Letras
Dos relatos

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Los degustadores de personas

Nos comimos, en estofado, la pierna izquierda de la vecina más escandalosa del edificio. La sopa fue de ojos sin pestañas de las policías mujeres de la Alameda Central. A todas las desojadas las llevamos a la escuela de ciegos, muy modernizada, que está en el Centro; no hay que ser tan deshumanizados, nos dijimos.

El resto del cuerpo de la gritona del edificio se lo mandamos a unos amigos que tienen muchos hijos y no les alcanzaba el cuerpo de una sirvienta chismosa de su calle. Con sus cabellos, nos comentaron, hicieron zacates; con las uñas de los tres pies y las cuatro manos diseñaron una pulsera para nuestra hija. Es decir, tendemos a reciclar lo no degustable. Con los huesos de las piernas hemos hecho palos para tocar percusiones. Suenan estupendo. Y con los otros alguna que otra artesanía.

Alejandra, mi mujer, se desayunó mi mano izquierda y se hizo unos aretes con mis uñas. Me dejó la derecha para que yo pudiera seguir escribiendo; de cualquier manera, la izquierda apenas me servía. Por fortuna no soy zurdo.

Yo le comí los dedos gordos de los pies, los puse a hervir a término medio, les unté jalea de tamarindo y les pegué chile piquín; me supieron más sabrosos que los tamarindos chilosos que venden en los puestos misceláneos de la calle. Las uñas se unieron a sus aretes. Ahora se ven más estéticos.

Al esposo de la gritona, que también es gritón, le cortamos la lengua y se la dimos al gato Jeremías. A ese señor nos lo comeremos mañana sábado, pues en la noche de mañana tendremos cena con nuestros amigos por el cumpleaños de mi mujer. Y no son pocos los amigos; a veces uno no sabe de dónde salen tantos amigos cuando hay fiestas. Será una comilona.

Los demás degustadores de personas del mundo se van incrementando poco a poco y, en rigor, no estamos instituidos; las organizaciones libres son ya profusas y de diversos gustos culinarios. Yo, por ejemplo, no me comería a un chino, pero a Felipe, mi compadre, le encantan. Y su afición se extiende a los mongoles y, desde luego, a los japoneses.

Cuando ya no quede nadie a quien comerse ni nadie quien coma personas, el mundo estará más tranquilo; quizás algunas especies animales en extinción todavía logren salvar a uno que otro ejemplar, quizá queden dos o tres ríos en funciones, etcétera. Bueno, aquí me detengo porque mi mujer me está gritando que ya está preparada la cena con un brazo del vecino gritón. Dice que lo preparó con mole oaxaqueño. Se me hace agua la boca. Bueno, chao.

 

El tulipán

En mi jardín, entre otras flores y desde el césped alto emergiendo, solitario, se encontraba un tulipán rojo de puntas amarillas y, a su frente, dos largas hojas como lancetas naturales, que alcanzaban a cubrirlo apenas con levedad. Un amanecer, al asomarme por la ventana lo vi afligido; de inmediato, en pijama, salí a removerle la tierra y le puse un poco de agua pura.

Por la tarde, le noté la nostalgia de plano: algo, alguien, un tal vez, un resquicio, una peripecia, lo había lesionado, malherido, agraviado, escarnecido. No tenía caso ya remover la tierra: sólo le agregué algo de mi mejor abono. Ya en la noche, noté que las hojas de lanceta verdes se habían vuelto amarillas y duras y ambas se clavaban firmes en el cuerpo del rojizo tulipán alicaído, como ponzoñas, cuchillas, clavos de cruces, tajaderas, bisturís, escalpelos, estiletes. Las desclavé y las puse distantes de la flor quien, ahora, abría sus hojas en estrella amarillento-púrpuras, como si el tono escarlata fuera ya la sangre última.

Me fui a dormir y, al despertar de madrugada, con el albor del amanecer y puestas mis chanclas, vi al tulipán muerto sobre el pasto, los pétalos resecos, como si un sol noctívago los hubiera llameado, consumido, chamuscado, a través de un martirio con inclemencia. De forma normal, antes de fenecer, este tipo de tulipanes dejaban parvulitas letras en forma de poema en sus pétalos que yo podía ver auxiliado de una lupa enorme. En esta ocasión, sus pétalos amanecieron negros como si alguien los hubiera quemado hasta convertirlos en brunos papeles quebradizos y no había una letra, ni siquiera un signo de puntuación.

Se habían reunido, en su entorno, gusanos, hormigas rojas, arañas patonas, avispas viejas, saltamontes y mosquitos revoloteando. Llevaban a cabo un funeral, al menos eso quise suponer. Yo hice mi propio réquiem entre algunos lagrimones. Mi duelo era tanto por el tulipán, mi preferido, como por el poema que se llevó la negrura.