El ser humano tiene el impulso de comunicarse, no por la necesidad básica de la supervivencia, sino por la necesidad de sentirse acompañado en el sobrecogimiento que le causa su percepción del universo. La comunicación básica para la supervivencia la compartimos con los animales y las plantas, e incluso con los seres que no están en ninguno de estos dos reinos, como las bacterias o los hongos; si hubiéramos desarrollado el código de nuestra lengua movidos simplemente por el impulso de la supervivencia, se hubiera quedado al mismo nivel que el de los animales. Pero el ser humano necesita sentirse acompañado en la admiración que siente al darse cuenta de lo divino, de la existencia de la fuerza creadora, del amor; al darse cuenta de sí mismo. Entonces nace el arte.
El arte nace del amor. Del descubrimiento del amor en el universo, de la admiración de la perfección que levanta la vida, que la soporta y que la ha creado. Los seres humanos somos capaces de darnos cuenta de la presencia, aunque también de la potencialidad que tenemos para comprender eso que está más allá de lo percibido.
Percibimos, entonces, el ritmo en la naturaleza no sólo como medio utilitario para saber cuándo sembrar y cosechar, cuándo dormir y cuándo trabajar; lo comenzamos a imitar para transmitir la presencia del amor, la presencia de lo divino. El ritmo es el movimiento, el movimiento es vida, todo está en constante movimiento, aquello que no se mueve, muere.
Comenzamos a desarrollar códigos más complejos para comunicar sensaciones más específicas, más detalladas. Desarrollamos el lenguaje para comunicar no sólo las cosas básicas para nuestra supervivencia; lo desarrollamos para transmitir conceptos más abstractos, conceptos que podemos percibir pero no señalar, porque son invisibles a la mirada, mas evidentes para la mente y para el espíritu.
En el arte el código está implícito o, más exactamente, está siendo creado por el autor, ya que elude a los símbolos para transmitir significados, y esos significados nacen del espíritu. El código que crea el artista tiene la finalidad de transmitir y plasmar los significados que el espíritu percibe, pero los plasma a través de los sentidos, para lo que requiere utilizar símbolos. El código en el arte es un medio para transmitir los significados espirituales mediante el lenguaje de los sentidos (al mundo material o natural).
El arte como objeto no es la creación del artista, la creación está en el código. Se pueden reproducir obras de arte casi exactamente iguales, pero lo que se está recreando no sólo es el objeto, sino el código que el artista creó para plasmar esa obra.
Se pueden crear nuevas obras de arte utilizando los códigos creados por otros artistas, pero aún falta algo fundamental para que la obra cobre vida; el autor necesita extraer el poder de sí mismo y utilizar el conocimiento del código para darle vida a la obra, para crear una nueva y, para con ello, crear su propio código. Un artista que imita códigos sin aportar su propio poder, no crea, imita.
Así, el arte se puede apreciar más por el refinamiento de los códigos del artista y por el alma que vierte en ellos, que por parámetros estéticos que van y vienen con las modas y los gustos; el arte no es cuestión de gusto, es cuestión de la fusión entre la creación de códigos (basados en el conocimiento de la técnica y en la experiencia) con el alma del autor. El artista plasma lo que el espíritu percibe, según la capacidad que como artista tiene para ello, según cuánto se permita sensibilizarse ante el universo, es su impulso para crear códigos que le permitan transmitir lo que ha percibido.
El ser humano se comunica movido por el impulso de transmitir lo que percibe, lo que descubre; es el impulso que lo ha movido hacia el desarrollo del arte, hacia la creación de códigos de comunicación que, en su máximo perfeccionamiento, se vuelven códigos artísticos.
El arte, entonces, es la capacidad de plasmar lo que percibimos al despertar a la conciencia del espíritu que habita en cada cosa, porque el espíritu que habita en cada cosa es amor en movimiento.
El espectador se vuelve artista cuando logra comprender el código con que se desarrolló la obra; y añade su experiencia interpretativa para volverla una nueva obra de arte, descubre significados que el artista que la creó no había descubierto; inclusive, el propio artista que creó la obra, al tomar el lugar de espectador, crea una nueva obra y descubre en ello nuevos significados.
