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La noche del tigre

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Yo recuerdo la primera vez que vi un tigre. Me refiero a la primera vez que vi a la criatura real y no a la fotografía de un tigre, al dibujo de un tigre o a cualquier otra representación similar. Aunque el profesor Leáñez me dijo una vez que la realidad es sólo otra representación que, en sí misma, no difiere demasiado de una barajita, él es un tipo viejo y desgarbado y no hay que confiar mucho en esa gente. Digo que recuerdo claramente la primera vez que vi un tigre porque fue cuando al fin conocí a mi abuelo.

Ya había visto a mi abuelo al menos una vez al año desde que tenía memoria. Mis padres solían llevarme a visitar el pueblo durante las vacaciones de agosto y yo me pasaba los días aprendiendo a trepar árboles, correteando a las gallinas, chupando caña, desenterrando morrocoyes, lanzando piedritas a las vacas y haciendo todas esas cosas que constituyen la cotidianidad de los niños del campo pero resultan misteriosas y fascinantes para los niños de la ciudad. Durante esos períodos veía con frecuencia a mi abuelo. A veces el viejo mataba algún pollo para la comida, a veces llegaba del mercado con un saco de maíz, a veces afilaba su cuchillo en el solar y a veces simplemente miraba, absorto, alguna pared o algún utensilio de trabajo con mirada crítica. Muchas veces había visto yo a mi abuelo, pero nunca había cruzado palabra con él. Supongo que un viejo patriarca de esa talla no tiene muchos temas de conversación en común con un niño de la ciudad.

Lo poco que yo sabía acerca de mi abuelo lo había aprendido de oídas. Durante una cena, mi abuela me contó sobre aquella vez en la que el abuelo derribó de un puñetazo a una mula que no se dejaba curar la oreja. Un día mientras pelaba un cochino, el tío Salomón me contó sobre los tiempos de Gómez en los que el abuelo era comisario y se enfrentaba a los cuatreros. Durante los largos viajes desde la ciudad hasta aquel pueblo, mi papá me había relatado las historias sobre la granja de cochinos y sobre la vieja pulpería. Como en los siglos pasados se contaban las historias de Teseo, de Heracles y de Aquiles, en mi familia se contaban los hechos de mi abuelo.

Aquel era un agosto como todos los anteriores: cálido y silencioso. Una noche, cuando yo acababa de cenar, se presentó don Julián en la casa con gran escándalo y seguido por un nutrido grupo de lugareños. Venía sudado, con las botas llenas de barro, las ropas polvorientas y una expresión de gravedad en el rostro. Don Julián contó muy alterado que a uno de sus ayudantes lo había atacado un tigre mientras iba por la vuelta del ahorcado llevando a las reses de regreso al corral. Dijo que el pobre hombre estaba muy malherido y que de seguro no viviría más allá de esa noche. Luego dijo muy serio que cuando un tigre probaba la carne humana no volvía a apetecer ningún otro tipo de alimento y que por eso era necesario salir a matar al animal aquella misma noche. Inmediatamente se inició una gran algarabía en la casa. Todo el mundo parecía tener algo qué decir y la gente comenzó a entrar y a salir con mucha frecuencia. Poco a poco la noticia se difundió por el pueblo y no había pasado mucho tiempo cuando hasta el cura estaba en la sala, mostrándose muy pensativo. La casa se convirtió en una especie de centro de operaciones contra la fauna felina y los hombres iban corriendo a buscar las escopetas, los machetes, las linternas y las redes mientras que las mujeres preparaban tales y cuales ungüentos, amuletos, fetiches y pócimas que estaban destinados bien a proteger a los cazadores contra el acecho del tigre o bien a tratar de salvar sus vidas si resultaban heridos por la criatura. Mi abuelo los dejó trabajar sin decir nada, ni siquiera cruzó palabra con don Julián. Permaneció sentado en su poltrona todo el tiempo mientras afilaba su cuchillo con un aire más taciturno que de costumbre. Pasaron un par de horas hasta que todo estuvo preparado, o al menos así le pareció a la multitud, para iniciar la expedición. Entonces don Julián finalmente se dirigió a mi abuelo.

—Vámonos, catire, ya es demás de tarde y al tigre hay que cazarlo esta misma noche antes de que agarre pa otros laos. Vámonos ahorita y mañana lo montamos arriba del carro del doctor y lo sacamos a pasear por el pueblo pa que toítos vean.

