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Mujer de 47 años, soltera.
Busca novio. Alto, delgado.
Sencillo en gustos, dientes derechitos y blancos,
Sonrisa coqueta y romántico.
Soltero.

¡Sí, la solterona busca novio! Se quedó soltera por cuidar a su madre, la cual la traumó desde niña diciéndole que era realmente gorda. Ahora lleva una vida aburrida, del trabajo a casa. Es maestra de primaria y le dan asco los gordos. Desea una relación perdurable, un cuento de hadas, un príncipe cortés y valiente que la lleve al gran baile.

P.d. Ella es virgen.

 

Dos meses después...

Mujer de 40 años, soltera.
Busca novio, estatura no importante.
Sencillo en gustos, sonrisa coqueta y romántico.
Soltero o viudo.

¡Solterona! No lo he escrito yo, lo ha gritado mi conciencia. ¡Estoy decidida, pretendo un novio!, de preferencia delgado, pues dicen ser excelentes en la cama, coqueto y atrevido, preparado para una relación perdurable. Si aún es soltero, esté consciente que lo es por causas del destino, no porque sea gay, maricón, travesti o bisexual.

P.d. Lo espera una virgen ardiente.

 

Cuatro meses después...

Mujer madura.
Busca amante.
Sencillo en gustos, romántico.
Soltero, viudo o divorciado.

La solterona aún espera refundida en el último cajón del armario. Se le fue el tren por estúpida. ¡Sí!, por el qué dirán, por el qué pensarán los vecinos de mí. ¡Pendeja!

Sin fines de boda. Sólo ansío un hombre delgadito, que no se fije en los senos flácidos, ni en los cráteres de las nalgas, no importa que sea divorciado, dispuesta estoy a llevar a los niños al parque los domingos, incluso disputarlo con su ex mujer algún viernes y además, repartir el cheque de la quincena por partes iguales. Bueno, siempre y cuando el compromiso de matrimonio sea un hecho.

 

Seis meses después...

Mujer
Busca amante.
No interesa casado o viudo,
No amistad perdurable.
Sólo buen sexo.

Solterona en apuros, le urge un ligue, no importa que esté panzón o le falten piezas dentales, el único requisito es que coja rico.

 

Meses después...

Suena el timbre de la puerta, es él. Un temblor recorre todo mi cuerpo. Me flaquean las rodillas. Sonrojada lo invito a pasar al hall. Tiene buena pinta.

No le permito que hable, no importa si se llama Juan Pérez, Reynaldo García o William Smith. Le muestro el sillón, se siente cómodo. Ofrezco vino y mientras lo sirvo aprovecho para observar de reojo, admiro su seriedad, no es un galán de telenovela, pero tiene buena apariencia. Se derrama el vino y cae sobre su impermeable. Guiñe un ojo, seductor. De manera elegante se despoja de la gabardina, lo mido con la mirada, atónica, su altura logra inquietarme. Me acerco nerviosa, ofrezco una copa, me toma de sorpresa restregándome los senos; una batalla lunática, un mar de ropa en el suelo, sus músculos torneados, su estrechez, su talle, ¡qué talle!

Lo recorro con la lengua pastosa hasta el cráter de Mercurio, sujetando con firmeza el Brazo de Orión, que embona perfecto con la curva de la cintura, su virilidad luminosa recorre despacio mi pecho, humedeciendo con vino blanco la grata locura y como loba fiel, le rindo tributo a la luna.

Montada sobre Júpiter envuelta en un raro don de lenguas, escupo plegarias inconexas, sin sentido; con las pupilas demoradas registro a Neptuno, quien desgaja en posiciones poco ortodoxas que llegan desde el espejo de la bañera. Un huracán artificial taladra en Urano y logro sostenerme de las uñas sobre los aros de Saturno, mientras le gimo afanosa a Marte al oído.

La energía del Sol lo consume todo por dentro, evaporando su gracia por donde Plutón tropieza sobre el monte de Venus. ¡Perpetua lujuria, rotación frenética de la Tierra!, sobre una lluvia de estrellas compactas, fugaces, cae rendida la castidad oceánica que tanto tabú protegía.

Descansando sobre la repisa, el periódico:

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