Artículos y reportajes
La patria y el Bicentenario
“Mis muertos”, “tus muertos”, “nuestros muertos”... ¡Todos los muertos!

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El Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, de Pedro Subercaseaux
El Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, de Pedro Subercaseaux.

Existe acuerdo en considerar que lo social, como campo representacional, se transforma, se amplía y se complejiza a partir de la existencia del clan y de la tribu en sociedades situadas a orillas de grandes ríos en la etapa del neolítico, lo que se reflejará en un creciente dominio del lenguaje, del territorio, de la naturaleza y del cosmos.

Poco después, tras la aparición del estado y de la propiedad privada, y por consiguiente de los que mandan y los que obedecen, se consolida la distinción entre nosotros y los otros, los de adentro y los de afuera de la tribu. Esa distinción y su conciencia incluye a unos y otros seres humanos, así como también a sus respectivos universos simbólicos, especialmente sus cosmogonías y sus dioses.

En consecuencia, cuando dos pueblos guerreaban entre si resultaban vencedores y vencidos tanto los hombres como sus respectivos dioses y cohortes celestiales. De allí que el poder histórico implicaba un sistema de poder basado en una imaginaria asociación dios-hombre, de gran eficacia por lo demás según demuestra la historia como ciencia. Por lo tanto había jefes superiores, países superiores y dioses superiores. Y todos mandaban.

El mandato superior, el grito “¡a guerra!”, provenía de los respectivos dioses, según interpretación de sus ministros en la tierra, los sacerdotes. La vigencia de los mandatos tipo “Dios lo quiere” no se interrumpió jamás pese a lo que en muchos casos pudiera parecer. Ocurre que sin perder aquel carácter divino fue transmutando en mandato patriótico, de modo de continuar ambos fundando ideas y comportamientos humanos y potenciándolas mediante su asociación o complemento con el mundo metafísico.

Su fruto, la idea y el sentimiento de patria, constituye una mistificación portentosa creada por los poderes históricos para aglutinar y poner a su servicio energías colectivas con el pretexto de defender la tierra donde descansan nuestros mayores, cuando lo que realmente buscaban era defender su propiedad, la de quienes mandaban.

Mistificación reproducida continuadamente a lo largo de la historia por una asociación de doctrinas religiosas, organizaciones religiosas, órdenes militares, escribas y sobre todo con ideas y sentimientos nacionalistas de diverso cuño, mucho más antiguos, por cierto, que el nacionalismo moderno. De todo lo cual resultó una ética y una estética sublime, la doctrina patriótica.

Tan ingeniosa es esta mistificación que puede aparecer despojada de toda connotación metafísica, como cuando usan y abusan de ella los propios dictadores ateos revolucionarios en las guerras de liberación o defensa de las patrias populares o socialistas (o como se llamen) de las apetencias de sus contrarios.

En suma, sacralización y desacralización de la patria y de los mandatos patrióticos según convenga al núcleo del poder histórico en cada caso particular. Las capas socialmente inferiores tienden a asumir las exhortaciones belicistas del gobierno y del poder como deberes patrióticos de lucha, es decir, de elevada moral social.

El triunfo eventual les traerá probablemente gratificaciones materiales, espirituales y religiosas, sobre todo si se regresa con vida. En caso contrario opera un honroso consuelo consistente en el ingreso a la historia nacional con gloria y honor que abarcará sus despojos mortales, su identidad y su fama, y se transmitirá a sus deudos, a sus pares y a sus compatriotas.

A partir de allí, los muertos mandarán. Ellos también, a su turno, aparecerán demandando a sus compatriotas sobrevivientes la fe y las obras correspondientes al triunfo de la causa inconclusa o del credo compartido. Esta demanda, ciertamente, no es real, igual que las demandas más arriba mencionadas, y como ellas y en ellas inspirada constituye una nueva mistificación, un relato imaginario, una poética emocional y conmovedora, bella y sublime.

Este último término, sublime, refiere la esencia del llamado que no se puede desoír sin aparecer inexorablemente ante la tribu como cobarde, o calculador, o especulador, o indiferente, o egoísta, o de última, como enemigo social. Por lo tanto, los diversos y eventuales impulsores de las también diversas causas colectivas posibles en cada tiempo y lugar habrán de esgrimir como justificativos de las nuevas luchas, o de la reanudación de las viejas, no sólo razones y teorías sino también, y en gran medida y grado para muchísimas personas, las exhortaciones y apelaciones morales depositadas en aquellos entes metafísicamente relacionados con ellos, para no caer en el oprobio de recibir el sambenito de la ignominia para ellos y para toda su descendencia, es decir, la humillación y el deshonor para la posteridad.

Así, a las razones justificatorias elaboradas por los vivientes se agregarán inexorablemente los muertos mismos como si fueran razones. Pero no todos los muertos sobre todos los vivientes. La demanda moral la ejercen mis muertos y tus muertos, nuestros muertos en suma, sobre mí, sobre ti, sobre nosotros, pero... cuidado, los nuestros son sólo los de nuestra tribu, no los de la otra. Nuestros muertos son únicamente los que estaban de nuestro lado —o nosotros del lado de ellos— pero nunca los otros muertos, los de ellos, los que habían sido nuestros enemigos vivientes.

