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De Poemas al margen (entre amores y disparos)

Nota de agradecimiento

Mi madre ha sabido guardar el secreto de que tengo una amante
                                                                                 —y mi esposa también.
Ambas saben por ella corro riesgos
y me protegen,
preparan las coartadas.
En un comienzo
mi madre sospechaba de mi amante,
ponía en tela de juicio sus promesas,
su ternura;
pero con el tiempo llegó a darse cuenta de que es mi amante la que me da esperanzas.
                    y me alienta;
por ello nos prepara la cobija y las palabras.
Mi mujer también puso en duda la sinceridad de mi amante.
Hurgó entre sus cosas y llegó a la conclusión de que no puedo vivir sin ella.
Sin amante no tendría ojos para ver qué ocurrirá mañana.
Por eso a riesgo y con cierto temor la amo a escondidas,
entre líneas y sueños.
Sé que algunos se han dado cuenta de los hechos y me censuran,
pero tengo la certeza de que el próximo abril podré pasear por la avenida con mi amante.
                         (y con mi mujer y mi madre;
mucho se han ganado
por guardarme este secreto)

 

A la fábrica está prohibido llevar canciones

Quienes hemos vivido en la fábrica
podemos decir
que ella es el mismo infierno.
A sus ventanas les está prohibido el mar,
a sus puertas la llegada del juego.
La fábrica es una vieja casa
habitada por cosas perdidas.
Cuando el viento entra en ella
trae su silbido
entre anocheceres y espinas
porque la fábrica
es un largo tormento que dura
lo que dura el día.
Ir a la fábrica en la noche
es lo mismo que encontrarla en la mañana.
En nada se diferencia
la luz de la oscuridad.
Hemos por momentos decidido abandonarla,
pero el deseo se vuelve una amenaza
que termina por fundir nuestras espadas.
A la fábrica está prohibido llevar canciones
o leer un libro en uno de sus rincones.
La fábrica es mi noche.
Vivo a pesar de ella,
pero es el tormento que me dice que aún vivo.
De todas formas,
pese a las circunstancias
yo inscribo en sus paredes mis sueños.

 

Manual de la prostituta

Claro que con los años una va
Más ligera al mercado del amor.

Bertolt Brecht

He aquí las exhortaciones que hace a la joven quien ya conoce los recovecos del asunto:

Recuerda, muchacha, que quien llega a tu lecho no sólo busca la carne, también le hacen falta las palabras, los gestos y la risa.

Palpa y acaricia al recién llegado como si lo amaras. Él sabe que no es cierto, pero le gusta creerlo. Aunque no llegues a besarlo, acarícialo de tal modo que crea que el beso es innecesario.

Cuéntale de tu vida, él quiere saber que has amado, quiere imaginarte como una muchacha a la que pudo haber conocido una tarde, de la que pudo haberse enamorado.

Escúchalo. Él también necesita desahogar sus fantasmas. Si te ha buscado no es precisamente porque en su vida abunde el amor.

Dile tu nombre falso, que él sabe que es falso, como si fuera verdadero. Tu nombre ha de evocar la pasión, el hogar encendido, pero también la ternura y el alba.

Él también te dirá cosas falsas, pero con el tiempo aprenderás a leer en sus ojos la verdad. Si miras como al descuido en ellos hallarás viejos y nuevos amores tristes.

No está bien en nuestro oficio amar o esperar; pero ámalo, si bien después de la cita tu amor deba concluir.

Si te dice que volverá no lo esperes. Es posible que te diga la verdad, pero no depende de  él. Quizá también te ha amado por un breve tiempo, pero (igual que tú) pronto te olvidará y amará de nuevo.

Cuando te despidas recibe el dinero como con descuido, son gajes del oficio. Hazle creer, aunque en el fondo sospeche que no sea cierto, que aun sin él tú le habrías amado.

 

Pequeña obra de teatro

(Él y ella. Al fondo, un montón de promesas hechas y deshechas).

Él: Una mujer que promete y no cumple su promesa es como el leño que no ha dado fuego.

Ella: La mujer que no promete, sin fragancia se ha quedado. Pero la promesa misma, no compromete a nada.

Él: Toda mujer ha de prometer algo: si quiere ser arroyuelo, agua; si quiere ser cielo, gozo; si boca, beso; si piel, caricia.

Ella: Una mujer que promete y no cumple puede seguir prometiendo, porque su gracia misma es la promesa.

Él: ¿Y qué de aquél que promete y no actúa?

Ella: El hombre que promete y no cumple es un cobarde. Al olvido será arrojado.

Él: Hay mujeres que prometen demasiado y...

Ella: Toda mujer si es mujer constituye siempre una promesa: de amor, de labio, de piel y vientre. Un gesto es una promesa, una voz, una mirada.

Él: ¿Qué hacer con tantas promesas?

Ella: No se puede cumplir tanta cosa prometida; pero sí vivir gracias a ello.

Él: ¿Eres tú una promesa? ¿Puedes cumplirla?

