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Maxicahe

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¿Cuántos años tenía ya Eustaquio iniciando el día con esa deliciosa rutina? Con absoluta precisión, una vez que se despertaba, posaba su mano derecha sobre la nalga izquierda de su mujer, metía el dedo pulgar por debajo de la liga de la braga y levantaba ésta ligeramente, abriéndole paso al índice, luego al medio y así a toda la mano con la que la acariciaba en círculo durante unos dos o tres minutos.

A veces pensaba que la rutina que allí iniciaba se podría algún día volver fastidiosa, pero rápidamente abandonaba aquella idea, pensando que en algunos momentos difíciles añoraría toda esa sucesión cronométrica de trámites hasta salir de la casa y luego en su vehículo al trabajo.

Pocos minutos después vaciaba el resto de la inmensa taza de café negro sin azúcar, para luego rasurarse, bañarse y vestirse para bajar al estacionamiento.

Bajó a las 7:30 am, como siempre sin conseguirse a nadie del pequeño edificio, y luego encendió el vehículo, calentándolo por varios minutos. Respiró hondo y exhaló todo el aire lentamente, signo inequívoco de que el organismo se preparaba para acometer una dura jornada de trabajo. Abrió el portón automático y tomó la calle hacia la izquierda hasta empalmar con la avenida que veinte minutos después lo pondría en su oficina, situada en el centro de la ciudad.

Apenas enfiló por la avenida cayó en cuenta, estupefacto, boquiabierto, que no sólo no estaban allí las mismas cosas de siempre, particularmente no estaba el cerro al fondo que obligaba a la bifurcación de la avenida hacia los lados. Justo allí estaba un semáforo que no existía la noche anterior (tuvo la tentación de pensar que el gobierno trabajaba rápidamente durante la noche para no perturbar a los ciudadanos, pero cómo hicieron para volar el cerro sin que nadie se diese cuenta ni se sintiese nada) y tomó hacia la derecha para seguir hacia donde suponía que hallaría su oficina. El sempiterno puesto de periódicos no estaba en su lugar y mucho más allá encontró un sitio donde los vendían, lo cual dedujo por la cantidad de gente que salía con un diario en las manos. Era una casa vieja, metida un poco hacia dentro de la calle y en la que también vendían desayunos.

Eustaquio (ya a esa hora del día empezaba a ser el licenciado Eustaquio) se bajó del vehículo y miró con extrañeza todo cuanto le rodeaba: no eran los mismos parroquianos de todos los días; donde ayer había edificios hoy había casas y viceversa, el vendedor de periódicos no era el de siempre y, finalmente, lo más extraño era que todos los diarios eran de nombres por él no conocidos. ¡Vaya comienzo del día! Empezó a sentir como si un torrente de sangre quisiera salir de su organismo cuando pensó que si todo era diferente, seguramente iba a tener dificultades para llegar hasta su oficina.

Así fue. A duras penas llegó hasta la plaza mayor, errando con frecuencia en cruces que no eran los conocidos, pasando por debajo de puentes que nunca habían estado allí, manejando por entre museos o centros comerciales que jamás había visto. Llegó, pues, a la plaza mayor dando tumbos, deteniéndose a cada momento a preguntar a alguien, lo que hacía que otros conductores tocaran desesperadamente las bocinas de sus vehículos.

Se estacionó como pudo en los aledaños de la plaza mayor y comenzó la tarea no menos ciclópea de ubicar lo que debía ser el edificio donde trabajaba. Se sentó en un banco de la plaza y revisó lo acontecido hasta ese momento, repasando la ruta que había recorrido. Fijó las referencias, por si acaso, como el Museo Patriota, el Centro Comercial de la Gracia (a cinco niveles y con una pista de patinaje en su azotea) y el Barrio de los Hombres Generosos del Sur (zona de gente pudiente, así llamado porque sus primigenios integrantes provenían del sur del continente). Miró su reloj y calculó el tiempo del traslado desde su casa, casi media hora, lo que significaba más o menos diez minutos más de lo habitual.

Eustaquio se aproximó mentalmente lo más que pudo al sitio donde debía estar su oficina, la calle Apóstol, ubicada en el ángulo noreste de la plaza (¡vaya plaza!, no era la suya pero al menos se le parecía) y al llegar allí se encontró con la calle Kerus Gabán, un poco más amplia que la de su oficina, con casas de una o dos plantas de lado y lado, la mayoría con avisos que ofrecían servicios de música nacional, de aprendizaje, fiestas o ferias. Nada parecido a lo suyo, por lo que para orientarse mejor compró un mapa de la ciudad (pidió uno de esta ciudad, por si acaso no se llamaba como la suya, y conoció así que la ciudad se llamaba Maxicahe). Caminó unos cien metros, que era la distancia entre el ángulo de la plaza y lo que debía ser el Edificio Imperial del licenciado Eustaquio, ¡mírelo usted ahora, perdido en su... ¿ciudad?!, no, más bien en su vida, y encontró, sí, un pequeño edificio de tres plantas, el Centro de Oficinas Vanguardia, donde también se anunciaban servicios de abogados y contadores; tragó saliva nerviosamente y revisó la cartelera profesional y pensó cómo tomaría esa situación, apareciese él o no en la misma. Lo hizo una y otra vez, hasta que se aseguró de que su nombre no estaba por todo eso. Se giró descorazonado para regresar y, cuando empieza a pensar qué hacer, siente que una voz femenina le dice: “Mírenme esto, ¿quién se lo iba a creer?, nada menos que el licenciado Eustaquio en persona, ¿qué haces por aquí?”, y él, balbuceante, le responde: “Eeem, este, sí, hola, el mismo que viste y calza, tú eres... ujm...”, y ella lo interrumpe: “¿No te acuerdas de mí?, tu gran amiga de muchos años por más que hace bastante tiempo que no nos veamos, Clarita, vale, ¡Cla-ri-ta!”.

