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Ilustración: ImageZoo¿Se escucha al fondo?

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Hoy quiero hablar de nosotros, los escritores emergentes. No los escritores famosos y prestigiosos con una sólida editorial que publica sus obras por su éxito en el mercado, por su calidad (en algunos pocos casos), su oportunidad comercial (la mayoría); o nada más que por el interés de promoción editorial, en ejemplos por todos conocidos.

El escritor de éxito por lo general no tiene problemas económicos, puede ser excéntrico, permitirse lujos, vivir en lugares placenteros y alejados del mundanal ruido, decir tonterías como genialidades y aquilatar frases brillantes para la televisión. El escritor más o menos conocido y más bien menos que más famoso, transpira más la camiseta. Se adecua a lo que la editorial quiere basado en la premisa de que sus más firmes principios son flexibles; aunque si es ligero de pluma, lo campea como cualquier trabajador asalariado que llega con lo justo a fin de mes.

Pero, ¿qué pasa con el escritor amateur, el desconocido?, ¿con el humilde escriba al que las editoriales no escuchan, o que rechazan sus trabajos porque su ignoto nombre no vende, y transitan las calles gastando sus modestas zapatillas? O lo que es mejor decir: ¿qué pasa con la mayoría de los escritores que lo son o quieren llegar a ser? Con los que tienen problema con las letras, por ejemplo, con aquellos que parece que escriben por el placer de ver las palabras en fila como jugadores que entran a la cancha, disciplinadas, unas con tilde y otras con puntos en la cabeza, más bajas o más altas pero con la misma camiseta y al triunfal trotecito lento para el deleite del lector, sin importar lo que dicen mientras digan algo.

Quiero defender la posición de los que, por ejemplo, les cae simpático el punto aparte. Esa brutal encrucijada en la que el camino se detiene y uno se asoma al abismo con la difícil alternativa de decidir la manera de seguir. Que cuando encuentran la frase que completa su idea la celebran con gritos de júbilo y le agradecen a la coma que les ayudó a tomar aire para seguir contando, reconociéndola como una ayuda para que sus pulmones no estallen.1

A aquellos que quieren que su vida tenga otro sentido y gimotean a escondidas ante la contundencia del punto seguido al terminar un concepto, admiran la precisa y simétrica didáctica de los dos puntos al dar un ejemplo, o agradecen la intervención de las comillas para destacar la frase de otro.

Quiero defender a aquellos que admiran a las mayúsculas por su valentía de ir al frente y valoran su misericordia por sobre las subordinadas letras que le siguen, y les conmueve su presencia elegante y la gallardía de dar el puntapié inicial, que es la más crucial de las decisiones.

¿Quién va a pagar una entrada para ver a un escritor escribiendo?; nadie. Por eso también vengo en nombre de los humildes escritores sin hinchada, viejos solitarios y aburridos que se la pasan sentados en honorables banquitos atados con alambre. En nombre de los que temen porque les han comentado que para cada fin de año los editores despeñan de las montañas rusas de los parques a los escritores que no venden, para que no les llenen los estantes con volúmenes que terminan ocultando las manchas de humedad en las mesas de saldos. Pero reconozco que peor les va a los que no tienen editor: recorren las calles vigilando las vidrieras de los amigos libreros, que con una palmadita en la espalda y una piadosa sonrisa le prometieron que si les queda un lugarcito al lado del horóscopo, pondrían sus modestas obras a la vista.

También quiero defender a los fanáticos de los acentos que elevan su autoestima poniéndolos con ganas, hasta con bronca. Para los que se han dado cuenta de que el mundo de las letras es hipócrita: ocultan que el signo de pregunta está embarazado y el de admiración desnutrido; que también está embarazada la a minúscula que siempre anda arrastrando su pancita —el principal sospechoso es el guión que anda acosando, apretadito, a las inocentes letras pequeñas.

