Letras
Tres poemas

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Perenne

Enlazas las noches
rozando mi cintura
horadando mi piel en blanda cadencia.
Tu inofensivo soliloquio de lunas
madura mis piernas,
otoñándome entera...

Amalgama de piel o aceite denso
cuando perdida en la alquimia de tus manos,
en iniciático ritual,
vuelves verde mi cintura.
Y con dedos de lluvia,
se astillan las aceras de verdes salobres.
Verdes infinitos.

Milimétrico suspiro
de agua sediento,
de ópera prima.
Y un trayecto de líneas
quebrantadas
para llegar a mi cuello
repleto de grandezas.
Las miradas se enclavan
como dardos de azahar
en una espiral obscena.

Cierro los ojos
para atravesar los siglos,
y beberte entero,
en copa o en luna... lleno.
Embriagada o conmovida,
pero a lágrima viva.

 

Caligrafía

Impulso de certezas.
Puro instinto en minúsculas itálicas.
Una simple inicial, cruce de dos líneas
y quedó ciega mi cordura.

Quizás fuera la noche
con alguna de sus argucias
que en taciturna caligrafía
te señaló boca predilecta.

Quizás escribí muchos versos, los lloré todos.
Y todo lo que no comprendo.
Resistí noches completas
de afinados desencuentros
y negocié el ardor
y las notas disonantes...
Tengo ese hábito: el de resistir a los espejismos,
soltando lastre de palabras,
con tu voz a la espalda
y mi cuello de argumento.

Una simple inicial puede caducar el olvido,
vestir de caireles mi nostalgia,
de bohemias las esquinas,
mutar los ojos,
sumirme en tus estuarios
o profanar la luna en una evocación arcaica.
Dos líneas
como caminos encontrados
y un vuelo aciago de tinta
que doy por sentado,
por sentido,
por perdido.
Y sin embargo... no migro.

Quizás sea la noche
con alguna de sus argucias
que en taciturna caligrafía
deja el rastro de tu nombre.
O quizás sea yo, ya sabes...
Cadícamo me definió así:
Rara
como encendida
...............................
loca reía, por no llorar.

 

Porta e tempo

Derrubio de guijarros,
suda mi voz cuando aprehendo tu quietud
y se deslava a mis pies,
como restos de un naufragio.

Dime si debo entrar
que me apura la nostalgia
y anclada frente a tu puerta,
me arden, desnudos,
los escombros que madrugó la noche.

Dime cómo he de llamarte,
dímelo en palabras
de amor blasfemo,
rumor de voz o jauría de perros,
temblor de manos,
revueltos verdes que sólo usé contigo.

Dime si debo sembrar
de molidas esmeraldas
la dehesa que añoro...
o estaré olvidándote cada estío.