Artículos y reportajes
Horacio CastilloHoracio Castillo, el amado de los dioses

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“La poesía es una forma de percepción de lo indecible,
del misterio de la vida o, si no resulta demasiado pretensioso,
de lo que llamamos filosóficamente ser”.

Horacio Castillo

Los poetas viven en aquello que han escrito, en la esencia que los alimentó durante la vida como el icor a los dioses.

Horacio Castillo, uno de los más distinguidos helenistas del mundo, partió como parten los grandes; y será su testimonio poético la paga del viaje hacia la otra orilla y el referente de su inmortalidad.

Este ciudadano de la poesía, había nacido en Ensenada, provincia de Buenos Aires, y se permitió ser medularmente heleno: “Pertenezco, culturalmente, al mundo occidental de lo oscuro, y la frecuentación del mundo griego, empezando por su luminosa lengua, me ha permitido abrir una brecha y experimentar la transparencia, que hace visible lo esencial”.

Horacio Castillo fue miembro de número de la Academia Argentina de Letras, correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua Española y miembro de la Sociedad de Escritores Griegos, fue reconocido por haber revivido el mito; es decir, dándole al mundo antiguo una mirada cotidiana.

Sus versos austeros, claros y excelsos en lo metafórico, fundaron un estilo donde la economía de recursos lo distinguiría para siempre en la poesía argentina contemporánea.

Su obra ha sido traducida al francés, al italiano, al inglés, al portugués y al griego (edición del 8 de julio de 2010, cuatro días después de su partida).

Tradujo a las grandes voces griegas de la poesía como Odisseas Elytis, poemas de Calímaco, Yannis Ritsos y Safo, entre otros.

Reconocido por distintas instituciones, recibió el Premio Konex, el Premio del Fondo Nacional de las Artes, fue secretario de Ricardo Rojas y entabló amistad con Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, entre tantos otros personajes que aparecerán en su libro póstumo, actualmente en imprenta.

Gustaba subrayar que lo emocionaba lo bello, aquello por lo cual se sostuvo el mundo antiguo.

En la década del 70 comenzó a publicar y junto a esta actividad se inició al frente de un taller literario; transformándose, para muchos jóvenes aprendices de brujo, en un Maestro incondicional, un guía hacia el mundo de la alta poesía.

Su primer libro fue Descripciones (1971); lo siguieron Materia acre (1974), Tuerto rey (1982), Alaska (1993), Los gatos de la Acrópolis (1998), Cendra (2000), Música de la víctima y otros poemas (2003) y Mandala (2005). Libro, este último, que da cierre a su período lírico (obra reunida en varios volúmenes, La casa del ahorcado (1974-1999) y Por un poco más de luz (1974-2005).

Horacio Castillo, el amado de los dioses, escribía así:

 

Como una palabra dálmata

Como una palabra dálmata, el último en hablar
            una lengua,
pero la poderosa voz de los ojos rasgados dijo siempre.
Y se hinchó el pecho del Universo, una inhalación
que arrastró bosques y ríos, aires, montañas, estrellas,
toda la energía que luego, exhalada, trajo desde lo Hondo
la más bella y feroz de las primaveras.
Una sola palabra para llevar al otro lado,
una sola palabra para toda la eternidad,
y la poderosa voz de los ojos rasgados,
mascando los granos ácidos de la alegría, dijo siempre.
Entonces una lluvia de oro comenzó a caer sobre los dos,
nos cubrió como un dosel, como un manto real,
y todo se convirtió en oro: edificios,
árboles, el mundo-oro recién nacido,
oro líquido fluyendo por las grandes avenidas
hacia el mar inhóspito de la inmortalidad.
Como una palabra dálmata, como el último en hablar
            una lengua,
pero la poderosa voz de los ojos rasgados,
ella, la última en oír una lengua muerta,
aspiró profundamente los vahos del futuro y dijo siempre.

(de Cendra)

 

Para ser recitado en la barca de Caronte

El paisaje es más hermoso de lo que habíamos imaginado:
estas murallas que caen a pico sobre nosotros,
aquel sol negro descendiendo sobre la laguna,
allá, a estribor, un arco iris que refracta la niebla.
Pero esta moneda de hierro entre los dientes,
este óbolo que debemos morder hasta el término del viaje,
cierra la boca que desea cantar.
Cantar para estas almas tristes sentadas en el banco,
mientras el cómitre marca con el látigo el compás,
mientras ordena remar sin interrupción,
cada vez más fuerte, cada vez más rápido, más lejos de
           la luz.

(de Tuerto rey)

 

El lavadero

Hay allí unos anchos y bellos lavaderos de piedra.
Homero, Ilíada, XXII,153

I dreamed the dream called Laundry
James Merrill

Qué jóvenes llegamos aquí, a los grandes lavaderos,
donde vimos por primera vez a la hija del rey
Descargando su ajuar, jugando con sus compañeras.
Aquí, donde las esposas y las hijas trajeron
sus magníficos vestidos, antes y después de la guerra,
donde vimos tantas veces llegar los carros del mundo
con las sábanas de la vid ay de la muerte,
los manteles y las toallas, las vendas y los sudarios.
Qué jóvenes llegamos aquí, a los grandes lavaderos,
el tul sangrante, el paño ardiente de la fiebre,
la seda manchada por el pólipo del deseo.
Qué jóvenes llegamos aquí, oh dios de los lavaderos,
y cómo tratamos de borrar toda mancha,
cómo luchábamos vanamente contra lo indeleble,
hasta que extenuados nos dormíamos sobre las peñas
y soñábamos con una tela incorruptible, con un agua
        inmaculada.

(De Los gatos de la Acrópolis)