Letras
Puertas como ríos

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Impertérrito

Te dejaron tus estrellas más humanas,
te hincaron los ojos los perversos horarios y sus monedas,
las delgadas navajas de las palabras hirieron tus sienes y aun así,
te envolviste con tu plumaje y echaste a tu alma para que vuele con la brisa.
Las espaldas de los santos de azufre, las miradas que todo lo quiebran como cristales,
no tuvieron compasión de tus dedos insinuados sobre la alegría,
no perdonaron a tu simiente ni a su resplandor anaranjado sobre la faz de las luces amadas por el cemento.
Tomaste enormes escaleras,
sangraste sobre las escarpadas razones del hombre y su hambre,
no pudiste huir de tu exacta salida hacia las nubes,
no pudiste imaginar los guijarros sobre tu frente,
no te importaron los besos de las almas ni sus muertos con ojos iguales a los tuyos.
Tu enorme brazo se quedó colgado de los clamores.
Tus labios sacaron las lagartijas muertas de los bolsillos de los vivos,
ya no te importó su sangre elevándose como moscas sobre tus palabras divinas; aprendiste el idioma de las piedras que se agitan sobre el odio,
que resplandecen en la soledad.
Dejaste tanto diamante podrirse sobre las veredas,
dejaste que los cabellos largos se enredaran con la espera hasta quebrarse,
nadie entendió tu alma tatuada, nadie supo esperar la infinita luz que se te había pegado en los talones;
tu camino era de sombra y nadie quiso ser luz viva en tu costado,
tus soles, tu lluvia, tu desierto hecho de piel humana en tu cama,
todo retiró su alma cuando decidiste que la niebla sería tu alimento,
cuando dejaste que el polvo hilvanara tus sesos como una filigrana de precioso dolor.

 

Ilapso

Pero cómo podrías haber dejado el polvo de astros que rozaba tu cara por las noches;
cómo podrías haber olvidado las islas que extendían sus brazos hacia los sueños;
cómo pisar el alma que nació para tu boca de pobre.
No podías ignorar las rosas de piernas larguísimas incrustándose en tu pecho,
ni los interminables temblores de tu silencio negro entre los callejones del espíritu.
El mundo fue una mesa para tus manos sedientas.
Las palabras irguieron siempre sus ojos más profundos cuando las llamaste.
Ahora miras el recorrido que hiciste dormido con los dedos abiertos,
ahora te quedas inmóvil ante la desnudez del sonido, ante los labios abiertos de un cielo de armonías y cantos.
Aprendiste a hablar
y tus frases te sacudieron las entrañas del cerebro,
te fatigaron hasta caer de golpe la noche,
ya no pudiste soñar con otro sexo que no fuera el de las letras acariciándote el estómago hacia el hambre.
Si un ave pasó, si una enorme montaña se derrumbó ante tus cabellos agitados,
nada importó para la impaciencia de tus uñas, para el naufragio de tu calma.
Las penínsulas que te recibieron, tus ganas de lanzarte al mar del olvido, todo se lo llevó el aire más hirviente, nada se salvó ante tu mirada fija que diluía universos.
Ahora estás parado sobre tu boca, ahora inclinas tu estrella hasta las frases,
la gastas a tu antojo, la abres, la fecundas, la cierras, la volteas, la quiebras
y son sus pedazos toda tu alegría, tu silencio, tus ganas de contraer las flores sobre un lienzo, de patear el sol y la luna como guijarros;
ya no te estrellas contra los muros de piel, ya no comes en la mesas de los unicornios delgados, tu gigantesca cabeza se ha hecho el mundo, tus infinitos dedos lo llenan todo, tu alma tan esperada llegó y ya todo es canción sobre tu frente desnuda y salpicada de labios silenciosos.

