José Saramago, el único escritor portugués que ha recibido el Premio Nobel de Literatura, falleció el pasado viernes 18 de junio a los 87 años de edad en su residencia de Tías, en Lanzarote (Canarias, España), donde residía desde 1993, cuando huyó de su patria por el que sería el primer veto público a su obra, en este caso por El evangelio según Jesucristo.
Según relató Pilar del Río, su compañera y traductora, Saramago se despertó de buen humor, había pasado una noche plácida e, incluso, se interesó como hacía cada mañana por los principales acontecimientos del planeta. Después de desayunar sintió una especie de pinchazo en el pecho, de ahí un malestar general que lo obligó a recostarse en su habitación. Después, según los médicos, se generó un “fallo multiorgánico” que le provocó la muerte. Una muerte rápida y, al parecer, sin dolor.
Saramago vivió sus últimos años con el mismo ritmo de lectura y de escritura que cuando inició su andadura literaria, allá a finales de los años 60 —incluso “más”, llegó a contar Pilar del Río.
Fue un escritor “tardío” y autodidacta que nació en un recóndito pueblo de la provincia portuguesa, Azinhaga, en 1922, donde sus padres eran campesinos y analfabetos, incluido su abuelo, de quien heredaría su atracción por la cultura, el arte y la magia de las palabras. Pero también sus hondísimas convicciones políticas, rebeldes, la de esa clase obrera marcada por guerras y por hambrunas que asolaron a Europa en el siglo pasado, la de esos comunistas perseguidos por las dictaduras y el fascismo que mantuvieron viva la llama de su pensamiento. “He sido, soy y seré un comunista. Un comunista libertario”, repetía sin un ápice de resignación.
De joven fue campesino, pero también fue mecánico automotriz, contador, vendedor de seguros, aprendiz de reportero y, finalmente periodista, como antesala a su oficio y “refugio” definitivo: escritor. A pesar de que siempre había estado en la sombra, sobre todo como autor de poesía, era prácticamente desconocido hasta que, en 1982, publicó Memorial del convento.
A partir de ahí vendría una actividad literaria frenética, grandes títulos con escaso tiempo de diferencia, que a la postre se convertirían en el principal argumento para que fuera reconocido con el Premio Nobel de Literatura 1998: La muerte de Ricardo Reis, La balsa de piedra, El evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera fueron algunas de esas obras.
Saramago deja inconclusa una novela sobre el tráfico de armas titulada Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, un verso del gran poeta y dramaturgo luso Gil Vicente, conocido por el sobrenombre del Plauto portugués.
Tras Caín, Saramago empezó a escribir esta nueva novela, que empezó muy animado y en la que se atascó porque no acababa de estar satisfecho con el título, y el escritor portugués acostumbraba a tener el título antes de escribir sus novelas. Le dio muchas vueltas hasta que lo encontró en el verso de Gil Vicente.
Tanto esfuerzo le costó una pequeña alteración en sus constantes vitales y un susto familiar, pero enseguida se recuperó y, con el título ya decidido, reanudó con ímpetu la escritura de la novela, que, según comentó a sus amigos, se le estaba resistiendo dando más quebraderos de cabeza que las anteriores.
En la mesa baja del salón, junto a su sillón de lectura y escritura, han quedado los últimos libros por los que se ha interesado, como A ciegas, de Claudio Magris, que tan sólo hace unos meses fue a visitarlo a su casa de Lanzarote.
También estaban las reseñas que George Steiner publicó en The New Yorker, entre 1967 y 1997, libro que recomendaba vivamente a los amigos, y asimismo Y la palabra se hizo vida, de Eduardo Barreto Betancort, un libro editado con motivo del 25º aniversario de Cáritas Lanzarote, en el que colaboró el propio Saramago.