“¡Ah, claro, Clarita, bueno sí, ando por aquí de paseo”, le mintió Eustaquio para no demostrar su confusión, pero ella rápido le contestó: “¿De paseo en tu ciudad?, ¿cómo es eso?, ¿o es que ahora esa bonanza y esa soltería empedernida te han vuelto lunático?”. “¿Soltería empedernida? ¿Bonanza? ¿Qué es eso?”, pensó Eustaquio, pero optó por aclarar: “No, quiero decir que hoy no voy a trabajar, ando por aquí dando vueltas”, concluyó, contando con que ella supiera que por allí no había ninguna oficina suya. “Discúlpame, Clarita, es que de verdad he tenido unos días, por no decir meses difíciles, y me la paso enredado, ¿te puedo pedir algo?, bueno, en realidad te lo pido si tienes tiempo disponible, no me lo vas a creer, pero lo que más quisiera en este mundo es... digamos, dejarme llevar, sentarme en un automóvil con alguien que maneje, me lleve a todas partes, conversemos y luego me traiga nuevamente aquí para irme a mi casa, ¿puedes, no es mucho pedir?, si no puedes...”. Clarita lo interrumpió: “Mira, Eustaquio, yo no soy tan pudiente como tú, pero trabajo por mi cuenta y si me quiero agarrar una mañana o un día, lo hago y punto... ¿ok?”.

Eustaquio respiró hondo con disimulo, pensando que después de todo debía correr aquel riesgo para saber qué pasaba; sí, claro, ahora se acordaba de Clarita Gabán (por cierto, pensó, ¿tendría el nombre de aquella calle donde debió estar y no estaba su oficina alguna relación con ella?). “Bueno, Clarita”, le dijo simulando confianza y arriesgándose, “llévame a dar vueltas como si yo jamás hubiese vivido aquí, tú sabes que por mis ocupaciones nunca he estado al tanto de muchas cosas, explícame, háblame, indícame lo que sea, en fin, lo que tú quieras...”.

Caminaron unas dos cuadras, se montaron en el automóvil de Clarita y empezaron su gira citadina (y seguramente no totalmente citadina). Eustaquio se preparó para llevar las cosas de modo que no fuera tan evidente su desarraigo con aquella ciudad y aquella gente. Ya un poco más relajado le pidió una última cosa: “¡Clarita, quiero ser y estar totalmente anónimo, no me lleves donde me conozcan, mucho menos mi familia, mi casa o mi trabajo, ¿estamos?”. “Está bien, señor misterio, total, después de tanto tiempo y a pesar de su trato conmigo en los últimos días que nos vimos, usted se lo merece”.

Tomaron por la calle Lanceros y allí mismo empezaron las inquietudes de Eustaquio, pero no podría preguntar por todo y por nada. La regla de oro era dejar que ella hablara y sólo cuando estuviese trancado buscaría una orientación lo más disimulada posible. Pero, afortunadamente, ella decidió hacer de todo una mezcla de terapeuta del cansancio y guía turística, un poco en serio y un poco en broma, lo que como veremos ayudó mucho.

Así que, medio en risa, le dijo: “Como bien usted sabe, niño bonito, la calle Lanceros es así denominada en honor a la selección nacional de fútbol, la cual participará próximamente en el Mundial y que según los apostadores tiene una clara opción de llegar a la final y hasta ganarlo. Estamos pasando por el edificio también llamado Lanceros, que en su parte posterior tiene una cancha de dimensiones exactas a las del Mundial y allí entrenan los muchachos. El edificio en sí tiene habitaciones para jugadores y técnicos, sala de masajes, gimnasio, sala de Internet, comedor y, en el piso último, la famosísima oficina azul planetario, técnicamente la ‘sala de orientación psicológica’ y popularmente llamada ‘teatro de la fuerza de los lanceros’, porque, se lo digo aunque usted lo sepa, allí los preparan para jugar sin miedo, para sentirse de iguales con sus adversarios más fuertes (le añadió que merced a ese empeño había vencido por goleadas a los últimos campeones y subcampeones mundiales), les nutren la autoestima y, según las malas lenguas, también se maneja con mucho dinero la guerra de subestimación de los adversarios a través de los medios de comunicación social y se diseñan perfiles llamativos y hasta extravagantes de los jugadores, para intimidar a los contrarios”. Había también una foto inmensa de un jugador de aspecto aindiado, con un rostro que a Eustaquio le recordó aquella tablita que ponían en algunos negocios: “Aquí se fía cuando este indio se ría”, y supo por boca de Clarita, que se lo explicó sin preguntárselo, que era Awari, el capitán y estrella de la selección, máximo goleador, quien por vía de rituales muy precisos había recibido de sus antepasados un don de escabullirse por la cancha y sólo evidenciar su presencia cuando ya ejecutaba alguno de sus formidables goles.

Siguieron por la avenida y cruzaron otra inmensa a cuatro canales, siguiendo siempre en dirección de Lanceros. Eustaquio veía con intensa curiosidad mucha gente que caminaba acompasada y ordenadamente por las aceras, aun en los sitios donde había ventas masivas de cualquier cosa, siendo sacado de su concentración por unos señalamientos viales. Hacia la derecha, “Vía Ciudad La Paz”, y múltiples vallas que ofrecían restaurantes, hoteles y diversiones en la playa. A la izquierda, amplias edificaciones con terrazas sembradas de hortalizas y un señalamiento “Vía Campos de Libertadores”, con vallas de fotografías de zonas montañosas y albergues con calefacción. Ya como que Eustaquio empezaba a enloquecer de nuevo con todas estas cosas que nunca había visto en las cercanías de su casa (pensó que “de nuevo”, o sea que ya había enloquecido alguna vez esa mañana), pero lo interrumpió Clarita apenas cruzaron la avenida Paradigma.

“¿Te acuerdas, Eustaquio, de aquel hermoso verso improvisado que inventamos el primer día que nos hicimos el amor y que repetimos cada vez que lo hicimos nuevamente? ‘Esta es mi voz, la voz de tu hora’, y tú agregaste: ‘Esta es mi hora, la hora de tu voz’, y no sé cómo me salió del alma, hoy pienso que el amor es así, agregándote: ‘que te alcanza en todo lo que eres’, y tú, Eustaquio, sin pensarlo mucho, añadiste: ‘que será todo lo que de mi ser alcances’. Y luego, nuevamente yo, ‘si es también mi tiempo, lo imaginaré eterno’, y tú, otra vez sin darle muchas vueltas: ‘imagino, mujer, la eternidad de tu voz’. Y concluimos, creo que casi a coro: ‘en este instante de un tiempo y voz sin horas’ ”.