 

Estaminal

Estiro mi larga entraña para adherirme al cielo,
cuelgo mis manos, entreabro mis ojos sólo para tener la certeza de que estoy amando; soy igual que un árbol deseante.
Luego de las tumbas y sus muertos geométricos, más allá de la acéfala tentación de escribir la sangre de los vivos,
está mi deseo extraviado, delirante, de no poder extinguir mis llamas de carne y mi aliento de rubí frenético.
Los bosques bajo la luz de la alegría, sobre las manos del éxtasis, tienen no sé qué olor a pureza de vientre, tienen no sé qué alas de colores que hablan con voz delicada, jadeantes.
El verde y sus luceros de vidrio vivo, las flores y sus remolinos de estambres y pistilos, todo en este valle adquiere un lagar precioso de sinfonías arbóreas.
Y yo, con mi gigantesca humanidad congelada en un solo miembro, corro entre la niebla persiguiendo a las musas sin cobre, sin aliño, alargadas, estiradas sobre la tierra perfumada.
Cada uno de mis pasos son gritos, cada uno de mis dedos fugitivos corren en busca de una superficie que los pierda.
Es el sueño estaminal de los oráculos, la tremenda provocación que en los sueños se derrama como agua,
que salpica como charcos de vino.
A la distancia, entre los ecos, teñido de alegría, un cuerpo corre y estrella su sudor contra el viento.

 

Grial

Tu cuerpo extendido y seccionado sobre las espaldas de la noche es ahora un recipiente intranquilo.
Sabes que las madrugadas tienen perversas miradas para los que extrañan los colores de la ausencia extenuada.
Cuando alcanzaste las colinas de las horas y sus altísimos horizontes de madera en cualquier establo,
cuando supiste que en tus sueños eras un lejano utensilio para las bocas de algún dios, tuviste miedo, sacaste tus espaldas, quebraste tu talón en la huida y partiste,
alzaste un vuelo que sólo conoció el fango, pero jamás volviste;
te llamaron los ecos de los años y sus alhajas,
te hipnotizaron las esferas con tu nombre, sus brillos henchidos de amor,
pero no volviste, tu cerebro se escabulló entre las lomas,
la arena se encargó de las lágrimas en tu cuello.
Alguien te dijo que eras un vaso y entonces te recordaste bañado de alegría con tus mejillas satinadas por el olvido.
Alguien te regaló sus esperas, te lavó los pies con sus memorias, te bendijo con su larga miseria;
pero no volviste, tus pies se alejaron entre los bosques de tu alma.
Las preciosas páginas que te alzaron, las palabras que resonaron entre tu pecho como buques, las estelas que ibas dejando sobre la sangre de tus padres y una flor inocente que ya no pudo recordar tu nombre,
todo te fue dado y lo perdiste como quien cambia sus huesos por un puñado denso y profundo de nada.

 

Entreclaro

Luego del bosque y sus sauces hechos de humo y fatiga, la cama del espanto es una rosa que no descansa.
Yo arrastro mis manos amarillas por encima de la luz y dejo ver mis cayados llenos de furia celeste.
No tengo otra esquina del cielo para mis recónditos aullidos en la sombra.
Mi espejo lleno de lágrimas es sólo un abalorio inútil sobre la mesa de cada día.
En ocasiones la luz llega de lejos con el rostro de mis padres, en otras,
son las lejanas crepitaciones de los cuerpos consumidos
los que marcan la hora de la sombra en todos mis relojes.
La oscuridad desova en los pantanos de mi olvido,
las rocas pulidas de tanto golpe son mi almohada en las noches de cieno y alcohol metafísico.
Si las arañas lógicas que penden de mis versos y los asquerosos infiernos de mis
llagas amadas fueran sólo un pestañeo de amor sobre mis vellos,
yo partiría hacia cualquier instante hoy mismo sin mirar las luciérnagas que elevan mis rezos a la nada.
Si hallara una migaja del pan que la luz me niega,
yo quebraría las bocas de los astros que se devoran mis locuras;
gastaría las perlas de cada frente que amo,
escaparía con toda mi música adonde sólo me griten en el rostro las estrellas.

