Código secreto
¿En tu gadget o en mi Skiff Reader? ¿Con tu e-book o con mi iPad? ¿LCD (¡menos mal que el LSD está caduco!) o tinta clásica?
Y yo que me quedé en el pleistoceno anterior al “¿Estudias o trabajas?”, escribo un SMS con casi all las letras xq soy muuuuuuuuu antigua, y cancelo la cita, bye, anq le nvío bbss x si pica y, byebye (pienso: “¡ojalá que hasta pronto!”), espero una carta traducida de su puño y letra mientras leo un diccionario bilingüe de informática aplicada al ciberdiarioytecnológico vivir.
Tertulia onírica
Ana María piensa en Max Brod pensando en un Kafka bailarín y susurrante para salvaguardar el sueño del padre de su amigo. Ciego y todo, Borges habría descrito los pasos sigilosos con maestría propia de un coreógrafo de la pluma, piensa Shua. Y tanto piensa que sueña que está despierta pensando... que llega a creérselo, mientras se aflige porque no llega nadie a su encuentro, y la tertulia acabará languideciendo como si se tratase de los efectos del vapor etílico en medio de un mal sueño.
Exceso de limpieza
Giraba y giraba el mundo sin parar. Me estallaba la cabeza. Sentía un peso de toneladas sobre mis sienes y percibía cómo la asfixia penetraba en mis pulmones con un vertiginoso ritmo giratorio.
Cuando cerré los ojos por última vez, recordé haber puesto el programa corto y suave de la lana. Nunca creí que la puerta fuera hermética. Ni que al echar la ropa me caería en el tambor y éste me engulliría como un pozo sin fondo.
Puerta con puerta
Cierro los ojos. Aguzo el oído. Suena el ascensor. Se acerca el vecino. Suenan unas llaves. La cerradura se deja vencer. Intuyo unos pasos por el pasillo de al lado. El carraspeo se me antoja familiar. Las pisadas semejan el tic de un cerrajero. Tuerce hacia la alcoba. “Hola, mi amor”. Yo callo. “¿Qué tal te ha ido el día?”. “Tirando”, miento, y me odio por no ser capaz de decirle la verdad. ¿Él no se dará cuenta de que una vez más se ha equivocado de puerta?
Muerte por accidente (literario)
Escribía a 100 palabras por minuto, pero su mente pensaba a 200 por segundo. Se desbocó su corazón: se desnucaron sus ideas y se partió la columna vertebral del texto en el que trabajaba. Dirán unas palabritas en su honor en la tertulia de esta tarde.
El viaje
“Tal vez sea mejor que se quede en casa”, reflexionó en alto la abuela, mientras nos preguntaba adónde íbamos.
El abuelo —con la seguridad que dan los años de convivencia— se aferró a la pregunta de su esposa para insistir en que lo mejor sería permanecer entre las cuatro paredes archiconocidas tras años de hipoteca y sudores.
La hija acarició su calva y apretó el manillar de su silla de ruedas para no volverse atrás. La decisión estaba tomada. El equipaje hecho. El pañal puesto. Las despedidas latentes.
Su mujer sospechaba de mí, que nunca fui su yerno favorito. El geriátrico estaba a pocos kilómetros y la plaza apalabrada.