El escritor mexicano Carlos Monsiváis falleció el pasado 19 de junio a los 72 años de edad en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán”, donde estaba internado desde principios de abril a causa de una fibrosis pulmonar que lo mantuvo en terapia intensiva por dos meses.
El deceso ocurrió alrededor de las 13:48 horas, según explicó Moisés Rosas, director del Museo del Estanquillo, creado por el cronista urbano para exhibir sus colecciones de dibujos, fotografías y objetos que recolectó a lo largo de su vida.
Monsiváis, nacido el 4 de mayo de 1938, es conocido por una carrera de más de 50 años dedicada a hacer la crónica de los cambios históricos, las tendencias sociales, la cultura popular y la literatura mexicana. Fue también un activista de numerosas causas de izquierda.
Algunos le criticaron su “ubicuidad”, al considerar que aparecía en demasiados medios, incluidos sus comentarios frecuentes para la radio y televisión, hablando de prácticamente cualquier tema. Pero quizás fue esa misma versatilidad y ese deseo constante de aparecer en diversos foros el que volvió a Monsiváis un escritor sumamente conocido, incluso en un país con muy bajos niveles de lectura entre la población.
El poeta José Emilio Pacheco dijo alguna vez que Monsiváis era el único escritor a quien “la gente reconoce en la calle”.
Para el escritor y crítico literario Ilan Stavans, “junto con otros escritores mexicanos de renombre, como Poniatowska y Pacheco, la sólida literatura de Monsiváis constituyó una respuesta dramática al enfoque rígido, complaciente y aburguesado que prevalecía en el momento, una era que adoptó el statu quo”.
Monsiváis alcanzó la mayoría de edad en la década de 1950, la época de la Generación Beat y de la nueva ola francesa, y estuvo muy consciente de los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos y Europa en la década de 1960, según la Enciclopedia de México. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam) sin concluir su programa de estudios, pero posteriormente recibió títulos honorarios de tres universidades mexicanas.
Siendo un joven periodista, fue conductor de Radio Universidad y comenzó a publicar en los años 60. Al igual que Poniatowska, fue afectado profundamente por la masacre de estudiantes en 1968 en una plaza del barrio de Tlatelolco en la Ciudad de México, y su libro Los procesos de México (1970) narra los casos judiciales contra 68 estudiantes arrestados luego del incidente sangriento.
Más tarde publicó Amor perdido (1977), Los rituales del caos (1995) y Aires de familia (2000), entre muchas otras obras. En el ensayo Nuevo catecismo para indios remisos (1982), criticó lo que vio como la hipocresía de la Iglesia Católica. Fue un periodista prolífico que escribió para los prominentes diarios mexicanos El Universal, Excélsior y La Jornada, así como para la revista Proceso, entre muchos otros medios.
Monsiváis hizo observaciones acerca de la influencia estadounidense sobre la cultura mexicana, como por ejemplo la infiltración de palabras en inglés como “jogging” o “cash”, pero también sobre artefactos, movilidad social y un estilo de vida más acelerado que experimentó la gente del otro lado de la frontera.
Para migrantes potenciales de áreas pobres como Oaxaca, quienes son excluidos de la movilidad social y del poder de compra que podrían experimentar en Estados Unidos, “la velocidad es la nueva catedral”, dijo Monsiváis en una entrevista con The Journal of American History.
El autor solía hablar abiertamente de asuntos políticos y respaldó a Andrés Manuel López Obrador en las disputadas elecciones presidenciales de México en 2006, aunque criticó el bloqueo que los partidarios de éste hicieron en la avenida Paseo de la Reforma, la principal de la Ciudad de México, durante más de un mes, poco después de los comicios.
Simpatizó además con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que se levantó en armas en el estado sudoriental de Chiapas en 1994.
A fines de 2006 Monsiváis inauguró el Museo del Estanquillo en el centro histórico de la capital, y varios días después de su apertura, visitantes de todas las edades seguían llenando el atractivo edificio “La Esmeralda”, donde se ubica. Con más de 10.000 piezas de la colección personal del escritor, los visitantes pueden recorrer épocas de la historia capitalina a través de obras de arte, calendarios, juegos, álbumes fotográficos e historietas que ilustran el pasado de la ciudad.
Monsiváis no sólo era aficionado a coleccionar piezas de arte. Tenía innumerables gatos como mascotas en su casa, y era frecuente que alguno de ellos se posara en su regazo mientras el escritor concedía alguna entrevista a la televisión.
El reconocido autor vivió muchos años en el barrio de Portales, donde se establecieron muchos inmigrantes provenientes de los estados y que ahora forman parte de las clases populares de la urbe. Monsiváis vivía ahí con su madre, Esther Monsiváis, quien crió a su hijo único en la religión protestante, dentro de un país predominantemente católico.