Eustaquio lanzó un evasivo “sí, hermoso realmente”, después de haber balbuceado la última línea del verso, haciendo que se dormitaba un poco para ganar tiempo hurgando en los recuerdos (pensó en la palabra “rebobinar”, como a mucha gente le gustaba decir ahora), pero no le costó mucho empezar a dar con ellos. Rápidamente colocó su cara hacia la ventanilla del vehículo, como para no ver a Clarita, y con precisión de relojero tocó con la punta de su dedo medio un lunar que ella tenía en el muslo derecho, “¡aquí está!”, le dijo, y ella: “¡Oye!, ¿cómo te acuerdas de eso tanto tiempo después?”. Eustaquio sintió una punzada fría que le subió desde el estómago y pensó que se le complicaban las cosas.

Eran las 10:45 am. Distraídos con aquellas ocurrencias, Clarita no se percató de la seña que le hacía un oficial de policía para que se detuviera, por lo que tuvo que frenar un poco bruscamente. El oficial le llamó la atención por su distracción, pero la dejó ir —indicándole que debía tomar un desvío hacia la derecha, por la Zona Constructiva—, no sin antes comprobar que la conductora no tenía registradas faltas de tránsito, lo cual hizo con un dispositivo del tamaño de un lápiz que apuntó perfectamente hacia la placa del vehículo.

“Eustaquio”, dijo Clarita con cierta preocupación, “sé por noticias que he leído en la prensa que tú tienes, digamos, dificultades, por no exagerar, con las autoridades y sistema de la Zona Constructiva, pero te agradezco un comportamiento cónsono con este reencuentro después de muchos años, no vayas a dañarlo, ¿ok?, además, sólo bordearemos la avenida principal para retomar más adelante la Lanceros y luego llevarte a un sitio que supongo conoces, pero en el que quiero estar contigo, ¿no me dijiste, acaso, que dispusiera de ti por el día de hoy?”.

“Mierda”, pensó Eustaquio, “ahora si me jodí, ¿qué demonios será esta Zona Constructiva, que de paso tengo problemas con ella?”.

Empezó a inventar rápidamente cualquier argumento que le permitiera saber de qué se trataba todo esto, pero súbitamente observó una inmensa valla con un aviso que resaltaba “Bienvenidos a la Zona Constructiva”, seguido de un inmenso texto. Lo aprovechó para decirle a Clarita que, aunque no lo creyera, él jamás lo había leído con atención, “tú sabes, las preocupaciones, el ajetreo diario, déjame leerlo y disfrutarlo como debe ser”. “Está bien, todo sea por complacer al niñito malcriado”, le dijo Clarita con una sonrisa.

La valla decía: “Esta zona ha sido diseñada por el Estado para que usted, ciudadano, aporte cualquier idea para el bienestar de su patria. Dispone de edificaciones confortables, mobiliario, ordenadores e Internet, sin costo alguno, más alimentos y bebidas que le serán suministradas en proporción al tiempo que dedique a pensar. La utilización de este sitio con propósitos distintos al mencionado o sin ninguna producción intelectual, implicará un registro negativo en su ideario y la obligación de cancelar, con un incremento sancionatorio, el tiempo y bienes consumidos en la zona. Artículo 345: Los sensores de captación de flujo de ideas han sido distribuidos de modo tal que cubran la totalidad de la Zona Constructiva. El indicador (azul) de idea ya aportada lo obliga a ratificarla por los canales a su disposición en el término de 24 horas contadas a partir del registro expresado en dicho indicador. El indicador (amarillo) de idea nueva lo obliga a expresarla en cualquiera de las cabinas idearias en forma inmediata. El incumplimiento de esta obligación durante su permanencia o tránsito por la zona le acarreará las sanciones legales correspondientes”.

Y más abajo, un pequeño mapa con la indicación “Usted está aquí” junto con una flechita que advertía que faltaban cien metros para el acceso a la Zona Constructiva.

Eustaquio pensó que esto era el colmo. No sabía dónde estaba, se había conseguido una amiga que recordaba y no recordaba, veía gente que no conocía y ahora iba a pasar por una zona de la que no sabía nada.

“Clarita, detente un momento, antes de que entremos a la zona, coño, yo no quiero pensar nada, ando cansado, quiero pasar un día de relajamiento contigo y me vas a meter en este problema, ¿puedes, en todo caso, pararte a un lado de la vía unos minutos?, cuéntame tus experiencias y qué trucos, si es que hay, para evadir la producción de ideas valiosas en la zona. Clarita, porfa, luego pasas corriendo y salimos de aquí, ¿está bien?”. Todo esto dijo Eustaquio jadeante, pensando que si la luz era azul ya estaría bien lejos de aquí cuando tuviera que ratificar la idea, pero cuál sería la sanción si se encendía el indicador amarillo y él se negaba a reportarla, tal vez un arresto de varios días, y qué pensaría su esposa, tremendo lío, preso un tipo que no sabe ni quién es aquí, ¡ah! y si la idea es buena y lo atajan en la otra, digamos, alcabala, y se lo llevan para que la exponga y hasta para que la lleven a cabo, ¡nooooo, no quiero pensar en esto!, ¡me niego!

Pero Clarita lo sacó de ese estado: “Compañero, qué es eso, ¿usted no y que es uno de los más diestros de los torcedores de la Zona Constructiva?, pero está bien, cuando te diga ‘ya’ te pones en blanco o usa el truco del correteo, que esta avenida nunca tiene tráfico y son apenas quinientos metros y luego vamos a lo nuestro, ¿cómo es eso de que me detenga en la vía, me vas a decir que haga algo contra la ley?”.

