino angustiada tu mamá Salamandra. Después preguntó: ¿Qué hacemos si se pone oscuro otra vez? Necesito ver cómo se hace negro el niño porque así como lo he revisado no encuentro algo fuera de lo normal, contestó G. Valdivia con su característica chicha calma.

O sea ¿necesita verlo reír?, dije saboreando de antemano la cara de susto que iría a poner el doctor al verte. Pues sí, contestó G. Valdivia con una exasperante tranquilidad. Doctor, pero además de que el niño se pone negro, pasa otra cosa que nos preocupa más que el cambio de color, agregué. Cómo qué, inquirió el médico. Ahora verá, dije. En ese tiempo ya tenías controlado tu proceso de transformación a agua, incluso algunas tardes nos dedicábamos a jugar a la llovizna, y la casa siempre terminaba inundada. Así que para mostrarle al doctor tus habilidades, nos pusimos a jugar. Inmediatamente, el consultorio se empezó a llenar de vapor de agua, mientras ibas despareciendo, luego se empezaron a formar gotitas de agua en el techo y comenzó una llovizna tenue. Luego te enseño la foto de ese día. Estamos tu mamá, yo y el doctor, cubriéndonos del agua con una sombrilla verde.

Es suficiente, dijo el doctor, sin mostrar signo alguno de haberse sorprendido. Me río y te digo que yo me quedé con las ganas de reírme en ese momento porque el doctor no se espantó ni tantito. Nosotros te explicamos que el juego había finalizado. Paulatinamente la llovizna despareció, así como la humedad de las paredes y de los muebles. No todo lo resuelve y explica la medicina o la ciencia convencional, nos comentó el médico. ¿Por qué no van con un curandero? Por otra parte, agregó, si su niño se hace lluvia, quizá él pueda hacer que acabe todo este sufrimiento que estamos padeciendo los mexicanos por esta tormentosa sequía. Nosotros no supimos qué decir, no esperábamos que G. Valdivia nos dijera algo así. Enseguida el galeno se levantó de su asiento y se dirigió a una gaveta que tiene al fondo del consultorio. Empezó a buscar algo. Luego regresó con nosotros. Traía en la mano una caja de madera. Puso la caja sobre el escritorio, metió la mano derecha y luego la extendió hacia nosotros. Les voy a dar esta tarjeta, nos dijo seriamente. Es de un curandero.

Leímos la tarjeta y decía: “Curandero Val G. Divia. Solución inmediata a males de ojo, susto de comido de agua, enlechamiento, y cualquier otro tipo de padecimiento que el doctor común y corriente no puede curar”. Es usted muy amable, doctor, respondimos un tanto perplejos por la propuesta del doctor. Nos despedimos y salimos aprisa del lugar. En el trayecto a casa acordamos llevarte con el curandero porque queríamos saber qué debíamos hacer con tu don. Sin más sacamos una consulta y llegado el día fuimos al consultorio del curandero Val G. Divia. Ese día hacía demasiado calor. Durante el trayecto jugamos a la lluvia. Aunque te decíamos que no porque ibas a empapar el auto, tus risas cristalinas nos convencieron y jugamos sin importar que la vestidura se pudiera echar a perder. Además el agua nos cayó de perlas porque nos refrescó. Después vemos la foto donde aparecemos, nadando dentro del carro.

Cuando tu mamá y yo vimos por vez primera al curandero, nos llamó la atención su enorme parecido con el doctor G. Valdivia, pero no nos detuvimos mucho en ese asunto. A grandes rasgos le contamos qué te pasaba. Podrá el niño hacerlo en este momento, te digo que nos preguntó el curandero. No me cuesta trabajo imitar la voz del curandero, porque es idéntica a la del doctor G. Valdivia. Si, por supuesto, contesté. A ver, dijo el Val G. Divia. Tlakaelel, vamos a seguir jugando, te dije, y jugando, jugando te transformaste en agua. Dentro del local empezó a lloviznar. El curandero no hizo aspaviento alguno. Se metió a un cuarto que estaba detrás de él. Luego de unos minutos salió con unos papeles. Parecía un códice al estilo prehispánico. Te dije que era suficiente y dejó de caer agua.