Sus últimas lecturas incluían La máquina de hacer españoles, del escritor angoleño Valter Hugo Mae, y El gran secreto de Jesús, del periodista y escritor español Juan Arias. También, dos libros muy especiales para Saramago: Confesiones del estafador Félix Krull, la última novela escrita por Thomas Mann, que acaba de ser reeditada y que el autor portugués editó hace ya muchos años en su país natal, y la correspondencia que el propio Saramago mantuvo con el también escritor portugués José Rodrigues Miguéis entre 1959 y 1971. Este libro acaba de ser editado este mismo mes de junio y, cuando el Nobel lo tuvo entre sus manos, comentó a Pilar del Río: “Ahora ya me puedo morir tranquilo”.
Los restos mortales de Saramago fueron velados en uno de sus últimos grandes proyectos, la Fundación José Saramago, con sede en Lanzarote, y desde la que Pilar del Río pretende seguir difundiendo su palabra y pensamiento. El sábado 19, fueron trasladados en un avión de la Fuerza Aérea portuguesa a Lisboa, en cuya Cámara Municipal se le rindió homenaje con la presencia del alcalde Antonio Costa, un gran admirador del escritor, al que acompañaron varios miembros del gobierno portugués y la ministra española de Cultura, Ángeles González-Sinde, entre otras autoridades de España y de países de habla portuguesa.
El gobierno de Portugal decretó, el sábado 19 y el domingo 20, días de luto nacional en memoria del escritor. Con un tratamiento propio de un dignatario de Estado, el cortejo fúnebre pasó lentamente ante la sede de Lisboa de la Fundación José Saramago, situada cerca del aeropuerto de Portela.
El primer ministro portugués, el socialista José Sócrates, fue de los primeros en acudir a la capilla ardiente, por la que pasaron también muchos de sus ministros. “Saramago fue un gran portugués, no sólo como escritor, y deja una marca muy profunda en el alma portuguesa”, afirmó Sócrates, para quien el Nobel es “uno de los grandes exponentes” de la cultura lusa y un intelectual que contribuyó a la afirmación y difusión de su literatura.
Cubierto por la bandera portuguesa, el ataúd, que fue llevado a hombros en el aeropuerto por un grupo de soldados hasta el coche fúnebre, fue introducido en el Ayuntamiento por otra guardia de honor en medio de los aplausos de los lisboetas concentrados ante sus puertas.
Es el “reconocimiento de un pueblo y un Estado”, subrayó Sócrates, con cuyas palabras de elogio hacia la figura intelectual y humana de Saramago coincidieron las muchas personalidades de la vida pública lusa que acudieron a darle el último adiós.
Desde su salida de Lanzarote, acompañaron los restos a bordo del avión militar portugués la ministra lusa de Cultura, Gabriela Canavilhas, la viuda del escritor, Pilar del Río, la hija de su matrimonio anterior, Violante Saramago, y varios familiares y amigos muy cercanos.
Al terminar los homenajes, los restos de Saramago fueron cremados junto a un ejemplar de Memorial del convento, una de sus obras fundamentales y gracias a la que conoció a Pilar del Río. La obra fue depositada junto a su féretro por Eduardo Lourenco, coetáneo de Saramago y considerado uno de los intelectuales portugueses más destacados del siglo XX.
Lourenco entregó el libro, con lágrimas en los ojos, a Pilar del Río, y escribió unas palabras que nadie leyó, ya que fue cerrado y depositado junto al féretro en la capilla ardiente del Salón de Plenos del ayuntamiento lisboeta. Por deseo de su ahora viuda, el libro fue colocado entre las manos del escritor antes de cerrar el féretro, e incinerado con él.
El próximo jueves 1 de julio, el juez español Baltasar Garzón presentará en Lanzarote, conjuntamente con Pilar del Río, la biografía del premio Nobel escrita por Fernando Gómez Aguilera, cita que tendrá lugar a las 20:30 horas en la sede de la Fundación César Manrique (FCM).
Según informó la propia FCM, se trata de un biografía cronológica José Saramago. “La consistencia de los sueños, un exhaustivo y documentado estudio escrito por Fernando Gómez Aguilera y editado por la fundación”, indicaron.
Fuentes: EFE • La Jornada