Eustaquio no se atrevió a preguntar qué era eso de ponerse en blanco, aunque suponía que era concentrarse en no pensar en nada, pero ¿la técnica del correteo?, ni por casualidad. Estaba tratando de imaginarse lo que era y en eso Clarita dijo “ya” y al infeliz Eustaquio no se le ocurrió otra cosa que hablar como un loco mientras su amiga se desplazaba por la avenida principal de la Zona Constructiva:

“Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña y al comprobar que resistía fue a buscar otro elefante, dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña y al comprobar que resistía fueron a buscar otro elefante... (Eustaquio se ponía las manos sobre los oídos y las apretujaba contra ellos, como impidiendo que le pudiese brotar alguna idea), ¡apúrate, coño, Clarita! ...brrrrrrrrrrrrrrr, / no tengo ideas / soy un mal nacido / no tengo ideas, / soy un mal nacido, ¡acelera!, ¿cuánto falta para salir de aquí?, ¡qué vaina tan huevona, / me cago en esta zona (Clarita lo interrumpía: “¡Caramba, niño bien, qué modales, pareces un carajito!”, pero él apenas la veía y seguía tapándose los oídos), ¡Clarita está buenota, / tiene unas piernotas”, hasta que entraron en una franja demarcada en la vía, donde un letrero señalaba que se estaba saliendo de la Zona Constructiva, se le agradecía su colaboración (me cago en tu opinión, pensó Eustaquio) y pasaron otra alcabala y ya todo terminó.

Clarita oprimió un botón de un surtidor de tickets, tomó el que la máquina le dio y le dijo a Eustaquio que la opción uno, es decir, aportes al CAI (Centro de Acopio de Ideas), había resultado negativa. Eustaquio le preguntó qué había sucedido con ella y le respondió que aparte del tiempo que estuvo entretenida con sus ocurrencias, sólo pensó en el programa de mejoramiento de los servidores públicos y que disponía de las veinticuatro horas para ratificarlo.

Retomaron la avenida Lanceros y como a unos quinientos metros se anunciaba la entrada a una zona de venta de comidas de todo tipo, indicando que eran dos kilómetros de lado y lado, precauciones para estacionarse, precios y una frase como para pensar: “Comidas, según lo que vayas a hacer luego o lo que quieras de ti” (“otro nuevo laberinto”, pensó Eustaquio, “¿cómo serán esas comidas?, pero no pienso más, que Clarita escoja la que se le antoje”). Pero ella le preguntó qué prefería y así justamente le contestó: “Lo que tú quieras”, pero ella insistió en la pregunta y él insistió en la respuesta, entonces Clarita le preguntó si se atenía a la opción del surtidor de tickets de la alcabala de la Zona Constructiva y Eustaquio se entregó y le dijo que como ella quisiera, no quería seguir descifrando sandeces; bien, en todo caso, tenía la última opción de salir corriendo y llegar a su vehículo y marcharse a casa.

“No me digas que tú no eres un experto, sinvergüenza como eres y la fama que tienes, como para no imaginarte la opción del surtidor”, le preguntó Clarita, y él se limitó a expresarle que hoy no era su día, que estaba estresado con lo vivido y que era un día de paz el que él quería.

“Mando yo, pues”, y continuó Clarita con su confundido acompañante la marcha, deteniéndose cuando había recorrido más o menos un kilómetro; cruzó hacia la derecha, introduciéndose por un portal. Se detuvo en un puesto que anunciaba con una luz verde y con el número de su placa que ese era el que le correspondía. Descendieron y caminaron hacia una edificación toda en azul pálido, entraron y allí vio Eustaquio varias opciones, con una principal que era un gran comedor de doscientos puestos, todos para dos personas. A los lados del comedor, a la izquierda una sala de Internet y una de masajes, a la derecha un tal “Relaxation Room” (“también aquí esa manía de ponerle a todo nombres gringos”, pensó Eustaquio) y a su derecha el “Meditation Room”. “Lo confirmo, ¡coño!, por fin tenemos algo en común con mi ciudad, ¿mi ciudad?, a todas estas, ¿cómo se llama esta ciudad?, ¡igual que la mía, no puede ser!, no, recuerdo que es Maxicahe”, casi quería gritar estos pensamientos, cuando sintió el pitico de un mensaje de texto que le llegaba por el celular: “Amor, ya es casi la hora del almuerzo, todo está listo, te espero, trae pan. Tu esposa”.

Nunca antes se había sentido tan alegre con un mensaje de su esposa. Quería regresar y verla y abrazarla. No saldría de su casa por varios días y compraría toda la prensa del país, en espera de encontrar alguna noticia de esto que le estaba sucediendo a él, que quién sabe a quién más le sucedía. No importaba nada más ahora. Llamaría a su secretaria, que tenía que existir, ella no podía estar metida en este laberinto, y le diría que no atendería a nadie, total, tenía dinero suficiente para resistir varios días, tal vez un tiempo más o menos largo, pero ni de casualidad que volvería a salir de la esquina del cerro escondido (así bautizó el cerro que estaba después de la bifurcación cercana a su casa y que esta mañana había desaparecido) hasta que esto no estuviese claro.

Pero la realidad era demoledora. Tenía por delante el reto de saber qué era todo esto y asumió que debía averiguarlo un poco más y luego se iría, bueno, comería algo con Clarita y se iría con cualquier excusa.

Le devolvió a su esposa el mensaje: “Hoy he tenido complicaciones imprevistas. Iré más tarde del almuerzo. Te quiero. Eustaquio”. Clarita, que había oído el pito del mensaje del celular, le dijo: “Seguro que tienes que irte, ya me parecía...”, pero Eustaquio la interrumpió: “No, no, sólo tengo que hacer unas consultas en Internet, dame media hora, haz algo por ahí mientras tanto, para luego poder compartir en sana paz...”.

Eustaquio sacó algo de dinero de un cajero, pero haciéndolo se le trancó la respiración pensando que no sirviera su tarjeta o que él no existiese para ese banco, que era su banco de siempre, o que la moneda de curso legal no fuese la de su ciudad (¿su ciudad?). Y se metió en el salón de Internet. Tenía media hora disponible.

