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El programa

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El gigante Arnobrás comía niños porque sí: nunca se le hubiera ocurrido comer otra cosa. La carne blanda y levemente dulzona, sin otro aderezo que jugo de limón, era un manjar al que no pensaba renunciar.

Los niños llegaban a él porque se habían perdido en algún bosque, o porque se habían olvidado de hacer los deberes y huían de la escuela, o bien porque, como todos los niños, eran desobedientes y mentirosos, y en las fauces de Arnobrás recibían su castigo. Sin embargo, había otros niños que llegaban a él porque iban en su busca: querían vencerlo en el arte de inventar historias y cuentos sin fin. Entre estos últimos llegué yo. No porque supusiera que podría vencerlo, sino para huir de mis padres y sus palizas. La aventura me sedujo, y me arrancó de la conocida rutina.

Mis padres componen una pareja amantísima y devota, preocupados siempre por el bien del prójimo. Papá se dedica a contrahacer el cuerpecillo de los niños que estorban a sus padres, de modo tal que después de sus servicios estas criaturas puedan resultar útiles a sus progenitores, que los exhiben en circos como “curiosidades” o los emplean para recibir limosnas, despertando la piedad ajena. (Los métodos, por supuesto, son de su absoluta y secreta invención).

Mamá, por el contrario, y en todo acorde con su alma caritativa, ayuda a las mujeres que a ella acuden a librarse de los fetos que cargan, por sumas módicas que nunca cubren sus muchos trajines.

Como era de esperar, estas dos profesiones tan dispares solían provocar peleas entre mis padres. Yo, con frecuencia, sufría en mi pellejo las consecuencias de esta situación.

Y así, sin demasiados remordimientos y movido por el amor filial que me debo a mí mismo, decidí hacerme a una nueva vida de aventuras, y convertirme en padre y madre de mi propia personita.

Supe de inmediato que las aventuras que podría vivir eran escasas en su variedad —porque soy un niño, y nadie me admitirá como caballero, conquistador o lobo.

Hube de recurrir a aquélla que se me presentaba como más adecuada: un gigante-come-niños.

 

De él, de Arnobrás, sabía poco, casi nada. Sólo lo que había oído contar a los clientes de mis padres, o a alguno que otro vagabundo. Una vez en marcha, fueron las dos viejas desdentadas que atendían una taberna las que reindicaron el camino:

—Sigue por ahí —me dijeron, mientras me ofrecían un plato de sopa de zapallo y un pan.

Fue mi deseo, ante todo, el que me guió.

Llegué a un día gris, iluminado como a través de un tul por un resplandor intenso y cálido, corpóreo. Supe que había llegado. Dejé de mirar hacia delante: levanté la vista y lo vi.

No era como lo había imaginado. Era más grande. Sin embargo, supe que estaba ante él. Como estaba almorzando, decidí esperar a que terminase antes de presentarme. El glu-glu de su panza era atronador. Recuerdo que pensé que ese glu-glu estaba en desacuerdo con la grisácea luminosidad que allí reinaba; todo debería haber estado en silencio.

El miedo se acurrucó en mi pecho y dejé de sentir. Todo parecía desarrollarse en un escenario, lejos de mí, en otra parte: yo era un espectador de mí mismo. No sentía nada, sino un vago desprendimiento.

Arnobrás inclinó —por fin— su cabeza y me vio. Me sonrió, entre divertido y curioso, y no supe si esa sonrisa se debía al buen ánimo que en él despertaba la comida, o a las expectativas que mi presencia alimentaba.

No hubo palabras preliminares: adivinó los motivos que hasta él me habían conducido, e inmediatamente empezó a relatarme la historia de un príncipe chino que se retiró del mundo para construir un laberinto. Cuando hubo concluido, calló, y ese silencio fue una invitación para que yo comenzara. Le conté cómo el caballero Floreal liberó a la hija de Golgón, el de las siete cabezas.

Arnobrás contaba sus historias con una voz maravillosa, capaz de todos los matices. Era una voz que no parecía venir de su cuerpo gigantesco y repulsivo, sino del aire, de los pliegues de esa velada luminosidad.

No había palabras innecesarias: entre nosotros, todo era cuento y una maraña de suposiciones. Yo intuía que no habría más juez que él en ese torneo tácito que habíamos emprendido. Sin embargo, no podía concebir ningún plan para vencerlo o evadirlo: lo escuchaba como encantado, con la boca abierta.

Mi plan surgió entero y sin fisuras cuando me di cuenta de lo que estaba ocurriendo: yo me estaba comiendo sus historias, palabra a palabra, con un apetito que nunca había sospechado en mí. Supe de inmediato que así lo vencería. Mi cuerpo crecía al ritmo de su narrar, y yo sólo esperaba superarlo en talla, para engullirme a Arnobrás de un bocado. El canibalismo no me asustaba. El fin de su relato podía ser, quizá, su propio fin. Me sentí animado.

De pronto, Arnobrás se interrumpió. Me miró de arriba abajo, y se percató de mi cambio. Una mueca mínima traicionó su transparente indiferencia. Supuse que por una casualidad, arrastrado por el envolvente fluir de sus oraciones, yo había descubierto algo que nos unía, algo que no debía saber.

Arnobrás calló, y me sonrió con una sonrisa de esfinge. Astuto, comprendió mi estratagema. Cerró los ojos, como si quisiera hurgar en su mente algo que no fuese el final de ese cuento interrumpido. Necesitaba otro final.

Sin abrir los ojos, me susurró: —¡Cuéntame una última historia!

Comprendió su sentencia, y volví a admirar su increíble voz. El aire titiló.

Mientras deshacía una violeta entre mis dedos, le pedí lápiz y papel.

Volvió a sonreír con dulzura infinita, ya que ése era el fin, y no tenía sentido negarme nada, ¡después de todo, él era un gigante y yo sólo un niño!

 

Así fue, pues, como esta historia acerca de Arnobrás, el gigante que aún come niños, fue escrita.