De modo que igual que sucede con los vivientes tenemos muertos buenos y muertos malos, o positivos y negativos. Los primeros nos pertenecen y los reconocemos como tales y legitimamos su condición conociendo, glorificando y transmitiendo sus nombres y sus comportamientos o en el peor de los casos adhiriendo a ellos naturalmente, aun sin saber por qué.

Cada vez que nos toca combatir peleamos contra otros humanos vivientes, y también, contra los muertos de ellos.

Cada vez que nos toca combatir —cualquiera sea la clase de lides en que nos empeñemos— lo haremos en nombre de la vida y de la muerte, consciente o inconscientemente. La vida nos demanda su afirmación de cara al futuro, y la muerte, los muertos, nos piden venganza, de cara al pasado. Ambos anhelos se canalizan mediante el triunfo.

Los hombres crean razones y estéticas sublimes para fundar las más horribles blasfemias, pero por más justificaciones teológicas, filosóficas o políticas que se ensayen, el combate así entablado, esa clase de combates de supresión de los otros, de sus ideas, de sus anhelos y necesidades, representa sin lugar a dudas la suspensión de la razón ética.

De dicha suspensión pueden derivar, sin embargo, gratificaciones individuales, sociales, materiales y espirituales para millones de personas que sienten que luchan junto con sus prójimos vivientes tanto como con sus propios muertos.

Abstrayéndonos ahora de las lides concretas de los hombres, convengamos que cualquier idea o sistema de ideas establecido o aceptado proviene de guerras, combates o conflictos entablados anteriormente, realizados o suspendidos, originados en el núcleo del poder, y de los cuales la mayoría de las veces hemos perdido la memoria.

Toda afirmación o concepción representa un cierto grado de poder directo o indirecto, incluso tratándose de cuestiones aparentemente pacíficas y simpáticas. Por ejemplo —he aquí la idea central de esta nota—, es muy triste que bajo la celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo se continúen expresando interpretaciones consagradas como su ideario básico y que dan cuenta —explícita o implícitamente— del rechazo a lo español como fundamento historiográfico, ideológico y político del hecho auspicioso de la independencia de estos países americanos.

Lo cual me lleva a efectuar varias preguntas:

¿Por qué los antepasados de los “patriotas” de 1810 permanecen en un cono de sombras, siendo que las familias tenían en muchos casos, y como posibilidad máxima, hasta tres siglos de residencia en estos suelos? ¿Acaso los frutos (los patriotas) no tienen relación con sus raíces?

¿Por qué ocurre lo mismo respecto de quienes murieron combatiendo en el bando español o realista?

¿Acaso no merecen ambos —después de dos siglos— el recuerdo piadoso y caritativo, y por qué no también agradecido de nuestra parte, en lugar de restaurar implícitamente, naturalizadamente, tanto odio perimido, derrochando energías en el recuento nostálgico del debe y el haber de cada país americano durante el período de la Revolución (hasta 1824)?

¿Acaso los que circunstancialmente estuvieron separados pero sobrevivieron a la guerra no debieron vivir y sufrir luego juntos los nuevos sufrimientos que trajo la paz y entre todos formaron estos países actuales?

¿Por qué este continuo desgarramiento hasta el fin de los días, siendo que en ambos bandos existieron hombres honestos, idealistas, generosos y valientes que murieron por sus convicciones pese a creer en la guerra como resolución de aquel conflicto?

¿Por qué, por ejemplo, ha de aparecer Liniers, mi querido Liniers, como formando parte del proceso colonial, como si no hubiera sido un prócer a la altura de la época y de sus convicciones, igual que otros destacados contemporáneos suyos?

¡Como si nuestra libertad no debiera nada a sus sacrificios y a sus inspiraciones sino más bien lo contrario!

¡Todo así porque alguien ordenó su muerte y la de sus compañeros, sus estúpidas muertes que otros avalaron y otros ejecutaron! ¡Solamente para que les crean, traducción emblemática del más puro jacobinismo y del arte de mandar de todos los tiempos!

Resulta hartante que después de tanta agua corrida bajo los puentes de la historia sigamos hablando de “mis muertos”, “tus muertos”, “nuestros muertos”, respecto de la Revolución de Mayo. Deberíamos recordar con respeto a “¡todos los muertos!”.

Sobre todo cuando muchos yacen en fosas comunes que ni siquiera sabemos dónde están.

Lo mismo deberíamos hacer respecto con todos los muertos por causa de nuestras disensiones políticas y sociales: reconciliarnos con ellos y dejar de transmitir nuestros odios a nuestra descendencia.

Claro, para ello hace falta crecer y madurar como sociedad.

Así dejaremos de utilizar a nuestros muertos (los de nuestra facción) como banderines para agitar entusiasmados cada vez que ante cada disenso actual los ponemos por delante.

¡¿Por qué mejor no nos dejamos de joder con la muerte y vivimos respetándonos y cuidándonos mutuamente?!

¿Acaso es imposible?