En pocos minutos comprobó que su correo y la página web que más utilizaba estaban allí, buscó en Google la información de su persona, todo en regla, su profesión, trabajo, su empresa y, por supuesto, nada que lo relacionase con esta ciudad donde, bueno, donde también existía, donde era un hombre polémico, se podía decir que tuvo novia, ¡ah!, y también una posición social y económica muy sólidas; luego halló la página www.zonaconstructiva.com, que le remitió a www.personajesdelaciudad.com, y bien, desde allí iría a otras si el tiempo y Clarita se lo permitían.

Leyó lo más rápido que pudo y lo que obtuvo lo envió a su correo personal para leerlo y releerlo al día siguiente. Sin problemas. “¡Qué extraña esta simbiosis!”, pensó, y ya había pensado bastante ese día, menos en el pequeño trecho de la bendita zona constructiva.

Tenía dos infracciones recientes detectadas por el indicador amarillo de la zona constructiva, es decir, que había tenido ideas originales no aportadas al Estado, pero su caso estaba en un comité de revisión bajo la decisión temporal “Probables fallas de comunicación no voluntarias”, puesto que tenía grandes antecedentes positivos. En la decisión se contemplaba que estaría bajo examen médico hasta nueva fecha y que por tanto sería desconectado por seis meses del “control de ideario”. Excusa justificada, pues. O sea que aunque no hubiese gritado la canción del elefante con las manos en los oídos, ni expelido tantas procacidades, ni honrado las piernas de Clarita, no le hubiesen hecho nada por el momento.

Buscó frenéticamente sus aportes al ideario de la zona constructiva y encontró varias cosas: aportes aprobados, aportes en estudio, aportes rechazados. ¡Cooooño! Revisó “Aportes rechazados”, escogió al azar “Soluciones para aprender a renunciar dignamente”, pero sólo decía “De costosa implementación”, nada más, sólo una coletilla: “Próximamente se dará contenido a este enlace”. No tenía tiempo, quería saber más y pulsó la casilla de “Aportes en estudio” y luego la de “Normas para procurar la igualdad en cualquier aspecto de la vida”, obviamente no tenía conclusiones y miró el larguísimo texto de la proposición, demasiado para poder ponerse en él, por lo que lo envió a su correo personal de “¿la otra ciudad?, supongo que sí...”, se preguntó Eustaquio y se contestó a sí mismo.

Se metió en “Aportes aprobados” y allí la página se abría con lujo de colores, fotos y comentarios de gran envergadura para el gran colaborador por varias ideas “ultra” amarillas, estrechando las manos del máximo representante del Órgano de Conjunción de la Resiliencia (“Ni en sueños lo había visto y conste que no estoy soñando; de paso, qué es ese órgano, ah, okey, aquí dice que es el depositario de las inquietudes, proposiciones e intereses de la población, elabora las leyes, bueno, como un congreso, un parlamento...”, decía para su interior Eustaquio, tecleando aceleradamente el ordenador), y el motivo. Veamos “Aportes aprobados”. Tan nervioso estaba por el interés de la búsqueda que pulsó erróneamente una casilla diferente a la ultra amarilla “Aportes para una perfecta escogencia de los jueces”, pero insistió, llevaba quince minutos y todavía debía averiguar algunas cosas más. Bien, el licenciado Eustaquio había demostrado científicamente que su país podía producir mayor riqueza económica (en realidad, es verdad que, de sus dos ciudades, se veía mejor aquella en la que se encontraba ahora, sentimientos personales aparte) y tranquilidad social si la justicia funcionaba bien, y para funcionar bien era necesario tener buenos jueces (esto no es nada del otro mundo, pensó en aquel instante, de modo que hay que ver más).

Un texto resaltado en negritas señalaba: “Se partió del punto hasta ahora jamás comprendido o comprendido sólo a medias, según el cual el ser humano acepta ciertas diferencias que, en principio, le parecerían injustas, si existen normas legales que prevean las formas de regularlas y de ser establecidas por los jueces. Si los ciudadanos confían en sus jueces, éstos les procuran desconfiar menos de sus iguales y se hacen más viables los mecanismos de conciliación en caso de problemas...”.

Ante tal premisa, el licenciado Eustaquio consideró: “El juez es el servidor social por excelencia. Nada lo anima más que lograr, por los más rigurosos métodos de inteligencia, la armonía entre lo que el juez debe decidir y la norma legal. Si la norma legal no está concebida para dañar las instituciones públicas ni a los administradores del Estado, dado que emanan de ellas y de ellos, y como tal deben preservar su existencia, entonces ningún temor puede existir para que el juez aplique la ley. El ciudadano que no teme por el destino de sus bienes, pues el brazo de la justicia es fuerte y largo para defendérselos, gasta menos en reparar la salud que pierde por esconderlos o ponerlos a salvo...”.

Y finalmente propuso: “Todos los aspirantes a ser jueces en esta nación deben aceptar, entre tantas otras cosas que expondremos, lo siguiente: verificada una formación mínima en el conocimiento de las instituciones legales y de los procedimientos, análisis de alegatos y pruebas, y técnicas para decidir, el candidato autoriza que se estudien sus expresiones más usadas, aportadas por él o por personas de su entorno (la palabrita “entorno” no le gustaba a Eustaquio, pero aquí no se dice que la haya usado, sino que es el resumen de las autoridades de la Zona Constructiva), determinar en qué gasta su dinero...”.

“Media hora, qué broma...”, decía para sí el licenciado Eustaquio, ahora resulta que era licenciado, cuando vio en la puerta a Clarita que le hacía señas, tocándose con el dedo índice el reloj de pulsera. Cerró el ordenador y salió para alcanzarla.