 

Esponsales

Si tuerzo el lazo extendido que alarga la vida y busco un motivo para que los océanos oculten las llagas de sus olas inertes.
Si me recojo a mí mismo, si lloro, si alargo los días del viento bajo mis sueños,
podré entonces llevarme los soles de óleo y el cuerpo refrescante de la noche.
Delgado como un susurro, el sufrimiento de las cosas que han muerto se estrella contra la madrugada hecha de espuma en los ojos.
La gente sabe sólo de las cosas que hieren a los perros del aire y a los dioses del mercado.
Nosotros en cambio, de blanco por dentro, elevados, con gigantescas marañas de risas entre las sienes y un solo verso gigantesco en los labios,
creemos en las promesas que rebotan en las paredes de lo eterno, conocemos una sola estera que se pega a los sueños en los tornados del alma.
No queremos la legaña de los otros, queremos nuestros cuerpos albos entre el sonido de las palomas y los cielos más absurdos.
Cuando el viento contiene el material de los sueños hechos de una gramínea invaluable, la vida se asienta como una semilla tranquila sobre los años.
La espera es el tráfico de las avenidas en donde nos besamos bajo las luces que nos recuerdan el cauce de todos esos ríos que se desbordan, nos arrastran, se retuercen y van a perderse para siempre en nuestras frentes.

 

Efebo

La más cruel escafandra sobre los lirios de tu cuerpo es ahora una estrella moribunda sobre tus muslos;
las mesas de tu cuerpo exhalan canciones que las aves lunares te usurpan.
Debajo de las costillas de tu alma,
en un rincón de tus sesos azules todo llenos de una miasma preciosa,
habita el legendario toro que ama hozar las rosas hechas de pubis,
las lejanas extensiones de los cuerpos, sus intersticios, la llamada salpicada de semen.
Por más que las penínsulas lunares de tus manos que la tierra codicia
diluyan las espaldas de los endriagos,
nada puede la piel blanquecina de tu deseo contra la más extraña geometría de los días.
Más allá, en un lugar que las lechuzas esconden con sus largos falos azules,
tu vientre llega a ser margarita entre el veneno;
tus prolongaciones demoniacas alzan con rabia las torres de los cuerpos que te aman.

 

Efugio

Caverna delgada que todo lo consumes con tus labios de grana informe,
tú has dejado que la niebla entre y se coma mis ojos,
tú has abandonado sobre las gramíneas de los campos toda el alma que fui recolectando con los años.
En estos días en que todo es cieno,
en estos metros que ando cuesta abajo, cabeza arriba, alma encima,
tengo todos los niños de mi silencio corriendo sobre los tejados de las caídas infinitas.
Tú, caverna de luces altísimas; tú, lejana aparición acuchillada por la estepa sin brillo, no sabes que mis pasos son el gateo de tus manos milenarias,
has olvidado que lo que yo mastico sin utilizar los dientes que me dio el polvo, es también el alimento que te existe.
Si yo no tuviera estos pétalos, si mi alma coronara con asco una oscura piedra extinguida en los océanos,
yo no saldría de mi ropa para encontrarme con los sueños,
no te buscaría siempre como un viento todo lleno de astillas para morderte la sombra.
Ya no puedo escribir tus luces,
no quiero sacudir tus regiones ocultas,
me declaro para siempre dueño de mis altas pisadas,
verdugo de mis más desgranadas pasiones;
hoy sólo quiero escribir lo que las letras con sus gestos deformes me obliguen a gritar bajo mi piel.

 

Endriago

Garras de la suelta espuma de la sangre,
exaltadas mutaciones de los órganos enristrados,
sólo las gorgonas de tus sueños elevan sus piernas para devolverte un poco de tu alma.
Las más gruesas pasiones te carcomen entre las sienes,
tus vestigios humanos escapan al pensamiento de los hombres,
has sido creado en un árbol rojizo que miraba hacia el odio,
tus extremidades se han disuelto sobre el mármol indiferente de muchos rostros.
Tus delicadas plumas, las uñas hirsutas, sus escaras, la voz que se aleja y pesa sobre los mundos aterrados, todo te ha dejado innumerables altares para el futuro,
te ha echado migajas de fuego, tus manos han salido de algún pecho salvaje y han regresado todas llenas de nieve.
Cuando las cercas altísimas de la mañana te escondan y la ciudad sea sólo una delicada dama avergonzada ante tu miembro con alas,
todas las flores de tu lecho aprenderán a castigarse ellas mismas ante tu peso,
todas las luces de la calle te arrojarán sus brazos rendidos,
tu cuerpo florecerá bajo los faros que han de iluminar tus calles llenas de tiempo.