Este es un libro de los abuelos. Este no más se nos dejó a unos, nos dijo solemnemente el médico tradicional. Se nos ha ido pasando de generación en generación, agregó asomándose por sus gruesos lentes. Luego buscó en el libro. ¡Ajá! Dijo de pronto. ¿Cómo dicen que se llama el niño? Tlakaelel, contestamos al unísono tu mamá y yo. ¡Ajá! Se trata de un tlaloke. Su hijo es un tlaloke, dijo fastuosamente el curandero. Efectivamente como bien dicen, el niño no tiene algo anormal o maligno, al contrario, nos viene a salvar. Luego observamos la imagen donde el curandero nos muestra el libro de los abuelos, un códice facturado en piel de venado. ¿Cómo? Dijimos sorprendidos. El curandero Val G. Divia nos explicó que en el libro de los abuelos hay una profecía que hablaba de un niño tlaloke que iba a venir a México para salvar a la gente de una catastrófica sequía. Desde luego que tú eres ese niño tlaloke, te digo alegremente. Según dice el libro de los abuelos, tu misión en México es hacer que la gente vuelva a respetar el agua, que ya no le arrojen basura y la desperdicien, y conforme la gente vaya creyendo en lo sagrado del agua la sequía se irá yendo paulatinamente.

¿Y qué debemos hacer? Le preguntamos al curandero. Costumbre, nos respondió. Nos dijo que debíamos hacer, periódicamente, adoración al agua en una cueva que está cerca de la cima del Cerro de la Olla. Para ello debíamos de invitar a personas de la colonia, de otras colonias de la ciudad, de otras ciudades y pueblos de México, y explicarles la necesidad de respetar el agua. Es por eso pequeño mío que toda esta gente viene con nosotros, por eso vamos encumbrando en el Cerro de la Olla para que tú les demuestres el milagro. Dejo de hablar con mi hijo, me concentro en lo que estamos haciendo. El aire, como siempre, está seco. Cargo a Tlakaelel en la espalda. Curiosamente durante el trayecto no se ha transformado en lluvia. Quizá esté esperando el momento adecuado para hacerlo. Llegamos a la boca de la cueva. Salamandra sahúma con copal. Nos detenemos un momento. Una de las señoras que vienen con nosotros, una vieja de carnes gelatinosas y mirada vacía, hace una oración y pide permiso para que pasemos al lugar sagrado.

Avanzamos poco a poco, sin prisa. Sabemos que vamos a dar con el sitio apropiado en el momento adecuado. La oscuridad nos devora, algunas personas activan la luz de sus lámparas. Bajo a Tlakaelel de mi espalda. Lo sujeto de su mano izquierda, se mantiene en silencio, sólo sonríe. Seguimos caminando. Después de unos minutos Salamandra dice que encontró el lugar: se trata de una formación pétrea que asemeja una olla. Todos sonreímos. Iniciamos a hacer el altar al agua y colocar las ofrendas: ciento veinte ramilletes de flores blancas y azules; cuatro cazuelas de caldo de pollo con doce piezas de pollo cada cazuela, chocolate hecho en casa, papeles de colores, y cuarenta velas. Una vez que terminamos de acomodar la ofrenda, iniciamos los rezos.

Uno a uno vamos pasando frente al altar, hacemos peticiones de salud y bienestar para nuestros seres queridos, para los habitantes de los pueblos y las ciudades; rogamos porque vuelva el agua y pedimos perdón por las faltas cometidas al vital líquido; pero también mencionamos nuestro compromiso para cuidar el agua y hacerle su fiesta. Mientras pasan las personas a rezar, le digo a Tlakaelel que vaya a jugar, me sonríe y se marcha corriendo. Luego pasan más personas a hacer sus promesas al agua. Se escucha el murmullo de las oraciones. Pero también se comienzan a escuchar risas de niños. Salamandra y yo sabemos que son los tlalokes, Tlakaelel y los demás tlalokes. La cueva se empieza a llenar de vapor de agua, después comienza una llovizna ligera que pronto se transforma en un chaparrón.

Salamandra y yo nos dirigimos a la entrada de la cueva. Atrás de nosotros suena el susurro de los rezos y las risas de los niños tlaloke. Llegamos a la boca de la cueva, delante se aprecia el valle ensombrecido por nubarrones que chorrean agua a raudales. Es la primera lluvia desde hace doce años. Pienso que no va a tardar en reverdecer México. Habrá de nuevo maíz, frijoles, calabazas, chile, jitomate, y toda clase de fruta para que podamos seguir adelante. Salamandra y yo sonreímos de gusto porque esta es la muestra de que en México estamos volviendo a respetar el agua. Nuevamente damos gracias a nuestro gran señor Tlalok por habernos dado la dicha de tener como hijo a Tlakaelel, el niño de la lluvia más risueño y juguetón que se pueda recordar.