Se metieron en el restaurante y se sentaron en la Dual 85 que automáticamente les asignaron apenas pasaron por la puerta de acceso; Eustaquio vació el jarrón de agua una y otra vez en su vaso, estaba reseco y ya bastante fatigado; de pronto Clarita lo sacó de su ensimismamiento: “¿Y bien, mi querido licenciado?, ¿qué me lo ha puesto así tan calladito?, ¿lo del juicio?, ¿o es que ya se le agotó la batería relajante y quiere volverse a casa sin hacerme el amor? ¡Dígalo! ¡Usted sabe cómo son ahora estas cosas, para eso tenemos tan alta tecnología!, ¿quieres probar con la tarjeta rosa para ver cómo te encuentras?”.

“¿La, la tarjeta rosa?”, preguntó Eustaquio tartamudeando, “no, sí quiero probar, pero no la cargo conmigo”, mintió, pero Clarita salió sin mediar más palabras y le compró una; regresó, se la entregó y él, disimuladamente, leyó las instrucciones. Apretó una banda rosa por un minuto (¿sería por eso que se llamaba tarjeta rosa?) y se dirigió al dispensador, la introdujo y esperó por una respuesta expresada en una hoja que leyó con sumo interés: “Usted ha expresado que conserva un interés sexual por la persona que obtuvo el ticket 3245 de la Zona Constructiva. Ese mismo interés ha sido revelado por parte de la dama que lo acompaña en la alcabala dos y su impresión dactilar refleja un deseo sexual intacto, aunque reprimido por años. Es factible un buen reinicio. Su motivación, sin embargo, ha desmejorado, por lo que la opción ‘aplazamiento’ es recomendable”.

“Ahora caigo, aquí todo facilita la tiradera, comidas, bebidas, mesas para dos, y supongo que habitaciones contiguas...”, se dijo Eustaquio y regresó a la mesa de su compañera. Le puso el papelito del dispensador rosa. “Aquí tienes, mira qué información tan clara, tan ajustada, cuando te vi las piernas en la Zona Constructiva y te toqué el lunar de nuestros viejos tiempos, no te puedo negar, como dice aquella vieja canción, que se me subió la bilirrubina, pero me puse a revisar unas cositas en Internet y no me siento bien, estoy metido en líos, me quiero ir y perdóname, Clarita, pero me iré en taxi, nos veremos el sábado donde tú quieras, te lo prometo, ¿okey?, pero comamos y hablemos algo más”.

Clarita leyó la hoja y al terminar le señaló: “Eustaquio, me hablas como si estuvieras cometiendo un delito, no parecen cosas del hombre de avanzada que vive y ama esta ciudad, está quedando claro que existe lo más importante que es el feeling plus que indica la tecnología del amor; bueno, chico, las ganas de siempre, ya nos veremos nuevamente...”.

Eustaquio miró el inmenso ventanal al fondo del comedor, hecho con vidrio en relieve y con círculos amarillos en expansión, que daban la idea de entrar a un túnel ventilado y fresco, al final del cual las personas podían derrumbarse en un reposo absoluto, sin tiempo. “Si están tan pendientes de la vida mía, tal como parece”, pensó, “seguramente harán una crónica de este encuentro con Clarita en el Salón del Amor Primario, y los lectores de la misma, todos los lectores, se sentirán defraudados porque no voy a hacer el amor con ella, sí, porque querrán saber de esa parte íntima y conocer la razón o porqué de ese fin del encuentro...”.

Pero no le importó. Estaba en un nuevo mundo que lo deslizaba hacia otras preguntas y respuestas, a otras explicaciones, a otras inquietudes... Aunque fuese por un solo día, y ya quería asegurarse de volver a lo único cierto que había dejado atrás. Pidió la cuenta, cosa que el mesonero entendió como simple verificación que sería cargada a su crédito en el patrimonio ideario (así decía el comprobante de caja), y se lo entregó.

Ambos salieron por la misma puerta donde habían entrado, para lo cual hubo que activar una contraseña. Eustaquio se dijo que sólo le quedaba tomar su taxi y emprender el regreso, más bien la huida, pero le quedaba por preguntar a Clarita por qué los habían despedido con tanta cordialidad los demás comensales, le preguntó que si era porque él... supuestamente, era muy conocido... Pero no, resultó que era muy extraño que alguien saliera por esa puerta, puesto que el fin de ese salón era llegar al lado opuesto, precisamente al lecho de conjunción, y que cuando, al contrario, alguien salía en sana paz por la puerta misma de la entrada, no obstante que no se había llegado al objetivo del encuentro, había, sin embargo, armonía en el Teatro Armónico, que por eso se llamaba así y se reconocía a las parejas como maduras y solidarias.

“¡Vaya mierda esta!”, fue un pensamiento que pasó fulminante por la cabeza de Eustaquio, “si supieran que lo que estoy es cagado con tantos enredos y tantas misicusias... ¡Ya!, no sigo en esto, no más explicaciones, quiero irme”.

Volvieron a la vía en el vehículo de Clarita y ella dejó a Eustaquio en la acera de enfrente; ella misma detuvo a un taxi haciéndole señas y le explicó con precisión dónde lo dejaría, no porque hubiese comprobado que Eustaquio era ajeno a aquel mundo (al contrario, lo estimaba un representante), sino porque imaginaba que un hombre de su condición personal no sabría utilizar bien estos recursos. Sólo un beso de despedida y una tarjeta inteligente con el teléfono de Clarita (con sólo introducirla en el celular se activaba la llamada y el costo era cargado al patrimonio ideario o, en su defecto, a las tarjetas de crédito, y en última instancia a los recursos de protección social, así decía al respaldo), pero no preguntó más nada, estaba arrecho ya.

Eustaquio se apoltronó en el asiento delantero del taxi para tener una mejor vista del recorrido, aprovechando que no estaría distraído con la conversación de Clarita (le impidió percatarse de muchas cosas en el camino de ida). Se fijó en todo.

Los indicadores de temperatura: promedio, 26º; mínima, 38º; máxima, bueno poco más o menos la de su ciudad perdida. La gente vestida igual. Los bancos eran casi todos los mismos.

