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La tienda de la esquina

Tras las nubes fue. Las vendían en la tienda, en la tienda de la esquina. Entonces tomó el tren, luego el colectivo, después un taxi. Y finalmente llegó a la tienda, a la tienda de la esquina.

Estaba cerrada, era mediodía. Se sentó en el borde de la puerta y unos perros lo rodearon. Quiso indagar, saber si habían comprado, pero al instante se fueron. Sólo quedaba esperar. Pasaron tres, cuatro horas, y nadie llegaba, ni la brisa se asomaba.

De pronto, escuchó unos pasos. Provenían de una señora alta, con zapatos rojos. Iba junto a los perros, aquellos. Caminaba con ritmo acelerado, aun más al notar su presencia. Se acercó, le preguntó si tenía frío, él respondió que no. —Entonces ve a la sombra, deja de tomar tan cerca el sol —dijo, y siguió su andar.

Sin más, veía a la mujer esfumarse mientras se daba cuenta de que ya no estaba en la tienda, en la tienda de la esquina.

 

Equipaje

Aún lo recuerdo.

Repasé la lista: tres teteros, dos manoplas, un bebé. En cualquier momento podría partir. Sólo llevarme la maleta, el saco de agua. Llevarlos y disfrutar el nuevo camino. Entonces llegar al aeropuerto, consignar el equipaje. Pero cobraron sobrecargo y la cartera estaba vacía. Cobraron sobrecargo y las líneas ocupadas.

Aún lo recuerdo.

Repasé la lista nuevamente: tres teteros, dos manoplas.

 

Tratamiento

Luego de mucho tiempo, él preguntó si lo amaba y ella respondió con un no. Entonces, el hombre tomó sus cosas y se fue de aquella casa de paredes blancas.

Al tiempo, recibió el cheque de liquidación; fueron muchos años de trabajo marital.

Invirtió el dinero en la compra de un apartamento de paredes verdes y en comida para un perro callejero que invitó a ser parte de su hogar.

Todas las noches, ella lo llamaba por teléfono para recordarle tomar sus pastillas. Luego, decidió dejar de hacerlo.

Transcurridos treinta días él decidió llamarla. Ella lo saludó y preguntó cómo le iba con las medicinas. Él expresó haber olvidado tomarlas e inmediatamente colgó.

Fue a la cocina y buscó una jarra con agua.

Se sentó en el sofá junto al perro, y se puso al día con el tratamiento del mes.

 

Bar

El sudor, devastado, contaba los relojes del mantel naranja que cubría la mesa, mientras marcaba el pulso con sus dedos.

Afuera, un frío ruin esperaba.

Era inminente. Hoy, tampoco habría sed.

 

Silla

Sentada en la silla verde con manos entre las piernas, observaba la puerta.

No podía hacer otra cosa. En la mañana encendió el televisor y escalofrío. En la tarde prendió la hornilla y taquicardia. En la noche encendió la lámpara y espasmos.

Sentada, escuchaba. No eran soplidos, tampoco rasguños. Sólo sonidos.

Sintió hambre y fue por un durazno. Ansiaba disfrutar el jugo entre su lengua. Pero no había lengua.

Luego cada cinco minutos. No eran luces, tampoco olores; sólo sonidos.

Sus manos entre las piernas y el dorso de un lado a otro combatían el frío. Entonces buscar un refugio. Pero no había cuarto, ni baño, ni sala, ni cocina.

Entonces, volver a la silla.

 

El pecado

Ocurrirá en otra tierra junto a las ramas del surco.

Será una mañana de domingo después de confesar sus poros en la iglesia que jamás conoció.

Una esquina sentirá los pasos e indudablemente el río no estará cerca.

Allí, entre las gotas, alguien observará el hecho sin saberlo.

Y a partir de entonces, habrá seis días, un abrigo, y un pecado intentando caminar.