A lo que mi abuelo respondió:

—Yo no me muevo de acá, ustedes vayan y pasen la noche en el monte alumbrando animales si les da la gana. Tú sabes que el campo tuyo da hacia mi solar y que el viento está pegando hacia la montaña. Si el tigre no se ha ido monte adentro, nos va a oler y va a venir acá. Yo me quedo. Buenas noches.

En aquellos pueblos todo el mundo era muy estricto en cuanto a cuestiones de etiqueta y era bien sabido que cuando el dueño de la casa dice “buenas noches” es hora de irse. Todos le dieron la razón a mi abuelo y se retiraron rápidamente. Los hombres se fueron con don Julián y se encaminaron hacia el campo mientras que el resto de la gente se fue a la plaza para establecer un nuevo centro de operaciones.

Yo estaba muy decepcionado. Aunque nadie había dicho nada, yo sabía que la excusa de mi abuelo para no ir de cacería era totalmente absurda. Aunque, en efecto, uno de los extremos del fundo de don Julián lindaba con el solar de mi abuelo, la distancia que separaba el corral de nuestra casa era de varios kilómetros al menos. Demasiado lejos como para que un tigre pudiese olernos sin importar la dirección del viento. Además, incluso un niño de la ciudad como yo sabía que ningún tigre, antropófago o no, había atacado jamás una casa de las del pueblo, aunque la misma estuviese en los límites del mismo. Los tigres vivían en el monte, ocultos en eso que llaman “mogotes” y nunca se acercaban a las casas de familia. Cuando ocasionalmente atacaban a alguna persona o algún ganado era porque la víctima se había adentrado, insensatamente, en el monte. Fue una gran desilusión darme cuenta de que mi abuelo era un viejo cobarde que ni siquiera se atrevía a unirse a una expedición de hombres armados para ir a matar a un pobre tigre solitario.

Me había ido a dormir muy abatido y algo molesto con mi familia por haberme contado aquellas historias falsas sobre las hazañas de mi abuelo. No sé cuánto tiempo había pasado, pero aún era de madrugada cuando me levanté para ir al baño. Salí caminando un tanto dormido aún cuando un ruido extraño me sobresaltó. Era como muchos pedazos de madera cayendo sobre el suelo. Salí al patio para ver lo que sucedía y vi que las gallinas de alguna manera habían escapado y corrían como locas por todas partes. Me apresuré a mi habitación para buscar los lentes y al volver de un salto al patio noté que, sobre los restos del gallinero aplastado, había una sombra acechante.

Aquello era una imagen terrible. Ante mí se alzaba una figura más negra que la noche, de horrendas proporciones, con un olor nauseabundo que parecía nublar mis sentidos y con una respiración que retumbaba en mis entrañas. No se parecía a nada que yo hubiese visto jamás y eso me desconcertaba. Era como ver en un solo lugar todo lo salvaje, maligno y desconocido del mundo. Era una visión que helaba el alma. Recordé en ese momento un libro de aventuras que había leído en casa con un mapamundi que mostraba, en los mares del sur, la figura de una bestia fantástica con el mensaje “Aquí hay dragones” como única indicación. No sabía muy bien lo que era un dragón, pero en esa noche oscura de agosto, en ese patio solitario y silencioso, bajo ese cielo negro y profundo, yo estaba seguro de haberme encontrado con uno. La sombra toda era espantosa, pero lo peor de todo eran los ojos. Si bien el cuerpo permanecía envuelto en tinieblas, los ojos resplandecían con un brillo esmeralda y me miraban, me miraban implacablemente hundiéndose en mi alma. Yo no podía soportar el aguijón de aquella mirada, pero tampoco podía mover ni un dedo, de manera que me encontraba preso de la bestia. Fue la primera vez en mi vida que pensé en la muerte.