Los vehículos eran de las mismas marcas, inclusive el taxi donde estaba que era nada menos que un Studebaker 1958 pero en perfecto estado, ¡ah!, un detalle, había visto ya varios vehículos detenidos a un lado de la vía cuyos escapes, carrocería o cauchos eran minuciosamente revisados por autoridades de tránsito, pero Eustaquio no preguntaría nada, temía por un sermón que lo distrajese en el recorrido. Fue el conductor el que dijo algo y Eustaquio resolvió que trataría de aprender lo que sucedía con el material que le ofreciese:

“Fíjese usted lo que cuesta ganarse el dinero para el patrimonio de conciencia y todavía hay gente que parece que no le importara y lo malbarata haciendo cosas claramente indebidas. El vehículo que dejamos atrás hace cinco minutos se ve a leguas que tiene el escape roto y circula así, no sabe lo que le espera...”.

“¡Ah, sí!, el escape roto, verdad...”, algo trató de agregar Eustaquio, pero el conductor lo interrumpió.

“¿Cómo hacer para que estos conductores entiendan que lo que ellos se van a ganar al día rodando vehículos en mal estado, no genera ingresos fiscales para pagar hospitales y los daños a la salud que a los demás ciudadanos y al ambiente causa un escape roto, y...?”.

Eustaquio no podía creer lo que estaba oyendo y lo interrumpió: “Es decir que.... o sea que...”, pero cambió el giro y fue al grano: “¿Usted cuida el patrimonio de conciencia?, ¿tiene bastantes... digamos, haberes, en él?”.

“¡Claro!”, agregó el conductor, “a uno no le importa que nunca le den dinero en efectivo por el trabajo de conciencia y que le den la tarjeta patrimonial, que a veces hay su chanchullito, pero cosas menudas, ¡y vaya castigo a los que han descubierto!, pero... Señor, es mucho cuento que usted haga voluntariamente tareas que nunca se hacían, como esa de limpiar tierras baldías, recoger basura, botar escombros, limpiar canales, asistir enfermos, que aparte del bien que le hace a la ciudad, fíjese cómo está ésta que hace años era una cagada, le acreditan sumas que se canjean por determinados bienes o servicios, ¿y es que acaso el gobierno no se ahorra bastante dinero con todo lo que tiene que pagar por esas cosas que uno hace..?”.

Estaban llegando al cruce con la avenida Paradigma. Eustaquio vio su reloj. Eran las 4 pm, bueno la de su ciudad perdida (en ese momento imploraba que a su reloj no se le acabara la batería o algo por el estilo) y en cualquiera de los relojes de las torres de la ciudad... nueva (“¡bola!”, algo le gritó desde adentro, “espero dejarla atrás en unos pocos minutos más”), era la misma hora.

“Vamos bien...”, reconoció Eustaquio en su interior. Y en ese momento lo que faltaba. Un aviso luminoso en la parte alta del edificio Coronel Fawcett que, afortunadamente, no tenía su foto, no quería que el conductor lo reconociese, advertía que ¡ese día! y ¡a esa misma hora!, el licenciado Eustaquio Rivadinio daría una charla sobre sus aportes a la Zona Constructiva, “esto es el colmo”, pensó. “Señor...”, preguntó al conductor, “¿le importa si se detiene cinco minutos?, no importa, cóbreme algo más... Voy a ver algo allí”.

“Amigo, estamos para servir a la ciudad, bájese, solamente autoríceme para hacerle el cargo adicional a su tarjeta...”, le respondió amablemente el conductor.

Eustaquio se bajó como un rayo (pensando, siempre pensando, nunca había pensado tantas cosas como ese día, “¡servicios a la ciudad, pinga!”, ya un poco malhumorado). Corrió hacia el edificio de la charla, entrada libre, gracias a Dios, se metió sudando y vio a su Eustaquio, a él mismo, en teleconferencia en una inmensa pantalla, al menos le quedaba el consuelo de que por lo menos hasta ese momento su doble no era de carne y hueso, la sala abarrotada de gente. Se devolvió y se metió en el taxi. “Por favor, lléveme urgentemente hacia mi destino, ahora recuerdo que tengo un compromiso...”, le mintió al taxista.

Doblaron hacia la avenida Kerus Gabán (por cierto, no le preguntó a Clarita qué relación tenía con ella), en honor al personaje que, según pudo ver en Internet, era el ciudadano ejemplar que había accedido al cargo de Vindicador Legal de la Ciudad (titular de la Vindicta Lex Poli), el mismísimo hombre que defendía a los ciudadanos con impecable vocación y cuantiosos resultados favorables. Se enteró de que sobre él había un pacto social de ponerlo al margen de toda lucha, efervescencia o presión social, y que sólo así era como había logrado diseñar un mecanismo de interpretación constitucional de los hechos o acciones, suerte de filtro en el que su opinión final no era casi necesaria, puesto que desde el ciudadano más desprevenido hasta el máximo juez de la Poli lograban encuadrar esos hechos o acciones en lo que la ley llamaba ahora “determinaciones justas”.

El vehículo donde se trasladaba ese ciudadano confuso y a punto de estallar que se llamaba Eustaquio se detuvo en la plaza Central; se bajó y se despidió amablemente del conductor. Éste, a su vez, con naturalidad y simpatía, lo despidió con estas palabras: “Licenciado Eustaquio, quiero decirle que en mi comunidad disentimos de algunas de sus ideas en buena medida, pero las analizamos siempre con la ayuda de cualquier rector social, sacamos nuestras conclusiones y se las enviamos al sector comunitario de la Zona Constructiva, con el propósito de saber qué podemos aprovechar de ellas y en qué estamos obligados a confrontarlo, todo lo cual se lo hemos hecho saber o lo haremos en algunas cosas pendientes. Gracias. Es usted un buen ciudadano”. Y se fue.

Todo salió como Eustaquio lo había calculado, siguiendo atentamente el mapa de la ciudad que había comprado después de dar por perdida su oficina. Al bajar de Puente Patriota hacia mano izquierda tomó una calle secundaria llena, a ambos lados, de ventorrillos de hervidos de res y gallina, con abundantes letreros que invitaban a los ciudadanos a incrementar su patrimonio de conciencia en toda clase de acciones sociales, y fue a desembocar en el cafetín donde había comprado el periódico en la mañana; dobló a la derecha y así continuó por la avenida que lo llevaba directamente a su casa. Sólo le faltaba un cruce más a la izquierda y ya todo habría terminado.