 

Engruño

Mi cuerpo es una mano.
Todos mis dedos son sólo los recuerdos que azotan la piel de los otros.
Mis calles están escondidas siempre bajo las escamas infinitas que recorren mis olvidos.
Cuando tengo que soñar elevo mis manos
y las lejanas palpitaciones se hacen mis amigas y esconden como niñas el día de mi muerte y el sentido de mis pies sobre la tierra indiferente.
A veces son las legiones del odio las que me dictan sus héroes de espuma, a veces las espadas de mis ninfas juegan a huir y aparecer en mis entrañas.
La locura de golpear mi cabeza contra los sueños es la razón por la que el polvo me ama y enloquece bajo mis pies por los caminos.
Cada beso del viento esconde un secreto bajo sus alas insomnes,
cada delgado color de las olas que me torturan sabe reírse de mis ojos ciegos y salpicados de ventanas y puertas.
Las más anchas extremidades de los sueños me son escondidas por las hogueras que cantan sus verdades sin musas;
la vida me cierra el puño y lo abre cuando mi cabeza descansa bajo la tierra que la gente pisa una mañana blanquecina.

 

Esperpento

La cama es de cuernos y estomas salvajes a la 1 de la madrugada.
Los pájaros han callado todo en un silencio doloroso.
Después de las extrañas apariciones, luego de las monstruosas sensaciones de estar encerrado con la bestia,
una rosa hecha de carne ha estirado sus piernas locas y se ha deslizado hasta el miedo.
Sólo las estatuas blancas de la luz bajo la almohada han dicho con susurros que la vida es una extensa prolongación de sentidos, una quimera de infinitos colores y dolores.
Yo abro las cajas delgadas de las estaciones de cada año, busco las razones de la piel, los musgos frescos, me araño los brazos hasta cosechar algo de belleza condensada;
pero las lejanías excretadas me duelen demasiado, su silencio es en realidad un aullido tan elevado que se lleva los oídos del mundo.
¿Cómo pueden exigir las carreteras de los sueños los puñados de luz que necesitan?
¿Cómo es posible que las horas enemigas de las manos frenéticas dancen sólo para los fémures del viento?
La belleza es un líquido corrosivo a la una de la madrugada.

 

¡Evohé!

Las piedras que rebotan en mi cabeza tienen lágrimas;
las insondables escafandras con las que lucho se deshacen al simple contacto de una flor.
Pero la vida se marchita sin tu simiente, ¡oh dios de los deliciosos nombres!, ¡oh dios de las refrescantes cabelleras azules y los sueños rotos como frascos de perfume sobre mis pasos!
Te he esperado cada estancia de mi vida desde que el sol se hizo firmamento sobre mi cráneo.
Te he invocado como las lágrimas invocan a los sueños,
he levantado cada uno de tus trozos de alma que me regaste como migas celestes,
te he dado mis hombros extasiados,
ya no tengo otra cosa que tu nombre clavado en un costado de mis actos.
De las profundidades soliste llegar como un náufrago,
te arrodillaste sobre mi arena blanca y la maldijiste,
te bebiste mis últimos frutos de amor, secaste las fragancias absolutas y me pagaste con puñados de tierra mágica.
Después de tantos consuelos pesados que acribillaron mis ojos,
sobre las piernas de todas mis esperas han quedado sólo las guadañas y una flor de carne doliente.
Las extrañas cosas que te lancé, todo mi oro bajo tus pies de seda, todo, salvó de morir gracias a tu despiadada mano.
Cada pétalo de mis días se exprimió para tu copa y aun así te invoco desde mis pulmones y desde mi tiempo a sorbos.
Aun así las cortinas que ocultan lo que me deparas, no se duelen de tanto pie pesado sobre mi garganta, sobre mis lineales deseos que en tu espalda
saben cómo mezclar los mares que descubro bajo cada piedra de tu nombre.