Y quiero que comprendan a aquellos a quienes las letras les plantean dilemas difíciles de superar. A los que sospechan que a la zeta la pusieron última porque se quedó dormida (zzzzzz) y no se explican para dónde va, cuál es su ideología. ¿Va para la derecha, para la izquierda, de abajo a arriba o de arriba a abajo?, ¿y porqué se cruza de un lado al otro como un político?

A los que respetan a la equis reconociéndole su energía para marcar. La historia nos da ejemplos de que cuando te la ponen, a la derecha o a la izquierda, arriba o abajo, en rojo, verde o negro, chau. No te salva ni la h que se queda sentada y muda, ni las fruncidas como la u que siempre están indecisas ya sea por h o por b.

Les voy a contar algunas confidencias: la e se pavonea por ser la más usada del alfabeto, pero en los manuscritos no es más que un bonsái de la ele. Y la j es el padre de la i. Es igualita pero con barba, aunque se haga la inocente debajo de la aureola.

También traigo la postura de los que no quieren ocultar las tetas de la p, o el culo de la d chica. Y de los que se dan cuenta de que la y se está ahogando, que tiene los brazos pidiendo auxilio y la cola bajo el nivel del mar. ¿Nadie escucha sus gritos?

Con eso de que hoy cualquiera canta, tiene un blog o publica un libro, hay tres o cuatro presentaciones en un mismo día y hasta en el mismo local. Mientras uno habla del aprovechamiento integral del rabanito verde, al lado el otro trata de explicar que María Magdalena es la esposa, madre, prima o tía de Jesús. Si los escritores que tienen la fortuna de publicar fueran sinceros, esas presentaciones deberían terminar a las patadas o en un griterío morrocotudo. Pero no. Hasta se aplauden. Con sonrisas pérfidas y nalgas fruncidas, pero se aplauden los perversos porque están rodeados... por los familiares del autor.

Al lado de los escritores se paran los editores. Los editores no son señores que editan. Son hidalgos que hacen esfuerzos. Para el editor siempre es un esfuerzo editar ese libro, aunque el autor le haya pagado hasta la solapa. Y los autores quedan contentos porque esa noche el editor dirá que el esfuerzo valió la pena. Son samaritanos que ayudan a las nuevas generaciones.

En las primeras filas están los prologuistas a pedido. Los prologuistas son esa especie de amigos, parientes o tutores, que tratan de demostrar, en el reducido espacio del prólogo, que son más inteligentes que el autor, y disparan frases ingeniosas, poniendo como ejemplo a otros que escribieron sobre lo mismo pero mil veces mejor, o se esconden detrás de un enigmático palabrerío que no tiene nada que ver con las gansadas que escribió el condenado autor.

Por último, y para no cansarlos, quiero emitir mi teoría sobre la probable desaparición de la ñ. Creo que el ataque viene por el lado de los anglosajones y los europeos del norte, a quienes los moños los ponen nerviosos, de los franceses que no la pueden ver por aquello de cómo terminó la revolución, y de los ingleses que sostienen que todo lo que va sobre la cabeza es una burla a la reina.

Sin ánimo de revancha, propongo que se eliminen las letras con diéresis y los redondeles encima. Salvo la ü (salvemos a los pingüinos, averigüemos y no perdamos la vergüenza), para ver cómo se las arreglan los finlandeses para escribirle a Papá Noel sin las ä, o sin el ridículo circulito en la cabeza.

Si no tenemos la ü por un tiempo, a los pingüinos les llamaremos pájaros bobos, aunque no les guste. Es menos elegante pero más auténtico. Averiguar siempre es bueno. Averigüemos todo lo que podamos aunque no nos guste lo que averigüemos. Al paraguas lo dejaremos tranquilo porque todavía nadie se le ha ocurrido ponerle la diéresis, y en los días que corren, el que note la ausencia de la vergüenza que avise y le buscamos un sinónimo.

Y termino porque ya no soporto la exasperante vocación de lomada que tiene el punto y coma y el despiadado autoritarismo del punto final.

¿Se escuchó al fondo?

 

Nota

  1. Aprovecho la oportunidad para pedirle a mis profesoras de lengua y literatura que no me encarguen más los discursos de fin de año.