Al acercarse al cruce donde hasta la noche anterior había estado un cerro, Eustaquio se llenó de una emoción indescriptible, y vio como amigos de toda la vida a los transeúntes que por allí circulaban. Detuvo el vehículo, se aparcó frente a una tasca o algo así por el estilo, se bajó y se metió en ella (total, pensó, ya estaba a menos de una cuadra de su casa), bebiéndose un escocés seco de un solo jalón. Pidió otro y otro más, los cuales bebió más lentamente, girando en círculo la cabeza para relajarse, abriendo y cerrando las manos, respirando hondo lentamente y exhalando pausadamente el aire (era su ejercicio preferido de relajación), hasta que finalmente emprendió el regreso a casa.

Se sentó en su butaca de conductor y se restregó en ella feliz, sereno, ansioso por contarle a su mujer todo lo que había vivido, lo cual creyó se lo podía probar (era lo único que le preocupaba, porque a su mujer, como a todas, esas narraciones le parecían de las que se utilizan cuando se cometen infidelidades), encendió el vehículo y puso la luz para indicar que iba a acceder a la vía. Al mirar por el espejo lateral para hacer la maniobra, Eustaquio observó algo que casi lo fulminó, tanto así que detuvo nuevamente el vehículo, lo apagó y salió de él. Tenía ante sus ojos la misma ciudad de siempre, aquella por la que había transitado toda su vida, donde había vivido, donde había estudiado, donde se había casado; allí estaba (a punto de cerrar, por cierto), el puesto de periódicos de siempre, los mismos parroquianos de siempre, la misma tintorería de toda una vida. Inclusive, trató de llevar la vista lo más lejos que pudo y a lo lejos distinguió la Torre Metropolitana y se volteó y pudo comprobar que allí estaba el cerro de toda la vida, el mismo que obligaba a una bifurcación de la vía hacia los lados.

Sintió que el corazón se le salía por la boca y encendió nuevamente el vehículo con manos temblorosas y que empezaban a sudar; arrancó y al llegar al cruce tomó la vía izquierda, llegó a la esquina de su casa y giró a la derecha para llegar al portón eléctrico. Rápidamente buscó el control de este último, desparramando por el suelo vasos usados, monedas y llaves. No lo podía creer.

Eustaquio accionó el control con la mayor emoción de toda su vida, como nunca lo había hecho, y levantó la vista para estar pendiente cada segundo que transcurriese hasta que pudiese entrar con su vehículo.

Fue entonces cuando cayó en cuenta de que no había portón ni edificio. Allí estaba una casa de una sola planta, bastante iluminada, pudiéndose ver desde el exterior varias ancianas que jugaban cartas y otras que caminaban por el jardín. Eustaquio apagó el vehículo, se bajó de él y se quedó boquiabierto al asegurarse de que su edificio de hacía veinte años no estaba allí, miró hacia la vía que acababa de dejar atrás y constató que estaba la escuela (la Estatal Andrés Barreto), la mata de guásimo, una valla de propaganda, los postes de la luz, un edificio de ladrillitos, todo, absolutamente todo.

¿Qué había sucedido?, ¿cómo hacer para ir a su casa y ver a su mujer?, ¿cómo podía resolver esto? Se acercó a una de las ancianas y le preguntó por el edificio Don Julián, y le respondieron que dónde quedaba y él les dijo que ahí. “Mire, señor, aquí funciona un ancianato desde mediados del siglo pasado, más de cincuenta años”, obtuvo por respuesta.

Parecía que Eustaquio se desplomaba, caminó pesadamente por toda la zona vecina y siguió comprobando que todas las cosas estaban en su mismo sitio y que en casas y negocios estaban las mismas personas de siempre. Los que lo conocían lo saludaron como si nada hubiese pasado y nadie dio muestras de conocer que se hubiese registrado un cambio de esa magnitud, “¡imagínense ustedes, todo un edificio, la gente que allí vivía, sus vecinos y nada menos que su mujer!, ¿será que amanecí loco?, no, nadie me ha dado muestras de pensar que estoy loco”; se volteó y corroboró que todo estaba igual, la misma gente que pasa en sus carros a la misma hora viniendo del trabajo o de clases, “pero, ¿y mi edificio?”. No pudo más. Se acercó a un viejo amigo que reparaba cauchos y fue directamente al grano: “Alonsito, por caridad, dime, ¿qué pasó con el edificio Don Julián, el que estaba ahí en la esquina a la izquierda, dónde tú sabes que yo he vivido siempre?”. “¡Coño, Eustaquio, ¿estás fumao o estás bebiendo aguardiente desde ayer?”, le respondió Alonsito. “¿A qué edificio te refieres tú?, ahí nunca ha habido sino un ancianato, Eustaquio”, le remató.

“¡Tranquilo, vale, son vainas mías!”, agregó Eustaquio, y se fue de nuevo hasta donde estaba su vehículo. Lo aparcó bajo un árbol al lado de la entrada del ancianato, trancó las puertas y dejó abiertas dos ventanillas unos cinco centímetros. Se ubicó en el asiento trasero, se quitó las medias, la corbata y la camisa, quedando en franela y pantalón. De sólo pensar las cosas que había vivido ese día se quedaba sin aliento, por lo que decidió no ir a ningún hotel ni a ninguna otra parte. Le daba terror sólo pensar lo que le pudiera suceder alejándose de allí. Bebió el resto del agua mineral que le quedaba en el envase y se fue durmiendo serenamente, totalmente vencido. Lo único que alcanzó a pensar antes de caer dormido como un plomo es lo que sería de él, al amanecer, cuando no pudiese posar su mano derecha sobre la nalga izquierda de su mujer, meter el dedo pulgar por debajo de la liga de la braga y levantar ésta ligeramente, abriéndole paso al índice, luego al medio y así toda la mano con la que la acariciaría en círculo durante unos dos o tres minutos.