Soneto X
Como una tibia luz, tus claros ojos,
en la púber porfía del ensueño,
alentaron las ansias con empeño
y esa entrega febril a los antojos.
Inocente, pueril, puse cerrojos
y me bebí de golpe todo el sueño.
Intrépido y voraz, supe ser dueño
que atesoraba el cielo de esos ojos.
Después, la sinrazón y los despojos.
Verdugos, asesinos, con su empeño,
troncharon ese amor y todo el sueño
que alentaba la vida y los antojos.
Sólo una ausencia gris quedó en mi sueño
y el tabique brutal sobre tus ojos.
Soneto XX
Sigues allí, eterna residente
de aquella espuma blanda, sin premura.
Fundida a aquella roca, que perdura
junto a ese inmenso mar efervescente.
Y siempre estás. Tu imagen recurrente
regresa a mí con toda esa ternura
que renueva en el Cabo la frescura
de nuestro tierno amor adolescente.
Y vuelvo a recorrerte. Mansamente,
va mi mano extasiada en tu cintura
como si hubieras vuelto de repente.
Luego el regusto agraz y la mixtura
de la tarde y la noche en su premura,
regresando tu ausencia. Nuevamente...
Soneto XXX
Recurrente, regreso año tras año
a nuestro Cabo, buscando aquella piedra
donde las ansias fueron como hiedra
que fue cubriendo todo su tamaño.
Un fantasma silente, parco, huraño
custodia la tibieza de esa piedra
donde las ansias siguen siendo hiedra;
Refugiando a este amor, como ermitaño.
Fundidos nuestros cuerpos, como estaño
candentes nuestras ansias, en la piedra,
dieron vida al fantasma y a la hiedra
que alientan mi regreso cada año.
Siempre escribo el soneto en nuestra piedra
y hace treinta sonetos que te extraño.