Ella: El hombre no busca la promesa, busca el acto. Ignora que, una vez consumado, otra cosa será prometida. O morirá él mismo por la promesa.

Él: Un hombre casi nunca promete.

Ella: Pero muere por las promesas. Sólo una mujer puede romperlas; el hombre las abandona o reniega de ellas.

Él: Dichoso el hombre que nunca promete.

Ella: Dichosa la mujer que promete tantas cosas a la vez.

 

Constancia del odio

En verdad no puedo decir
que tenga muchos enemigos
                                 —cosa que me avergüenza un poco.
Eso quizá por mi mala costumbre
de discutir sólo conmigo mismo.
Tener un enemigo implica demasiado sacrificio:
Hay que levantarse desde temprano
y acostarse con la última estrella
para seguirle los pasos.
Quien tiene un enemigo vive gracias a él,
pero la vida se le vuelve tormento.
Un enemigo exige más fidelidad que una amante;
la esencia del asunto consiste en la vigilia,
en hacerle saber al otro que no habrá rincón oculto
y que de nada sirve que se esconda tras la noche.
A los amigos se les puede abandonar por ratos;
el enemigo exige constancia
y en realidad yo no estoy para esos trotes.
No sé qué tan fiel sea yo con quienes me odian,
pero espero que ellos lo sean conmigo.

 

De Demandas del cuerpo

No dura la piel lo que el amor

Mujer hermosa no es para amar.
La belleza es arroyuelo
que llegado el verano se evapora.
Mujer hermosa breve fuego
Que no pasa de la noche.
Como a la rosa
ámala no más por un breve día,
bebe sus luces y fragancias
y con delirio recorre
la piel que mañana no será.
Mujer hermosa fugaz promesa,
clímax de un amor infecundo.
Quien ama a mujer bella
se condena a muerte.
Pronto descubrirá el tiempo
que por el agua pasa
y sabrá que la belleza
dura menos que el poema.
Amar a mujer hermosa es olvidar el tiempo,
creerlo detenido en nuestro puño
como si ajena nos fuera la mano que en la piel
teje el paso de los días.
Mujer hermosa no es para amar.
El problema no estriba en perderse,
sino en descubrir
                  —quizá tarde—
                         no dura la piel lo que el amor.

 

Pobres y hermosas

Pobres y hermosas son estas muchachas.
A pesar de la miseria que amenaza sus ojos
descubren su luz en cada calle.
No sabe uno cómo
habitando un país perdido
pueden ser tan bellas
y tener tiempo para la sonrisa,
para el amor y el sexo.
(Tierra infértil también da frutos;
cada sombra guarda su luz,
toda derrota su esperanza).
El agua que las bendice
cura la soledad del hombre.
Las calles de las que brotan
siembran en sus pieles
el universo de sal
en el que la tristeza se desahoga.
También al infierno lo invade el paraíso.
También el desierto sabe de la rosa.
Pobres y hermosas son estas muchachas,
una antigua guerra
resalta su belleza.

 

Cómo se llama el amor que...

¿Cómo se llama el amor que no tengo?
¿Dónde están los cuerpos que en otro mundo construido
se estremecían bajo mis manos?
Todo fuego me ha sido negado
o quizá sea yo mismo
quien haya cerrado con llaves y trancas
la puerta que da a la aurora.
¿Cómo se llama la fe que no tengo,
la esperanza que me niego?
De nada me sirve recorrer en toda su extensión
el día y la noche,
si no espero nada al amanecer,
si ni siquiera confío en la lejana luz de una estrella en la madrugada
o en la bombilla que contra mi rostro
desata inútil sus rayos.
¿Dónde se construye el amor?
¿Dónde la esperanza?
Polvo de luna es mi corazón.
Sólo hojas muertas se contemplan
en el viejo árbol que soy.

 

De los oficios

Llorar tienen de tarea mis ojos.
Luchar tienen de tarea mis manos.
Amar de oficio mi corazón.

 

De papeles y documentos, que dicen

Un hombre que desea a una mujer
conversa a solas con ella.
Ella no sabe nada
y dice tasa de cambio,
intereses,
mientras el hombre mira sus ojos.
De economías no sabe el deseo.
A la piel le gusta vivir del exceso.
De allí que el hombre
                  —que vino a esta oficina por asuntos de negocios—
no escuche.
Mientras la mujer busca con sus manos
viejos y nuevos datos en el ordenador,
él descubre que el sol existe,
aun en esta oficina.
Crédito pronuncian los labios
y alguien reconoce que la carne
también anhela sus ganancias
sin importar que en el asunto
se pierda toda empresa.
Navega la mirada el mar que es toda mujer.
No desconoce el hombre que el deseo nunca será saciado
y aun así desea.
Las manos despliegan los papeles,
documentos o formatos, dicen,
mientras sugiere la cabellera
la bella oscuridad que tiene la noche.
A sus órdenes, dice la mujer
y querría él pensar que la oferta es cierta.