 

Estuario

El vértigo de estar metiéndome en el mar es un canto negro sobre la faz de los ojos.
Las espuelas de la corriente, las manos plomizas del río y sus músculos cansados, ahora se meten de cabeza al olvido.
La extensa armonía de los azules y su gloria salina, el fin de las corrientes,
los kilómetros de amor y una caricia de la vida que resuena entre la arena,
todo se pierde a la hora en que la sal se traga el azúcar de las orillas,
la muerte y sus colores que siempre hablan de lo mismo,
la llegada que cabalga sobre las horas, los discípulos del viento detrás de la lágrima,
la despedida deforme de sus ojos y labios, toda la fuerza que al golpear la vida se desvanece y golpea la sal de los cuerpos que se ahondan en un fango
que sólo nos dice la verdad de la arena húmeda,
que sólo sabe de memorias empolvadas y de cuentos amarillos en los cajones del alma
La extrema miseria de los brazos que alguna vez quisieron enredar el cielo con sus sueños, los pechos abiertos y con pájaros débiles en lugar de corazones,
todo espera el día de la llegada,
el día en que las aguas han de entregar sus formas.
La vida y sus alientos de cristal,
la vida y todo lo que nos devolvió el polvo,
es ahora un encuentro por demás imaginado, por demás odiado, por demás amado entre la soledad de estas cuatro paredes del mundo.

 

Futurición

Un puente colgante hacia los sueños, las veredas hechas de luz que me miran y respiran sobre mi espalda en los cielos,
todas las alondras y las lunas cubiertas de polvo argentado;
ya no soy el mismo animal que volaba sobre los tiestos del mundo.
Las salvajes postrimerías, la tumba erguida, palpitante, su aroma a pino,
las calaveras que salen a reunirse por las noches y se beben la vida hasta embriagarse, todo eso ya no me aleja de mis ojos.
Los caminos que no esperan tienen cierto perfume de mujer en celo, cabellos largos como alabanzas del viento.
Yo escribo en las paredes de cada extinta sensación de estar vivo y me retuerzo como envenenado de alegría.
Abajo, en el delicioso entramado de polvo y canciones subterráneas,
una ojera habló de cosas que retumban en los oídos como insultos, es el silencio diluvio, es la tierra con brazos y estómago famélico que espera a sus hijos.
A pesar de las interminables torres que duplican la sangre del tiempo y sus maniquíes,
a pesar de las lisiadas constelaciones bajo mi cuello,
yo sigo escribiendo mis dedos, sigo quemando mis manzanas más abominables para no fundirme con los sueños, para ser algo más que el silencio luego de la hecatombe.
No quiero las hortalizas de la amargura, no quiero el instante último en que me deslizaré sobre la nada que crié entre mis huesos.
El piso tiene un color que sabe a piedra viva, una extraña voz que recorre las ínsulas que añoro, pero todas las almas que habitan los espacios que resuenan me llaman,
es un canto de estertores, es una plaga de amor sobre mis cabellos;
sólo tengo las ganas de advertir a las praderas de mi tiempo
el larguísimo olvido que se avecina sobre la danza diaria de sus ojos.

 

Gama

Cada vez que arrojo las entrañas de los vientos que me enredan las piernas,
cada vez que me alejo de mi camino para acercarme a los océanos verticales que me abrazan,
soy un poco más de carne y sueño, tengo algo más de los ojos que me miran como montañas.
A veces escribo sobre las piedras de la madrugada, a veces deseo las alas que me esquivan cada alarido del tiempo,
soy entonces una canción a la orilla del mundo, soy un poco más hijo del tiempo y sus noches de neones rabiosos que brillan como lunas sin nombre.
Las cascadas de amor, los desiertos de espanto, las migajas del enojo hacia los astros, sus miradas rotundas entre mis dedos,
todo sube y baja de nota o color, todo lo que se posa sobre mis pies desesperados sabe que es sólo la hilera de una infinita esquela de humores.
Yo tengo la alegría en un frasco que abro cada mil estrellas,
una esponja con el nombre de alguien, mis resquicios en cajas sin llaves,
cada color y nota animal están sumergidas en la avenida de mis ojos calmos.
Los días traen sus faenas de centauro,
sus quejas de águila sobre las ubres de una estrella, los sabores y sus escalas, las bocas de un cuerpo, los gritos hermosísimos sobre los acantilados,
cada cosa que hiede o canta sobre las piedras es el regalo de los dioses que habito cada día con mis brazos repletos de mundo.