A lo largo de una carrera llena de reconocimientos, el escritor ganó el Premio Nacional de Periodismo en 1977, el Premio Jorge Cuesta en 1986, el Premio Mazatlán en 1989 y el Premio Xavier Villaurrutia en 1996. Continuó siendo reconocido en sus últimos años, y en el 2006 ganó el Premio FIL de Guadalajara (antes Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo), dotado de 100.000 dólares.
El jurado de ese galardón dijo que Monsiváis había “forjado un lenguaje distinto para representar la riqueza de la cultura popular, el espectáculo de la modernización urbana, los códigos del poder”.
El velatorio del escritor fue realizado el domingo 20 de junio en una ceremonia que se prolongó por tres horas, en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, ante una multitud en la que además de cientos de sus lectores se encontraban escritores, artistas, amigos, familiares y funcionarios.
Monsiváis fue recordado como “una figura ética”, como “la brújula a seguir”, como uno de los “últimos herederos de la tradición intelectual de la Reforma Mexicana”, como “el intelectual más consecuente y honesto de nuestros tiempos” y como “una de las figuras señeras de la cultura contemporánea”.
En la primera guardia de honor estuvieron la presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Consuelo Sáizar; la secretaria de Cultura de Ciudad de México, Elena Cepeda; la directora del Palacio de Bellas Artes, Teresa Vicencio; el director del Fondo de Cultura Económica (FCE), Joaquín Díez Canedo, y el titular de la Secretaría de Educación Pública de México, Alonso Lujambio.
El público dedicó porras, aplausos, vivas, bravos y goyas al escritor. La música de Telemann y Bach, interpretada por el flautista Horacio Franco, acompañó por momentos la ceremonia. Sobre el féretro estaban las banderas de México, de la Unam y de la comunidad gay, también un papalote con la caricatura de Monsiváis.
La escritora Elena Poniatowska, amiga personal del periodista y narrador, dijo en un emotivo discurso: “Ahora estarás con Saramago, a quien también podrás dar un abrazo”. Poniatowska recordó al escritor como “la nobleza misma, el compromiso, la defensa de los derechos humanos, la indignación y llanto de Acteal”. Y entonces preguntó: “¿Qué vamos a hacer sin ti Monsi, si eres el enfrentamiento más lúcido al autoritarismo presidencial, el enfrentamiento más lúcido a las actitudes absurdas, cuando no corruptas de las dos cámaras, el enfrentamiento más lúcido a los abusos del poder”.
Laura Esquivel, Sabina Berman, Marta Lamas, Andrés Manuel López Obrador, Rafael Barajas El Fisgón, Julio Scherer, Carlos Prieto, José María Pérez Gay, María Rojo, Jesusa Rodríguez, Eduardo Lizalde, Javier Garciadiego, Cristina Pacheco, Denisse Dresser, formaron guardias de honor en torno del féretro que ocupaba el pasillo principal del Palacio de Bellas Artes, recinto donde en el pasado México despidió a figuras como Frida Kahlo, Octavio Paz, Mario Moreno Cantinflas y María Félix.
Consuelo Sáizar, titular de Conaculta, expresó: “Con la partida de Carlos Monsiváis termina el siglo XX mexicano, cuya segunda mitad Carlos cronicó, relató, analizó, criticó, cifró para su generación y para la historia”.
La escritora Laura Esquivel expresó: “Lo vamos a extrañar muchísimo, no sólo en el movimiento social y político, sino en la vida cultural y artística de este país”.
Sobre su legado cultural a México, la dramaturga Sabina Berman opinó: “Nos deja un vocabulario, un abecedario para la democracia. Deja un casorio tenaz con la verdad y la honestidad intelectual”.
El escritor Adolfo Castañón consideró que la muerte de Monsiváis es una pérdida incalculable para el país: “Es un lector, un ciudadano mexicano que se tomó muy al pie de la letra su vocación como escritor, su llamado para dar testimonio de su tiempo. Carlos Monsiváis es una de esas figuras señeras de la cultura contemporánea, como lo fue Octavio Paz, como lo es José Emilio Pacheco, como lo es Gabriel Zaid. Tuvo gran sentido del humor, gran originalidad, gran fidelidad a sí mismo, eso, en un país tan cruzado y en unos tiempos tan enrevesados como los que vivimos, creo que es una gran lección”.
Tras los discursos de la escritora Elena Poniatowska y Consuelo Sáizar, y entre vivas y aplausos del público, un mariachi interpretó música de José Alfredo Jiménez. El autor de Amor perdido fue despedido con Las golondrinas.
A las 13 horas, el féretro salió del Palacio de Bellas Artes para ser conducido en un último recorrido por el Centro Histórico de Ciudad de México, y luego fue trasladado hasta el Panteón Español, donde su cuerpo fue incinerado.
Las cenizas del cronista descansarán en el Museo del Estanquillo, confirmaron Araceli y Beatriz Sánchez, primas del destacado escritor.
Fuentes: AP • El Universal