La experiencia frente a la obra de arte es creación. El lector (así llamaré al espectador que se aproxima a la obra desde la experiencia interpretativa y sensitiva) es activo, el lector percibe, siente, descifra, interpreta, resignifica y, en el mejor de los casos, aprende y evoluciona.
Aprender a través de la experiencia artística es un atajo a la comprensión, a la adquisición del conocimiento al nivel más profundo, no sólo al nivel racional de entender conceptos; es un atajo a la evolución espiritual. El aprendizaje a través de la experiencia artística se da a nivel espiritual, el nivel intelectual puede quedar latente o evidente, pero una vez que el aprendizaje se ha dado a nivel espiritual, no hay necesidad de explicaciones intelectuales, más que por experimentar placer intelectual.
Los códigos no se crean de la nada, es la diferencia entre los seres humanos y Dios. Dios creó la materia prima para los códigos, Él es el código, los seres humanos utilizamos esa materia prima para hablar sobre la creación. Y, paradójicamente, el hombre también es el código, y es en eso en donde más nos semejamos a Dios.
La materia prima para generar códigos está siendo todo el tiempo: el ritmo, el sonido, la imagen. Estos tres elementos siempre están presentes en la comunicación, incluso la “ausencia” de sonido implica sonido, en todo momento comunicativo hay una imagen, y el ritmo acompaña tanto a la imagen como al sonido, es la repetición de patrones que está presente en toda la creación, en la geometría de los espacios, de los colores, del tiempo, o más bien, de la ritualización; Octavio Paz asegura que el rito es la manera de repetir el tiempo original, de volver a él.
Hay ritmo en el transcurso de los días y las noches, de las estaciones del año, en el movimiento de los astros. En el arte imitamos el ritmo para plasmar un significado partiendo de un entendimiento común. Mientras más nos permitimos experimentar el ritmo en la naturaleza, más familiarizados estamos con él y mejor podemos imitarlo.
La poesía es el arte, toda obra de arte es poema. En toda obra de arte hay ritmo, sonido e imagen. Aceptando que el poema no tiene por fuerza que utilizar el código de la lengua, sino que puede utilizar códigos visuales o auditivos, códigos de movimiento o, incluso, códigos matemáticos, entonces podemos percibir el poema en toda obra de arte.
La creación poética a partir del lenguaje conlleva un reto más grande que crearla a partir de cualquier otra materia, ya que además de crear, primero se debe destruir el lenguaje. El lenguaje es una materia prima que usamos para la comunicación, lo usamos de forma utilitaria, y por esa razón lo tenemos sobre entendido en la dirección del uso corriente, como lo explica la teoría de la Gestalt, nuestra mente tiende a “integrar” o “completar” las ideas inconclusas de acuerdo a experiencias o conocimientos previos que tengamos más presentes en ese momento. Crear un poema a partir del lenguaje implica destruir la dirección cotidiana de sus usos, antes de poder transformar el lenguaje en un código diferente, en un código artístico que eluda más a la intuición que a la razón.
Podemos distinguir fácilmente cuando vemos una pintura que es una obra de arte porque en general no estamos habituados a utilizar la pintura como un medio de comunicación cotidiano, como lo estamos con el lenguaje hablado. No miramos en la dirección del uso sino de la belleza, casi de forma natural.
Cuando leemos un poema, lo natural es intentar comprenderlo de forma racional, interpretarlo en la dirección del uso, y nos preguntamos “¿Qué quiso decir?, ¿qué significa?”, en vez de permitirnos sentir, de permitir que el ritmo del poema nos mueva y nos diga, sin necesidad de comprender ningún concepto, cuál es la imagen y la emoción que la acompaña.
La música es seducción instantánea, es el arte que más fácilmente nos seduce, nos invade con el ritmo y nos permite adormecer el hemisferio derecho para dejar despiertos la intuición y el movimiento. Por eso, quizás, se recomienda leer la poesía en voz alta, para sentir la vibración de las sílabas, del ritmo, y para adormecer la direccionalidad del intelecto al uso cotidiano y funcional del lenguaje escrito.
La resonancia de las palabras es magia. “Om” es la vibración del universo. Es la frecuencia que nos “afina” con el equilibrio de la vida. El ritmo en el arte es repetición de las vibraciones del universo, es intento de purificación. El arte nos purifica porque nos eleva a la vibración del amor.