Lentamente la sombra se adelantó y, bajo la luz de la luna, la vi transformarse en una dorada masa de músculos con manchas negras. Avanzaba con fuerza pero con sigilo y parecía seguir una trayectoria circular de la que yo era el centro. Comprendí, si es que en aquel estado yo era capaz de comprender algo, que era el tigre y que había llegado mi fin. Me vino a la mente uno de los tomos de la enciclopedia infantil que hablaba sobre la civilización maya y que mencionaba a estas bestias. Recordé que, para aquellos indígenas, estos animales eran una especie de mediadores entre los hombres y los dioses, pero para mí era claro que aquellos salvajes se equivocaban, pues la criatura que yo tenía en frente estaba mucho más cerca de los diablos que de los dioses. Aquellas zarpas, aquel hocico babeante, aquellos colmillos, todo parecía salido del infierno a excepción de los ojos. Los ojos seguían mirándome y parecían ojos humanos. Yo creía ver en ellos un destello de inteligencia, una consciencia oscura y eso me atemorizaba en extremo, pues cuando el río crece y se lleva una escuela completa llena de niños hay luto y tristeza, pero nadie piensa en odiar al río, pues es una fuerza natural sin malicia ni bondad. Pero cuando un hombre asesina a un infante hay llanto, miedo y sed de venganza, pues es una voluntad quien ha asesinado, es una vida que ha pecado contra otra. No es el mal en sí lo que nos espanta, sino lo maligno, y el tigre era maligno. Seguía yo temblando, preso del pánico, cuando de repente la bestia saltó formidablemente para poner fin a mi pequeña existencia y al mismo tiempo estalló un trueno que lo hizo caer en mitad del salto y retroceder velozmente hacia las sombras de las que había surgido. Yo creía estar muerto y me tomó un instante el darme cuenta de que seguía en el mismo patio bajo el mismo cielo. Confundido, miré alrededor y descubrí, detrás de mí, a un gigante que se alzaba en el pórtico.

En una mano llevaba el revólver, mismo que, según me habían contado, utilizaba en sus tiempos de comisario, y en la otra llevaba una linterna. Estaba ahí, erguido y desafiante ante la oscuridad, blandiendo un foco de luz que entonces parecía una estrella. Si la mirada del tigre era un aguijón, el rostro de mi abuelo era una coraza. Quise decir algo, pero aún estaba mudo del terror así que me limité a mirarlo adelantarse y colocarse justo enfrente de mí mientras escudriñaba el patio con la linterna. El tigre seguía ahí, pero se ocultaba en las tinieblas como los diablos suelen hacer. Mi abuelo dirigió el haz de luz hacia el árbol de cerezas y ahí vi brillar por un instante las esmeraldas. Apuntar y disparar fue un único movimiento, pero el tigre era astuto y se hallaba bien oculto entre el tronco y los barriles. No había manera de alcanzarlo ahí con un tiro.

Había pasado menos de un minuto desde que salí con mis anteojos, pero ya se habían librado varias batallas en esta cruenta guerra. El tigre roncaba de la forma más abominable y yo sentía enormes deseos de llorar. Mi abuelo seguía impasible y pasaron algunos eternos segundos cuando de repente vi caer al suelo el revólver. Levanté la vista y lo vi apagar la linterna y tirarla mientras mantenía su mano derecha en alto y flexionaba las piernas como preparándose para saltar. De repente la bestia se abalanzó sobre nosotros como un rayo que parte en dos un árbol muerto. Yo sentí un vigoroso empujón que me hizo volar un par de metros y escuché un rugido salvaje que se fundía con un estentóreo grito no menos salvaje. Las dos sombras se volvieron una y yo perdí la noción del tiempo y el espacio.

Desperté escuchando los sollozos de mi mamá y un gran alboroto de gente corriendo y de golpes en la puerta. Miré alrededor y noté que las luces se encendían. Creí que despertaba de una horrible pesadilla cuando vi de nuevo al tigre en el piso, inmóvil y con los ojos apagados. En su cabeza había algo que brillaba notablemente, entraba por la base de la mandíbula y salía por la frente. Yo lo examinaba incrédulo cuando de repente se alzó y vi salir debajo del cadáver a mi abuelo con una expresión afectada en su rostro cubierto de sangre y tierra. Retiró su cuchillo de la cabeza del animal y, mientras lo limpiaba, me habló por primera vez:

—Váyase pa dentro carajito, que estas no son horas de andar fuera de la cama.

A la mañana siguiente don Julián volvió de su expedición. A un hombre lo había mordido una cascabel y se veía bastante enfermo, pero de resto todos estaban bien. Cuando mi mamá les repitió la historia que yo le había contado, fueron al solar a felicitar a mi abuelo que descansaba en su silla un tanto melancólico mientras afilaba su cuchillo. No mostró mucho interés por ningún aspecto del asunto y les regaló a los cazadores el cadáver del tigre para que lo paseasen por el pueblo montado en el techo de un viejo Ford. Así fue que conocí a mi abuelo.